ragnarok mutiversa
El peso del hierro contra el cielo
El rugido del coliseo celestial era ensordecedor. Millones de voces divinas, una marea interminable de seres etéreos, ángeles guerreros, deidades menores y gigantes primordiales, llenaban las gradas del Coliseo del Valhalla. Para ellos no se trataba de una contienda; era una ejecución formal, un espectáculo burocrático teñido de crueldad en el que la creación defectuosa sería devuelta a la nada.
En el centro de la pista de arena, una figura diminuta con cuernos dorados y ojos desorbitados por el entusiasmo sostenía un artefacto amplificador. Heimdall, el vigía de los dioses, inhaló con toda la capacidad de sus pulmones celestiales.
—¡¡Damas y caballeros, dioses y diosas de todo el cosmos!! —bramó el presentador, haciendo que el cuerno Gjallarhorn temblara con una resonancia ensordecedora—. ¡El momento ha llegado! ¡Tanto tiempo contemplando la decadencia mortal llega a su fin este día! ¡Bienvenidos a la primera ronda de la batalla definitiva por la supervivencia de la creación... el RAGNARÖK!
La multitud estalló en vítores que sacudieron los cimientos mismos de la estructura de mármol. En el palco de los líderes celestiales, Zeus acariciaba su barba con dedos huesudos y temblorosos, dejando escapar una risita seca y chirriante. A su lado, Hermes observaba con una calma ensayada, afinando las cuerdas de su violín imaginario.
—¿Quién más podría comenzar este banquete de sangre sino aquel que jamás ha conocido la derrota? —continuó Heimdall, señalando la inmensa puerta norte, de donde emanaban columnas de vapor blanco y chispas de electricidad azulada—. ¡El guerrero más implacable del panteón nórdico! ¡Aquel cuyos puños desatan la tormenta y cuya fuerza pulveriza los continentes! ¡El Berserker del Trueno! ¡¡EL DIOS THOR!!
Las compuertas de hierro se abrieron con un chirrido agónico.
Caminando a paso lento y solemne, el titán pelirrojo avanzó hacia la arena. Sus ojos dorados, apagados por un milenio de aburrimiento absoluto, miraban a la nada. Arrastraba sobre su hombro derecho un bloque monumental de piedra oscura, sujeto por un mango macizo: el Mjölnir. Sus manos estaban cubiertas por los Járngreipr, los guantes de hierro divino capaces de resistir el despertar del arma más devastadora de los cielos. La sola presencia de Thor aplastaba la atmósfera; el aire se volvió tan denso y cargado de ozono que a las deidades de las primeras filas les costaba respirar.
—Míralo... —murmuró Göll en el balcón del lado humano, apretando con fuerza la barandilla de piedra mientras sus dientes castañeteaban—. Es una fuerza de la naturaleza. Hermana, ningún ser humano puede si quiera acercarse a él sin ser desintegrado por la presión.
Brunilda no pestañeó. Junto a ella aguardaba una mujer de porte noble, vestida con una armadura esmeralda y el cabello castaño recogido en una trenza marcial: Randgriz, la cuarta hermana valquiria, la Destructora de Escudos.
—Ya cumpliste con tu parte, Randgriz —dijo Brunilda sin voltear a verla.
—Sí, hermana mayor —respondió la valquiria con una reverencia serena—. Mi alma se ha fusionado con la suya. Jamás había sentido una existencia tan... desolada. Su alma no es la de un héroe que busca la gloria, ni la de un rey que defiende una corona. Su espíritu es un pozo sin fondo de odio puro, forjado para desafiar la fatalidad. Si mi destino es romperme a su lado, lo acepto con honor.
Abajo, en la arena, Heimdall giró la vista hacia la entrada sur, frunciendo el ceño por primera vez mientras leía la tableta flotante que dictaba los nombres de los contendientes. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, desconcertado por lo que las letras inscritas le mostraban.
—¿Y... y en el rincón de la humanidad? —la voz de Heimdall perdió por una fracción de segundo su histriónico dramatismo—. ¡Un momento! ¡Esto debe ser un error del registro! Su nombre no figura en las tumbas de Babilonia, ni en las crónicas de los reinos de Oriente, ni en las páginas de los libros sagrados de la Tierra... ¡Él proviene de un abismo que los hombres soñaron cuando cerraron los ojos ante la desesperación!
En las gradas humanas, donde millones de almas de todas las eras observaban en silencio sepulcral, comenzó a propagarse un murmullo inquieto. Soldados romanos, caballeros medievales, campesinos y eruditos se miraban entre sí, incapaces de reconocer la descripción que resonaba desde el centro del coliseo.
—¡Nacido del cadáver de una mujer colgada de un árbol! —rugió Heimdall, recuperando el frenesí al sentir la perturbación en el ambiente—. ¡Criado en el barro, bautizado en la sangre y traicionado por todo lo que alguna vez amó! ¡No posee sangre divina! ¡No posee milagros ni bendiciones celestiales! ¡Es el hombre que desafió a los ángeles de la oscuridad y sobrevivió al infierno armado solo con su furia! ¡¡EL ESPADACHÍN NEGRO!! ¡¡GUTS!!
Las puertas del sur no se abrieron lentamente. Cayeron derribadas con un estruendo metálico.
Del túnel en tinieblas emergió una figura oscura. Una capa deshilachada y manchada de ceniza ondeaba tras él como las alas rotas de un cuervo. El tintineo de cadenas de acero y el golpe seco de botas blindadas contra la arena marcaron cada uno de sus pasos. Sobre su espalda, sostenida con la naturalidad de quien carga una rama seca, reposaba una losa de metal ciclópea, rugosa y ennegrecida por la sangre reseca de mil abominaciones: la Matadragones.
En el cuello del guerrero, una herida abierta en forma de runa maldita comenzó a sangrar profusamente. La Marca del Sacrificio pulsaba como un corazón enloquecido, quemándole la carne viva ante la proximidad de una presencia divina. Guts ni siquiera se inmutó. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que sus molares rechinaron, dejando que el dolor alimentara el fuego salvaje de su único ojo.
—¿Qué es eso? —se burló Ares desde el palco de los doce dioses principales, recostándose en su asiento de terciopelo con una carcajada estruendosa—. ¿Una broma de mal gusto de la valquiria? Le falta un ojo, tiene un brazo de metal tosco y carga un pedazo de chatarra que ni siquiera tiene filo. ¡Ni siquiera es un hombre de la historia real! ¿Pretenden que un fantasma inventado por la histeria mortal se enfrente a Thor?
Hermes, sin embargo, dejó de tocar las cuerdas y entrecerró los ojos dorados, observando con extrema atención la forma en que el mortal se desplazaba.
—Hermano mío —murmuró el mensajero de los dioses con voz suave—, mira su equilibrio. No camina como un soldado que marcha hacia la muerte. Camina como una bestia herida que busca un cuello que destrozar. Y esa arma... no es una simple espada.
Guts se detuvo a escasos quince metros de Thor. El dios nórdico no se movió; continuó sosteniendo el martillo sobre su hombro, observando al mortal con la misma indiferencia con la que un león miraría a un insecto posado sobre una brizna de hierba.
—Un lisiado —soltó Thor, y su voz profunda vibró en el pecho de todos los presentes como un trueno distante—. ¿Es esto todo lo que la fantasía del hombre puede engendrar para retrasar su final?
Guts bajó la Matadragones de su espalda con un movimiento seco. La hoja de hierro golpeó la arena y el suelo bajo sus pies se agrietó en una telaraña de fisuras profundas. El peso del arma era colosal, pero los brazos del espadachín apenas temblaron.
—Hablas demasiado para ser un pedazo de carne con truenos —escupió Guts, arrojando una saliva teñida de sangre a un lado—. He visto monstruos más grandes que tú gimoteando en el suelo mientras les arrancaba las tripas. Da igual si eres un dios o un demonio... todos hacen el mismo ruido cuando mueren.
La mirada de Thor cambió. Por primera vez en siglos, una chispa diminuta de irritación encendió sus ojos ambarinos.
—Insensato —dijo el dios.
—¡¡PELEEN!! —aulló Heimdall, saltando hacia atrás para ponerse a salvo en el muro perimetral.
El silencio que siguió al grito fue total. Durante tres segundos que parecieron una eternidad, ninguno de los dos combatientes se movió. El viento del Valhalla apenas agitaba la capa negra de Guts y los mechones carmesíes de Thor.
Entonces, el dios del trueno dio un paso al frente.
No hubo advertencia. El suelo estalló bajo la bota de Thor cuando el nórdico se impulsó hacia adelante con una velocidad que desafiaba su inmenso tamaño. El Mjölnir descendió en un arco vertical devastador, envuelto en relámpagos blancos que desgarraron el aire con un silbido agónico. Era un golpe básico, sin técnica ni artificios, diseñado pura y exclusivamente para aplastar cráneos mortales contra la piedra.
—¡Se acabó! —gritaron cientos de dioses al unísono.
Pero el sonido que resonó en el coliseo no fue el crujido de carne y hueso siendo pulverizados.
Fue el aullido atronador de hierro chocando contra roca divina.
*¡¡CLAAAAANG!!*
Una onda de choque circular barrió la arena, levantando una cortina de polvo y quebrando las losas de piedra en un radio de veinte metros. Los dioses en las gradas se pusieron de pie, estupefactos, mientras el viento disipaba los escombros.
Guts estaba allí.
Había alzado la colosal lámina de la Matadragones de forma horizontal sobre su cabeza, utilizándola como un escudo improvisado. El Mjölnir reposaba directamente sobre el lomo de acero negro. Las rodillas de Guts estaban flexionadas y el suelo bajo sus pies se había hundido diez centímetros, pero sus brazos, tensos como cables de acero forjado, sostenían el impacto. Gracias a la unión espiritual con Randgriz, la espada no solo resistía el poder divino, sino que canalizaba la violencia del golpe hacia la tierra sin romperse.
—¡¿Detuvo el golpe directo de Thor?! —chilló Göll, sujetándose la cabeza con ambas manos, al borde del desmayo—. ¡Hermana! ¡Lo detuvo con pura fuerza física!
—No es solo fuerza física, tonta —dijo Brunilda, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa grotesca deformándole el rostro—. Durante años, ese hombre ha blandido esa masa de hierro contra criaturas que aplastaban castillos enteros. La Matadragones ha sido bañada en la sangre de miles de demonios y espíritus malditos; ya habitaba a medio camino entre el plano físico y el astral. Y ahora, fusionada con el poder de Randgriz... ¡es un trozo de acero nacido para despedazar lo divino!
En el centro del cráter, los ojos de Thor se abrieron de par en par. La apatía milenaria en su rostro se resquebrajó, reemplazada por una sombra de desconcierto. Nadie, ni siquiera los gigantes de Jötunheim, había recibido un impacto directo del Mjölnir de esa manera.
Bajo la espada, el rostro de Guts se retorció en una mueca salvaje, cargada de una ferocidad casi demoníaca.
—¿Eso es todo lo que tienes, maldito dios? —gruñó el espadachín.
Antes de que Thor pudiera retirar su martillo, Guts giró bruscamente el torso. La Matadragones resbaló contra el borde del Mjölnir, desviando la trayectoria de la fuerza divina hacia el suelo. Al mismo tiempo, el brazo izquierdo de Guts —la prótesis de hierro— se disparó hacia adelante, apuntando directamente a la barbilla descubierta del dios.
El mecanismo interno del antebrazo chasqueó con un sonido seco.
*¡K-CLACK!*
La mano de hierro se dobló hacia abajo a noventa grados, revelando la boca ennegrecida de un cañón de pólvora de calibre pesado incrustado en la articulación del brazo.
—¡Muérete! —rugió Guts.
*¡¡¡BOOOOOOM!!!*
Una llamarada infernal y un estruendo ensordecedor iluminaron el rostro de Thor a quemarropa. La descarga de metralla y fuego a bocajarro impactó contra el pecho y el mentón de la deidad, proyectando una densa nube de humo negro que envolvió a ambos guerreros. La fuerza del disparo obligó a Thor a retroceder dos pasos completos, arrastrando las botas por la arena para no perder el equilibrio.
Las gradas divinas enmudecieron. Un silencio absoluto, aterrado e incrédulo se extendió por todo el coliseo.
—¿Retrocedió...? —tartamudeó Shiva, abriendo los cuatro ojos de par en par desde su asiento—. ¿Ese humano acaba de hacer retroceder al Berserker del Trueno?
En medio del humo que se disipaba lentamente, Thor permanecía de pie. Su túnica blanca estaba chamuscada y varios hilos de sangre dorada brotaban de pequeñas heridas en su mejilla y en su clavícula, descendiendo lentamente por su piel pálida. El dios bajó la mirada, observando el líquido dorado que manchaba sus guantes de hierro.
Tocó la herida de su mejilla con la punta de los dedos. Estaba caliente. Ardía.
Thor levantó lentamente la cabeza. Su flequillo rojizo ensombrecía su mirada, pero las comisuras de sus labios comenzaron a curvarse hacia arriba, dibujando una sonrisa siniestra y demencial que ningún dios nórdico había visto en él desde las guerras contra los gigantes.
—Sangre... —susurró Thor, y su voz no traía furia, sino una alegría monstruosa, la sed insaciable de un guerrero que por fin encuentra una presa digna—. Mi sangre.
A unos metros de distancia, Guts apoyó la Matadragones de nuevo sobre su hombro, recargando el cañón interno con un movimiento seco de su muñeca mientras el humo salía por la boca de metal. La Marca del Sacrificio en su cuello sangraba con más violencia que nunca, manchando su armadura de un carmesí viscoso, pero su único ojo ardía con la determinación de una bestia que huele el miedo de su cazador.
—Te lo dije —dijo Guts, escupiendo de nuevo y dando un paso amenazante hacia el dios—. Si sangras... puedes morir.
El aire en el coliseo comenzó a vibrar con una intensidad insoportable. Arcos de electricidad carmesí empezaron a saltar desde el cuerpo de Thor, envolviendo el Mjölnir en una tormenta viviente que amenazaba con devorar la arena entera.
El primer intercambio había terminado, y los cielos acababan de comprender la verdad que Brunilda les había arrojado a la cara: la pesadilla de la humanidad no había venido a competir por piedad, sino a arrancarles la inmortalidad a golpes de hierro.