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Reina de Tokio

El Desafío de la Emperatriz

La noche se cernía sobre Tokio como un sudario de neón, pero en el callejón donde Wind Breaker y Tokyo Manji se habían encontrado, el aire seguía vibrando con la tensión de un cable a punto de romperse. La partida de Alya había dejado un vacío, pero también una semilla de incertidumbre y un desafío ineludible.

– ¿Quién demonios se cree que es esa mujer? – masculló Sakura, su voz ronca de frustración. Sus puños aún estaban apretados, la ira burbujeando bajo su piel. Ser tratado como un peón era una ofensa que no toleraba.

Nirei, visiblemente nervioso, se encogió. – Es Alya, Sakura-kun. Suo-san tiene razón. Es la líder de la mafia más poderosa de Tokio. He oído historias… – Se interrumpió, un escalofrío recorriéndole la espalda.

Suo, ajustándose las gafas, añadió con su habitual calma. – Su influencia es inmensa. Controla gran parte del submundo de la ciudad, desde los negocios ilícitos hasta la protección de grandes corporaciones. Su poder no es solo físico, es estratégico.

En el otro extremo del callejón, Mikey mantenía su sonrisa enigmática, sus ojos fijos en el punto donde Alya había desaparecido. – Interesante – musitó. – Muy interesante.

Draken, con el ceño fruncido, no compartía el optimismo de su líder. – Mikey, esto no es un juego. Alya no hace amenazas vacías. Si nos ha desafiado, es porque tiene un plan. Y dudo que sea un plan que nos beneficie.

Takemichi, con su corazón latiéndole a mil por hora, apenas podía procesar la magnitud de la situación. La llegada de Alya había cambiado por completo el panorama. El enfrentamiento entre Wind Breaker y Tokyo Manji, que antes parecía la principal preocupación, ahora palidecía en comparación con la sombra que la líder de la mafia había proyectado.

– ¿Y qué vamos a hacer? – preguntó Takemichi, su voz temblorosa. – ¿Aceptar su desafío?

Mikey se giró hacia ellos, su sonrisa se ensanchó. – Por supuesto. ¿Acaso tenemos otra opción? Nadie le dice a la Tokyo Manji Gang lo que tiene que hacer. Y si esta mujer cree que puede ponernos a prueba, entonces le mostraremos de qué estamos hechos.

En el lado de Wind Breaker, Sakura observaba a Mikey, una chispa de reconocimiento en sus ojos. A pesar de la rivalidad, podía sentir una resonancia en la actitud desafiante del líder de Tokyo Manji.

– ¿Y qué hay de nosotros? – preguntó Togame, su tono usualmente despreocupado ahora teñido de seriedad. – ¿También nos ha arrastrado a su juego?

Sakura se adelantó, sus ojos fijos en los de Mikey. – No somos parte de su juego. Pero si ella quiere una demostración de fuerza, se la daremos. No nos iremos de Tokio con el rabo entre las piernas.

La atmósfera en el callejón, aunque aún tensa, había cambiado sutilmente. La hostilidad entre los dos grupos se había transformado en una especie de alianza tácita frente a un enemigo común, aunque aún no se fiaban el uno del otro.

– Muy bien – dijo Draken, dirigiéndose a Sakura. – Parece que tenemos un problema en común. Pero no esperes que trabajemos juntos.

Sakura soltó una risa seca. – No esperábamos menos. Pero será mejor que no se interpongan en nuestro camino.

Con eso, Wind Breaker se dio la vuelta y se alejó, dejando a Tokyo Manji en el callejón.

– ¿Crees que Alya tiene algo planeado para mañana? – preguntó Chifuyu a Mikey.

Mikey se encogió de hombros. – No lo sé. Pero sea lo que sea, estaremos listos.

Mientras tanto, en lo alto de su rascacielos, Alya observaba la ciudad, una sonrisa de satisfacción en sus labios. Kaito estaba a su lado, esperando sus órdenes.

– Mañana al mediodía, Kaito – dijo Alya, su voz era un susurro, pero resonaba con autoridad. – Quiero que ambos grupos se encuentren en el almacén abandonado del distrito de Minato. Y asegúrate de que mis "invitados" estén presentes.

Kaito asintió. – Entendido, Alya-sama. ¿Y cuál será el desafío?

Alya se giró, sus ojos brillaban con una luz peligrosa. – Un pequeño juego de estrategia y fuerza. Un robo. Pero no un robo cualquiera. Quiero que recuperen un cargamento que ha sido "extraviado". Un cargamento muy valioso.

– ¿De qué tipo de cargamento hablamos, Alya-sama? – preguntó Kaito, intrigado.

– Un cargamento de armas de última generación – respondió Alya con una sonrisa. – Y no quiero que ninguna de ellas caiga en las manos equivocadas. Los que demuestren ser más eficientes, más inteligentes y, por supuesto, más fuertes, serán los que se ganen mi respeto. Y los que no… bueno, que aprendan su lección.

La noche transcurrió con una inquietud palpable en toda la ciudad. Los rumores sobre el desafío de Alya se extendieron como la pólvora, llegando a los oídos de todos los que se atrevían a operar en el submundo de Tokio.

A la mañana siguiente, Takemichi se despertó con el corazón oprimido. La imagen de Alya, con su sonrisa gélida y sus ojos penetrantes, se negaba a abandonar su mente. Sabía que la situación era peligrosa, pero también sentía una extraña premonición. Esta vez, el futuro no estaba tan claro.

Cuando se reunió con Mikey y Draken, la tensión era evidente. – ¿Alguna idea de qué podría ser el desafío? – preguntó Takemichi.

Draken suspiró. – Con Alya, nunca se sabe. Podría ser cualquier cosa. Pero una cosa es segura: no será fácil.

Mikey, con su habitual despreocupación, se estiró. – No importa lo que sea. Siempre hemos salido adelante.

Mientras tanto, Wind Breaker también se preparaba. Sakura estaba inusualmente callado, sus pensamientos centrados en la enigmática líder de la mafia.

– ¿Crees que nos tenderá una trampa? – preguntó Togame.

Sakura negó con la cabeza. – No lo creo. Ella quiere una demostración de fuerza. Una trampa sería una señal de debilidad. Pero eso no significa que no sea peligroso.

Suo, con su mente analítica, ya estaba elaborando posibles escenarios. – Si es un desafío, probablemente implicará un objetivo. Algo que ambos grupos deban conseguir. Y la forma en que lo consigan determinará el ganador.

Al mediodía, ambos grupos se dirigieron al distrito de Minato. El almacén abandonado era un lugar lúgubre, con las ventanas rotas y las paredes cubiertas de grafitis. El aire estaba cargado de un silencio ominoso.

Cuando llegaron, Alya ya estaba allí, flanqueada por Kaito y varios de sus hombres. Llevaba un traje de cuero oscuro que acentuaba su figura, y sus ojos, fríos como el hielo, observaban a los recién llegados.

– Bienvenidos – dijo Alya, su voz resonando en el vasto espacio del almacén. – Me alegra ver que han aceptado mi invitación.

Mikey y Sakura se miraron, una chispa de desafío en sus ojos.

– ¿Cuál es el juego, Alya? – preguntó Mikey, su tono relajado, pero con un matiz de impaciencia.

Alya sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. – Simple. Como les dije anoche, un cargamento de armas muy valiosas ha sido "extraviado". Mi gente ha rastreado su ubicación hasta un complejo de almacenes en el puerto, a unos kilómetros de aquí. Su tarea es recuperarlo.

– ¿Y qué hay de la competencia? – preguntó Sakura, su voz firme.

– Ah, esa es la parte divertida – respondió Alya, sus ojos brillando con malicia. – No solo tienen que recuperar el cargamento, sino que también tienen que superar al otro grupo. El grupo que consiga la mayor parte del cargamento, o que demuestre una mayor habilidad en el proceso, será el ganador.

– ¿Y qué pasa si nos negamos? – preguntó Draken, con el ceño fruncido.

Alya soltó una risa fría. – Nadie se niega a un desafío de Alya. Pero si lo hacen, las consecuencias serán mucho más "desagradables" de lo que puedan imaginar.

Takemichi sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las palabras de Alya no eran una amenaza, eran una promesa.

– Hay algunas reglas – continuó Alya. – No se permite el uso de armas de fuego. Solo sus puños y su ingenio. Y, por supuesto, no se permite la interferencia externa. Mis hombres estarán observando. Cualquier intento de engaño será castigado.

Alya levantó una mano, y Kaito le entregó un dispositivo. – Este dispositivo les mostrará la ubicación general del complejo de almacenes. Una vez allí, tendrán que encontrar el cargamento. El tiempo límite es de tres horas. Si no lo consiguen, ambos habrán fracasado.

Mikey tomó el dispositivo que le ofrecía Kaito, sus ojos fijos en Alya. – ¿Y qué hay de la recompensa para el ganador?

Alya sonrió. – El respeto. Y, por supuesto, un lugar en mi ciudad. Pero para el perdedor… bueno, el perdedor tendrá que aprender a vivir con las consecuencias de su fracaso.

Sakura se adelantó, sus ojos fijos en Alya. – ¿Y si los dos ganamos? ¿O si los dos perdemos?

Alya soltó una risa melodiosa. – Esa es una posibilidad. Pero dudo que un grupo tan orgulloso como el suyo quiera compartir la victoria. O la derrota.

Con eso, Alya hizo un gesto con la mano. – El juego ha comenzado.

Ambos grupos salieron corriendo del almacén, la adrenalina bombeando en sus venas. Wind Breaker, con Sakura a la cabeza, se dirigió hacia el puerto, sus mentes concentradas en el desafío.

– No dejaremos que esa mujer nos subestime – dijo Sakura, su voz llena de determinación.

Nirei, aunque nervioso, asintió. – ¡Sí! ¡Le mostraremos de qué estamos hechos!

Suo, ajustándose las gafas, ya estaba analizando la situación. – El complejo de almacenes es grande. Tendremos que ser estratégicos.

Tokyo Manji también se dirigía al puerto, la determinación en los ojos de Mikey y Draken era palpable.

– No importa lo que nos ponga delante, lo superaremos – dijo Mikey.

Draken asintió. – Estaremos listos para lo que sea.

Takemichi, corriendo detrás de ellos, sentía el peso de la responsabilidad. Sabía que este desafío no era solo por el orgullo o el territorio. Era una prueba de fuerza, de inteligencia y de supervivencia en el peligroso submundo de Tokio.

El complejo de almacenes era un laberinto de pasillos oscuros y cajas apiladas. El aire estaba impregnado del olor a salitre y metal. Ambos grupos se adentraron en el complejo, la tensión palpable en el aire.

Wind Breaker se dividió, buscando pistas sobre la ubicación del cargamento. Sakura, con su aguda percepción, notó una serie de marcas inusuales en el suelo, que parecían indicar un camino.

– Por aquí – dijo, señalando las marcas.

Mientras tanto, Tokyo Manji también buscaba. Mikey, con su instinto innato, se dirigió hacia una sección del almacén que parecía más custodiada.

– Aquí hay algo – dijo, señalando una puerta de metal reforzada.

La carrera contra el tiempo y contra el otro grupo había comenzado. El destino de Tokio, y quizás el de ambos grupos, dependía de quién demostrara ser el más digno de respeto a los ojos de la implacable Alya. La emperatriz de la mafia había puesto sus piezas en el tablero, y el juego había comenzado.