Repartiendo Besos
Refugio entre cajas y ronroneos
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las persianas del apartamento de Minho, dibujando líneas doradas sobre la alfombra desgastada. Jisung despertó lentamente, desorientado por el silencio. No era el silencio tenso de su propio apartamento, ese que parecía contener la respiración antes de un grito; era un silencio vivo, interrumpido por el suave zumbido del refrigerador y el peso cálido de algo moviéndose a sus pies.
Al bajar la mirada, se encontró con un gato de pelaje anaranjado que lo observaba con curiosidad antes de soltar un bostezo perezoso. Jisung parpadeó, y los recuerdos de la noche anterior lo golpearon de golpe: el dolor, la lluvia, la motocicleta y los brazos de Minho sosteniéndolo cuando sintió que el mundo se desmoronaba.
Se incorporó con cuidado, sintiendo una punzada de rigidez en la mejilla. Al tocarse, notó que el parche que Minho le había colocado seguía en su lugar.
—Vaya, por fin despiertas. Empezaba a pensar que los gatos te habían aceptado como parte del mobiliario.
Jisung dio un pequeño respingo y giró la cabeza hacia la cocina. Minho estaba allí, de espaldas, vertiendo café en dos tazas. No llevaba la chaqueta de cuero ni el casco; vestía una camiseta negra sencilla y unos pantalones de chándal, una imagen mucho más doméstica y vulnerable de la que Jisung estaba acostumbrado a ver a través de la rendija de su puerta.
—Minho... —La voz de Jisung salió ronca, apenas un susurro.
—No te esfuerces —dijo Minho, acercándose con una taza humeante—. Bebe esto primero. Te ayudará a despejar la niebla.
Jisung aceptó la taza, rodeándola con ambas manos para absorber el calor. Minho se sentó en el borde de la mesa de centro, observándolo con una intensidad que no era invasiva, sino protectora.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Minho, señalando con un gesto de cabeza la mejilla de Jisung.
—Me duele un poco —admitió Jisung, bajando la mirada hacia el café—. Pero... me siento extraño. Es la primera vez en mucho tiempo que no me despierto con el corazón acelerado, esperando a ver de qué humor está él.
Minho apretó la mandíbula por un segundo, un destello de rabia cruzando sus ojos antes de recuperar su calma habitual.
—Eso es porque aquí no tienes que esperar nada, Jisung. Aquí puedes simplemente ser.
Se quedaron en silencio un momento, un silencio que Jisung aprovechó para analizar el lugar. Ahora, con la luz del día, el apartamento de Minho se sentía como un santuario. Había rascadores para gatos en las esquinas, estanterías llenas de libros de cocina y una pequeña colección de figuras de acción que contrastaba con la seriedad que Minho proyectaba en su trabajo.
—Minho, sobre lo de anoche... —Jisung tragó saliva—. Dijiste que iríamos a por mis cosas. ¿Lo decías en serio? No quiero meterte en problemas. Seokjun es... es impredecible.
Minho dejó su propia taza sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.
—Hablé con un amigo esta mañana —explicó con voz tranquila—. Trabaja en la comisaría del distrito. No vamos a ir solos, Jisung. Vamos a hacer las cosas bien. Pondrás la denuncia y sacaremos lo que necesites mientras la policía está presente. Él no podrá acercarse a ti.
Jisung sintió un nudo en la garganta. La idea de enfrentarse a la realidad de su relación, de ponerle etiquetas legales a lo que había vivido, lo aterraba. Pero al mirar a Minho, vio una determinación tan sólida que sintió que podía apoyarse en ella sin que se rompiera.
—¿Por qué haces todo esto por mí? —preguntó Jisung de nuevo, la misma duda de la noche anterior persistiendo en su mente—. Apenas nos conocemos. Solo soy el chico de los pedidos de medianoche.
Minho soltó una risa corta, una que no llegó a ser burlona, sino más bien tierna.
—Jisung, ¿de verdad crees que solo eres eso? —Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia la calle—. Llevo meses recorriendo esta ciudad. He visto a miles de personas. Pero tú... tú siempre fuiste diferente. Al principio me molestaba que fueras tan desconfiado, pero luego empecé a ver que no era desconfianza hacia mí, sino miedo al mundo. Y cada vez que me pedías que fuera yo el repartidor, sentía que me estabas dando una responsabilidad que no quería defraudar.
Se giró para mirar a Jisung, y esta vez no ocultó la suavidad en su expresión.
—No te estoy ayudando porque seas un cliente. Te ayudo porque, incluso a través de una puerta entreabierta, me importas más de lo que cualquier desconocido debería.
Jisung sintió que las lágrimas amenazaban con salir de nuevo, pero esta vez no eran de dolor. Era el alivio de ser visto, de ser valorado por alguien que no pedía nada a cambio.
—Está bien —asintió Jisung, limpiándose los ojos con la manga de la sudadera—. Vamos a hacerlo. Quiero recuperar mis cosas. Quiero... quiero dejar de tener miedo.
***
El proceso fue una mancha borrosa de adrenalina y ansiedad. Minho no se separó de él ni un segundo. En la comisaría, Minho mantuvo su mano sobre el hombro de Jisung mientras este daba su declaración, un ancla física que le impedía salir corriendo. Cuando llegaron al apartamento de Mapo, la presencia de dos oficiales de policía uniformados hizo que Seokjun ni siquiera intentara alzar la voz.
Jisung entró en el que había sido su hogar con las manos temblorosas. El jarrón roto seguía en el suelo, los fragmentos brillando como recordatorios de la violencia de la noche anterior. Con la ayuda de Minho, llenó un par de maletas con lo esencial: su computadora, algo de ropa, sus documentos y un pequeño peluche que conservaba desde la infancia.
Seokjun estaba sentado en el sofá, custodiado por uno de los policías, mirando a Jisung con un odio frío que antes lo habría hecho colapsar. Pero esta vez, Jisung no lo miró a él. Miró a Minho, que estaba de pie junto a la puerta, vigilando cada movimiento con los brazos cruzados y una expresión de acero.
—¿Tienes todo? —preguntó Minho cuando Jisung cerró la última cremallera.
—Sí —respondió Jisung, sintiendo que un peso inmenso se levantaba de sus hombros—. Vámonos de aquí.
Al salir del edificio, el aire de Seúl se sintió más limpio, a pesar del smog. Jisung se detuvo un momento en la acera, mirando hacia el balcón de su antiguo apartamento.
—¿A dónde irás ahora? —preguntó uno de los oficiales—. ¿Tiene algún familiar en la ciudad?
Jisung negó con la cabeza. Se sentía perdido de nuevo, la realidad de su soledad golpeándolo con fuerza. Pero antes de que el pánico pudiera instalarse, Minho dio un paso al frente.
—Se quedará conmigo por ahora —dijo Minho con naturalidad—. Hasta que encontremos un lugar seguro para él. Yo me haré cargo.
El oficial asintió, satisfecho, y se alejó hacia la patrulla. Jisung se quedó mirando a Minho, con las maletas a sus pies.
—Minho, no puedes... no puedes simplemente dejar que me quede en tu casa indefinidamente. Tienes tu propia vida, tu trabajo...
—Mi vida incluye tres gatos que ya decidieron que eres su nuevo juguete favorito —lo interrumpió Minho, cargando una de las maletas sin esfuerzo—. Y mi trabajo es flexible. Además, ¿quién me va a pedir tteokbokki a las doce de la noche si no estás tú?
Jisung soltó una carcajada genuina, la primera en meses. El sonido fue extraño en sus propios oídos, pero extrañamente dulce.
—Prometo no pedir comida todas las noches —dijo Jisung, siguiendo a Minho hacia donde estaba estacionada su camioneta (que había pedido prestada a un amigo para el traslado).
—Pide lo que quieras, Hannie. Ahora yo soy el que decide si acepto el pedido o no.
***
De vuelta en el apartamento de Minho, la atmósfera era mucho más relajada. Jisung acomodó sus pocas pertenencias en un rincón de la sala, sintiéndose extrañamente cómodo en ese espacio reducido. Los gatos, Soonie, Doongie y Dori, parecían haberlo aceptado oficialmente en su manada; Dori ya se había quedado dormido sobre una de las sudaderas de Jisung.
Minho estaba en la cocina preparando algo que olía de maravilla. Jisung se acercó y se apoyó en el marco de la puerta, observando la destreza con la que Minho picaba las verduras.
—Parece que no solo sabes entregar comida, también sabes hacerla —comentó Jisung con una sonrisa tímida.
—Es un secreto —dijo Minho sin mirarlo, aunque Jisung pudo ver el rastro de una sonrisa en su perfil—. Si la gente supiera que cocino bien, dejarían de pedirme a domicilio y querrían que fuera su chef personal. Y yo prefiero la libertad de mi moto.
—A veces me pregunto cómo es que terminaste trabajando de repartidor —dijo Jisung, sentándose en uno de los taburetes de la barra—. Pareces alguien que podría estar haciendo cualquier cosa que se propusiera.
Minho se detuvo un momento, dejando el cuchillo sobre la tabla. Miró hacia afuera, hacia las luces que empezaban a encenderse en los edificios cercanos.
—Me gusta el movimiento —confesó—. Me gusta saber que estoy llevando algo que alguien espera con ansias. En esta ciudad, la gente está muy sola, Jisung. A veces, la única persona con la que hablan en todo el día es con el repartidor. Yo entiendo eso.
Jisung asintió, comprendiendo perfectamente. Él había sido esa persona solitaria durante mucho tiempo.
—Gracias por ser esa persona para mí —dijo Jisung en voz baja—. No solo por la comida, sino por... por todo. Por ver lo que nadie más quería ver.
Minho dejó lo que estaba haciendo y se acercó a Jisung. La distancia entre ellos desapareció en un instante, y Jisung pudo oler el aroma a café y especias que siempre parecía rodear a Minho. El mayor levantó una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda, acarició la mejilla sana de Jisung.
—Te dije que no tenías que agradecerlo —susurró Minho—. Pero si de verdad quieres hacerlo, prométeme una cosa.
—Lo que sea.
—No vuelvas a esconderte detrás de una puerta. El mundo puede ser un lugar terrible, sí, pero no tienes que enfrentarlo desde el pasillo.
Jisung sintió que su corazón daba un vuelco. La cercanía de Minho era embriagadora, una mezcla de seguridad y una chispa nueva que empezaba a arder en su pecho. Sin pensarlo mucho, Jisung se inclinó hacia adelante y apoyó la frente en el hombro de Minho.
—No lo haré —prometió—. No mientras sepa que tú estás del otro lado.
Minho rodeó la cintura de Jisung con sus brazos, atrayéndolo hacia sí en un abrazo firme y cálido. En ese pequeño apartamento, rodeados de gatos y el aroma de una cena casera, el ruido de la ciudad de Seúl pareció desvanecerse por completo. Ya no había pedidos pendientes, ni aplicaciones de comida, ni horarios de entrega. Solo estaban ellos dos, encontrando un nuevo ritmo en medio del caos.
—Por cierto —dijo Minho después de un rato, rompiendo el silencio pero sin soltarlo—, el tteokbokki está casi listo. Y esta vez, no te voy a cobrar el envío.
Jisung rió contra su hombro, sintiéndose, por primera vez en su vida, exactamente donde debía estar.
—Espero que el servicio sea bueno, Lee Minho. Soy un cliente muy exigente.
—Oh, créeme, Han Jisung —respondió Minho, besando suavemente la coronilla de su cabeza—, este servicio es de por vida.
La noche cayó sobre la ciudad, pero dentro de aquellas cuatro paredes, la oscuridad no tenía poder. Jisung finalmente había dejado de ser un extraño en su propia vida, y todo gracias a un repartidor que decidió que algunas entregas eran demasiado valiosas como para dejarlas en la puerta.