Secretos de la Ebriedad
El Síndrome de Peter Pan Etílico
La quietud en el dormitorio de Shoko era un bálsamo. Satoru Gojo, recostado contra la pared fría, se encontró a sí mismo catalogando los sonidos: la respiración lenta y profunda de ella, el zumbido distante del frigorífico en la cocina, el lejano ulular de una sirena perdiéndose en la noche de Tokio. Por primera vez en años, el silencio no se sentía como soledad, sino como una vigilia compartida.
La mujer en la cama, su ancla en un mundo que constantemente intentaba ahogarlo, parecía casi una extraña. Sin su bata de laboratorio, sin el cinismo en sus ojos ni el cigarrillo entre sus dedos, Shoko Ieiri dormida era una visión de paz vulnerable. Las palabras que el alcohol había arrancado de sus labios todavía flotaban en la mente de Gojo, pequeñas brasas incandescentes en la oscuridad. *«No confío en nadie más para que me lleve a casa».*
Una punzada de algo cálido y protector se instaló en su pecho. Era un sentimiento antiguo, uno que recordaba de sus días de escuela, cuando su principal preocupación era proteger a sus dos únicos amigos del mundo, y a veces, de sí mismo. Con un cuidado que contradecía su naturaleza caótica, se inclinó hacia adelante y estiró la mano para acomodar la manta sobre el hombro de Shoko, que se había deslizado. Un gesto simple. Doméstico. Final.
Y entonces, el momento se hizo añicos.
Con la velocidad de un autómata averiado, Shoko se revolvió bajo la manta, lanzándola a un lado con un quejido.
—¡No! ¡Quita! ¡Tengo calor!
Sus ojos se abrieron de golpe, vidriosos y desenfocados, pero fijos en él. Gojo se quedó con la mano suspendida en el aire, parpadeando tras su antifaz. La paz se había evaporado, reemplazada por una energía errática y febril.
—Shoko, estás sudando. Te vas a resfriar —dijo él, intentando razonar con el huracán etílico que acababa de despertar.
—No me importa —replicó ella, haciendo un puchero que era tan impropio de su rostro que resultaba casi cómico. Se sentó en la cama, con el pelo revuelto como un nido y la camisa de dormir arrugada—. No quiero la manta. Quiero…
Sus ojos recorrieron la habitación como si buscara algo, y finalmente se posaron de nuevo en él. Una lenta sonrisa, infantil y traviesa, se dibujó en sus labios.
—Quiero un abrazo.
Gojo se quedó mudo. —¿Un qué?
—Un abrazo —repitió, arrastrando las palabras y extendiendo los brazos hacia él como una niña pequeña pidiendo que la levanten—. Ahora. Ven aquí, Satoru.
Satoru Gojo, el hombre que podía doblegar el espacio y el tiempo, el hechicero que infundía terror en las maldiciones más antiguas, se sintió completamente desarmado. Esto era peor que su berrinche en el bar. Esto era… pegajoso.
—Shoko, creo que deberías volver a dormirte.
—¡No! —Su voz subió una octava, peligrosamente cerca de un chillido—. No hasta que me abraces. Eres malo. Viniste a buscarme y ahora no quieres abrazarme. Es muy cruel.
Suspirando con la resignación de un mártir, Gojo se deslizó por la pared hasta sentarse de nuevo en el borde de la cama.
—De acuerdo, de acuerdo. Un abrazo. Pero uno rápido.
Apenas había terminado la frase cuando ella se abalanzó sobre él, rodeándole el cuello con los brazos y apoyando la cabeza en su hombro con un suspiro de satisfacción. Gojo se quedó rígido, con las manos en el aire, sin saber dónde ponerlas. El cuerpo de ella era cálido y olía a vino, a su perfume y a esa esencia clínica que siempre la acompañaba. Era una mezcla extrañamente reconfortante.
—Ves… qué bien —murmuró ella contra su cuello.
—Sí, fantástico. Ya está. Misión cumplida —dijo él, dando unas palmaditas torpes en su espalda—. Ahora, a la cama.
Pero ella no se movió. Al contrario, se acurrucó más. Una de sus manos dejó su cuello para viajar hacia arriba, enredándose en su pelo blanco.
—Tu pelo es muy suave —dijo con una voz soñadora—. Como un oso polar bebé. O como algodón de azúcar. ¿Te lo puedo tocar más?
—Definitivamente no —respondió Gojo, intentando desenredar sus dedos de su cabello. Era como tratar con un pulpo borracho y sentimental.
—Eres un egoísta —se quejó ella, pero no retiró la mano. Simplemente comenzó a acariciar su pelo con una fascinación infantil—. Siempre lo has sido. Pero tu pelo es bonito. Siempre me ha gustado. Nunca te lo dije.
Cada palabra era una pequeña grieta en la armadura de indiferencia de Gojo. Él estaba acostumbrado a sus pullas, a su sarcasmo afilado. No estaba preparado para esta avalancha de sinceridad desinhibida y cumplidos extraños.
—Gracias, supongo. El tuyo también es… marrón —logró decir, sintiéndose como un idiota.
Shoko soltó una risita ahogada contra su hombro.
—Eres tonto.
Se quedaron así un momento que a Gojo le pareció una eternidad. Él, el pilar de fuerza del mundo jujutsu, siendo utilizado como un peluche gigante por su colega ebria, que ahora le acariciaba el pelo como si fuera un gatito. Era la situación más absurda en la que se había encontrado, y eso incluía haber luchado contra una maldición que vomitaba arcoíris parlantes.
Poco a poco, el ambiente comenzó a cambiar de nuevo. Las caricias infantiles se volvieron más lentas, más deliberadas. El cuerpo de Shoko dejó de estar simplemente apoyado contra el suyo y pareció amoldarse a él. El silencio ya no estaba lleno de una travesura ebria, sino de algo más pesado, más denso.
Se apartó un poco, lo justo para mirarlo a la cara. Su rostro estaba a centímetros del suyo. Sus ojos castaños, aunque todavía empañados por el alcohol, habían perdido su brillo infantil. Ahora contenían una melancolía profunda y una intensidad que le revolvió el estómago.
—Satoru…
Su voz era un susurro, despojada de toda pretensión. El uso de su nombre de pila de nuevo, de esa forma tan íntima, le puso en alerta máxima.
—¿Sí, doctora? ¿Necesitas prescribirme una dosis de paciencia? Porque la mía se está agotando. —Intentó bromear, un mecanismo de defensa desesperado.
Ella ignoró por completo su intento de desviar la conversación. Su mano bajó de su pelo y se posó en su mejilla, justo al borde de su antifaz. Sus dedos estaban fríos, pero su palma irradiaba un calor que pareció atravesar la tela y quemarle la piel.
—¿Por qué siempre haces eso? —preguntó, su voz apenas audible—. ¿Por qué siempre construyes muros con bromas?
Él no respondió. La pregunta era demasiado certera.
—Te escondes detrás de esa sonrisa estúpida, de esa arrogancia… y de esto —dijo, rozando la tela negra que cubría sus ojos con el pulgar—. Como si tuvieras miedo de que alguien viera lo que hay de verdad.
—No hay nada que ver —mintió él, su propia voz sonando extraña en sus oídos.
—Mentira —replicó ella al instante—. Yo lo he visto. Lo vi cuando éramos críos. Lo vi cuando… cuando perdimos a Suguru. Y lo veo ahora, en los momentos en que crees que nadie te mira. Veo al hombre que carga con el peso del mundo y finge que no le pesa.
El aire se escapó de los pulmones de Gojo. Shoko, su Shoko, estaba desnudando su alma con la precisión de uno de sus bisturís, y él no podía hacer nada para detenerla. Su Infinito, que lo protegía de todo daño físico, era inútil contra esto. Estas palabras lo estaban atravesando, una por una.
Su mirada bajó a sus labios, y luego volvió a subir hacia donde intuía que estaban sus ojos.
—Estoy tan cansada de verte solo, Satoru.
—No estoy solo —dijo él, casi por reflejo—. Te tengo a ti.
Una sonrisa triste y amarga curvó los labios de ella.
—Sí. Me tienes. Como tu compañera. Tu amiga. La que cose tus errores y te prepara café. La que siempre está ahí, en segundo plano.
Hizo una pausa, y en esa pausa Gojo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Sabía lo que venía. Una parte de él quería taparle la boca, detener el tiempo, rebobinar la noche y dejarla dormida en la barra del bar. Pero otra parte, una parte traicionera y hambrienta, necesitaba oírlo.
—Si tan solo… —susurró, y su voz se rompió ligeramente—. Si tan solo dejaras de verme como una compañera y amiga… y me vieras como algo más.
La confesión.
No fue un grito, ni una declaración apasionada. Fue un susurro frágil, cargado con el peso de años de silencios y oportunidades perdidas. Y golpeó a Satoru Gojo con la fuerza de un Agujero Negro.
Su cerebro, el mismo que podía procesar cantidades infinitas de información en nanosegundos, se cortocircuitó. El tiempo se detuvo. El zumbido del frigorífico desapareció. Solo existían los ojos de Shoko, llenos de una vulnerabilidad que le partió el corazón, y el calor de su mano en su cara.
*¿Como algo más?*
La idea no era nueva. Había sido un pensamiento fugaz en noches solitarias, una posibilidad enterrada bajo capas de responsabilidad, amistad y la terrible certeza de que cualquiera que se acercara demasiado a él terminaba herido. Pero oírlo de sus labios… oírlo de *Shoko*… lo cambiaba todo. Hacía que la idea abstracta se volviera real, tangible y aterradoramente posible.
Antes de que pudiera formular una respuesta, antes de que su mente pudiera siquiera empezar a procesar las implicaciones, ella actuó. Con una determinación que solo el alcohol puede proporcionar, su otra mano se aferró al cuello de su camisa de pijama, tirando de él hacia ella.
Su rostro se acercó más. Y más. Podía sentir su aliento, dulce y avinado, sobre sus labios. Sus ojos se cerraron lentamente. Iba a besarlo.
El mundo de Gojo se redujo a ese milímetro de espacio entre sus bocas. Un millón de pensamientos contradictorios se dispararon en su cabeza. *Esto es un error. Está borracha. No sabe lo que hace. Pero yo sí. ¿Quiero esto? ¿Desde cuándo? ¿Qué pasará mañana?*
El instinto, más rápido que el pensamiento, tomó el control. Se inclinó una fracción de milímetro hacia adelante, cerrando la distancia. El universo contuvo la respiración. El impacto era inminente.
Pero nunca llegó.
En lugar del suave contacto de sus labios, lo que llegó fue un sonido gutural y húmedo. Un gorgoteo espantoso que surgió de lo más profundo de Shoko.
Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de pánico y confusión. Su boca se abrió, pero no para un beso.
Gojo solo tuvo tiempo de procesar lo que estaba a punto de suceder. El terror puro y absoluto reemplazó cualquier atisbo de tensión romántica.
*Oh, no.*
Un torrente de líquido y restos de cena a medio digerir salió disparado de la boca de Shoko, fallando por poco la carísima camisa de seda de Gojo, pero encontrando su objetivo con una precisión devastadora en sus pies. Un sonido de salpicadura húmeda y repugnante resonó en la habitación silenciosa, seguido por el olor agrio e inconfundible del vómito.
Gojo miró hacia abajo. Sus zapatillas de estar por casa, también de una marca de lujo, estaban cubiertas por una masa informe y desdichada. Un trozo de la alfombra beige de Shoko había sufrido el mismo destino.
Levantó la vista, incrédulo, justo a tiempo para ver cómo los ojos de Shoko se ponían en blanco. Su cuerpo, de repente sin fuerzas, se desplomó hacia adelante. Con un último suspiro lastimero, su cabeza aterrizó pesadamente sobre el hombro de Gojo, y se quedó profundamente dormida. O más bien, inconsciente.
Silencio.
Satoru Gojo se quedó allí, inmóvil. Una hechicera de primera clase, que acababa de confesarle sus sentimientos y casi besarlo, estaba desmayada sobre él. Sus zapatos estaban arruinados. La alfombra probablemente también. Y el olor… oh, el olor era algo que ni los Seis Ojos podían filtrar.
Una risa. Empezó como un temblor en su pecho, un sonido ahogado y estrangulado. Luego creció, convirtiéndose en una carcajada silenciosa y sin aliento que sacudió todo su cuerpo. Se rió hasta que las lágrimas amenazaron con brotar. Era o eso, o gritar.
La vida de Satoru Gojo era una tragedia cósmica. Incluso sus momentos de vulnerabilidad romántica terminaban en un desastre biológico.
Con un suspiro que era una mezcla de derrota, asco y una extraña, retorcida ternura, maniobró con cuidado para depositar a la inconsciente Shoko de nuevo en la cama. Luego, se quitó las zapatillas con la punta de los otros dedos del pie, las miró con desdén, y las dejó en cuarentena cerca de la puerta. Pasaría las siguientes dos horas limpiando la alfombra con productos de limpieza que encontró bajo el fregadero, trabajando con una concentración metódica que normalmente reservaba para exorcizar maldiciones.
Cuando todo estuvo impecable, o tan impecable como podía estar a las cinco de la mañana, volvió a arropar a Shoko. Esta vez, ella no se movió.
Se quedó de pie junto a la cama, observándola. La confesión, el casi beso, el vómito… todo se arremolinaba en su cabeza. Nada había cambiado y, sin embargo, todo era diferente.
***
El primer asalto fue un martillo neumático golpeando directamente el interior de su cráneo. Shoko Ieiri gimió, un sonido animal y patético, y se apretó las sienes. El segundo asalto fue una luz. Una luz del sol cruel y brillante que se filtraba por un hueco en las cortinas y apuñalaba sus retinas con la furia de mil agujas.
Abrió los ojos con lentitud, parpadeando contra el dolor. Estaba en su cama. Llevaba su camisa de dormir. Todo parecía normal. Pero sentía la boca como si un gato hubiera parido en ella y su cabeza amenazaba con dividirse en dos. Resaca. Una resaca de proporciones bíblicas.
Se sentó, ignorando la protesta de cada músculo de su cuerpo. ¿Qué había pasado?
Recuerdos fragmentados comenzaron a flotar en la niebla de su mente. El bar. La risa de Utahime. Mei Mei haciendo apuestas. Nanami, con su eterna expresión de sufrimiento. Alcohol. Mucho, mucho alcohol.
*«No me moveré de este maldito lugar a menos que venga Satoru a recogerme».*
Oh, no.
El recuerdo la golpeó con la fuerza de un puñetazo. Su rostro se encendió en un bochorno tan intenso que casi disipó el dolor de cabeza. Recordaba haberse colgado de su espalda como un mono. Recordaba haber llegado a su apartamento. Recordaba…
*«Tu pelo es muy suave. Como un oso polar bebé».*
La mortificación la inundó como una marea negra. Apretó los dientes, deseando que la tierra se la tragara. Pero el carrusel de la humillación no se había detenido. Giraba más y más rápido, mostrando imágenes cada vez más nítidas y horribles.
*«Si tan solo dejaras de verme como una compañera y amiga… y me vieras como algo más».*
Un gemido de pura agonía escapó de sus labios. Se tapó la cara con las manos. Lo había dicho. Realmente lo había dicho. Había tomado diecisiete años de sentimientos reprimidos, los había ahogado en vino barato y los había vomitado verbalmente sobre Satoru Gojo.
Y luego…
El casi beso. El tirón de la camisa. La cercanía. Su propia audacia suicida. Y el gran final. El recuerdo del sabor agrio subiendo por su garganta, la contracción de su estómago, el sonido…
Shoko se inclinó sobre el borde de la cama, luchando contra una nueva oleada de náuseas, esta vez provocada por la pura vergüenza. Se acordaba de todo. De cada palabra humillante. De cada acto patético. Y del vómito. Por Dios, del vómito.
Quería morir. No, morir era demasiado fácil. Quería dejar de existir. Borrar la última noche de la historia del universo.
Un olor.
En medio de su espiral de autodesprecio, un aroma se abrió paso. Café. Café recién hecho y muy cargado. Y algo más… ¿bacon?
Se quedó helada. No podía ser. Él no podía seguir aquí. Seguramente, después de la catástrofe biológica, se había teletransportado a la otra punta del planeta para no volver a verla jamás. Era lo que ella habría hecho.
Con el corazón martilleándole en el pecho, se levantó. Cada paso hacia la cocina era una tortura. Su plan era simple: si él estaba allí, fingiría amnesia total. Era la única salida honorable. Negar, negar y negar hasta que se convirtiera en verdad.
Asomó la cabeza por el marco de la puerta de la cocina. Y allí estaba él.
Satoru Gojo, vestido con su pijama de seda ahora ligeramente arrugado (y sin zapatillas), estaba de pie frente a su encimera, de espaldas a ella. Se movía con una familiaridad desconcertante, como si hubiera preparado el desayuno en su cocina cientos de veces. Una sartén chisporroteaba en el fuego. La cafetera goteaba la última gota de un elixir negro y salvador.
Se aclaró la garganta, un sonido débil y rasposo.
Él se detuvo, pero no se giró de inmediato.
—Buenos días, bella durmiente —dijo, su voz era una mezcla extraña de su habitual tono cantarín y una calma inusual—. O debería decir, la bestia durmiente. Roncas.
Shoko se aferró al marco de la puerta como si fuera un salvavidas. Era el momento. Actúa.
—¿Gojo? —preguntó, forzando un tono de confusión—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué… qué pasó anoche? Lo último que recuerdo es pedir otra ronda en el bar.
Silencio. Gojo apagó el fuego y se giró lentamente. Llevaba su antifaz, como siempre, ocultando sus ojos. Una sonrisa perezosa jugaba en sus labios, pero Shoko, que lo conocía mejor que nadie, notó que no llegaba a sus ojos. O al menos, a la parte de su rostro donde deberían estar.
Se apoyó en la encimera y se cruzó de brazos.
—¿No recuerdas nada? —preguntó, y había un matiz en su voz que la hizo estremecer. No era acusatorio. Era… divertido.
—Nada. Cero. Un agujero negro —mintió ella, manteniendo el contacto visual con la tela negra de su antifaz, rezando para que su actuación fuera convincente—. ¿Hice mucho el ridículo?
Gojo inclinó la cabeza, como si estuviera sopesando su respuesta.
—Oh, no más de lo habitual. Hubo una diatriba sobre la belleza de Kioto por parte de Utahime, un intento de Mei Mei de pagar con su propio pelo, y tú… bueno, tú construiste una pequeña fortaleza con vasos de chupito y exigiste un transporte personalizado.
Estaba jugando con ella. Le estaba dando la versión abreviada, la versión segura. Shoko sintió una punzada de alivio tan intensa que casi se tambaleó.
—Ah. Suena… típico. Siento haberte molestado. Debí de darte la lata para que me trajeras.
—No fue ninguna molestia —dijo él, y su sonrisa se amplió un poco—. El servicio de chófer Gojo siempre está disponible para sus clientas más… especiales.
Se acercó a la cafetera, cogió una taza y la llenó hasta el borde con el café negro. Se la tendió.
—Toma. Pareces necesitarlo.
Ella tomó la taza, sus dedos rozando los suyos por un instante. La electricidad de ese breve contacto fue tan real que casi se le cae.
—Gracias —murmuró, refugiándose tras el vapor del café.
Se quedaron en silencio un momento, un silencio cargado con todo lo no dicho. Shoko bebió un sorbo. El café era amargo, fuerte y exactamente lo que necesitaba.
—Así que… ¿nada de nada? —preguntó Gojo de nuevo, su voz más suave ahora—. ¿Ni un vago recuerdo de osos polares bebés? ¿O de confesiones trascendentales bajo la luna? ¿O de… percances gástricos?
El corazón de Shoko se detuvo. Lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Sabía que ella estaba mintiendo. La estaba poniendo a prueba, dándole una última oportunidad para que admitiera la verdad. Pero la vergüenza era un muro demasiado alto para escalarlo.
Negó con la cabeza, sin atreverse a mirarlo.
—No tengo ni idea de lo que hablas. Debes de haberlo soñado.
Esperó la burla. Esperó el «¡Te pillé!». Esperó que usara esa información para atormentarla durante la próxima década.
En cambio, Gojo soltó una risita suave.
—Sí. Tienes razón. Debí de haberlo soñado.
Se acercó a la sartén y, con una espátula, deslizó un par de huevos fritos y unas tiras de bacon perfectamente crujientes en un plato. Lo dejó sobre la pequeña mesa de la cocina.
—Bueno, ya que no recuerdas nada, no recordarás que odias el bacon cuando tienes resaca. Así que te lo comes. Órdenes del doctor Gojo.
Shoko lo miró, perpleja. Estaba jugando su juego. Estaba aceptando su mentira, envolviéndola en una capa de normalidad y bromas tontas. Le estaba dando una salida.
Se sentó a la mesa, sintiéndose extrañamente cuidada y completamente expuesta al mismo tiempo.
—Gracias por… el desayuno —dijo en voz baja.
—De nada. Considera que es el pago por haber tenido que limpiar… —Se detuvo, y una sonrisa genuina, la primera de la mañana, iluminó su rostro—. Bueno, no importa. No lo recuerdas.
Se quedó de pie, observándola mientras ella pinchaba un huevo con el tenedor. La atmósfera entre ellos había cambiado. La cómoda familiaridad seguía ahí, pero ahora vibraba con una nueva corriente subterránea, una conciencia de lo que se había dicho y casi hecho. La mentira de Shoko no había borrado la noche anterior; solo la había puesto en pausa, creando un secreto compartido que ambos sabían que era real.
—Shoko —dijo él, justo cuando ella iba a dar el primer bocado.
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
Gojo se inclinó un poco, apoyando las manos en la mesa. Su rostro estaba cerca de nuevo, pero esta vez no había alcohol ni intenciones confusas. Solo una intensidad tranquila que la dejó sin aliento. Su sonrisa se había desvanecido, reemplazada por una expresión seria que rara vez mostraba.
—La próxima vez que quieras decir algo importante —dijo, su voz era un susurro grave y resonante—, intenta hacerlo cuando estés lo suficientemente sobria como para apuntar bien.
Y con eso, se enderezó, le guiñó un ojo por encima del antifaz y salió de la cocina, dejándola sola con su desayuno, su resaca y el eco de unas palabras que eran a la vez una burla, una advertencia y, sin lugar a dudas, una promesa.
Las defensas de Satoru Gojo no se habían destruido. Simplemente, habían cambiado de forma. Y Shoko Ieiri supo, con una certeza que le heló y le calentó la sangre a partes iguales, que esto, fuera lo que fuera, no había hecho más que empezar.