Secret 2
El Manantial de lo Prohibido
El roce era una tortura de terciopelo y fuego. James, con la respiración convertida en un rugido sordo que vibraba en su pecho robusto, comenzó a deslizar su miembro contra la apertura de Juhoon. No buscó la entrada de inmediato; en su lugar, se deleitó en el contacto superficial, permitiendo que el glande se deslizara sobre la vulva hipersensible y empapada de Jju. El sonido era una confesión en sí mismo: un chapoteo rítmico, viscoso y denso que llenaba el espacio entre sus cuerpos. Cada vez que James subía y bajaba, arrastrando su calor contra la carne tierna y lubricada de Juhoon, el menor soltaba un hipido de puro asombro sensorial.
Juhoon sentía que su espina dorsal era un cable de alta tensión. La sensación de James frotándose contra él, tan firme y masivo comparado con la delicadeza de su propia anatomía, le provocaba oleadas de un placer punzante. Sus muslos, todavía temblorosos, se abrían instintivamente más, buscando atrapar ese calor, queriendo que la fricción no cesara nunca. La humedad que él mismo generaba actuaba como el conductor perfecto, haciendo que cada deslizamiento fuera suave pero cargado de una presión que lo hacía delirar.
—James... ah... se siente... —Juhoon no pudo terminar, su cabeza se echó hacia atrás, golpeando suavemente la almohada mientras sus ojos se ponían en blanco por un segundo.
James aprovechó la exposición de su cuello para enterrar el rostro allí. Sus labios, calientes y exigentes, succionaron la piel fina justo encima de la clavícula, dejando una marca que reclamaba posesión absoluta. Sus manos, grandes y seguras, bajaron hasta los glúteos de Juhoon, apretándolos con una fuerza que desdibujaba la línea entre el afecto y el hambre voraz.
—Mírate, Jju —susurró James contra su piel, su aliento quemando los sentidos de Juhoon—. Estás tan mojado para mí... es como si tu cuerpo hubiera estado esperando esto toda la vida.
James subió para besarle el rostro, dejando besos castos en sus párpados mojados, en la punta de su nariz y finalmente en las comisuras de sus labios, antes de volver a mirarlo con una intensidad que parecía perforarle el alma. Se detuvo un momento, manteniendo el contacto físico pero cesando el movimiento de frotamiento, dejando que la punta de su masculinidad descansara justo en el umbral.
—Juhoon —dijo James, usando su nombre completo con una seriedad que detuvo el tiempo—, ¿quieres esto? ¿De verdad me dejas entrar? No quiero que te sientas presionado... solo si te sientes bien.
Juhoon parpadeó, despejando la niebla de placer de sus ojos expresivos. Miró a James, viendo al hombre que lo había cuidado desde el primer día, al mentor que se había convertido en su mundo entero. No había rastro de duda en su corazón, solo una necesidad abrasadora de ser uno con él.
—Si es contigo... no tengo miedo —respondió Juhoon con voz quebrada, pero firme—. Quiero ser tuyo, James. Por favor... entra.
James soltó un suspiro trémulo, su frente apoyándose contra la de Juhoon por un instante antes de posicionarse. Con una lentitud casi agónica, comenzó a empujar.
La entrada fue un choque de realidades. Juhoon abrió la boca en un jadeo mudo, sus dedos hundiéndose en los hombros musculosos de James, apretando la tela de su camiseta con desesperación. Era una sensación de plenitud que bordeaba el dolor; sus músculos, estrechos y nunca antes explorados de esa manera, protestaron ante la intrusión del miembro de James.
—Duele... —balbuceó Juhoon, las lágrimas volviendo a asomar en sus ojos mientras su cuerpo se tensaba.
James se detuvo de inmediato, su propio cuerpo vibrando por el esfuerzo de no perder el control y embestir con fuerza. Gimiendo contra el hombro de Juhoon, justo sobre la tela de su camisa que aún llevaba puesta, James intentó calmarlo.
—Shh, tranquilo, Jju... respira conmigo —James comenzó a besarle la sien, su voz era un bálsamo profundo—. Estoy aquí. No me voy a mover hasta que me digas. Relájate, pequeño... deja que te envuelva.
James esperó, siendo increíblemente considerado, permitiendo que el cuerpo de Juhoon procesara la invasión. Comenzó a acariciar sus costados, bajando hacia sus muslos, dándole masajes suaves para disipar la tensión. Poco a poco, el dolor punzante en el interior de Juhoon comenzó a transformarse en una presión sorda y, finalmente, en un calor abrasador que pedía movimiento.
—Ya... ya está —susurró Juhoon, rodeando el cuello de James con sus brazos delgados, atrayéndolo más hacia él—. Muévete, James. Te necesito dentro.
James no necesitó que se lo dijera dos veces. Con un movimiento fluido, levantó una de las largas piernas de Juhoon, apoyándola sobre su hombro para permitir una intrusión más profunda y un ángulo que los conectara por completo. Comenzó a moverse con una lentitud deliberada, estocadas largas y profundas que hacían que el sonido del chapoteo viscoso regresara con más fuerza que antes.
—¡Ah! ¡James! —el grito de Juhoon fue agudo, una mezcla de sorpresa y delicia pura cuando James golpeó un punto sensible en su interior.
—Eso es... ahí es donde te gusta, ¿verdad? —gruñó James, perdiendo finalmente su fachada de autocontrol.
El ritmo aumentó gradualmente. James ya no era el observador analítico; era un hombre poseído por la textura de Juhoon, por la forma en que el menor balbuceaba incoherencias cada vez que él empujaba con más fuerza. Juhoon estaba perdido en un mar de sensaciones: el roce de la piel, el olor a sudor y deseo, y la sensación de James llenándolo por completo, reclamando cada centímetro de su anatomía única.
—Eres tan... tan perfecto —jadeaba James, sus gafas deslizándose por su nariz mientras su rostro se contraía en una mueca de placer absoluto—. Todo tú... es mío. Nadie más sabrá nunca cómo te sientes... solo yo.
Juhoon no podía responder con palabras coherentes. Sus manos se movían frenéticamente por la espalda de James, sus uñas dejando leves surcos en la piel que el mayor ocultaba bajo su ropa. Cada embestida de James lo hacía sentir como si se estuviera desintegrando y reconstruyendo al mismo tiempo.
—Más... más profundo... James, te quiero... —balbuceó Juhoon, su mente nublada, entregado a la posesividad instintiva del mayor.
El sonido rítmico de sus cuerpos chocando, el eco de los besos húmedos y los gemidos que se entrelazaban crearon una atmósfera de exclusividad que ninguna pared de la empresa o mirada de los fans podría penetrar. James, sintiendo que el clímax estaba cerca, aceleró el paso, sus movimientos volviéndose más cortos y potentes, sus manos apretando los muslos de Juhoon hasta que quedaron marcas blancas que pronto se tornarían rojas.
Con un último empuje devastador y un gruñido que pareció nacer desde lo más profundo de su alma, James se corrió dentro de Juhoon, sintiendo cómo el menor se contraía a su alrededor en un orgasmo propio que lo dejó sin fuerzas, con el cuerpo arqueado y la mirada perdida en el techo.
El silencio que siguió fue sagrado. Solo se escuchaba el latido desbocado de sus corazones y la respiración errática de dos personas que acababan de cruzar una frontera de la que no había retorno.
Minutos después, cuando el sudor comenzó a enfriarse sobre su piel, James se retiró con una delicadeza infinita. Se encargó de limpiar a Juhoon con una suavidad que hizo que el menor se sintiera la criatura más preciada del universo. James se estiró hacia la mesilla de noche y, con un clic seco, apagó la lámpara, dejando que la habitación se sumergiera en la penumbra plateada que entraba por la ventana.
Se acomodaron bajo las mantas, acurrucados el uno contra el otro. Juhoon apoyó su cabeza en el pecho robusto de James, escuchando el ritmo ahora más pausado de su corazón. James lo rodeó con sus brazos, protegiéndolo del resto del mundo.
—Jju —susurró James en la oscuridad, su voz cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
—¿Sí? —respondió Juhoon, cerrando los ojos, sintiéndose seguro por primera vez en su vida.
—Me gustas. Mucho más de lo que debería, mucho más de lo que un líder debería querer a su miembro —confesó James, dejando un beso en la coronilla de Juhoon—. No es solo esto. Es todo lo que eres.
Juhoon sonrió en la oscuridad, una sonrisa tierna que James no podía ver pero que podía sentir en la vibración de su cuerpo.
—Tú también me gustas, James —susurró—. Siempre fuiste tú. Aunque tuviera miedo... siempre quise que fueras tú el que me encontrara.
James lo apretó un poco más contra él, como si temiera que el mundo pudiera arrebatárselo al amanecer. Bajo la luz de la luna que se filtraba por las cortinas, los dos integrantes de CORTIS se quedaron dormidos, ajenos por unas horas a las cámaras, a los ensayos y al secreto que ahora, más que una carga, era el vínculo inquebrantable que definía sus vidas.