Se convirtio en el 1er idolo magico de Inglaterra
Severus Snape, o al menos el cuerpo que ahora habitaba, se sentía extrañamente ligero. La paliza de Tobias, un recuerdo borroso pero doloroso, había sido el catalizador. Huyendo en la noche, un fanático de Harry Potter reencarnado, se encontró en el Caldero Chorreante, no como un cliente, sino como un aspirante a salvador de su propio destino. La idea de un fanfic, una historia de autosalvación, era la única brújula que poseía en este mundo que, sin saberlo, se desviaba sutilmente del canon que tanto amaba. Con el estómago vacío y la mente llena de trozos de guiones de fanfiction, Severus se ofreció a cantar. La melodía improvisada, cargada de una inocencia que contrastaba cómicamente con la oscuridad que se suponía debía rodearlo, resonó en el bar. Fue entonces, en el clímax de su actuación, cuando el orbe de luz apareció, anunciando la activación del “Sistema de Debut como Ídolo o Morir”. Él, que esperaba este sistema desde el principio, ahora se veía impulsado a convertirse en el primer ídolo de Inglaterra. Cantar, bailar, actuar, cocinar; todo bajo la mirada de entidades primigenias y dioses que buscaban entretenimiento. El mundo mágico, un crisol de caballeros, princesas y tecnología de entretenimiento, se desplegaba ante él. Inglaterra, la vanguardia de esta evolución, era un escenario de intrigas y peligros. Las mafias muggle acechaban en las sombras, mientras que el propio mundo mágico retrocedía a una era de leyendas antiguas. Severus, con su condición de doncel, activó contratos de matrimonio antiguos y, para su confusión, comenzó a atraer un harem inverso de hombres obsesivamente atraídos por él, cuyas intenciones amorosas eran tan intensas como unilaterales. Él, absorto en su propia confusión de guiones, permanecía ajeno a la intensidad de esta atracción, simplemente deseando amor y afecto, buscando besos y abrazos en un torbellino de relaciones íntimas adultas. Las rivalidades amorosas femeninas, ajenas a la atracción que generaban, se interponían sin que él las notara. La divergencia entre el canon y el fanon era una constante fuente de caos. Él creía estar siguiendo un guion preescrito, pero los eventos se desarrollaban de formas inesperadas, manipulados por un autor invisible. Las pruebas de creación de universos, los despidos divinos causados por la activación errónea de sistemas, y la necesidad de ganar por ganar, eran sus compañeros. La posibilidad de ser adoptado, de ser vendido en subasta como sirvienta esclava, revivía traumas pasados. Fragmentos de recuerdos, como ecos en otros, solo aumentaban la confusión y el misterio. Mientras navegaba por secretos, tramas ocultas y viajes en el tiempo, Severus buscaba la redención, no solo para el personaje que habitaba, sino para el alma que lo poseía. La necesidad de amor, un anhelo profundo tanto para él como para el Severus original, lo impulsaba a través de esta compleja red de destinos entrelazados, sin saber si estaba escribiendo su propio guion o siguiendo uno que se le había impuesto, un doncel tonto pero inteligente en un mundo que lo empujaba a ser un ídolo, un héroe, o quizás, un villano redimido. Su primer amor, un afecto unilateral y obsesivo, se manifestaba en miradas furtivas y gestos torpes, un reflejo de la intensidad que lo rodeaba y que él, en su inocencia, apenas comenzaba a comprender.