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Simbionte

La resaca del simbionte

El sol de la mañana golpeaba con una claridad insultante los rascacielos de Nueva York, reflejándose en los cristales y obligando a Peter Parker a entrecerrar los ojos tras las lentes blancas de su máscara. Pero el brillo del sol no era, ni de lejos, su mayor problema. El verdadero problema estaba sentado a su lado, en el borde de la cornisa, tarareando una canción de amor de los ochenta mientras pulía una hebilla de cuero.

Peter ya no vestía el traje negro. Tras una noche de pesadillas y una lucha interna que casi le cuesta la cordura, había logrado separarse de la masa viscosa y oscura que potenciaba sus instintos más agresivos. Ahora, de vuelta en su clásico traje rojo y azul, se sentía expuesto, vulnerable y, sobre todo, profundamente avergonzado.

— Wade, por favor —suplicó Peter, cubriéndose el rostro con una mano—, guarda eso. Te lo he dicho diez veces en los últimos cinco minutos. No estaba en mis cabales.

Deadpool, que en su forma civil era un hombre de una apostura casi insultante —cabello rubio perfectamente peinado, mandíbula cincelada y unos ojos azules que brillaban con una picardía peligrosa—, ni siquiera se inmutó. Llevaba puesto su traje rojo de mercenario, pero sobre el cuello del mismo resplandecía un collar de cuero negro con tachuelas plateadas. En su mano derecha sostenía una correa a juego, extendiéndola hacia Spidey con una devoción que rozaba lo religioso.

— ¡Oh, vamos, Petey! —exclamó Wade, agitando la correa—. Anoche fuiste muy claro. "Eres mío", dijiste. "Mi propiedad". "Mi mascota". ¡Hasta usaste ese tono de voz que hace que mis rodillas parezcan gelatina! Y mira que mis rodillas han aguantado explosiones de C4.

— ¡Era el simbionte! —exclamó Spidey, poniéndose de pie de un salto, aunque su agilidad habitual se sentía torpe bajo el peso de la humillación—. Esa cosa… altera mis emociones. Saca lo peor de mí. Yo nunca te diría algo así. Yo te respeto, Wade. Bueno, a veces. A duras penas. Pero jamás te trataría como a un… un animal.

Wade soltó un suspiro dramático y se llevó una mano al pecho, justo donde el collar apretaba su garganta.

— Me rompes el corazón, arañita. Pasamos de una dinámica de dominación absoluta y posesividad tóxica —la cual, por cierto, me hizo descubrir cosas nuevas sobre mí mismo— a esta aburrida cortesía de "buenos vecinos". ¡Ayer me pateaste con una flexibilidad que dejaría en ridículo a una gimnasta olímpica! Los periódicos dicen que te mueves de forma femenina, pero yo digo que te mueves como un dios que sabe exactamente dónde poner el pie para dejarme sin aliento. Literalmente.

Peter sintió que el calor subía por su cuello. Recordaba la pelea. Recordaba la sensación de poder, la falta de filtros y cómo se había arrojado sobre Wade con una ferocidad que nada tenía que ver con la justicia. Recordaba sus propias manos enguantadas en negro apretando los hombros del mercenario, y el veneno en su voz cuando reclamó su propiedad.

— No soy ese tipo de persona, Wade —dijo Peter, tratando de recuperar la compostura, su voz volviéndose más suave, la del chico universitario que escondía su cuerpo atlético bajo suéteres oscuros—. Soy Peter Parker. Soy el tipo al que Flash Thompson empuja en los pasillos de la universidad. Soy el que ayuda a las ancianas a cruzar la calle. No soy… un amo.

Wade se levantó, acortando la distancia entre ambos. A pesar de que Peter era alto y fuerte, Wade siempre parecía ocupar más espacio, más aire. El mercenario dejó caer la correa, pero no se quitó el collar. Se acercó tanto que Peter pudo oler el aroma a pólvora y tacos que siempre acompañaba a Deadpool.

— Ese es el problema, Baby Boy —dijo Wade, su tono bajando una octava, perdiendo parte de su bufonería habitual—. Todos ven al "buen vecino". Todos ven al chico que se disculpa por existir. Pero anoche… anoche vi al depredador. Y déjame decirte algo: el depredador es extremadamente sexy. Me gusta el Spidey que no pide permiso para tomar lo que quiere.

— Pero no era yo —insistió Peter, retrocediendo un paso hasta que sus talones quedaron al borde del vacío—. Era una parásito espacial que se alimenta de la adrenalina y el odio.

— ¿Y de dónde crees que sacó el material para construir esa personalidad? —preguntó Wade, ladeando la cabeza—. El simbionte no inventa sentimientos, Petey. Solo quita el seguro de la puerta. Tú querías decir esas cosas. Quizá no de esa forma tan… "cincuenta sombras de rojo y negro", pero querías que yo supiera quién manda.

Peter guardó silencio. El viento de la mañana agitaba los bordes de su máscara. Odiaba admitirlo, pero había una parte de él, una parte muy pequeña y enterrada profundamente bajo capas de culpa católica y responsabilidad, que se había sentido bien al no tener que ser el "chico bueno" por una vez.

— No voy a llevarte con una correa, Wade —dijo finalmente, con un suspiro de derrota.

— ¿Ni siquiera los domingos? —preguntó Deadpool, recuperando la correa del suelo con un movimiento rápido—. Podríamos ir al parque central. Yo podría perseguir ardillas y tú podrías lucir ese traje que te queda tan bien en la zona del…

— ¡Wade!

— Está bien, está bien. Sin correa. Por ahora —Wade se desabrochó el collar con fingida tristeza y lo guardó en uno de los compartimentos de su cinturón—. Pero no puedes negar que algo cambió ayer. Me miraste como si fuera lo único que te importaba en el mundo, aunque fuera para insultarme.

Peter se sentó de nuevo en la cornisa, dejando que sus piernas colgaran sobre el abismo de cemento y asfalto. Wade se sentó a su lado, esta vez respetando un poco más su espacio personal.

— Lo siento —murmuró Peter—. Por lo de los insultos. Y por la patada. Sé que tienes factor de curación, pero no debí perder el control así.

— Oh, no te disculpes por la patada —Wade soltó una risita—. Fue increíble. Deberías usar más esa flexibilidad en el patrullaje diario. A la mierda lo que diga el Daily Bugle. Si J. Jonah Jameson tuviera ese trasero, lo estaría presumiendo en la primera plana todos los días.

Peter no pudo evitar soltar una pequeña carcajada, una que sonó genuina por primera vez en toda la mañana.

— Eres imposible.

— Soy tu mascota, según el registro oficial de anoche —corrigió Wade, guiñándole un ojo a través de la máscara—. Y las mascotas necesitan atención. ¿Qué tal si el "amo" me invita a unos burritos para compensar el trauma psicológico de ser rechazado esta mañana?

Peter miró al mercenario. Sabía que Wade estaba bromeando, pero también sabía que, a su manera retorcida, Deadpool estaba tratando de aligerar la carga de culpa que Peter siempre llevaba sobre los hombros. A pesar de ser un asesino a sueldo, un bocazas y un acosador profesional de superhéroes, Wade era uno de los pocos que no esperaba que Spider-Man fuera perfecto.

— Está bien —cedió Peter, poniéndose en pie—. Pero yo elijo el lugar. Y quítate ese collar, Wade. En serio.

— ¡A la orden, capitán! —Wade hizo un saludo militar exagerado y se arrancó el collar, lanzándolo al aire antes de atraparlo de nuevo—. Pero me lo guardo para nuestra próxima cita. Nunca se sabe cuándo volverá a aparecer el Spidey gruñón.

Peter lanzó una red hacia el edificio de enfrente, preparándose para saltar.

— No cuentes con ello.

— ¡Oh, yo siempre cuento con ello! —gritó Wade, saltando al vacío justo detrás de él, con su propia línea de cable—. ¡Y recuerda que me debes una caricia detrás de las orejas!

Mientras se columpiaban entre los rascacielos, Peter Parker sintió que el peso del simbionte finalmente se desvanecía, reemplazado por la caótica pero reconfortante presencia de Wade Wilson. Quizá no quería ser un amo, y definitivamente no quería a Wade como mascota, pero mientras el sol seguía subiendo sobre Nueva York, tuvo que admitir que tener a alguien que conociera su lado más oscuro y aun así quisiera desayunar con él, no era lo peor del mundo.

Aunque, por supuesto, jamás se lo diría a Wade. El ego del mercenario ya era lo suficientemente grande como para llenar todo Manhattan.

— ¡Oye, Spidey! —gritó Wade, ganando velocidad a su lado—. Si me porto bien en el almuerzo, ¿me dejas comprarme un hueso de goma? ¡Prometo no morder a los civiles!

— ¡Cállate, Wade! —respondió Peter, aunque bajo la máscara, no pudo evitar sonreír.

La ciudad seguía su curso, ajena a los dramas de simbiontes y correas de cuero, pero para Spider-Man, el día ya no parecía tan oscuro. Incluso si tenía que lidiar con el mercenario más persistente y desquiciado de la historia. Al final del día, ambos eran parias a su manera, buscando un lugar donde encajar, ya fuera con un traje rojo o con una cadena que, afortunadamente, hoy se quedaría guardada en un bolsillo.

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