Rick y morty crossover multiverso
El Atraco Cromático y la Resaca de la Omnipotencia
—¡Rick, por el amor de Dios! ¡Mi padre todavía tiene una piña por cabeza y está intentando hacerse un batido con sus propias hojas! —gritó Morty, entrando al garaje mientras agitaba los brazos con desesperación—. ¡Haz algo! ¡Mamá está llorando y Summer está subiendo fotos a Instagram con el hashtag #MiPadreEsUnFrutoTropical!
Rick, que estaba inclinado sobre su mesa de trabajo soldando lo que parecía un guante de cocina reforzado con placas de grafeno y circuitos de neutrones, ni siquiera se molestó en levantar la vista. Una chispa azul saltó de su herramienta, quemándole un poco la bata, pero él solo soltó un eructo que olía a gasolina y moras espaciales.
—Relájate, Morty. La piña es una fruta rica en vitamina C y bromelina. Técnicamente, Jerry es ahora más útil para la sociedad de lo que ha sido en toda su patética vida —respondió Rick, dejando el soldador—. Además, esa esfera de la incoherencia era solo un juguete de preescolar. Ya me aburrí de ella. Necesito algo con más... potencia. Algo que no solo convierta a tu padre en un postre, sino que pueda reescribir el guion de esta existencia mediocre.
—¿De qué estás hablando ahora? —preguntó Morty, entrecerrando los ojos al ver el guantelete—. ¿Eso es un guante de cocina? ¿Vas a hornear galletas de la perdición?
—Es un Recolector de Singularidades de Espectro Completo, Morty. No seas idiota. Vamos a ir a la Dimensión 616-M. Es un lugar lleno de tipos en mallas con problemas emocionales y un sentido de la justicia muy molesto, pero tienen algo que yo quiero. Seis piedritas brillantes que, juntas, hacen que el universo sea tu marioneta personal. Bueno, en realidad son siete si cuentas la que usan para limpiar los errores de continuidad, pero ya sabes, los coleccionistas somos así.
—¿Piedras? ¿Vamos a ir a otro universo a robar piedras? Rick, eso suena como un pasatiempo de geólogos jubilados.
—Son las Gemas del Infinito, Morty. Controlan el espacio, el tiempo, el alma... todas esas cursilerías que los seres inferiores usan para sentirse importantes. Y yo las quiero todas. ¿Sabes por qué? Porque estoy harto de que las leyes de la termodinámica me digan qué puedo y qué no puedo hacer en mi propio laboratorio. ¡A la mierda la entropía!
Rick disparó su pistola de portales. Esta vez, el vórtice no era del verde habitual, sino que chispeaba con colores primarios, vibrando con una frecuencia que hacía que a Morty le castañetearan los dientes. Rick agarró a su nieto por la mochila y lo lanzó al interior sin previo aviso.
Al otro lado, el aire olía a ozono y a pólvora. No estaban en un planeta alienígena extraño, sino en lo que parecía ser una Nueva York muy familiar, pero con una diferencia notable: el cielo estaba siendo desgarrado por una flota de naves doradas y un tipo gigante con barbilla de berenjena estaba golpeando a un hombre con una armadura roja brillante.
—¿Dónde estamos, Rick? ¡Ese tipo es enorme! ¡Y ese otro está volando con una capa! —exclamó Morty, agachándose detrás de un taxi volcado.
—Bienvenido a la fiesta, Morty. Estamos en medio de un evento de "crossover" innecesariamente largo —dijo Rick, consultando un escáner en su muñeca—. El grandullón de la cara de testículo es Thanos. Tiene el guantelete original, pero es un diseño muy pobre. Demasiado oro, poca eficiencia térmica.
—¡Rick, nos van a matar! ¡Mira, ese escudo acaba de decapitar a un robot!
—Cierra el pico, Morty. He configurado mi traje con un campo de invisibilidad de fase. Para ellos, somos tan perceptibles como la coherencia en una película de superhéroes moderna. Ahora, observa al profesional.
Rick caminó tranquilamente hacia el centro del campo de batalla. Thanos estaba a punto de chasquear los dedos mientras un grupo de héroes desesperados intentaba detenerlo. El titán gritaba algo sobre el equilibrio y el destino, con una voz profunda que hacía vibrar el suelo.
—¡Yo soy inevitable! —bramó Thanos, alzando el puño.
—Y yo soy Rick Sanchez, y me estoy quedando sin paciencia —dijo Rick, apareciendo de la nada justo frente al titán.
Antes de que Thanos pudiera reaccionar, Rick sacó un dispositivo que parecía un cortauñas láser y, con una precisión quirúrgica, seccionó el brazo del titán a la altura del codo. El brazo, aún con el guantelete puesto, cayó al suelo con un ruido metálico.
—¡AAAAAAAGH! —rugió Thanos, mirando su muñón sangriento.
—¡Rick! ¡Le cortaste el brazo! —gritó Morty, saliendo de su escondite—. ¡Eso fue muy oscuro, incluso para ti!
—Eficiencia, Morty. Se llama eficiencia.
Rick recogió el guantelete, pero en lugar de ponérselo, empezó a sacar las gemas una a una con unas pinzas especiales, metiéndolas en su propio guantelete de cocina reforzado.
—¡Detente, anciano! —gritó un hombre con un martillo y cabello largo y rubio, aterrizando con un estruendo de truenos—. ¡Esas gemas no pertenecen a un mortal!
—¿Mortal? Amigo, he muerto y renacido en tantos clones que técnicamente soy una tradición oral —respondió Rick, sin mirarlo—. Y por cierto, tu champú es una basura. Tienes las puntas abiertas.
Rick disparó un rayo paralizante desde su rodilla (donde había instalado un cañón oculto) que dejó al dios del trueno congelado en una pose heroica pero ridícula.
—¡Rick, vienen más! —advirtió Morty, señalando a un tipo vestido de araña que venía columpiándose y a una mujer que brillaba como una supernova.
—Solo me falta una. La Gema del Ego, o la Gema de la Continuidad, o como sea que la llamen los guionistas este mes para arreglar sus agujeros argumentales —dijo Rick, ajustando su escáner—. Está en una dimensión de bolsillo justo detrás de la oreja de ese tipo calvo que dirige la escuela de mutantes.
Rick abrió un pequeño portal, metió la mano y sacó una séptima gema de color blanco puro que emitía un sonido similar al de una televisión sin señal. La incrustó en el pulgar de su guante.
El guantelete de Rick empezó a brillar con una intensidad cegadora. El tejido de la realidad a su alrededor comenzó a ondularse como si fuera agua. Los edificios de Nueva York se convirtieron en nubes de algodón de azúcar, y los héroes empezaron a hablar en verso.
—¡Oh, sí! ¡Siente ese poder, Morty! —exclamó Rick, levantando el puño—. ¡Puedo ver los átomos de cada universo! ¡Puedo ver por qué los niños aman el sabor de los cereales azucarados! ¡Puedo ver el final de *One Piece* y es decepcionante!
—¡Rick, detente! ¡Estás rompiendo el juego! —suplicó Morty, mientras sus propios pies se convertían en patos—. ¡Mis pies son patos, Rick! ¡Cuaquean cuando intento caminar!
—Es un pequeño precio por la omnipotencia, Morty. Ahora, vamos a casa. Tengo un mensaje que enviarle al Consejo de Ricks, y va a involucrar que todos sus inodoros cobren vida y tengan opiniones políticas muy fuertes.
Rick chasqueó los dedos.
En un parpadeo, estaban de vuelta en el garaje de la casa Smith. Pero algo iba mal. Muy mal.
La casa no era de madera y ladrillo, sino que estaba hecha enteramente de queso suizo. El cielo era de un color naranja neón y, en lugar de sol, había una cara gigante de Gilbert Gottfried riendo sin parar.
—¿Rick? —preguntó Morty, mirando sus manos, que ahora tenían siete dedos cada una—. Creo que rompiste algo.
Rick miró su guantelete. Las gemas estaban vibrando violentamente, emitiendo un humo negro.
—Ah, claro. Las gemas solo funcionan en su universo de origen o en áreas de nexo específicas. Al traerlas aquí, la incompatibilidad cuántica está creando un efecto de rechazo —explicó Rick, rascándose la nuca con total indiferencia—. Básicamente, estamos en una burbuja de realidad colapsada.
—¡¿Básicamente?! ¡Rick, mi padre sigue siendo una piña, pero ahora la piña está cantando ópera en alemán! —gritó Morty, señalando hacia la cocina, de donde provenían potentes notas de tenor—. ¡Y yo tengo catorce dedos! ¿Cómo voy a jugar videojuegos con catorce dedos?
—Podrías ser un pro-player increíble, Morty. No veas el problema, ve la oportunidad —dijo Rick, sentándose en su taburete, que ahora era un cactus muy suave—. Pero está bien, el ruido de Gilbert Gottfried me está dando dolor de cabeza.
Rick tomó un destornillador sónico y empezó a hurgar en las gemas del guantelete.
—¿Qué haces? —preguntó Morty, con cautela.
—Voy a convertirlas en una fuente de energía infinita para mi televisión. Imagina, Morty: televisión por cable interdimensional sin necesidad de decodificador y con una resolución de 80K. Podremos ver programas de dimensiones que aún no han sido inventadas.
—¿Vas a usar el poder supremo del universo para... ver la tele?
—¿Y qué más quieres hacer, Morty? ¿Gobernar? Gobernar es para gente que necesita validación externa. Yo solo quiero ver qué pasa en la versión de *Ball Fondlers* donde todos son tentáculos.
Rick hizo un ajuste final. Un pulso de luz blanca recorrió la casa. El queso volvió a ser ladrillo, el cielo recuperó su azul contaminado y los dedos extra de Morty desaparecieron con un "pop" audible.
Jerry entró al garaje. Ya no tenía una piña por cabeza, pero vestía un traje de ballet rosa y sostenía un ramo de apio.
—Hola, familia —dijo Jerry con una sonrisa vacía—. No sé por qué, pero siento una repentina e irresistible urgencia de bailar *El Lago de los Cisnes* en el jardín. ¿Alguien ha visto mis zapatillas?
Rick y Morty se quedaron en silencio mientras Jerry salía dando saltitos gráciles hacia el césped.
—¿Eso fue la gema de la realidad? —preguntó Morty.
—No, eso fue solo un efecto secundario de la resaca cuántica. Se le pasará en una semana. O no. A quién le importa —dijo Rick, encendiendo la televisión del garaje, que ahora emitía una luz purpúrea y celestial—. Mira, Morty, está empezando una maratón de un reality show donde planetas conscientes compiten para ver quién tiene los mejores parásitos intestinales. ¡Siéntate!
Morty suspiró, se sentó en el sofá y miró la pantalla. En el fondo, podía ver a su padre haciendo un *grand jeté* sobre el aspersor.
—Rick, ¿alguna vez vamos a tener unas vacaciones normales? —preguntó Morty, resignado.
—Las vacaciones normales son para la gente que tiene miedo de morir, Morty —respondió Rick, pasándole una cerveza que acababa de materializar con un pensamiento—. Nosotros tenemos cosas mejores que hacer. Como ver cómo ese planeta gaseoso intenta ligar con una enana blanca. ¡Ja! ¡Mira qué patético! ¡Es igualito a tu padre en la secundaria!
El multiverso seguía siendo un caos, las leyes de la física seguían siendo sugerencias, y Rick Sanchez seguía siendo el hombre más peligrosamente aburrido de la existencia. Pero al menos, por esa noche, la televisión tenía muy buena señal.