San Valentín en Blue Lock
Reciprocidad Egoísta: El Contraataque del Amor
La noche del 14 de febrero aún no terminaba, y aunque Isagi, Nagi, Kunigami y Shidou sentían el alivio de haber "sobrevivido" a la entrega de sus regalos, el ambiente en Blue Lock no se había enfriado. Al contrario, una nueva tensión, más sutil pero igualmente competitiva, comenzaba a gestarse en los corazones de quienes habían recibido los detalles. En el mundo de los egoístas, recibir algo sin devolver un golpe igual de potente —o más— era equivalente a perder la posesión del balón.
Meguru Bachira estaba sentado en su litera, balanceando las piernas mientras terminaba de saborear el último trozo del "Monstruo de Caramelo" que Isagi le había preparado. Sus ojos amarillos brillaban con una intensidad traviesa.
—Isagi es tan bueno... —murmuró Bachira, sintiendo el azúcar recorrer su sistema—. Me analizó por completo. Me dio algo que solo yo entendería. Pero... eso significa que mi monstruo está ansioso. Si no le devuelvo algo igual de "isagi-esco", ¡voy a explotar!
Bachira saltó de la cama. Sabía que a Isagi le gustaba la lógica, el orden y la victoria, pero también sabía que, en el fondo, Yoichi era un adicto a la adrenalina del descubrimiento. No podía simplemente comprarle una camiseta nueva o un balón. Tenía que ser algo que desafiara su Metavisión.
Mientras tanto, en la suite privada que Reo Mikage compartía con Nagi, el heredero de la corporación Mikage caminaba de un lado a otro, ignorando la televisión de 80 pulgadas. Nagi ya estaba roncando suavemente, abrazado al peluche de cactus que Reo le había regalado hace meses, totalmente ajeno a la crisis existencial de su compañero.
—Ese perezoso... —Reo se mordió el labio, mirando el casco de realidad virtual—. Se esforzó. Programó un nivel entero solo para mí. Me dio su tiempo, que es lo más valioso que tiene porque odia gastarlo. Si yo simplemente saco mi tarjeta de crédito y le compro una empresa de videojuegos, voy a parecer un presumido. El regalo de Nagi fue "humilde" en costo, pero gigante en esfuerzo. Si lo aplasto con dinero, voy a herir su orgullo de genio.
Reo se sentó en el suelo, con la cabeza entre las manos. Por primera vez en su vida, ser multimillonario era un obstáculo. Necesitaba algo que Nagi no pudiera ignorar, algo que lo hiciera decir "vaya" sin que pareciera una transacción comercial.
En el ala de recuperación, Hyoma Chigiri se observaba en el espejo mientras se cepillaba su largo cabello rojizo. A su lado, en la cómoda, descansaba el soporte de madera tallado por Kunigami. La figura de la pantera era tosca en algunas partes, pero la intención detrás de cada corte era clara.
—Ese tonto héroe —dijo Chigiri con una sonrisa de suficiencia—. Se pasó horas tallando esto. Sus manos deben estar llenas de astillas.
Chigiri era consciente de su propia belleza y de su estatus como la "princesa" del campo, pero Kunigami no lo veía solo como alguien a quien admirar, sino como alguien a quien proteger y desafiar. ¿Qué podía darle él a un hombre que se estaba reconstruyendo a sí mismo desde las cenizas del Wild Card? ¿Proteínas? ¿Pesas nuevas? No, Kunigami necesitaba algo que alimentara su espíritu, no solo sus músculos.
Y en el campo de entrenamiento número 5, Sae Itoshi observaba el dispositivo de audio que Shidou le había entregado. El ritmo era caótico, sí, pero había una verdad biológica en esos sonidos que Sae no podía negar. Shidou era un demonio, un ser de instinto puro.
—Si le doy algo normal, lo romperá —reflexionó Sae, cruzando los brazos—. Si le doy algo aburrido, perderá el interés. Shidou no quiere objetos. Shidou quiere sensaciones.
Sae miró hacia la portería. Sabía exactamente qué era lo que hacía que Shidou Ryusei se sintiera vivo. Pero hacerlo de forma "equitativa" requería un nivel de entrega que Sae rara vez mostraba fuera de un partido oficial.
La medianoche se acercaba cuando la "Operación Reciprocidad" se puso en marcha.
Bachira fue el primero en actuar. Encontró a Isagi en la biblioteca, repasando grabaciones de partidos. Sin decir una palabra, Bachira le cubrió los ojos con las manos.
—¡Adivina quién, Yoichi! —exclamó con voz cantarina.
—Bachira, solo somos nosotros dos aquí —rio Isagi, dejándose llevar—. ¿Qué pasa?
—Tengo tu regalo. Pero no es algo que puedas ver con tu Metavisión normal. Tienes que usar tu "Ego-visión".
Bachira lo llevó a la sala de entrenamiento sensorial, un lugar lleno de luces LED y paneles de reacción rápida. Pero en lugar de encender las máquinas, Bachira sacó un cuaderno de dibujo. Estaba lleno de bocetos: Isagi marcando goles, Isagi gritando, Isagi en momentos de frustración y de gloria. Pero no eran dibujos normales; estaban superpuestos con formas geométricas, líneas de tensión y "monstruos" que representaban las debilidades de sus oponentes.
—He estado dibujando cómo te veo yo —explicó Bachira, inusualmente serio—. Tú analizas el campo con lógica, pero yo te veo como una obra de arte en movimiento. Este es mi regalo: mi perspectiva. Úsala para devorar a todos, incluso a mí.
Isagi se quedó sin palabras. Aquello no era un objeto; era un mapa del tesoro hacia una evolución que él mismo no había visto.
—Bachira... esto es... —Isagi sintió un escalofrío—. Es el análisis más irracional y perfecto que he recibido. Gracias.
Mientras tanto, Reo había tomado una decisión arriesgada. No compró nada. En su lugar, despertó a Nagi con un simple mensaje en el teléfono.
—Nagi, ven al hangar de suministros. Ahora.
Nagi llegó arrastrando los pies, frotándose un ojo.
—Reo... tengo sueño... ¿compraste un avión?
—No —dijo Reo, señalando una pequeña mesa plegable—. He pasado las últimas tres horas aprendiendo a cocinar tu plato favorito de la infancia: nattō con arroz, pero hecho desde cero, incluso fermentando los granos con una técnica especial que encontré.
Nagi parpadeó, confundido.
—Pero... tú odias el olor del nattō, Reo. Dices que huele a calcetines viejos.
—Lo odio —admitió Reo, con una mancha de arroz en la mejilla y un delantal que le quedaba pequeño—. Pero tú lo amas. Y como tú te esforzaste en programar algo que no te gusta por mí, yo hice esto. No es una isla, ni un coche. Soy yo, ensuciándome las manos por ti.
Nagi se quedó mirando el plato. Luego miró a Reo. Un pequeño brillo de motivación cruzó sus ojos grises.
—Reo... eres un bicho raro —dijo Nagi, sentándose y tomando los palillos—. Pero esto es mejor que un videojuego. Gracias por el esfuerzo innecesario.
En el gimnasio, Chigiri encontró a Kunigami terminando su última serie de press de banca. El pelirrojo se sentó, sudando, y vio a la "princesa" acercarse con una pequeña caja metálica.
—Kunigami, el soporte que hiciste es... aceptable —dijo Chigiri, recuperando su tono sarcástico—. Así que decidí que el "héroe" necesita un recordatorio de por qué lucha.
Abrió la caja. Dentro había una cinta de capitán personalizada, pero no con los colores de Blue Lock, sino con un diseño que mezclaba el naranja de Kunigami y el rosa de Chigiri, formando una llama.
—No es para que la uses en el campo oficial —aclaró Chigiri, evitando la mirada del otro—. Es para que la lleves debajo de la equipación. Para que cuando sientas que el Wild Card te está consumiendo, recuerdes que hay alguien que todavía espera que seas un héroe. Mi héroe.
Kunigami tomó la cinta, apretándola con fuerza. Su rostro frío se suavizó por un instante.
—Chigiri... no dejaré que esa llama se apague —prometió, su voz resonando con una convicción que no había tenido en meses.
Finalmente, en el campo oscuro, Shidou esperaba a Sae. El centrocampista llegó con un balón bajo el brazo.
—Shidou —dijo Sae, su voz cortante como el hielo—. Me diste música. Yo te voy a dar la realidad.
Sae comenzó a moverse. No era un entrenamiento normal. Sae empezó a ejecutar pases que desafiaban la física, balones que parecían destinados al fracaso pero que aterrizaban exactamente donde el instinto de Shidou le decía que debía estar.
—Cien pases —dijo Sae—. Si marcas los cien, te daré algo más.
Shidou estaba en éxtasis. Cada pase de Sae era como una descarga eléctrica, un regalo de pura técnica que solo él podía recibir. Al terminar la sesión, ambos estaban exhaustos.
—¿Y bien? —jadeó Shidou, con los ojos rosados brillando en la oscuridad—. ¿Cuál es el "algo más"?
Sae se acercó, invadiendo el espacio personal de Shidou, y le entregó una pequeña llave.
—Es la llave de mi residencia privada en España —susurró Sae al oído de Shidou—. Cuando esto termine, si demuestras que no eres solo un animal de campo, puedes venir a entrenar conmigo. Allí no habrá cámaras, ni Ego, ni distracciones. Solo nosotros y el fútbol.
Shidou soltó una carcajada salvaje, una que se escuchó en todas las instalaciones.
—¡Eso es una explosión total, Sae! ¡Eres el mejor!
Mientras tanto, en la oficina central, el ambiente era diferente. Jinpachi Ego estaba sentado frente a sus monitores, probando los auriculares que Anri le había regalado. La calidad del sonido era impecable; podía escuchar hasta el más mínimo detalle de las grabaciones de campo.
De repente, la puerta se abrió. Anri entró con una bandeja.
—Ego-san, sé que los auriculares fueron un gesto... inusual en usted —dijo ella, dejando la bandeja sobre el escritorio—. Pero no crea que se va a escapar de mi regalo.
Ego levantó la vista, ajustándose las gafas.
—Anri, ya te dije que la reciprocidad emocional es una ineficiencia en el sistema de...
Se detuvo al ver lo que había en la bandeja. No era ramen instantáneo. Era una comida completa, equilibrada, pero presentada de una forma que apelaba a su obsesión por el orden. Pero lo más importante era la carpeta que acompañaba al plato.
—¿Qué es esto? —preguntó Ego, abriendo la carpeta.
—Es una autorización firmada por el comité —explicó Anri con una sonrisa triunfal—. He logrado que aprueben un presupuesto especial para el desarrollo de la tecnología de "campos inteligentes" que usted quería. Y además... he conseguido que el presidente Buratsuta sea enviado a una "misión de relaciones públicas" en el extranjero durante todo el próximo mes. Estará incomunicado en una zona rural de Sudamérica.
Ego se quedó helado. Un mes sin las interrupciones del molesto presidente era el mejor regalo que alguien podría darle. Era como si le hubieran dado las llaves del reino sin restricciones.
—Anri... esto es... —Ego buscó la palabra adecuada—. Lógico. Muy lógico.
—Y hay una cosa más —añadió Anri, acercándose un poco más, su perfume suave llenando el espacio cargado de electricidad de la oficina—. El segundo regalo es más íntimo. Esta noche, no hay análisis de datos. He reservado la sala de simulación para ver esa película de ciencia ficción antigua que tanto le gusta, la que dice que nadie entiende excepto usted. Y he traído el café de esa cafetería que cerró hace años... conseguí la receta.
Ego miró a Anri. Por primera vez en mucho tiempo, no vio a una asistente o a una colega. Vio a la única persona en el mundo que era capaz de seguirle el ritmo a su locura y, lo que era más sorprendente, que parecía disfrutar de ella.
—Te diste cuenta —dijo Ego, su voz bajando un tono—. Te diste cuenta de que mi ego necesita ser alimentado, pero también de que mi mente necesita un respiro.
—Soy la responsable de Blue Lock tanto como usted, Ego-san —respondió Anri, extendiéndole una taza de café humeante—. Y sé que incluso el motor más potente necesita mantenimiento.
Ego tomó un sorbo de café. Estaba perfecto. Exactamente como lo recordaba.
—Está bien —cedió Ego, apagando los monitores principales—. Por hoy, el proyecto Blue Lock puede funcionar en piloto automático. Pero mañana, quiero un informe detallado de por qué la eficiencia de los delanteros subió un 15% tras recibir regalos de San Valentín. Sospecho que el amor es un dopante biológico que podemos explotar.
Anri soltó una risita, sentándose al lado de él.
—Feliz San Valentín, Ego-san.
—Como digas, Anri. Como digas.
Afuera, en los pasillos de Blue Lock, el silencio finalmente se impuso. Los egoístas dormían, algunos con cuadernos de dibujo bajo la almohada, otros con cintas de capitán ocultas, y otros soñando con pases perfectos en España. Todos habían aprendido una lección valiosa: el egoísmo no significaba estar solo, sino encontrar a alguien que fuera capaz de elevar tu ego a niveles que nunca podrías alcanzar por tu cuenta.
El marcador final de San Valentín estaba claro: el amor no había derrotado al fútbol, lo había transformado en un arma mucho más peligrosa. Y en el centro de todo, Isagi Yoichi sonreía en sueños, sabiendo que, al final del día, el mejor regalo era tener un rival —y un compañero— que te obligara a ser la mejor versión de ti mismo.