reencarnado en teyvat con una cuenta de genshin imppact
Ecos de un Trono de Cristal y el Rugido de la Marea
La luz de la luna de Fontaine se filtraba a través de los altos ventanales de la Ópera de la Epíclesis, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol. Damian caminaba medio paso por detrás de Furina, manteniendo una distancia respetuosa pero lo suficientemente cerca como para intervenir en una fracción de segundo. Neuvillette los seguía con la mirada, sus ojos todavía cargados de una sospecha analítica. El Juez Supremo no era tonto; sabía que la energía que emanaba de aquel joven de cabello azul no pertenecía a este mundo, ni siquiera al sistema de Visiones que regía Teyvat.
—Dime, Damian —comenzó Furina, rompiendo el silencio mientras sus tacones resonaban rítmicamente contra el suelo—. Has hablado con una confianza que incluso a mí me resultaría difícil de fingir. Dices que puedes cambiar el guion, que tienes el poder de "héroes". Pero las palabras son baratas en la Corte de la Justicia. ¿Qué es exactamente lo que pretendes hacer cuando las aguas comiencen a subir?
Damian se detuvo frente a una gran balconada que daba al mar. El sistema en su mente vibraba, mostrándole las estadísticas de sus personajes. Podía sentir el frío eterno de Ayaka, la furia abrasadora de Diluc y la precisión quirúrgica de Yelan.
—Lo que pretendo, Lady Furina, es romper el ciclo —respondió él, girándose para mirarla. Sus ojos, antes amables, ahora brillaban con una intensidad caótica—. La profecía dice que todos se disolverán en el agua y que tú quedarás sola, llorando en tu trono. Es un final poético, lo admito, pero detesto las tragedias. Mi plan es simple: si el Mar Primordial quiere devorar Fontaine, yo lo congelaré, lo evaporaré y lo someteré hasta que pida clemencia.
Neuvillette se acercó, cruzando los brazos sobre su pecho.
—El Mar Primordial no es una fuerza ordinaria —advirtió el Iudex—. Es la sangre de la vida misma de este planeta, cargada con una voluntad antigua. Ni siquiera yo, con todo mi control sobre el elemento Hydro, puedo asegurar una victoria absoluta si la marea decide reclamar lo que es suyo.
Damian soltó una risa ligera, una que denotaba una confianza que rozaba la arrogancia, pero que en él se sentía extrañamente reconfortante.
—Eso es porque tú juegas bajo las reglas de este mundo, Neuvillette. Yo no.
En un movimiento fluido, Damian cerró los ojos y accedió a su interfaz. "Cambio de personaje: Raiden Shogun", pensó.
No hubo una explosión de luz, sino una implosión de realidad. El aire se saturó de electricidad estática, haciendo que el vello de los brazos de Furina se erizara. En el lugar donde estaba el joven de apariencia sencilla, ahora se erguía la imponente figura de la Arconte Electro de Inazuma. El kimono de seda ondeaba sin viento, y el brillo de la pupila en su nuca iluminaba la oscuridad del pasillo.
—La eternidad no es solo un concepto —dijo Damian, con la voz duplicada y gélida de la Shogun—. Es la voluntad de prevalecer sobre el cambio. Si Fontaine necesita un milagro, yo seré ese milagro.
Furina retrocedió un paso, llevándose una mano al pecho. Había visto a Neuvillette liberar su poder, e incluso había sentido la presencia de otros enviados, pero esto... esto era diferente. Era como si la esencia misma de una deidad extranjera hubiera sido arrancada de su tierra y depositada allí, en su totalidad.
—Increíble... —susurró Furina, sus ojos brillando con una mezcla de envidia y asombro—. Realmente... eres una caja de sorpresas más grande que el sombrero de Lyney.
Damian volvió a su forma original con un suspiro, sintiendo el ligero drenaje de energía que conllevaba mantener una transformación de alto nivel, aunque con su cuenta al máximo, la recuperación era casi instantánea.
—Esa es solo una de mis facetas —dijo Damian, volviendo a ser el chico de cabello azul—. Pero no estoy aquí solo para presumir. Sé que el juicio final se acerca. Sé que la Orden del Abismo y los Fatui están moviendo sus piezas. Arlecchino no tardará en presionar, si es que no lo está haciendo ya.
Neuvillette asintió con gravedad.
—La "Sierva" ya ha mostrado sus intenciones. La seguridad de Fontaine es mi prioridad, pero la estabilidad emocional de Lady Furina es... —se detuvo, mirando a la Archon con una nota de tristeza oculta.
—Es secundaria para el plan de "Focalors", ¿verdad? —completó Damian, ganándose una mirada de puro terror por parte de Furina.
—¿Cómo... cómo sabes ese nombre? —preguntó ella con un hilo de voz.
Damian se acercó a ella y, con una delicadeza que contrastaba con su anterior despliegue de poder, le acomodó un mechón de cabello tras la oreja.
—Sé muchas cosas, Furina. Sé que has estado sufriendo en un escenario que parece no tener fin. Pero escúchame bien: a partir de hoy, no estás sola en ese escenario. Si quieres seguir fingiendo ante el pueblo para mantener la esperanza, hazlo. Yo seré el tramoyista que asegure que las vigas no se caigan. Y cuando estés cansada de actuar, yo seré el refugio donde puedas ser simplemente tú.
Furina sintió que sus defensas, aquellas que había construido con tanto esmero durante cinco siglos, se desmoronaban ante la sinceridad de aquel extraño. No era un súbdito adorador, era alguien que la veía de verdad.
—¿Por qué yo? —preguntó ella, con las lágrimas amenazando con brotar de nuevo—. Hay tantas personas poderosas, tantas personas nobles... Yo solo soy... una mentira con patas.
—Porque las mentiras más hermosas son las que se cuentan por amor a los demás —respondió Damian con una sonrisa triste—. Y porque, para mí, eres el personaje más valiente de toda esta historia. No hay nadie en Teyvat que tenga tu fuerza de voluntad.
El silencio fue interrumpido por el sonido de una campana a lo lejos. Era la señal de que una nueva sesión en la Ópera estaba por comenzar, o quizás, un aviso de que algo se agitaba en las profundidades del Distrito Administrativo.
—Debemos movernos —dijo Neuvillette, recobrando su compostura profesional—. Si este joven posee la capacidad de intervenir, sugiero que lo mantengamos cerca, pero fuera de la vista del público por ahora. Un elemento tan impredecible podría causar pánico.
—Oh, me encanta causar pánico —dijo Damian, recuperando su tono neutral/caótico—, pero por esta vez, seré discreto. Furina, ve al escenario. Haz lo que mejor sabes hacer. Yo estaré en las sombras. Si alguien intenta tocarte, o si el juicio toma un giro que no me guste... bueno, digamos que el Palacio de Mermonia necesitará un nuevo tejado.
Furina soltó una risa nerviosa, ajustándose el sombrero con un gesto elegante.
—¡Muy bien! Si mi nuevo "escudo" es tan impaciente, no puedo hacerlo esperar. ¡Neuvillette, prepárate! ¡Daremos un espectáculo que ni las estrellas olvidarán!
Mientras Furina y Neuvillette se dirigían hacia el escenario principal, Damian se fundió con las sombras del pasillo. Usó la habilidad pasiva de Yelan para moverse con una velocidad casi invisible, posicionándose en una de las vigas superiores de la Ópera, desde donde tenía una vista perfecta de todo el auditorio.
Desde su posición, Damian observó cómo el público entraba. Vio a los ciudadanos de Fontaine, ajenos al peligro inminente, esperando ser entretenidos por su Archon. Sintió una punzada de rabia. Todos ellos disfrutaban del espectáculo, sin saber que el precio de su entrada era el alma de la mujer que estaba en el centro del escenario.
"No hoy", pensó Damian, abriendo su menú de armas. Seleccionó la "Elegía del Fin" y sintió el arco materializarse en sus manos. "Nadie más sufrirá por una profecía mal escrita".
De repente, un escalofrío recorrió su espalda. Su sensibilidad elemental, potenciada al máximo por su cuenta, detectó una anomalía. No venía del escenario, sino de debajo del suelo. El Mar Primordial estaba inquieto. Pero había algo más... una presencia oscura, fría y hambrienta.
—La Ballena —susurró Damian.
Sabía que aún no era el momento de su aparición triunfal, pero las vibraciones indicaban que el sello se estaba debilitando más rápido de lo que los registros del juego sugerían. Quizás su presencia en este mundo había acelerado ciertos eventos.
—Sistema —llamó mentalmente—. ¿Puedo usar habilidades de soporte de varios personajes a la vez sin transformarme completamente?
Una pantalla semitransparente parpadeó frente a sus ojos: [Confirmado. El usuario puede imbuir el entorno con habilidades pasivas y ráfagas elementales de personajes en reserva, siempre que el costo de energía sea cubierto].
Damian sonrió de lado. Era hora de hacer un poco de trampa.
Cerró los ojos y visualizó el campo de batalla. "Escudo de Zhongli: activado. Medusas de curación de Kokomi: en espera. Cadenas de sombra de Yelan: listas".
Abajo, en el escenario, Furina comenzó su discurso. Su voz era alta, clara y llena de esa falsa arrogancia que Damian ahora encontraba tan dolorosa de escuchar. Ella hablaba de justicia, de leyes y del destino de Fontaine. Pero Damian notó cómo sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía su cetro.
—¡Y por eso, ciudadanos de Fontaine, no hay nada que temer! —exclamó Furina, extendiendo los brazos—. ¡Mientras yo, su Archon, esté aquí, las aguas respetarán nuestras fronteras!
Un aplauso atronador llenó la sala. Damian, desde las alturas, apretó el arco con más fuerza.
—Qué buena actriz eres, Furina —murmuró—. Pero pronto no tendrás que actuar más.
De repente, el suelo de la Ópera tembló. No fue un sismo ordinario; fue un pulso de energía Hydro tan pesado que varios ciudadanos en las primeras filas se marearon. Neuvillette, sentado en su trono de juez, se puso de pie inmediatamente, su bastón brillando con una luz intensa.
—¡Silencio! —ordenó Neuvillette, y su voz resonó como un trueno—. Hay una perturbación en las corrientes subterráneas. Guardias, evacuen las zonas bajas del edificio.
El pánico empezó a cundir. Furina se quedó paralizada en medio del escenario, su máscara de confianza empezando a agrietarse. Miró hacia arriba, buscando instintivamente a Damian en las sombras, aunque no pudiera verlo.
—¡Es el momento! —gritó una voz desde la multitud. Un grupo de figuras encapuchadas, probablemente miembros de algún culto radical o agentes del Abismo disfrazados, saltaron hacia el escenario—. ¡La falsa Archon no puede protegernos! ¡El mar nos reclama!
Los guardias intentaron intervenir, pero los atacantes usaban artes oscuras que los mantenían a raya. Uno de ellos, armado con una daga imbuida en energía del vacío, se lanzó directamente hacia Furina.
—¡Muere, mentirosa! —rugió el atacante.
Furina cerró los ojos, esperando el impacto. Pero el golpe nunca llegó.
Un estallido de luz dorada envolvió el escenario. Un escudo de color ámbar, con patrones de dragones celestiales, se materializó alrededor de Furina, desviando la daga con un sonido metálico. El atacante salió despedido hacia atrás por la fuerza del contragolpe.
—He dicho que ella es mi responsabilidad —dijo una voz que parecía venir de todas partes y de ninguna.
Damian descendió desde las alturas, pero no lo hizo como un humano. En su caída, cambió a la forma de Xiao, el Gran Guardián Cazador de Demonios. Una máscara de yaksha cubrió su rostro y una lanza de jade apareció en su mano. Antes de tocar el suelo, desapareció en un destello de energía Anemo, reapareciendo instantáneamente frente a Furina.
—Lamentable —dijo Damian a través de la máscara.
Con un movimiento circular de su lanza, desató una ráfaga de viento que mandó a todos los atacantes a volar contra las paredes del auditorio, quedando inconscientes al instante. El público se quedó en silencio, mirando a la figura enmascarada que protegía a su Archon.
Damian se giró hacia Furina, quien lo miraba con los ojos desorbitados. Sin decir una palabra, volvió a su forma original, la de Shido Itsuka, pero mantuvo el escudo de Zhongli activo a su alrededor.
—¿Estás bien? —preguntó él, ignorando los murmullos de la multitud y la mirada inquisitiva de Neuvillette.
Furina asintió lentamente, recuperando el aliento.
—Sí... yo... gracias —susurró ella, tan bajo que solo él pudo oírlo.
Neuvillette bajó del estrado y se acercó a ellos.
—Esa intervención fue... oportuna, aunque poco ortodoxa —dijo el Iudex, mirando a los atacantes derrotados—. Parece que los enemigos de Fontaine se están volviendo más audaces.
—Esto solo es el principio —dijo Damian, mirando hacia las profundidades del escenario—. El Mar Primordial está respondiendo a la agitación. Neuvillette, saca a la gente de aquí. Ahora.
Como si sus palabras hubieran sido una profecía, una grieta se abrió en el centro del escenario. Un chorro de agua azul oscuro, casi negra, brotó con una presión violenta. El olor a sal y a antigüedad inundó la sala.
—¡El agua! ¡El agua nos va a disolver! —gritó alguien en el público, y el caos estalló por completo.
Damian no perdió el tiempo. Sabía que ese agua no era agua normal; era la esencia purificada del Mar Primordial que buscaba reclamar a los habitantes de Fontaine.
—¡Furina, quédate detrás de mí! —ordenó Damian.
—¡Pero yo debo hacer algo! —exclamó ella, buscando desesperadamente una forma de ayudar, aunque no tuviera poderes—. ¡Soy su Archon!
—¡Tu papel ahora es sobrevivir! —le gritó Damian, no con malicia, sino con urgencia—. ¡Déjame el resto a mí!
Damian se concentró. Sabía que no podía simplemente golpear el agua. Necesitaba contenerla. "Cambio de personaje: Furina (Modo Pneuma)".
Fue una decisión irónica, pero efectiva. Al transformarse en la versión de combate de Furina, Damian obtuvo acceso al control absoluto sobre las criaturas del Salón de la Fama. Invocó a los tres miembros del salón: el Pulpo, el Caballito de Mar y el Cangrejo.
—¡Escuchen bien! —gritó Damian, su voz ahora resonando con la autoridad de la Hidro Archon que Furina debería haber sido—. ¡Contengan esa marea! ¡No dejen que una sola gota toque a los civiles!
Las criaturas elementales, potenciadas por las constelaciones de su cuenta y el nivel máximo, se lanzaron hacia la grieta. El cangrejo creó una barrera de presión, mientras que el pulpo y el caballito de mar absorbían y redirigían el agua corrupta.
Neuvillette, al ver a Damian transformado en una versión de Furina que irradiaba un poder divino auténtico, se quedó momentáneamente sin palabras. Era una visión de lo que podría haber sido, o de lo que estaba destinado a ser.
—No te quedes ahí mirando, Juez Supremo —dijo Damian, mirándolo por encima del hombro—. Ayúdame a sellar esto antes de que toda la isla de Erinias se hunda.
Neuvillette asintió y levantó su bastón. Juntos, el Dragón Hidro y el Protector Caótico unieron sus fuerzas. Columnas de agua pura chocaron contra la marea oscura, creando un equilibrio precario en medio de la Ópera.
Mientras tanto, la verdadera Furina observaba la escena desde la seguridad del escudo de Zhongli. Veía a Damian pelear con su rostro, con sus habilidades soñadas, protegiendo a su pueblo con la fuerza que ella siempre deseó tener. Sintió una mezcla de alivio y una profunda gratitud. Por primera vez en siglos, sintió que la carga de la profecía no estaba solo sobre sus hombros.
—Él realmente... —susurró Furina, apretando los puños contra su pecho—. Realmente ha venido a salvarme.
Damian, sintiendo la conexión con el sistema, decidió que era hora de terminar con esta pequeña escaramuza. "Habilidad Definitiva: ¡Que el mundo entero sea mi escenario!".
Un estallido de energía Hydro purificadora inundó la sala, no para dañar, sino para sanar y proteger. El agua del Mar Primordial fue obligada a retroceder hacia las profundidades, y la grieta en el suelo se selló con una capa de cristal geo irrompible.
El silencio volvió a la Ópera de la Epíclesis, interrumpido solo por los sollozos de algunos ciudadanos y el sonido del agua goteando de las lámparas. Damian volvió a su forma original, respirando con dificultad. Usar tantas habilidades de alto nivel en sucesión era agotador, incluso para él.
Se giró hacia Furina y le dedicó una sonrisa cansada pero triunfante.
—Te dije que cambiaríamos el guion —dijo Damian.
Furina corrió hacia él y, sin importarle el protocolo, el público o la mirada de Neuvillette, lo abrazó con fuerza.
—Eres un idiota, Damian —sollozó ella contra su hombro—. Un idiota arrogante y caótico.
—Lo sé —respondió él, rodeándola con sus brazos y mirando hacia el techo, donde sabía que el destino todavía acechaba—. Pero soy tu idiota. Y no voy a ir a ninguna parte hasta que este teatro se cierre con un final feliz.
Neuvillette se acercó a ellos, su expresión más suave de lo que nunca había estado.
—Fontaine tiene una deuda contigo, Damian —dijo el Iudex—. Pero me temo que esto solo ha sido un aviso. La verdadera tormenta aún no ha llegado.
—Que venga —dijo Damian, apretando a Furina un poco más—. Tengo una cuenta llena de leyendas y un deseo obsesivo de proteger a esta chica. Que el destino traiga lo que quiera. Yo estoy listo para romperlo en pedazos.
En las sombras de la Ópera, una figura con una máscara de médico observaba la escena con interés antes de desaparecer en un portal de energía oscura. El juego había cambiado, y por primera vez en la historia de Teyvat, el resultado era un misterio incluso para los dioses. Damian, el protector reencarnado, había reclamado su lugar en el escenario, y no permitiría que nadie más dictara el acto final.