Volver al resumen

Secret 2

Resonancia en la Penumbra

James se deslizó hacia un costado de su cama, creando un espacio que parecía una invitación al abismo. Con un movimiento pausado, casi solemne, elevó la manta de algodón gris y fijó sus ojos en el menor. No hacían falta palabras; el gesto era una orden silenciosa y un refugio al mismo tiempo.

Juhoon, temblando visiblemente, se acercó y se dejó caer sobre el colchón. Se acostó boca arriba, sintiendo cómo el muelle cedía bajo su peso ligero. James dejó caer la manta sobre ambos, encerrándolos en un microcosmos de calor y olor a sándalo. La respiración de Juhoon era un desastre: jadeos cortos, erráticos, que hacían que su pecho subiera y bajara con una urgencia que rozaba el dolor.

En la oscuridad apenas rota por la lámpara, los ojos de Juhoon brillaban por las lágrimas contenidas. Era una mirada cargada de un deseo que ni él mismo sabía nombrar, una súplica muda que atravesó la coraza de James. Con un movimiento desesperado, Juhoon extendió su mano y rodeó la muñeca de James. Su piel estaba ardiendo.

—Hyung... ayúdame —susurró Juhoon, su voz quebrándose en la última sílaba—. Se siente... se siente tan raro allí abajo. No entiendo qué me pasa. Estaba solo, recordé lo que pasó antes en el sofá... tu agarre... y de repente empecé a sentir este fuego. No para, James. Por favor, haz que pare.

James sintió un vuelco en el estómago. Ver a Juhoon así, con sus dieciocho años y esa inocencia fracturada por una biología que lo desbordaba, lo hizo morderse el labio inferior con fuerza. La mirada de James se ensombreció, cargándose de una intensidad predadora pero profundamente protectora. Juhoon era una visión de una belleza insoportable: vulnerable, pidiéndole auxilio al hombre que, irónicamente, era la causa de su tormento.

—¿Cómo quieres que te ayude, Jju? —preguntó James. Su voz era un barítono bajo, una vibración que Juhoon sintió en los huesos.

Juhoon tragó saliva, desviando la mirada un segundo antes de volver a conectarla con la de James. El rubor en sus mejillas era tan intenso que podía verse incluso bajo la luz tenue.

—¿Puedes... puedes tocarme? —confesó en un hilo de voz—. Me siento tan cálido en mi... en mi coño. Palpita, James. Siento que me va a estallar el corazón si no haces algo.

James suavizó su expresión. Una ternura inesperada compitió con la lujuria que le tensaba los músculos. Extendió una mano y comenzó a acariciar el rostro de Juhoon con la yema de los dedos. Recorrió el arco de sus cejas, la curva de su nariz elegante y el contorno de su mandíbula. Era como si estuviera memorizando una obra de arte antes de reclamarla.

—No tengas miedo —murmuró James, acercando su rostro al del menor hasta que sus alientos se mezclaron—. Ya estoy aquí. No voy a dejar que sufras solo.

James se inclinó y depositó un beso casto y prolongado en la frente de Juhoon. Fue un gesto de devoción que hizo que el menor cerrara los ojos, soltando un suspiro tembloroso. Pero la calma duró poco. James comenzó a descender, dejando que su mano recorriera el cuerpo de Juhoon por encima de la fina camisa de dormir, delineando sus costados, reconociendo la fragilidad de su estructura.

Cuando James volvió a buscar los ojos de Juhoon, se encontró con dos pozos de deseo puro. Juhoon lo miraba con los labios entreabiertos, humedecidos por su propia lengua en un gesto inconsciente. James no pudo contenerse más. Acortó la distancia y capturó los labios de Juhoon en un beso profundo.

Fue un encuentro de bocas que sabía a necesidad acumulada. James movía sus labios con una experiencia que abrumaba a Juhoon, quien solo podía dejarse llevar, correspondiendo con una torpeza adorable que solo encendía más al mayor. El beso se volvió húmedo, hambriento; las lenguas se buscaron en una danza que imitaba lo que sus cuerpos aún no se atrevían a ejecutar.

Mientras sus bocas seguían unidas, las manos de James bajaron hasta los botones de la camisa de dormir de Juhoon. Con una destreza sorprendente, fue desprendiendo cada uno. A medida que la tela se abría, la piel pálida de Juhoon quedaba expuesta a la luz de la lámpara. James rompió el beso solo para observar su obra.

Empezó a tocar su torso con una delicadeza casi religiosa. Sus dedos rozaron los pezones de Juhoon, que se endurecieron al instante ante el contacto frío. Juhoon soltó un gemido ahogado contra el hombro de James, arqueando la espalda. James continuó bajando, acariciando el estómago plano y suave, sintiendo cómo los músculos abdominales del menor se contraían bajo su tacto. Sus manos se detuvieron en la cintura, apretando ligeramente la carne firme, antes de subir de nuevo para rozar las costillas, contando cada una con sus yemas.

Juhoon estaba en un estado de éxtasis sensorial. Cada caricia de James enviaba descargas eléctricas directamente a su entrepierna. Sus muslos se abrieron de forma inconsciente, buscando aire, buscando alivio. Sus manos, temblorosas y sudadas, se aferraron a la camiseta de James, tirando de la tela como si quisiera fundirse con él.

—Ah... James... —gimió Juhoon, con las lágrimas resbalando por sus sienes mientras su cabeza se movía de un