Secret 3
Sinfonía de Humedad y Secretos
James no se detuvo ante la fragilidad aparente de Juhoon. Al contrario, la vulnerabilidad del menor parecía alimentar una necesidad de posesión que James no sabía que poseía. Introdujo un segundo dedo, deslizando el corazón junto al índice en aquel lugar estrecho y ardiente. El tejido interno de Juhoon era suave como la seda, pero lo rodeaba con una firmeza que hizo que James soltara un suspiro entrecortado.
Juhoon jadeó con la boca abierta, incapaz de articular palabras. Sus ojos, empañados por el deseo y las lágrimas de excitación, permanecían abiertos, fijos en el techo mientras intentaba procesar la sensación de plenitud. La intrusión era nueva, invasiva y, sin embargo, se sentía como la pieza que faltaba en un rompecabezas que su cuerpo había estado intentando resolver desde que entró en la pubertad.
—James... —el nombre del mayor salió como un suspiro entrecortado, una súplica que no pedía detenerse, sino más.
Al sentir cómo Juhoon comenzaba a mover las caderas de manera inconsciente, buscando presionar su interior contra los dedos que lo invadían, James dejó escapar una risa ronca, cargada de una satisfacción oscura.
—¿Ya quieres más, Jju? —preguntó James, su voz vibrando contra la piel del cuello de Juhoon—. Eres un pequeño pecador, ¿verdad? Tan callado frente a las cámaras, pero aquí... aquí eres todo mío.
James comenzó a mover los dedos con más intensidad. El ritmo se volvió constante, un vaivén que generaba un sonido de chapoteo rítmico, un eco viscoso que llenaba el silencio de la habitación. Era un sonido erótico, el de la lubricación natural de Juhoon mezclándose con el movimiento experto de James. El roce de la piel contra la piel, el deslizamiento constante en ese canal tan apretado, creaba una melodía de lujuria que hacía que el cerebro de Juhoon se nublara por completo.
—Más... por favor, James, más —suplicó Juhoon, arqueando la espalda, sus manos soltando el cuello de James para aferrarse a las sábanas, arrugándolas con fuerza.
James no se hizo de rogar. Con un movimiento decidido, introdujo el tercer dedo. Entró con sorprendente facilidad, gracias a la cantidad de fluido que Juhoon estaba produciendo, inundando no solo sus dedos, sino también las bragas que aún colgaban inútilmente de una de sus piernas y que ahora estaban completamente empapadas, un despojo de tela destrozada por la urgencia del momento.
—Mírate —susurró James, obligando a Juhoon a encontrarse con su mirada—. Mira lo que me haces hacerte.
Juhoon bajó la vista, encontrándose con los ojos intensos de James tras sus lentes, que se habían deslizado un poco por el puente de su nariz. El rostro de James estaba transformado; ya no era el mayor del grupo que analizaba coreografías o corregía notas vocales. Era un depredador que había encontrado su tesoro más preciado.
—Muévelos... más rápido —pidió Juhoon, su voz transformándose en un ronroneo exigente—. No te detengas, por favor.
James sintió cómo su propio miembro, endurecido y dolorosamente apretado contra sus pantalones, se movía ansioso dentro de su ropa. Ver la expresión de Juhoon —su boca entreabierta, el sudor brillando en su frente, los ojos suplicantes y ese toque de desesperación por el placer— era casi más de lo que su propio autocontrol podía manejar. Pero James quería saborear esto. Quería que Juhoon recordara cada segundo de su primera vez siendo reclamado de esta manera.
James comenzó a mover los tres dedos con una fuerza y rapidez implacables. El sonido del chapoteo se volvió más errático, más ruidoso. Los muslos de Juhoon, largos y elegantes, temblaban sin control, sacudidos por oleadas de placer que nacían en su centro y se extendían hasta la punta de sus pies. La humedad era tal que incluso los muslos internos de Juhoon estaban manchados, brillando bajo la tenue luz de la lámpara.
—¡James! ¡Ah! —el grito de Juhoon fue ahogado cuando James volvió a besarlo, esta vez con una ferocidad que buscaba devorarlo.
Dentro de él, los dedos de James hacían maravillas, golpeando paredes sensibles que hacían que Juhoon viera estrellas. El contraste entre la dominación física de James y la entrega absoluta de Juhoon sellaba un pacto silencioso. Ya no había vuelta atrás a la dinámica de "hermano mayor y menor". El secreto de Juhoon ya no era una carga solitaria; ahora era el combustible de un incendio que amenazaba con consumirlos a ambos.
James observaba, sin pestañear, cómo el rostro de Juhoon se contraía en el clímax inminente. La forma en que sus caderas daban pequeños saltos, tratando de alcanzar ese punto de no retorno, mientras los dedos de James seguían trabajando con una precisión devastadora, sumergiéndose una y otra vez en el calor empapado de su interior.
—Eso es, Jju... entrégate para mí —gruñó James, aumentando la velocidad hasta que el mundo alrededor de ellos dejó de existir, dejando solo el sonido de la respiración agitada y el rítmico chapoteo de su unión prohibida.