Volver al resumen

Quien eres

Refugios de cristal y promesas de acero

El eco de los gritos en el pasillo aún resonaba en los oídos de Pedri mientras sus pies golpeaban el suelo del gimnasio. El olor allí era diferente: una mezcla de sudor viejo, cera para parqué y el polvo acumulado en las colchonetas. Era un olor normal, un olor de mundo antiguo que, por un segundo, le dio una falsa sensación de seguridad.

Alex fue el último en entrar, cerrando las pesadas puertas de metal con un estruendo que hizo que todos los presentes saltaran. Rápidamente, deslizó la barra de seguridad. El silencio que siguió fue denso, roto únicamente por los sollozos ahogados de una docena de estudiantes que ya se encontraban allí, ovillados en las esquinas o sentados en las gradas con la mirada perdida.

Pedri se dejó caer al suelo, con la espalda apoyada contra la pared fría. Tenía las manos raspadas por la huida y el uniforme escolar manchado de hollín y algo oscuro que prefería no identificar.

—¿Dónde está la señorita Elena? —preguntó una voz temblorosa desde la oscuridad.

Pedri cerró los ojos con fuerza. La imagen de la docente, la mujer que siempre les recordaba que debían cuidar su caligrafía, siendo arrastrada hacia atrás por manos pálidas justo cuando ellos saltaban por la ventana, se le quedó grabada a fuego. Ella no lo había logrado. Se había quedado atrás para darles esos segundos vitales.

—Ella... ella no viene —respondió Alex. Su voz, usualmente bromista y ligera, había adquirido un tono grave, una autoridad que Pedri nunca le había conocido.

Alex no perdió el tiempo. Mientras otros se hundían en el pánico, él comenzó a organizar a los presentes. Revisó los armarios del equipo de educación física, sacando algunos bates de béisbol y palos de hockey. Luego, registró la pequeña oficina del entrenador, encontrando un botiquín de primeros auxilios y algunas botellas de agua y barritas energéticas guardadas en un cajón.

—Escuchen todos —dijo Alex, poniéndose en el centro de la cancha—. Tenemos que mantener la calma. Estamos seguros aquí por ahora. Las puertas son fuertes. Vamos a racionar lo que tenemos y a intentar descansar. Mañana pensaremos en cómo salir de aquí.

Pedri lo miraba con una mezcla de admiración y miedo. Alex siempre había sido su protector, pero ver cómo asumía el liderazgo en medio del apocalipsis lo hacía sentir pequeño, vulnerable. Se sentía como un niño en un mundo que acababa de decidir que los niños ya no tenían lugar.

La noche cayó sobre el instituto como una manta pesada y asfixiante. El gimnasio, sin electricidad, se sumió en una penumbra azulada. Pedri no podía dejar de temblar. Cada vez que cerraba los ojos, veía las mandíbulas desencajadas y escuchaba el chasquido de los dientes.

—Ven aquí, Pedri —susurró Alex, sentándose a su lado sobre una colchoneta de gimnasia.

Pedri no se hizo de rogar. Se acurrucó contra su amigo, escondiendo el rostro en su pecho. Alex lo rodeó con sus brazos, una barrera física contra el horror que acechaba al otro lado de los muros.

—Tengo miedo, Alex —confesó Pedri en un susurro apenas audible—. ¿Y si nunca vienen a buscarnos? ¿Y si todo el mundo está así?

—No pienses en eso ahora —respondió Alex, acariciándole el cabello con suavidad—. Duerme un poco. Yo vigilo. Te prometo que no dejaré que nada te toque.

Pedri asintió, aunque el nudo en su garganta no desapareció. Se quedó dormido por el puro agotamiento, soñando con tardes de sol y el sonido de un balón rebotando en el asfalto, muy lejos de la sangre y el caos.

***

A muchos kilómetros de distancia, el motor de un todoterreno negro rugía con suavidad en la penumbra de un bosque denso. Ferran Torres mantenía las manos firmes sobre el volante, aunque el vehículo estaba estacionado. Sus ojos, agudos como los de un halcón, escaneaban constantemente la oscuridad a través del parabrisas.

A su lado, Marta, una de sus compañeras de oficina, sollozaba en silencio, con la frente apoyada en el cristal de la ventanilla. En el asiento trasero, Javier, un hombre mayor que solía ser el contable de la empresa, sostenía su teléfono móvil con dedos temblorosos, mirando una pantalla que no mostraba ni una sola barra de señal.

—¿A dónde vamos realmente, Ferran? —preguntó Marta con voz rota—. Las ciudades están cayendo. Lo vimos.

—A un refugio —respondió Ferran, seco—. Hay una zona militarizada al norte, o al menos eso decían los últimos informes antes de que la red cayera. Si nos quedamos en las carreteras principales, estamos muertos. Aquí, entre los árboles, tenemos una oportunidad de pasar la noche.

—Mi mujer... ella estaba en el centro comercial —gimió Javier desde atrás—. Tengo que volver, Ferran. Por favor, da la vuelta.

Ferran apretó los dientes, sus nudillos blanqueando sobre el cuero del volante.

—Si vuelves, mueres —dijo con una frialdad que heló el ambiente—. No hay vuelta atrás, Javier. Mira afuera. El mundo que conocías se ha acabado. Ahora solo importa sobrevivir.

El carácter de Ferran, solitario y pragmático, lo estaba manteniendo cuerdo, pero por dentro, una inquietud extraña le roía las entrañas. No era solo por él. Era una sensación de urgencia, un instinto que no lograba identificar.

Pasaron la noche en vela, el silencio del bosque interrumpido ocasionalmente por ruidos lejanos: explosiones que hacían vibrar el suelo o aullidos que no pertenecían a ningún animal conocido. Ferran no durmió. Su mente era un campo de batalla de estrategias y rutas de escape.

Al amanecer, el primer rayo de sol se filtró entre los pinos. Ferran puso en marcha el motor. Encendió la radio, moviendo el dial con frustración mientras solo obtenía estática, hasta que una voz femenina, distorsionada por la interferencia, llenó el habitáculo.

—... ayuda... estamos atrapados en el Instituto del Norte... planta baja, el gimnasio está comprometido... hay estudiantes aquí... por favor, si alguien escucha... la dirección es Calle Roble, número...

La señal se cortó bruscamente.

Marta se incorporó de golpe, con los ojos muy abiertos.

—¡Ese es el colegio de mi hermano! —gritó, agarrando el asiento de Ferran—. ¡Ferran, por favor! ¡Tenemos que ir! ¡Él está allí!

Ferran sintió un vuelco en el corazón. El Instituto del Norte. El lugar donde estudiaba Pedri. La imagen del chico de los rizos rebeldes y la sonrisa amable cruzó su mente. Pedri, el vecino que siempre lo saludaba con una energía que a Ferran le resultaba a veces irritante y otras veces, secretamente, reconfortante. El chico que no sabía defenderse de una mosca, atrapado en ese infierno.

—Está a quince horas de aquí si las carreteras están despejadas —dijo Ferran, su voz ahora cargada de una determinación feroz—. Y la gasolina se nos está acabando.

—¡No podemos dejarlo! —suplicó Marta.

—Iremos —sentenció Ferran, metiendo la primera marcha—. Pero primero tenemos que encontrar combustible y comida. Hay una gasolinera a unos pocos kilómetros. Si tenemos suerte, estará vacía.

***

En el gimnasio del instituto, la luz de la mañana no trajo esperanza, sino una cruda realidad. Pedri se despertó sintiendo el calor de Alex a su lado. Por un segundo, pensó que estaba en su habitación, que el olor a polvo era solo que necesitaba limpiar sus estanterías. Pero al abrir los ojos y ver las vigas de metal del techo y escuchar los sollozos de sus compañeros, la realidad lo golpeó como un mazo.

—Buenos días, pequeño —susurró Alex. Se inclinó y le dio un beso suave en la frente—. Todo va a estar bien. Te lo prometí, ¿recuerdas?

Pedri asintió, pero su rostro seguía pálido, sus ojos castaños llenos de una tristeza profunda.

—¿Cómo podemos estar bien, Alex? —preguntó—. Mira a todos... tenemos hambre, tenemos sed... y ellos siguen ahí fuera. Los oigo rasguñar las paredes.

Alex se puso en pie y pidió silencio. El grupo de estudiantes se reunió a su alrededor. Eran apenas una docena.

—No podemos quedarnos aquí —declaró Alex—. Los suministros se han acabado. Si nos quedamos, moriremos de hambre o ellos acabarán entrando. Tenemos que movernos.

—¡Estás loco! —saltó un chico llamado Hugo, que siempre había sido conflictivo—. ¡Afuera es una carnicería! Aquí tenemos muros. Yo no me muevo.

Alex lo miró con una seriedad gélida.

—Los muros no se comen, Hugo. Y esas cosas no se van a cansar de esperar. Yo voy a salir. Los que quieran venir, preparen sus mochilas. Los que no... buena suerte.

Pedri se levantó de inmediato, siguiendo a Alex. No tenía la fuerza de su amigo, pero sabía que quedarse allí era aceptar un final lento.

Al final, solo seis de ellos se atrevieron a cruzar el umbral del gimnasio. El camino por los pasillos fue una pesadilla de sombras y susurros. Tuvieron que correr por el patio trasero, donde el horror los alcanzó. Dos de los chicos, presas del pánico, tropezaron y fueron rodeados antes de que nadie pudiera reaccionar. Sus gritos persiguieron a Pedri mientras él, Alex y otros dos corrían hacia la linde del bosque que rodeaba el instituto.

Caminaron durante horas, con los pulmones ardiendo y el miedo pisándoles los talones, hasta que el bosque se abrió para revelar una pequeña cabaña de madera, con humo saliendo de la chimenea.

Un hombre y una mujer de avanzada edad salieron al porche, apuntándoles con una escopeta vieja.

—¡Por favor! —gritó Alex, levantando las manos—. ¡Somos estudiantes! ¡Necesitamos ayuda!

Los ancianos los miraron con desconfianza. Tras unos minutos de tensión, y viendo el estado lamentable de los chicos, bajaron el arma.

—Entren rápido —dijo el hombre—. Pero no queremos problemas.

Dentro de la cabaña, Pedri se dejó caer en una silla de madera. Los ancianos escuchaban sus historias sobre muertos que caminan con una expresión de incredulidad absoluta.

—Eso suena a cuentos de radio, muchacho —dijo la mujer, sirviéndoles un poco de caldo caliente—. Aquí no ha pasado nada de eso. El mundo sigue igual.

—El mundo ha muerto —susurró Pedri, mirando el vapor que subía de su cuenco—. Ustedes solo tienen suerte de estar lejos de las ciudades.

***

Ferran detuvo el todoterreno a unos metros de la gasolinera. El lugar parecía desierto, pero la experiencia de las últimas veinticuatro horas le decía que el silencio era el sonido más peligroso de todos.

—Quédense en el coche —ordenó Ferran, tomando el extintor y el abrecartas que ahora era su arma principal—. Si veo problemas, arrancaré. Marta, si algo me pasa, tú conduces.

—Ferran... —empezó Javier, pero el joven ya estaba fuera.

El aire en la gasolinera estaba viciado. Ferran avanzó hacia los surtidores. Necesitaba la llave maestra o encontrar una forma de activar las bombas manualmente. Entró en la tienda de conveniencia, donde los estantes estaban volcados y el suelo cubierto de cristales rotos.

De repente, un ruido en la parte trasera lo hizo ponerse en guardia. Un hombre con el uniforme de la gasolinera salió de detrás del mostrador. No caminaba, se arrastraba, con una pierna rota que dejaba un rastro de sangre negra.

Ferran no sintió asco, solo una fría necesidad de despejar el camino. Esquivó el zarpazo torpe de la criatura y, con un movimiento preciso, le asestó un golpe en la sien que terminó con su agonía.

—Perdona, amigo —murmuró Ferran, aunque su rostro no mostraba emoción alguna.

Logró encontrar unos bidones de gasolina en el almacén y algo de comida enlatada. Mientras llenaba el tanque del coche bajo el sol abrasador, su mente volvió al Instituto del Norte. Quince horas. Si Pedri estaba allí, tenía que resistir quince horas más.

—No te mueras, Pedri —dijo para sí mismo, apretando el tapón del combustible—. No te atrevas a morirte antes de que llegue.

Ferran subió al coche y arrancó con un chirrido de neumáticos. El camino era largo, y el mundo se estaba desmoronando, pero por primera vez en su vida solitaria, tenía un objetivo que iba más allá de su propia piel.

Mientras tanto, en la cabaña del bosque, Pedri miraba por la ventana hacia el camino de tierra. Tenía una sensación extraña, un hilo de esperanza que se negaba a romperse.

—¿Crees que alguien vendrá a buscarnos? —le preguntó a Alex, que estaba limpiando una herida en su pierna.

—Si hay alguien lo suficientemente valiente en este mundo, vendrá —respondió Alex.

Pedri suspiró, apretando entre sus manos un pequeño amuleto que siempre llevaba en el bolsillo. En su mente, la imagen de Ferran, fuerte y seguro, le daba una paz que no podía explicar.

El viaje apenas comenzaba, y el encuentro entre el arquero que lo había perdido todo y el soñador que se negaba a despertar estaba escrito en las cenizas de una civilización que se negaba a morir sin luchar. Pero el tiempo corría, y en este nuevo mundo, quince horas podían ser una eternidad.

Entrar con Telegram

Confirma el acceso en el bot.