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Secret

El eco de la confesión

James sostuvo la mirada de Juhoon durante lo que pareció una eternidad suspendida en el tiempo. Bajo la luz ambarina de la lámpara, los ojos del menor no solo reflejaban miedo, sino un deseo tan puro y descarnado que resultaba casi doloroso de presenciar. Juhoon temblaba, un sismo sutil que recorría sus hombros y se perdía en sus dedos entrelazados con la muñeca de James. El mayor sintió cómo su propio corazón martilleaba contra sus costillas, una respuesta salvaje a la vulnerabilidad de la criatura que tenía frente a él.

Sin romper el contacto visual, James acortó la distancia final. Sus ojos bajaron hacia los labios de Juhoon, que permanecían entreabiertos, húmedos y trémulos. Fue un movimiento deliberado, cargado de una intención que ya no buscaba proteger, sino reclamar. Cuando sus labios finalmente se encontraron, el mundo exterior —el grupo, la carrera, las reglas— simplemente dejó de existir.

El beso comenzó con una suavidad engañosa, un roce de tanteo que pronto se transformó en algo profundo y voraz. James saboreó la timidez inicial de Juhoon, envolviendo su boca con una urgencia que hizo que el menor soltara un suspiro ahogado. Era un beso que sabía a años de silencios contenidos y a una curiosidad que quemaba. Juhoon se fundió contra él, sus sentidos embotados por el sabor de James y la firmeza de sus labios. Una lágrima solitaria escapó de sus ojos cerrados, deslizándose por su mejilla hasta perderse en el punto donde sus pieles se unían.

Mientras sus lenguas se entrelazaban en un baile torpe pero desesperado, la mano de James abandonó la mejilla de Juhoon para buscar los botones de su camisa de dormir. Sus dedos, usualmente ágiles y precisos, temblaron ligeramente ante la magnitud de lo que estaba haciendo. Uno a uno, los botones cedieron, revelando la piel pálida y sedosa de Juhoon bajo la luz de la luna.

Cuando la tela finalmente se abrió, James apartó el beso apenas unos milímetros para observar su obra. Juhoon era una visión de fragilidad y elegancia. El mayor deslizó sus palmas por el torso del joven, maravillándose con la suavidad de su piel. Sus dedos rozaron las costillas prominentes de Juhoon, delineando su figura delgada con una devoción casi religiosa. Al subir hacia su pecho, los pulgares de James encontraron sus pezones, pequeños y ya endurecidos por el frío y la excitación.

—Ah... h-hyung... —gimió Juhoon contra sus labios, su cuerpo arqueándose involuntariamente ante el contacto.

James continuó su exploración, bajando sus manos hacia el estómago plano de Juhoon, que se contraía rítmicamente con cada respiración agitada. El roce de las palmas callosas de James contra la suavidad de su vientre provocó que Juhoon soltara una serie de gemidos entrecortados. Sus muslos se abrieron de forma inconsciente, buscando espacio, buscando alivio, mientras sus manos temblorosas se aferraban a la camiseta de James, arrugando la tela con una fuerza nacida del pánico y el placer.

En el epicentro de su cuerpo, Juhoon sintió una contracción violenta. Su coño, empapado y latiente, reaccionaba a cada caricia en su torso como si hubiera hilos invisibles conectando su piel con su feminidad oculta. Cada vez que James rozaba su cintura, Juhoon sentía un espasmo en su interior, una succión húmeda que lo dejaba sin aliento.

James bajó la mirada, siguiendo el rastro de sus propias manos hasta que estas llegaron a la cinturilla de las bragas de encaje rosa. La tela estaba visiblemente oscurecida, pegada a la piel por una humedad que James podía oler: un aroma dulce, almizclado y profundamente excitante. Dejó descansar su palma sobre el montículo de Venus de Juhoon, presionando con suavidad por encima de la tela empapada.

—Dios, Jju... —susurró James, separándose del beso para mirarlo fijamente. Sus ojos estaban oscuros, inyectados de una pasión que bordeaba la posesión—. Estás empapado. Estás tan mojado por mí...

Juhoon se sintió pequeño, casi diminuto bajo el aura dominante y densa de James. El rubor en su rostro era un incendio carmesí que llegaba hasta la punta de sus orejas. Sus ojos llorosos buscaron los de James, encontrando en ellos una mezcla de adoración y lujuria que lo hizo estremecerse. Con un esfuerzo supremo, Juhoon soltó la camisa de James y llevó sus manos al rostro del mayor, acunando sus mejillas con una ternura desesperada. Sus labios, ahora rosaditos y carnosos por el intercambio anterior, temblaron al hablar.

—Se siente... demasiado bien —confesó Juhoon en un hilo de voz, las lágrimas volviendo a brotar por la intensidad de la emoción—. Por favor, hyung... no te detengas. Continúa. Necesito que... que hagas algo.

James soltó una pequeña risa ronca, una vibración que Juhoon sintió en la punta de sus dedos. Sus ojos se suavizaron con un amor tan inmenso que pareció desbordar la habitación.

—¿Cómo puedes ser tan lindo, Juhoon? —murmuró James, negando con la cabeza como si no pudiera creer su propia suerte—. Me vas a volver loco.

James volvió a besarlo, esta vez con una posesividad renovada. Juhoon correspondió con fervor, rodeando el cuello de James con sus brazos, pegando su pecho al del mayor en un intento de borrar cualquier espacio restante. Fue entonces cuando la mano de James se deslizó finalmente por debajo del encaje rosa.

El contacto directo fue eléctrico. James soltó un gemido de satisfacción que se mezcló con el de Juhoon cuando sus dedos se hundieron en la viscosidad cálida y abundante que emanaba del menor. Se sentía como seda líquida, una prueba irrefutable del deseo de Juhoon. James comenzó a masajear con movimientos circulares el clítoris hinchado, que sobresalía como un pequeño rubí ardiente entre los pliegues empapados.

James se separó del beso, pero no se alejó. Quería ver. Necesitaba registrar cada reacción en el rostro de Juhoon mientras sus dedos trabajaban abajo. Observó cómo las cejas de Juhoon se fruncían en un gesto de concentración y deleite, cómo su cabeza se echaba hacia atrás, exponiendo la línea elegante de su cuello.

—James... ah, James... —el nombre del mayor escapó de los labios de Juhoon como un mantra, una oración dedicada al hombre que lo estaba haciendo descubrir un universo de sensaciones.

Juhoon se mordió el labio inferior, intentando contener los gritos que amenazaban con salir. Cada círculo que James trazaba sobre su centro sensible enviaba oleadas de electricidad hacia su cerebro. Su cuerpo temblaba, sus muslos sufrían espasmos rítmicos y sus dedos se enterraban en la nuca de James, buscando un anclaje.

James, conmovido por la entrega absoluta del menor, comenzó a repartir besos suaves por todo su rostro, bebiendo las lágrimas que seguían cayendo. Sus labios recorrieron sus párpados, su nariz y sus mejillas antes de deslizar un dedo por la raja de su vagina, que estaba tan dilatada y húmeda que parecía invitar a la exploración.

James masajeó la entrada con el pulgar mientras sus otros dedos seguían trabajando en el clítoris, y de repente, propinó una pequeña palmada sobre el coño hinchado. El sonido húmedo, un *plap* carnoso, resonó en el silencio de la habitación.

—¡Ah! —Juhoon dio un respingo, su cuerpo brincando sobre el colchón—. ¡James! —exclamó en una mezcla de protesta y sorpresa, sus ojos abriéndose de par en par.

James soltó una risita divertida, una chispa de humor seco bailando en su mirada intensa mientras lamía una última lágrima de la mejilla de Juhoon.

—Shh, tranquilo —susurró, sintiendo sus dedos completamente cubiertos por el fluido de Juhoon.

Con una lentitud tortuosa, James posicionó su dedo índice en la entrada de la raja empapada. Juhoon se sobresaltó al sentir la presión de la intrusión inminente; sus brazos se apretaron alrededor del cuello de James y sus piernas se tensaron, sus pies buscando tracción en las sábanas.

—Relájate, Jju... solo déjame entrar —le susurró James al oído, su voz convirtiéndose en una vibración profunda que resonó en el cráneo de Juhoon.

Para ayudarlo a relajarse, James comenzó a chupar el lóbulo de su oreja, usando su lengua para delinear los pliegues sensibles mientras su dedo índice comenzaba a deslizarse, centímetro a centímetro, dentro del calor apretado y húmedo de Juhoon. El menor soltó un sollozo ahogado, su cuerpo cediendo finalmente ante la invasión, mientras el mundo se reducía al ritmo de la respiración de James contra su piel y la sensación de plenitud que empezaba a reclamarlo desde adentro.