Rey de las hadas
El juicio de la arboleda
El viento del este descendía cargado del aroma a resina viva y flores de luna recién abiertas. En las laderas bajas del valle, donde las raíces del Gran Árbol Sagrado se entrelazaban con los lechos de roca madre, el murmullo de la vida cotidiana ya no era una tímida plegaria de refugiados, sino el pulso vibrante de una civilización en pleno apogeo.
En las terrazas colgantes, los artesanos elfos tallaban vigas de madera que crecían guiadas por cánticos susurrados, sin necesidad de clavos ni sierras. Por encima de ellos, enjambres de hadas jóvenes danzaban entre las corrientes térmicas, transportando semillas luminosas hacia los huertos superiores mientras hacían brotar racimos de uvas silvestres con un simple chasquido de sus dedos. La presencia de los tres anillos élficos se sentía en la atmósfera como un manto invisible: el aire era siempre puro y templado gracias a Vilya; las fuentes de agua manaban con propiedades restauradoras bajo el amparo de Nenya; y en el corazón de cada guardián ardía la llama serena del valor que Narya irradiaba desde la diestra del rey Thranduil.
Harlequin observaba el panorama desde la copa más alta, suspendido a decenas de metros en posición de loto sobre el almohadón verde de su lanza sagrada. Sus cuatro alas desplegadas se mecían con suavidad, refractando la luz solar en destellos dorados que caían como rocío sobre la corteza milenaria.
A su lado, flotando con esa ligereza inquieta que la caracterizaba, Cheryl mordisqueaba una manzana de maná mientras revisaba un pergamino de corteza prensada.
—Las patrullas del norte han completado la segunda ronda sin novedades, majestad —dijo el hada, señalando con el cabo de la fruta hacia la línea de niebla que demarcaba la frontera exterior—. Lord Legolas dice que sus exploradores pueden sentir la vibración del suelo a tres leguas más allá de las colinas. Ni siquiera los conejos de cuerno cruzan sin que él lo sepa.
King esbozó una leve sonrisa, acomodándose mejor en su mullido asiento.
—Ese muchacho tiene una vista envidiable. Recuerdo cuando los exploradores de la Familia Hera se jactaban de poder rastrear a un asesino por el temblor de una sola brizna de hierba… Legolas los dejaría en vergüenza sin despeinarse.
—Aun así —Cheryl bajó un poco las orejas, mostrando esa cautela innata que ninguna década de paz lograba borrar del todo—, las aves mensajeras del sur traen rumores extraños. Dicen que en las puertas de Orario el descontento ha llegado a su punto de ebullición. El éxodo de los clanes de orfebrería y magia ha dejado vacíos talleres enteros. Los dioses menores claman que les hemos robado sus pertenencias, y los comerciantes de Babel están perdiendo millones de valis cada semana.
—Nadie les ha robado nada —respondió King con voz pausada, mirando hacia el horizonte infinito—. La gente no es propiedad de quien baja del cielo con un sello mágico en la mano. Vinieron aquí porque estaban cansados de ser peones en una partida de ajedrez interminable. Si los dioses no pueden retener a sus devotos con justicia y dignidad, no tienen derecho a quejarse cuando eligen marcharse.
Una ligera sacudida en las raíces maestras cortó sus palabras.
No fue el roce tímido de un peregrino extraviado ni el torpe avance de una bestia subterránea. Fue un impacto rítmico, masivo, como el paso acompasado de miles de botas herradas marchando sobre la hierba seca de las planicies exteriores. Y junto a ese estruendo militar, una presencia divina densa, ruidosa y teñida de una beligerancia absurda se aproximaba a la frontera sur.
King suspiró profundamente, frotándose la coronilla con desgano.
—Parece que la siesta tendrá que esperar —murmuró.
—¿Son ellos? —preguntó Cheryl, tensando de inmediato su báculo de madera viva, del que brotaron chispas de relámpago violáceo—. ¿Las familias de Orario?
—No —respondió King, entrecerrando los ojos mientras su agudeza visual perforaba la distancia—. Esos estandartes rojos con una espada rota no son de la ciudad del laberinto. Pertenecen al Reino de Rakia… la Familia Ares. Parece que el dios de la guerra ha decidido que nuestra madera sagrada sería un excelente material para sus catapultas.
Con un pensamiento sutil, el mullido almohadón verde se desvaneció en un haz de luz esmeralda, dando paso a la imponente forma de la Lanza Espiritual Chastiefol. El arma flotó dócilmente a su costado mientras King batía sus cuatro alas colosales, proyectándose hacia el linde meridional como un relámpago dorado.
***
En el borde del Velo de los Cuatro Vientos, la vanguardia del bosque ya había tomado posiciones.
Sobre las ramas de los robles centenarios, decenas de arqueros elfos aguardaban en absoluto silencio con las cuerdas tensadas. Legolas permanecía en la rama más expuesta, con una flecha de punta de mithril acoplada al arco de fresno, mientras Thranduil, montado sobre un ciervo blanco de cornamenta monumental, empuñaba su espada curva con la frialdad de un témpano de hielo.
A escasos quinientos metros, la llanura estaba cubierta por un mar de metal y polvo.
Más de cinco mil soldados del Reino de Rakia avanzaban en formación de falange. Detrás de las líneas de infantería pesada marchaban colosales torres de asalto construidas con madera tratada contra el fuego, carretas cargadas con cadenas de oricalco y cientos de mercenarios contratados en los bajos fondos de las tierras intermedias.
Y en el centro del contingente, sobre un carro de guerra tirado por cuatro corceles acorazados, un hombre pelirrojo de armadura dorada y capa andrajosa blandía un mandoble descomunal mientras soltaba carcajadas que resonaban por todo el valle.
—¡Miren esa arboleda! —bramaba el dios Ares, señalando la inmensidad del Gran Árbol Sagrado que dominaba el firmamento—. ¡Dicen que una sola viga de ese tronco puede resistir el impacto de un dragón de piso profundo! ¡Con esa madera construiremos arietes que derribarán las murallas de Orario! ¡Y esas hechiceras con alas… ja! ¡Serán el mejor botín que mis generales hayan visto jamás! ¡Avanzen, idiotas! ¡Tumben esa cerca mágica!
—Lord Ares, espere —intervino con evidente nerviosismo un hombre que cabalgaba a su lado, cubierto por una capa de viajero y un sombrero alado de ala ancha—. El Gremio advirtió expresamente que no se cruzara esta demarcación. Urano fue muy claro respecto a la naturaleza de quien gobierna este territorio.
Ares escupió sobre la hierba con desdén.
—¡Bah! ¡Hermes, siempre tan cobarde! Urano es un viejo decrépito que lleva siglos encerrado en un sótano rezando. Este es el mundo de los mortales, y en este mundo la fuerza de la espada lo decide todo. ¡Nadie se interpone en la marcha de Rakia!
—Detengan su marcha.
La voz no descendió como un grito, sino como una vibración telúrica que heló la sangre de los soldados en la primera línea.
El aire sobre el campo de batalla pareció duplicar su peso en una milésima de segundo. Descendiendo lentamente desde las nubes, la figura solitaria de King se interpuso entre el ejército de cinco mil hombres y la linde del bosque. Sus cuatro alas translúcidas proyectaban una sombra inmensa sobre las filas invasoras, y a su lado, Chastiefol brillaba con una luz esmeralda tan pura que eclipsaba los reflejos dorados de las armaduras mortales.
Hermes, al divisar al monarca alado, tensó las riendas de su montura y palideció notablemente.
—Por todos los cielos… —susurró el dios mensajero, retrocediendo instintivamente—. No es una exageración. La presión de su alma es idéntica a la de los días antiguos.
Ares, sin embargo, solo vio a un adversario que osaba plantarle cara en solitario.
—¿Y tú quién demonios eres, hadita engreída? —rugió el dios de la guerra, alzando su espada hacia el cielo—. ¿El jardinero de este matorral? ¡Ríndete y entrégame a tus súbditos si no quieres que pase por la piedra a cada elfo que se esconde detrás de tus faldas!
King lo miró. En sus ojos castaños no había miedo, ni odio, ni la exaltación combativa que solía alimentar a los guerreros de este continente. Había únicamente el hastío de quien ha visto la misma estupidez repetirse a lo largo de los siglos.
—Ares —dijo King con una voz que resonó directamente en los tímpanos de cada uno de los cinco mil hombres—. Sigues siendo tan ruidoso y tan ciego como cuando perseguías a las ninfas en las laderas de Olimpia antes del gran descenso. Zeus solía reírse a tus espaldas por tu incapacidad para ganar una guerra sin depender de números absurdos, y veo que los milenios viviendo entre mortales no han refinado tu intelecto ni un milímetro.
Ares enrojeció de furia hasta las orejas.
—¿¡Cómo te atreves a pronunciar el nombre del viejo imbécil en mi presencia!? —bramó el dios fuera de sí—. ¡Comandantes! ¡Disparen las balistas! ¡Reduzcan a cenizas a ese bastardo insolente!
Cincuenta catapultas y balistas de asedio rugieron al unísono. Proyectiles de hierro macizo y proyectiles impregnados en brea ardiente surcaron el cielo trazando una parábola mortal que apuntaba directamente hacia el soberano alado.
Los arqueros elfos en las ramas hicieron ademán de disparar para interceptar los proyectiles, pero la voz de King volvió a sonar en sus mentes:
—Quédense en sus puestos.
King no desenvainó ningún arma. Ni siquiera cambió su postura relajada en el aire. Con un simple movimiento del dedo índice de su mano izquierda, la Lanza Espiritual reaccionó.
—Lanza Espiritual Chastiefol, Forma Cinco: *Increase*.
En un parpadeo, la enorme lanza de acero mágico se disgregó en millones de cuchillas doradas. No eran los cientos que utilizó contra el dios menor diez años atrás; eran tantas que cubrieron por completo el firmamento sobre el ejército de Rakia, bloqueando la luz solar y tiñendo el valle de un resplandor refulgente y metálico.
Con una precisión quirúrgica que desafiaba toda lógica bélica, las cuchillas se movieron en enjambres independientes.
Las rocas de asedio y los proyectiles de balista fueron reducidos a polvo y astillas en el aire mucho antes de alcanzar el punto más alto de su trayectoria. Pero el ataque no se detuvo allí. El torbellino dorado descendió en picado sobre las líneas enemigas como una cascada de luz viva.
Los soldados de Rakia apenas tuvieron tiempo de levantar sus escudos de acero templado. Las cuchillas de *Increase* atravesaron el metal como si fuera pergamino húmedo, cortando las astas de las lanzas, rebanando las correas de las armaduras y destrozando las ruedas de las catapultas en fracciones de segundo. El viento aullaba mientras miles de hojas danzaban entre los hombres sin tocar una sola arteria vital: con una destreza milimétrica, las armas desarmaron por completo a la vanguardia, inmovilizando sus capas contra el suelo y despojándolos de cada espada, arco o daga que portaban.
En menos de diez segundos, las máquinas de asedio eran serrín sobre el fango y los primeros dos mil soldados yacían en el suelo, ilesos pero despojados de sus armas y paralizados por el terror más absoluto.
Hermes contemplaba la escena con la mandíbula desencajada, incapaz de articular palabra.
—¿¡Qué están haciendo, inútiles!? —gritó Ares, blandiendo su mandoble con desesperación mientras su carro quedaba rodeado por un círculo de cuchillas flotantes que giraban a centímetros de su garganta—. ¡Canten sus hechizos! ¡Ataquen con magia!
—No habrá magia aquí —sentenció King con calma glacial.
El Rey Hada descendió hasta quedar suspendido a escasos tres palmos del fango, extendiendo la palma abierta hacia el centro del ejército enemigo.
—*Disaster*.
La autoridad primordial que gobernaba el estado de la materia y la vida respondió a su voluntad. La hierba bajo las botas de los soldados restantes comenzó a acelerar su ciclo vital de forma monstruosa. Enredaderas del grosor de columnas de mármol brotaron de la tierra con la fuerza de arietes subterráneos, enroscándose en las extremidades de los soldados, atrapando los carros de transporte y aplastando las armaduras pesadas con la facilidad con que un niño rompe una cáscara de nuez.
Las raíces emergieron alrededor de los corceles de Ares, inmovilizando el carro divino y levantándolo varios metros en el aire. El dios de la guerra intentó descargar un golpe con su enorme espada, pero King apenas alzó la vista; con una simple mirada cargada del poder de su habilidad, el acero del arma de Ares envejeció mil años en un microsegundo, oxidándose y deshaciéndose en una lluvia de escamas rojizas que cayeron inútilmente sobre el lodo.
El silencio que cayó sobre la planicie fue sepulcral.
Cinco mil guerreros del imperio más belicoso del continente habían sido neutralizados, desarmados y contenidos en menos de medio minuto, sin que un solo elfo o hada del bosque hubiera tenido que disparar una sola flecha.
King flotó hacia adelante con una parsimonia humillante, deteniéndose frente a la montura de Hermes, quien levantó las dos manos en señal de rendición inmediata.
—Hermes —dijo King, con ese tono sereno que resultaba infinitamente más aterrador que cualquier rugido—. Veo que sigues usando ese sombrero ridículo.
—Ah… Harlequin… viejo amigo… —tartamudeó el dios mensajero, forzando una sonrisa afable mientras el sudor frío empapaba su cuello—. Qué… qué grata sorpresa verte tan enérgico. Te aseguro que yo solo venía en calidad de observador neutral para… bueno, para evitar malentendidos entre las naciones.
—Los malentendidos se evitan no marchando con cinco mil hombres armados hacia la puerta de mi casa —replicó King, ladeando la cabeza—. Y tú, Ares.
Las enredaderas bajaron el carro de guerra bruscamente, obligando al dios de la guerra a caer de rodillas sobre la tierra húmeda. Chastiefol se reagrupó en su forma original en una fracción de segundo, posando su punta triangular a un milímetro exacto de la frente de la deidad. La presión espiritual que emanaba del arma era tan colosal que el Arcanum sellado en el pecho de Ares comenzó a vibrar con violencia, amenazando con fracturar el sello divino para escapar del peligro.
—Eres un dios de la guerra, pero no sabes nada sobre la batalla —dijo King con frialdad—. Pelear por ambición vacía o por la madera de un árbol no es valentía; es simple estupidez de niño mimado. ¿Sabes lo fácil que sería para mí drenar la divinidad de tu cuerpo y dejar que tu sangre nutra las raíces de mis sauces?
Ares tragó saliva pesadamente. Por primera vez en su inmortal existencia terrenal, el dios del conflicto sintió el aliento helado del verdadero exterminio. El ser que tenía enfrente no era un aventurero con niveles del gremio; era una fuerza de la naturaleza antigua, un monarca que había visto el nacimiento y la caída de eras enteras mientras ellos jugaban a ser reyes en la superficie.
—No… no me mates… —balbuceó el dios pelirrojo, con el orgullo completamente hecho pedazos.
King retiró la lanza con un movimiento seco y despectivo.
—No voy a matarte. La sangre de un necio arruinaría el olor de mis flores —declaró Harlequin, dándole la espalda sin la menor preocupación—. Pero este es el mensaje que llevarás a tu reino y que tú, Hermes, transmitirás personalmente al Gremio y a cada dios que habite en Babel: el Bosque del Rey Hada no es parte de su tablero. Si una sola flecha, un solo soldado o un solo emisario con intenciones hostiles vuelve a poner un pie en mis tierras… no desarmaré a sus ejércitos. Haré que la tierra misma se trague sus ciudades enteras.
Las enredaderas soltaron a los soldados y los caballos. Miles de hombres aterrados, viendo que sus vidas habían sido perdonadas de milagro, comenzaron a retroceder en desbandada, empujándose unos a otros y abandonando estandartes, provisiones y carretas en su desesperada huida hacia el oeste.
Hermes desmontó apresuradamente, ayudando a un Ares tembloroso a subir a uno de los caballos sobrevivientes. Antes de montar de nuevo, el mensajero miró a King con una mezcla de admiración profunda y reverencia temerosa.
—Se lo diré a Urano, Harlequin —prometió Hermes, inclinando respetuosamente el ala de su sombrero—. Y me aseguraré de que Freya y Loki entiendan que hay fronteras que ni siquiera los campeones más fuertes de Orario pueden cruzar.
—Asegúrate bien, mensajero —respondió King sin mirarlo—. Porque la próxima vez no estaré de humor para advertencias.
Hermes espoleó a su corcel y partió a galope tendido, siguiendo los restos destrozados del ejército imperial hasta que la polvareda se disipó en la distancia.
En la linde del bosque, un murmullo comenzó a elevarse entre los árboles. Thranduil desmontó de su ciervo blanco y avanzó hacia King, guardando su espada en la vaina con un clic sonoro.
—Majestad —dijo el rey elfo, inclinando levemente la cabeza con un respeto que ya no albergaba ninguna reserva—. Ha derrotado a un dios y a su ejército sin derramar una sola gota de sangre de los nuestros… ni de los suyos.
—La muerte innecesaria solo atrae más moscas, Thranduil —respondió King, dejando escapar un largo bostezo mientras Chastiefol se desarmaba de nuevo en partículas doradas para adoptar la cómoda forma de su almohadón verde—. Ahora los elfos y las hadas podrán recoger todo ese metal abandonado. Dicen que el hierro de las corazas de Rakia sirve para forjar excelentes arados si se derrite con el calor de las raíces.
Legolas, Cheryl y docenas de guardianes descendieron de las copas con amplias sonrisas, vitoreando el nombre de su señor con un fervor que hizo temblar suavemente las hojas del dosel.
King se acomodó pesadamente sobre el almohadón, dejándose flotar hacia la sombra refrescante del Gran Árbol Sagrado. Apoyó la mejilla en la suave tela verde, cruzó los brazos tras la nuca y cerró los ojos con languidez, mientras las notas de un nuevo canto de victoria elfo comenzaban a elevarse por el valle, fundiéndose con la risa cristalina de las hadas recién nacidas.
La paz había sido defendida una vez más. Las raíces del santuario crecían invictas y profundas, y mientras el cielo continuara bajo la custodia de sus cuatro alas doradas, ningún dios volvería a perturbar el sueño de su reino.