Volver al resumen

Secret 2

El Umbral de la Rendición

La atmósfera en la habitación se había vuelto densa, casi irrespirable, cargada de un aroma almizclado y el calor sofocante de dos cuerpos que habían dejado de ser compañeros para convertirse en algo mucho más primitivo. James, cuya compostura profesional solía ser su rasgo más distintivo, sentía cómo su propio autocontrol se desintegraba ante la visión de Juhoon deshecho bajo su cuerpo. La vulnerabilidad del menor, su piel pálida ahora veteada de un carmín febril y sus ojos nublados por el deseo, eran un espectáculo que James quería devorar y proteger al mismo tiempo.

Sin previo aviso, James sumó un tercer dedo a la invasión.

Juhoon soltó un quejido que fue mitad sorpresa y mitad alivio. A pesar de lo estrecho de su naturaleza, la lubricación era tal que la entrada fue más fluida de lo esperado. James apenas esperó a que los músculos de Juhoon se adaptaran a la nueva plenitud; la urgencia en el aire era demasiado grande.

—Muévelos... James, por favor, más rápido —suplicó Juhoon, su voz era un hilo quebrado, despojada de cualquier rastro de esa reserva misteriosa que solía proyectar ante los demás.

James lo miró fijamente, sus ojos oscuros brillando tras los cristales de sus gafas, que aún permanecían en su sitio por puro milagro. Al escuchar la súplica, sintió un tirón violento en su propia entrepierna. Su miembro, endurecido hasta el punto del dolor y confinado por la tela de su pantalón, se movió ansioso, pulsando con una necesidad que amenazaba con nublarle el juicio. Ver la expresión suplicante de Jju, con los labios entreabiertos y la respiración errática, era una tortura deliciosa.

—¿Tan desesperado estás, Jju? —preguntó James, su voz vibrando con una posesividad que erizó la piel del menor.

Sin apartar la mirada, James comenzó a mover los tres dedos con una fuerza y rapidez implacables. El sonido en la habitación se volvió rítmico y explícito; el chapoteo constante y viscoso de la humedad de Juhoon contra la piel de James llenaba el silencio entre sus jadeos. Las bragas de seda que Juhoon llevaba puestas estaban completamente destrozadas, una reliquia inservible empapada en el fluido que su cuerpo generaba sin descanso. Sus muslos largos y delgados temblaban violentamente, mojados no solo por su propia excitación, sino también por el esfuerzo de mantenerse abierto para el hombre que lo dominaba.

James apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un dolor sordo en los músculos de la cara. Su erección era una presencia sofocante, una presión constante que le recordaba que él también estaba al límite. La fricción de su ropa contra su piel se sentía como papel de lija comparada con la suavidad húmeda que sus dedos exploraban. Quería quitarse todo, quería sentir el calor directo de Juhoon, pero la visión del menor perdiendo el control era demasiado gratificante como para interrumpirla.

—¡James! —gritó Juhoon, llevando sus manos temblorosas hacia el rostro del mayor.

Sus dedos, largos y finos, se hundieron en las mejillas de James, obligándolo a mantener el contacto visual mientras la sobreestimulación lo golpeaba en oleadas. Las caderas de Juhoon se sacudían en espasmos involuntarios, elevándose del colchón en un intento desesperado por encontrar más fricción, más contacto, cualquier cosa que calmara el incendio que James había provocado en su interior. Lágrimas calientes comenzaron a resbalar por las sienes de Juhoon, no de dolor, sino por la abrumadora intensidad de lo que estaba sintiendo. Estaba llorando porque se sentía demasiado bien, porque la validación de James era el bálsamo que su alma reprimida había necesitado durante años.

James sonrió, una expresión cargada de una ternura oscura y triunfante. Se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Juhoon en un beso profundo y hambriento, acallando sus gemidos más agudos. Sus lenguas se entrelazaron con la misma urgencia con la que sus dedos continuaban masturbándolo, creando un ciclo de placer que parecía no tener fin.

De repente, Juhoon sintió que el mundo se desmoronaba. La sensación era demasiado vasta, demasiado eléctrica; sentía que si James continuaba un segundo más a ese ritmo, su corazón simplemente se detendría. Con un movimiento torpe y desesperado, guio una de sus manos hacia la muñeca de James, apretándola con la poca fuerza que le quedaba.

—Para... espera —logró articular entre besos, su cuerpo convulsionando suavemente bajo la constante estimulación.

James se detuvo de inmediato. Se separó del beso, dejando un hilo de saliva conectando sus labios, y observó a Juhoon con una mezcla de confusión y preocupación inmediata. El fuego posesivo en sus ojos se suavizó, dejando ver al protector estoico que siempre había sido.

—¿Qué pasa? —preguntó James, su voz ronca y agitada—. Jju, ¿te lastimé? ¿Fui demasiado rudo?

Retiró su mano con cuidado, sintiendo el vacío frío que dejaba la ausencia de calor en el cuerpo de Juhoon. Sus dedos estaban brillantes y empapados, un testimonio silencioso de la intensidad del encuentro.

Juhoon negó con la cabeza frenéticamente, intentando recuperar el aliento. Sus pulmones ardían y su pecho subía y bajaba con violencia.

—No, no es eso —respondió Juhoon, cerrando los ojos mientras intentaba calmar el temblor de sus extremidades—. Es que... se siente demasiado bien. James, es demasiado. El placer es... no puedo soportar tanto.

James lo observó en silencio durante un momento, procesando las palabras. La honestidad brutal de Juhoon lo conmovió de una manera que no esperaba. Verlo allí, con el cuerpo "destrozado" por el deleite, vulnerable y entregado por completo a su voluntad, despertó en James una oleada de afecto puro que compitió con su deseo carnal. Se acomodó sobre sus rodillas, mirando a Juhoon con una ternura infinita, apartando un mechón de cabello castaño que se había pegado a su frente sudorosa.

—Eres increíble, ¿lo sabes? —susurró James, su mano acariciando ahora la mejilla de Juhoon con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de hace unos instantes.

Sin embargo, el dolor punzante en su propia entrepierna era imposible de ignorar. Su erección palpitaba con cada latido de su corazón, exigiendo su propio alivio tras haber estado concentrado únicamente en el placer del otro. James bajó la mirada hacia su propio regazo, donde la tensión era evidente bajo la tela oscura.

Juhoon, aún jadeante, siguió la mirada de James. Al ver la evidente necesidad del mayor, una nueva chispa de determinación brilló en sus ojos expresivos. A pesar del agotamiento, a pesar de que sus sentidos aún vibraban por la sobreestimulación, Juhoon extendió su mano.

Con dedos temblorosos pero decididos, Juhoon bajó su mano hasta la entrepierna de James, rozando la dureza que se ocultaba allí. James soltó un gruñido bajo, cerrando los ojos ante el contacto, sintiendo cómo el círculo de su secreto se cerraba un poco más, uniéndolos en una realidad privada de la que ya no había escapatoria.