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¿Que demonios... Viejo que rayos?

Operativo Unicenter y el Código de Honor

La mañana en Nordelta comenzó con el canto de los pájaros y el suave chapoteo del agua en los canales, pero para Dwight Manfredi, el despertar fue todo menos tranquilo. Acostumbrado al rigor de la prisión y a la paranoia constante de Tulsa, despertarse envuelto en sábanas de algodón egipcio de mil hilos en una habitación decorada con tonos crema y dorado fue un choque cultural.

Se levantó con la disciplina de un soldado, sus músculos tensos protestando por la suavidad de la cama. Al mirarse al espejo del baño —un despliegue de mármol y grifería de oro—, Dwight suspiró. Seguía siendo él, con sus setenta y cinco años a cuestas, pero se sentía fuera de lugar, como un tiburón en una pecera de cristal.

Abajo, el aroma a café recién molido y algo dulce lo guio hacia la cocina. Allí estaba Graciella, ya activa, luciendo unas calzas negras que resaltaban sus piernas interminables y un top deportivo que dejaba ver su figura escultural. Su melena castaña rosada caía en cascada sobre sus hombros, brillando bajo la luz del sol que entraba por el ventanón. Estaba tarareando una canción mientras preparaba un tazón de frutas.

—¡Buenos días, General! —exclamó ella con una sonrisa que podría haber iluminado todo Buenos Aires—. ¿Dormiste bien o el colchón era demasiado blando para un hombre de acero?

Dwight se acercó, manteniendo esa postura erguida que imponía respeto incluso en bóxer.

—Dormí —respondió él con su voz rasposa—. Demasiado bien. En mi mundo, cuando algo es tan cómodo, suele ser una trampa antes de que te peguen un tiro.

Graciella soltó una carcajada y le extendió una taza de café negro, fuerte, tal como él lo prefería.

—Acá la única trampa es el tráfico de la Panamericana. Tomá el café, Dwight. Hoy tenemos una misión. No podés seguir usando mis toallas como falda.

—Necesito ropa —asintió Dwight, tomando un sorbo del café y mirando a la chica con curiosidad—. Y necesito entender cómo funciona este lugar. Si voy a estar aquí, necesito recursos.

—Primero la facha, después el imperio —dijo Graciella, guiñándole un ojo—. Tengo una de las tarjetas de crédito de mi papá. Él dice que es para "emergencias". Yo creo que la aparición de un capo de la mafia de otra dimensión califica como una emergencia de nivel cinco, ¿no te parece?

Dwight frunció el ceño, su sentido del honor chocando con la propuesta.

—No uso el dinero de otros hombres, Graciella. No es correcto.

—Consideralo un préstamo de inversión —replicó ella, acercándose y apoyando una mano en su brazo musculoso—. Además, técnicamente no existís. No podés conseguir un trabajo de seguridad o abrir un casino si parecés un náufrago. Dejame ayudarte. Soy buena en esto.

Dwight la observó. Había una determinación en los ojos verdes de Graciella que le recordaba a los negociadores más duros que había conocido, pero con una capa de encanto que lo desarmaba.

—Está bien. Pero anotaré cada centavo. Te lo devolveré con intereses.

—Como digas, General. Ahora, ponete este pantalón de lino de mi viejo, le queda chico a él pero a vos te va a entrar de milagro mientras vamos al shopping.

El viaje hacia el Unicenter en la camioneta blindada de Graciella fue una experiencia en sí misma. Dwight miraba por la ventana, asombrado por la arquitectura de Buenos Aires, una mezcla de París y decadencia moderna. Ella conducía con una audacia que hacía que Dwight se agarrara del tablero.

—Manejas como si tuvieras a la policía de Nueva York pisándote los talones —comentó él, mientras ella esquivaba un colectivo con una maniobra milimétrica.

—Es el estilo argentino, Dwight —rio ella—. Si no sos agresiva, te comen viva. ¿No es así como sobreviviste vos?

—Hay una diferencia entre agresividad y suicidio, Graciella.

Llegaron al shopping. Graciella caminaba con una seguridad envidiable, sus tacones resonando en el suelo de granito. Dwight, a pesar de vestir una camisa que claramente no era de su talla, atraía las miradas de todos. Su presencia era magnética; los hombres se apartaban instintivamente y las mujeres se daban vuelta para observar a ese extraño caballero de mirada gélida y porte de rey.

Entraron en una boutique de alta gama. Graciella comenzó a sacar trajes, camisas de seda y zapatos de cuero italiano con la velocidad de un rayo.

—Este gris marengo te va a quedar increíble —decía ella, apoyando el saco contra el pecho de Dwight—. Y este azul noche para cuando salgamos a cenar.

—No necesito tanto, Graciella —protestó él, aunque sus dedos acariciaron la tela del traje con aprecio—. Un hombre solo necesita un buen traje y una voluntad de hierro.

—Un hombre como vos necesita un armario que grite "soy el jefe" antes de que abras la boca —replicó ella, empujándolo hacia el probador—. Andá, probátelo. Quiero ver si el General sigue teniendo esa percha de la que todos hablan.

Minutos después, Dwight salió del probador. El traje gris le quedaba como una segunda piel, resaltando sus hombros anchos y su cintura todavía firme. Se ajustó los puños de la camisa blanca y se miró en el espejo, recuperando esa sombra de "El General" que parecía haberse diluido en el viaje dimensional.

Graciella se quedó sin palabras por un momento. Sus ojos recorrieron la figura de Dwight con una mezcla de admiración y algo más profundo.

—Guau —susurró ella, acercándose para arreglarle la solapa—. Estás... imponente, Dwight. Si entras a la Casa Rosada así, te entregan las llaves del país en diez minutos.

Dwight la miró a través del espejo. La cercanía de la chica, el aroma a rosas y su belleza casi irreal lo hacían sentir algo que no había sentido en décadas: una chispa de vitalidad que no estaba ligada a la violencia o al poder.

—Gracias, Graciella —dijo él, su voz más suave de lo habitual—. Tienes buen ojo.

—Tengo buen gusto, que es distinto —respondió ella, recuperando su tono travieso—. Ahora, los zapatos. Nada de zapatillas, Dwight. Quiero cuero que brille tanto que los enemigos puedan verse reflejados antes de que les des una patada.

Después de varias horas y una cantidad considerable de bolsas, se sentaron en un café elegante dentro del shopping. Dwight observaba a la gente pasar, analizando los patrones de comportamiento, buscando debilidades, como siempre hacía.

—¿En qué pensás? —preguntó Graciella, bebiendo su té.

—En que este mundo es igual al mío, pero más ruidoso —respondió Dwight—. Veo a la gente con sus teléfonos, distraídos. Nadie mira a su alrededor. Nadie está preparado para lo que viene.

—Es un mundo diferente, General. La gente prefiere la comodidad a la vigilancia —dijo Graciella, poniéndose seria por un momento—. Pero yo no soy así. Yo sé quién sos y sé que tu presencia acá no es casualidad. Algo te trajo a mi sillón, y no creo que haya sido solo un corte de luz.

—¿Crees en el destino, Graciella? —preguntó Dwight, fijando sus ojos de acero en los de ella.

—Creo en las energías. Y creo que Buenos Aires necesita un poco de tu orden, aunque todavía no lo sepa.

De repente, el ambiente tranquilo del café se vio interrumpido. Tres hombres jóvenes, vestidos con ropa deportiva cara pero con una actitud prepotente, se acercaron a la mesa. Uno de ellos, con una cadena de oro gruesa y mirada desafiante, se detuvo frente a Graciella.

—Che, reina, ¿qué hacés con este viejo? —dijo el tipo, ignorando por completo a Dwight—. Vení con nosotros, te vamos a mostrar lo que es un buen rato de verdad.

Graciella suspiró, una expresión de fastidio cruzando su rostro perfecto.

—Andate, Lucas. No estoy de humor para aguantar a un nene de papá hoy.

—Dale, no seas así. Mirá la facha que tenés, no podés estar desperdiciando el tiempo con un jubilado —insistió el joven, estirando la mano para tocar el cabello de Graciella.

Antes de que sus dedos rozaran un solo mechón, la mano de Dwight se disparó como una cobra. Agarró la muñeca del joven con una fuerza que hizo que los huesos crujieran audiblemente. El rostro de Dwight no cambió; seguía siendo una máscara de calma absoluta, pero sus ojos brillaban con una furia fría que hizo que el aire alrededor de la mesa se congelara.

—La señorita dijo que no está interesada —dijo Dwight, su voz baja y peligrosa como un trueno distante.

—¡Soltame, viejo loco! —gritó Lucas, intentando zafarse, pero Dwight no cedió ni un milímetro.

Los otros dos amigos dieron un paso adelante, pero Dwight, sin soltar al primero, inclinó la cabeza apenas un poco.

—Si dan un paso más, su amigo va a necesitar un cirujano para reconstruirle la mano. Y después, me encargaré de ustedes. No tengo armas, pero tengo cincuenta años de experiencia en romper personas como ustedes.

Había algo en la voz de Dwight, una autoridad absoluta y una promesa de violencia real, que hizo que los jóvenes retrocedieran. No era una bravuconada de boliche; era la advertencia de un depredador alfa.

—Dwight, dejalo —dijo Graciella con calma, aunque había un brillo de orgullo en sus ojos—. No valen la pena.

Dwight soltó la muñeca del joven con un desprecio evidente. Lucas se tambaleó hacia atrás, frotándose la mano, su rostro pálido de miedo. Sin decir una palabra más, los tres salieron disparados del café.

Dwight volvió a sentarse, se acomodó la chaqueta y tomó un sorbo de su café frío como si nada hubiera pasado.

—Modales —comentó simplemente—. La juventud de hoy no tiene respeto por las damas.

Graciella lo miró, apoyando la barbilla en su mano. Una sonrisa lenta y encantadora apareció en sus labios.

—Eso fue... muy "General" de tu parte. Gracias, Dwight. Aunque podría haberme defendido sola, me gustó el gesto.

—Un hombre protege lo que es valioso, Graciella. Es la primera regla —respondió él, encontrando su mirada.

—¿Y yo soy valiosa para vos? —preguntó ella con un tono juguetón pero con una chispa de curiosidad genuina.

Dwight guardó silencio por un momento, evaluando a la joven frente a él. No era solo su belleza, que era abrumadora; era su espíritu, su inteligencia y el hecho de que lo había aceptado sin juzgarlo.

—Eres la única persona que conozco en este mundo, Graciella. Eso te hace la persona más valiosa de mi universo actual.

El regreso a Nordelta fue más silencioso. La tensión del encuentro en el shopping había dejado una estela de complicidad entre ambos. Al llegar a la mansión, Dwight ayudó a Graciella con las bolsas, moviéndose con una gracia que ocultaba sus años.

—Mañana —dijo Dwight mientras dejaba las bolsas en el living—, quiero empezar a moverme. Necesito saber quién maneja los hilos en esta zona. Si voy a quedarme, necesito aliados.

Graciella se sentó en el sofá, quitándose los zapatos y estirando sus largas piernas.

—Nordelta es un nido de víboras con plata, Dwight. Pero yo conozco a todos. Si querés empezar un imperio, yo puedo ser tu guía. Tu... consorte estratégica, por así decirlo.

Dwight se rió, una risa corta y genuina.

—¿Consorte estratégica? Tienes un vocabulario muy elegante para alguien que lee novelas de mala muerte.

—Aprendo rápido —dijo ella, levantándose y caminando hacia él hasta quedar a pocos centímetros—. Y me gusta el poder, Dwight. Creo que vos y yo vamos a hacer grandes cosas juntos.

Se quedaron así por un momento, el veterano mafioso y la ninfa argentina, en medio de la opulencia de Nordelta. El contraste era absoluto, pero la conexión era innegable. Dwight Manfredi, el hombre que pensaba que lo había perdido todo en Tulsa, se dio cuenta de que quizás el destino le estaba dando una última oportunidad de ser el rey, pero esta vez, con una reina que no le temía a su sombra.

—Mañana entonces —asintió Dwight.

—Mañana —repitió Graciella, dándole un beso rápido en la mejilla antes de subir las escaleras—. Descansá, General. El imperio no se construye en un día, pero con vos, creo que podemos hacerlo en una semana.

Dwight se quedó solo en el living, mirando hacia el canal. El reflejo de la luna en el agua le recordó a las luces de Brooklyn, pero el aire olía a jazmines y a la promesa de algo nuevo. Se ajustó el nuevo reloj que Graciella le había insistido en comprar y sonrió.

Argentina no sabía lo que le esperaba. El General había llegado, y no estaba solo.