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¿Qué te gusta de mí?

Bajo el yugo de una voluntad inquebrantable

El patio de entrenamiento del Colegio Técnico de Magia de Tokio estaba inusualmente concurrido para ser un sábado por la mañana. Sin embargo, no se escuchaba el estruendo de los puños de Yuji contra los sacos de arena, ni el zumbido de la energía maldita. En su lugar, el aire estaba cargado de una tensión doméstica mucho más peligrosa.

Megumi Fushiguro estaba de pie junto a una montaña de cajas de cartón, con una expresión que oscilaba entre la resignación absoluta y el deseo ferviente de ser devorado por uno de sus propios Perros de Jade. A su lado, Nobara Kugisaki, con las manos en las caderas y una gorra de marca ladeada, señalaba un estante de madera con la autoridad de un general en plena invasión.

— Te lo he dicho tres veces, Fushiguro. Si pones el estante de edición limitada de esa manera, la luz de la tarde arruinará el acabado de mis bolsos. Muévelo diez centímetros a la izquierda.

— Kugisaki —dijo Megumi, cuya paciencia pendía de un hilo más fino que un cabello—, si muevo esto diez centímetros a la izquierda, bloquearé la salida de incendios del pasillo de los dormitorios. Es ilegal y, sobre todo, molesto.

Nobara se acercó, invadiendo su espacio personal con esa confianza arrolladora que, admitámoslo, era la razón por la que Megumi no podía dejar de mirarla. Se puso de puntillas, quedando a escasos centímetros de su rostro, y entrecerró sus ojos color naranja.

— ¿Acaso me estás diciendo que la seguridad contra incendios es más importante que la integridad de mi colección de temporada? —preguntó ella con una voz peligrosamente suave—. Creía que habías dicho que mi carácter era lo que más respetabas. Pues mi carácter dice que ese estante va ahí.

Megumi suspiró, cerrando los ojos. Podía invocar a su técnica de las Diez Sombras para luchar contra una maldición de grado especial sin pestañear, pero bajo la mirada inquisitiva de Nobara, se sentía como un simple mortal desarmado. Ella no solo tenía un carácter inquebrantable; tenía una capacidad de persuasión que rozaba lo sobrenatural.

— Está bien —cedió él, levantando el estante con un gruñido—. Diez centímetros a la izquierda. Pero si Gojo-sensei tropieza con él y destruye la pared, no me culpes.

— Gojo-sensei no tropezará —rio Nobara, dándole una palmadita victoriosa en el hombro—. Está demasiado ocupado siendo arrastrado por Shoko a alguna parte.

A unos cientos de metros de allí, en los jardines interiores más privados de la escuela, la situación no era muy distinta, aunque el tono era considerablemente más adulto y cínico.

Satoru Gojo, el hechicero más fuerte del mundo, el hombre que podía manipular el espacio y el tiempo a su antojo, estaba sentado en un banco de piedra cargando una sombrilla, un bolso médico y una bolsa de papel llena de hierbas medicinales que olían a rayos.

Frente a él, Shoko Ieiri examinaba una serie de plantas con una meticulosidad exasperante. Llevaba su bata blanca abierta y un cigarrillo apagado en la comisura de los labios, una imagen de calma soberana.

— Satoru, deja de mover la sombrilla —dijo ella sin mirarlo—. El ángulo del sol es perfecto para estas muestras y no quiero que tu "Infinito" interfiera con la humedad del ambiente.

— Shoko, llevo aquí cuarenta minutos —se quejó Gojo, bajando ligeramente su venda para mirarla con un ojo suplicante—. Podríamos estar en ese café nuevo de Roppongi que tiene los pasteles de crema de oro. Te prometí que iríamos.

— Y yo te dije que estas muestras de energía residual en raíces de mandrágora no pueden esperar —respondió Shoko, girándose finalmente para clavarle una mirada que habría hecho que cualquier otro hechicero se arrodillara por puro instinto—. Dijiste que te gustaba mi pragmatismo y que yo era tu ancla. Bueno, el ancla ha decidido que hoy nos quedamos aquí hasta que termine de catalogar esto. ¿Tienes algún problema con eso?

Gojo abrió la boca para replicar, para soltar una de sus bromas ingeniosas o teletransportarse a un kilómetro de distancia, pero se detuvo. Había algo en la firmeza de Shoko, en esa voluntad indomable que no se dejaba deslumbrar por su estatus de "dios", que lo desarmaba por completo. Ella era la única persona que podía darle órdenes y hacer que él, Satoru Gojo, las obedeciera con una sonrisa oculta tras la venda.

— Ninguno, jefa —respondió él, ajustando la sombrilla con una resignación encantada—. Pero quiero un beso por cada diez minutos extra de jardinería.

Shoko soltó una risa corta y seca, acercándose a él para quitarle una pequeña hoja que se había enredado en su cabello blanco.

— Eres un negociador terrible, Satoru. Pero está bien. Trato hecho.

De vuelta en los dormitorios, Megumi y Nobara habían terminado de mover el mueble. El chico estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mientras Nobara organizaba sus tesoros.

— ¿Sabes? —dijo ella, sentándose a su lado y apoyando la cabeza en su hombro—, Itadori nos vio ayer en el pasillo. Dice que nos vemos "domados".

Megumi se tensó, mirando hacia el techo.

— Itadori debería preocuparse más por su control de energía maldita y menos por nosotros.

— No le falta razón —admitió Nobara, entrelazando sus dedos con los de Megumi—. Tienes esa cara de "soy un lobo solitario y sombrío", pero basta con que yo te pida algo con un poco de insistencia para que termines haciendo exactamente lo que quiero. Es casi decepcionante lo fácil que eres de manejar, Fushiguro.

Megumi giró la cabeza para mirarla. La luz del atardecer entraba por la ventana, resaltando los rasgos decididos de Nobara. Ella era fuego, era ruido y era una voluntad que no conocía la derrota. Y él, que siempre había buscado la calma y el orden, se encontraba irremediablemente atraído por ese caos inquebrantable.

— No es que seas fácil de manejar —dijo él en voz baja—, es que no tengo interés en ganar batallas contra ti. Ya te lo dije, Kugisaki. Tu carácter es lo que me gusta. Sería hipócrita de mi parte intentar doblegarlo.

Nobara se sonrojó, aunque trató de ocultarlo con una mueca de superioridad.

— Vaya, te has vuelto muy bueno con las palabras. ¿Gojo-sensei te está dando clases de retórica romántica?

— Por favor, no menciones a Gojo en este contexto —suplicó Megumi.

Mientras tanto, Gojo y Shoko caminaban hacia la salida del colegio, cumpliendo finalmente la promesa del café. Satoru llevaba el brazo pasado sobre los hombros de Shoko, y ella, aunque mantenía su expresión de indiferencia habitual, caminaba pegada a él, permitiendo que su cercanía rompiera cualquier barrera.

— ¿Crees que esos dos duren? —preguntó Gojo de repente, refiriéndose a sus alumnos.

— ¿Megumi y Nobara? —Shoko exhaló un suspiro— Son igual de tercos que nosotros, Satoru. Ella lo va a arrastrar por todo Tokio y él va a fingir que lo odia mientras disfruta de cada segundo. Se complementan. Megumi necesita a alguien que le recuerde que está vivo, y Nobara necesita a alguien que sea lo suficientemente fuerte para ser su puerto seguro.

— Como nosotros —dijo Gojo, deteniéndose un momento para mirarla.

— No seas cursi —replicó Shoko, aunque no se alejó—. Nosotros somos un desastre mucho más funcional. Yo te mantengo en la tierra y tú... bueno, tú compras los pasteles.

— Es un equilibrio perfecto —rio Gojo.

Se cruzaron con Megumi y Nobara cerca de la puerta principal. Los dos estudiantes se detuvieron, sorprendidos al ver a sus mentores en una actitud tan... doméstica. Nobara, siempre rápida, no pudo evitar soltar un comentario.

— ¡Vaya! Parece que el "más fuerte" también tiene quien le lleve los bolsos.

Gojo, lejos de sentirse ofendido, levantó una mano en señal de saludo, mostrando con orgullo la bolsa de Shoko que colgaba de su brazo.

— ¡Exactamente, Nobara-chan! Es una técnica de grado especial llamada "Hacer feliz a tu novia". Deberías enseñársela a Megumi, parece que todavía le cuesta un poco.

Megumi sintió que la cara le ardía, mientras Nobara soltaba una carcajada sonora.

— ¡Oh, créame, Gojo-sensei, está aprendiendo rápido! —respondió ella, tirando del brazo de Megumi para seguir su camino.

Cuando los chicos se alejaron, Shoko miró a Satoru con una ceja arqueada.

— ¿"Hacer feliz a tu novia"? ¿En serio?

— Bueno, técnicamente es cierto —dijo él, encogiéndose de hombros—. Y admite que te gusta que sea tan obediente.

Shoko guardó silencio un momento, observando la figura de los dos jóvenes que se alejaban discutiendo sobre a qué restaurante ir. Vio en ellos el reflejo de lo que ella y Satoru pudieron haber sido si el mundo hubiera sido un poco más amable, o lo que finalmente estaban logrando ser ahora, a pesar de las cicatrices.

— Me gusta que seas tú, Satoru —dijo ella finalmente, con una honestidad que lo dejó sin palabras—. Con venda o sin ella, con poder o sin él. Pero sí, que lleves las bolsas ayuda bastante.

Gojo sonrió, una sonrisa pequeña y real que solo ella conocía.

— Entonces, vamos a por esos pasteles. Antes de que cambies de opinión y me hagas analizar más raíces de mandrágora.

Caminaron hacia la ciudad, dejando atrás los muros del colegio. Dos parejas, dos generaciones, unidas por algo más que la hechicería o el deber. En un mundo donde las maldiciones nacían del odio y el miedo, ellos habían encontrado algo inquebrantable en el otro.

Megumi aceptaba el caos de Nobara porque ella era la única que podía sacarlo de sus propias sombras. Nobara amaba la solidez de Megumi porque él era el único que podía sostener su fuego sin quemarse.

Satoru se rendía ante la calma de Shoko porque ella era la única que veía al hombre detrás del dios. Shoko protegía el corazón de Satoru porque ella sabía que, debajo de todo ese infinito, él era la persona más humana que conocía.

Al final del día, el carácter indomable de aquellas dos mujeres no era una carga para los hechiceros más reservados de la escuela. Era su salvación. Era el martillo y el ancla que les permitía recordar que, incluso en medio de la guerra más sangrienta, existía la dulce derrota de ceder ante la persona amada.

— Fushiguro —dijo Nobara mientras se detenían frente a una tienda de ropa en Shibuya—, ese abrigo te quedaría genial. Pruébatelo.

— Kugisaki, ya tengo tres abrigos iguales...

— Pruébatelo. Por favor.

Megumi miró aquellos ojos naranja, esa voluntad que no aceptaba un "no" por respuesta, y supo que no tenía escapatoria. Entró en la tienda con un suspiro, sabiendo que, una vez más, ella había ganado.

Y mientras la veía sonreír a través del cristal, Megumi comprendió que esa era su debilidad favorita.

— ¿Ves? —dijo Shoko a Satoru, observando la escena desde la acera de enfrente— Inquebrantables.

— E indomables —añadió Gojo, apretando la mano de Shoko—. Justo como nos gustan.

Bajo las luces de neón de Tokio, los cuatro hechiceros se perdieron entre la multitud, cada uno bajo el yugo voluntario de una voluntad más fuerte que cualquier técnica maldita: el amor de una persona con un carácter inquebrantable.