Secret
Escudos Invisibles y Latidos Nuevos
La dinámica entre James y Juhoon cambió de una manera que solo ellos dos podían percibir, una frecuencia modulada que los demás miembros de CORTIS aún no lograban sintonizar. No era que antes no fueran amigos, pero tras la confesión de Juhoon, el aire entre ambos se había vuelto más denso, más cargado de una lealtad silenciosa que rayaba en lo sagrado. James, con su naturaleza analítica y seria, se había convertido en una suerte de guardián silencioso, un centinela que vigilaba los puntos ciegos de Juhoon sin que este tuviera que pedirlo.
Durante las grabaciones de los programas musicales, donde el caos de los camerinos solía ser una pesadilla de falta de privacidad, James siempre estaba allí. Cuando el estilista terminaba de ajustar el maquillaje y era hora de que Juhoon se pusiera el vestuario de presentación, James simplemente se colocaba frente a la cortina del cubículo o bloqueaba la línea de visión desde la puerta con su cuerpo alto y robusto.
—¿James hyung? ¿No vas a terminar de arreglarte? —preguntaba a veces Martin, asomándose con su energía habitual y el cabello rubio ya perfectamente peinado.
—Ya estoy listo, Martin. Solo estoy revisando el itinerario aquí fuera —respondía James con su voz monótona, sin moverse ni un centímetro, asegurándose de que nadie pudiera entrar por accidente mientras Juhoon se ajustaba las prendas que ocultaban su secreto.
Juhoon, desde el otro lado de la tela o la puerta, sentía que su pecho se apretaba de una forma distinta. Ya no era el miedo a ser descubierto lo que aceleraba su pulso, sino la seguridad de saber que James estaba allí, como un muro inamovible. Esa protección constante empezó a erosionar la imagen de "hermano mayor" que Juhoon tenía de él. James ya no era solo el líder moral o el hyung serio; era su refugio. Y esa realización, aunque dulce, empezaba a traer consigo una confusión que Juhoon no sabía cómo nombrar.
Una mañana, la luz del sol se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación que compartían. Juhoon abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso del cansancio de la noche anterior. Lo primero que vio fue a James. El mayor ya estaba despierto, apoyado contra el respaldo de su cama con sus gafas puestas, concentrado en la pantalla de su celular. La luz azul del dispositivo resaltaba sus rasgos marcados y esa mandíbula firme que Juhoon, sin darse cuenta, se quedó observando más tiempo del debido.
James, percibiendo el movimiento, bajó el teléfono y lo miró. Su expresión se suavizó al instante, esa transformación mágica que solo ocurría cuando sonreía de lado.
—Buenos días, Jju —dijo James con la voz ronca por el sueño—. Por fin despiertas. Los más jóvenes ya están en la cocina devorando el desayuno que trajo el mánager. Martin está haciendo tanto ruido que me sorprende que no te hayas despertado antes.
Juhoon se incorporó, frotándose los ojos con los puños, viéndose pequeño a pesar de ser un poco más alto que James.
—Buenos días, hyung... —murmuró con voz soñolienta—. ¿Qué hora es?
—Es temprano, pero tenemos ensayo en una hora. —James dejó el celular en la mesa de noche y se puso de pie—. Si quieres ir a desayunar, puedo salir de la habitación para que te cambies con tranquilidad. Te espero en el pasillo o voy a ver si Keonho no ha incendiado nada todavía.
Juhoon lo miró, notando la naturalidad con la que James le ofrecía su espacio. Era un gesto tan considerado que le dolió un poco en el centro del pecho.
—Gracias, hyung. Eso... sería bueno. Solo me tomará un minuto.
James asintió, le dio una palmadita afectuosa en el hombro al pasar y salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic definitivo. Juhoon se quedó mirando la madera de la puerta durante varios segundos. La gratitud que sentía estaba empezando a transformarse en algo más profundo, una calidez que le subía por el cuello y le hacía querer estar cerca de James incluso cuando no necesitaba protección.
Esa misma tarde, tras una jornada agotadora de diez horas de ensayo coreográfico, el grupo regresó al dormitorio exhausto. Juhoon fue el primero en entrar a bañarse, necesitando desesperadamente que el agua caliente relajara sus músculos. Cuando salió, envuelto en una bata de baño blanca y con el cabello castaño goteando sobre sus hombros, encontró a James sentado en su cama, leyendo unos documentos que parecían ser las nuevas letras para el próximo álbum.
James levantó la vista al oír la puerta del baño.
—El agua caliente se está acabando, mejor le aviso a Seonghyeon que se apure —comentó James, haciendo ademán de levantarse—. Me iré para que puedas vestirte, Jju.
James se dirigió hacia la salida, pero Juhoon, impulsado por un sentimiento de confianza que lo sorprendió incluso a él mismo, habló antes de pensar.
—Hyung, espera.
James se detuvo con la mano en el pomo de la puerta, girándose con una ceja levantada.
—¿Pasa algo?
Juhoon sintió que sus mejillas se encendían. Se aferró a las solapas de su bata, bajando un poco la mirada, pero manteniendo su postura.
—No... no hace falta que te vayas —dijo en un susurro, aunque lo suficientemente claro—. Me refiero a que... me siento cómodo si te quedas. Ya no tienes que salir cada vez que voy a cambiarme. Confío en ti.
El silencio que siguió fue breve pero intenso. Juhoon podía sentir el calor de su propio sonrojo, una mezcla de timidez y una extraña valentía. James se quedó estático por un momento, procesando la invitación. Sus ojos, tras los cristales de las gafas, brillaron con algo que Juhoon no pudo identificar: una mezcla de ternura y un respeto profundo.
—¿Estás seguro? —preguntó James, su voz bajando un octavo, volviéndose más suave.
—Sí —asintió Juhoon, armándose de valor—. Quédate. No me importa.
James soltó un suspiro lento y regresó a su cama, volviendo a tomar sus papeles.
—Está bien. No miraré, estaré concentrado en esto.
Juhoon comenzó a vestirse. Se dio la vuelta, dándole la espalda a James, y dejó caer la bata para ponerse la ropa interior y los pantalones de chándal. A pesar de sus palabras, el corazón le latía con fuerza. Era la primera vez que se exponía así ante alguien, incluso si James intentaba no mirar.
Lo que Juhoon no sabía era que James, a pesar de su promesa, no podía evitarlo del todo. El mayor mantenía la vista fija en los papeles, pero sus ojos se desviaban inevitablemente hacia la silueta de Juhoon. Observó la curva de su espalda, la elegancia de sus movimientos, la piel suave que brillaba bajo la luz de la habitación. James sintió un nudo en la garganta. No era una mirada de curiosidad clínica, era algo más oscuro, más hambriento, algo que lo hizo sentirse avergonzado de inmediato. Se obligó a mirar sus notas, pero la imagen de Juhoon, tan vulnerable y confiado a la vez, se quedó grabada en su mente. "No es de amigos mirar así", se recriminó James internamente, sintiendo que sus propias mejillas se calentaban.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe sin previo aviso.
—¡Juhoon-ah! ¿Has visto mi cargador de...? —Keonho entró como un torbellino, con su habitual falta de límites.
Juhoon, que apenas estaba terminando de abotonarse una camisa ligera, se congeló, sintiendo que el pánico lo invadía. Sus manos temblaron y se quedó paralizado.
Antes de que Keonho pudiera procesar lo que tenía delante, James ya estaba de pie. Con una agilidad que contrastaba con su calma habitual, James se interpuso entre el maknae y Juhoon, bloqueando completamente la vista de Keonho hacia su compañero medio vestido.
—¡Fuera! —rugió James, usando ese tono de líder que rara vez empleaba pero que nadie se atrevía a cuestionar.
Keonho se sobresaltó, dando un paso atrás.
—¡Pero hyung! Solo quería mi cargador...
—He dicho que fuera, Keonho. Aprende a tocar la puerta —James lo empujó físicamente hacia el pasillo y cerró la puerta con llave, algo que rara vez hacían—. No vuelvas a entrar así.
James se quedó apoyado contra la puerta, respirando con cierta pesadez. Se giró para ver a Juhoon, que todavía estaba temblando levemente, con la camisa a medio cerrar.
—Ya se fue —dijo James, su voz volviendo a la calma, aunque sus ojos todavía reflejaban la intensidad del momento—. Estás a salvo, Jju. No vio nada.
Juhoon exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. Se terminó de abotonar la camisa con dedos torpes y miró a James. El mayor no se había movido de la puerta, como si quisiera asegurarse de que nadie más irrumpiera en su espacio compartido.
—Gracias, hyung —susurró Juhoon. Se acercó a James, deteniéndose a solo unos centímetros de él—. Siempre me salvas.
James lo miró desde su altura. Por un segundo, la seriedad de James se rompió y su mirada bajó a los labios de Juhoon antes de volver rápidamente a sus ojos. Fue un instante casi imperceptible, pero para Juhoon, fue como una descarga eléctrica.
—Es mi trabajo cuidarte —respondió James, aunque ambos sabían que lo que acababa de pasar, la forma en que James lo había protegido y la forma en que lo miraba ahora, iba mucho más allá del deber de un compañero de grupo.
James extendió la mano y, con una delicadeza extrema, acomodó el cuello de la camisa de Juhoon que había quedado doblado. Sus dedos rozaron accidentalmente la piel del cuello de Juhoon, y ambos se quedaron inmóviles. El contacto fue breve, pero el calor que emanaba de James parecía quemar.
Juhoon sintió que su percepción de James terminaba de romperse por completo. Ese hombre no era solo su hyung. Era alguien que lo hacía sentir visto, no como un fenómeno o un secreto, sino como alguien valioso, alguien que merecía ser protegido con ferocidad. Y en ese silencio cargado de electricidad, Juhoon comprendió que el miedo que sentía ya no era hacia su cuerpo, sino hacia la intensidad de lo que estaba empezando a sentir por el hombre que tenía delante.
James, por su parte, se obligó a retroceder.
—Termina de arreglarte. Te espero para ir a cenar —dijo, volviendo a su tono serio, aunque sus manos, escondidas en los bolsillos, todavía guardaban el hormigueo del contacto.
Juhoon asintió, incapaz de articular palabra. Mientras James volvía a sentarse, fingiendo leer de nuevo, Juhoon supo que las cosas nunca volverían a ser iguales. La amistad que habían reforzado se estaba convirtiendo en los cimientos de algo mucho más complejo y peligroso, un sentimiento que ninguno de los dos se atrevía a nombrar, pero que ya llenaba cada rincón de la habitación.