Situación: Embarazo
Una Sonrisa Heredada
El grito de Nobara fue lo que rompió la tarde. No era un grito de batalla, ni de ira. Era un sonido agudo, sorprendido y doloroso que cortó el aire tranquilo del Colegio Técnico de Magia como un cuchillo. Yuji Itadori, que estaba en el pequeño jardín que habían cultivado, sintió que la sangre se le helaba en las venas. Dejó caer la regadera y corrió hacia su habitación más rápido de lo que jamás había corrido hacia una maldición.
La encontró de pie en medio de la habitación, apoyada en la pared, con una mano crispada sobre su abultado vientre de casi nueve meses. Sus pantalones de chándal estaban oscuros por la humedad y un charco se extendía a sus pies. Sus ojos anaranjados, normalmente llenos de fuego y desafío, estaban abiertos de par en par, fijos en él, una mezcla de pánico y una furia que era puramente Nobara.
—Itadori —dijo, su voz tensa y extrañamente contenida—. O tu hijo acaba de decidir que ya no paga alquiler, o acabo de mearme encima de una forma espectacularmente humillante. En cualquier caso, vas a solucionar esto. Ahora.
Por un segundo, la mente de Itadori se quedó en blanco. Todo el entrenamiento, todos los libros que había leído, todas las charlas con Shoko se desvanecieron en una niebla de puro terror.
—Eh… ¡Sí! ¡Claro! ¡Solucionarlo! —tartamudeó, corriendo en círculos durante un instante antes de detenerse en seco—. ¡Shoko! ¡Necesitamos a Shoko!
Salió disparado de la habitación, gritando por los pasillos con una desesperación que no había sentido desde Shibuya.
—¡ES LA HORA! ¡REPITO, ES LA HORA! ¡CÓDIGO ROJO! ¡NO ES UN SIMULACRO!
Las puertas se abrieron de golpe. Megumi Fushiguro apareció el primero, su expresión estoica apenas alterada, pero sus ojos delataban la urgencia. Sin decir una palabra, se desvió hacia su propia habitación y salió un segundo después con una gran bolsa de lona que habían preparado hacía semanas: la «bolsa del apocalipsis», como la había bautizado Nobara.
Maki, con su uniforme de entrenamiento, fue la siguiente. Evaluó la situación con la eficiencia de un general en el campo de batalla.
—Itadori, deja de gritar como un idiota y adelántate. Prepara la sala de partos en la enfermería. Ya sabes lo que Shoko te dijo. Megumi, tú vienes conmigo. Panda e Inumaki, ¡despejad el camino! ¡No quiero ver a nadie entre aquí y la enfermería!
Panda asintió con solemnidad. Inumaki, a su lado, simplemente dijo:
—Shake.
Maki entró en la habitación de Nobara. La encontró respirando profundamente, con los ojos cerrados. El dolor de la primera contracción la recorrió como una descarga eléctrica.
—Vamos, Kugisaki. Es hora de conocer al pequeño mocoso —dijo Maki, pasando un brazo por debajo de los hombros de Nobara para sostenerla.
—Más te vale que este crío sea guapo, Zen'in —jadeó Nobara, apoyándose en su amiga—. He sacrificado mi figura por él. Es lo mínimo que puede hacer.
El viaje por los pasillos fue un borrón caótico y extrañamente coordinado. Itadori corría delante, con el corazón martilleándole en el pecho, mientras su mente repasaba una lista mental: esterilizar, sábanas limpias, preparar el equipo que Shoko había dejado listo, agua caliente… Mientras tanto, Maki y Megumi prácticamente llevaban en volandas a Nobara, que alternaba entre respiraciones profundas y una letanía de maldiciones creativas dirigidas a Itadori, a su hijo nonato y al concepto mismo de la procreación.
—¡ITADORI, CUANDO ESTO ACABE, VOY A USAR MI TÉCNICA DE RESONANCIA EN PARTES DE TU ANATOMÍA QUE NI SIQUIERA SABÍAS QUE TENÍAS! —rugió, su voz resonando en el pasillo vacío que Panda había asegurado.
Itadori llegó a la enfermería, el familiar olor a antiséptico le golpeó con fuerza. Shoko no estaba, probablemente en una misión fuera del campus, pero había insistido en que el parto se realizara allí, donde tenía todo bajo control. Había dejado instrucciones increíblemente detalladas y había entrenado a Itadori en los procedimientos básicos durante semanas. Ahora, con las manos temblorosas, Itadori intentaba seguir esos pasos, sintiendo que cada segundo era una eternidad.
Mientras luchaba por abrir un paquete de guantes esterilizados con dedos torpes, una mano tranquila se posó en su hombro. Se giró de golpe y vio a Yuta Okkotsu, cuya presencia serena era un faro de calma en medio de su tormenta personal.
—Respira, Itadori-kun —dijo Yuta en voz baja—. El pánico es contagioso. Ella te necesita centrado.
—¡Pero no sé si puedo hacer esto, Yuta-senpai! —confesó Itadori, su voz quebrada por la ansiedad—. ¿Y si algo sale mal? ¿Y si no soy suficiente?
Yuta esbozó una pequeña sonrisa comprensiva, una que hablaba de una experiencia compartida.
—Lo serás. Estuviste a su lado cuando casi la perdimos. Estuviste a su lado durante todo el embarazo. Estarás a su lado ahora. Eso es todo lo que importa —hizo una pausa, y su sonrisa se tiñó de humor—. Además, créeme, he estado donde estás. Cuando Maki… bueno, digamos que casi me lanza por una ventana con una de sus herramientas malditas. Pero al final, todo lo que recuerdas es el momento en que los tienes en brazos. Concéntrate en eso.
Las palabras de Yuta, sencillas y sinceras, fueron como un ancla para Itadori. Respiró hondo, asintió y volvió a su tarea con una nueva determinación. Justo a tiempo, porque la puerta se abrió de golpe y Maki y Megumi entraron con una Nobara sudorosa y pálida.
—Todo tuyo, Papá del Año —dijo Maki, ayudando a Nobara a tumbarse en la cama preparada—. Estaremos fuera por si necesitas algo. O por si intenta matarte de verdad.
La puerta se cerró, dejando a Itadori y Nobara solos en el silencio clínico de la enfermería. El mundo exterior se desvaneció. Solo existían ellos dos y el dolor que iba y venía en oleadas cada vez más intensas.
Las siguientes tres horas fueron una prueba de fuego. El tiempo se distorsionó, convirtiéndose en un ciclo de dolor agudo y breves momentos de respiro. Itadori nunca se apartó de su lado. Le sostuvo la mano, sintiendo cómo los huesos crujían bajo la fuerza sobrehumana de Nobara. Le secó el sudor de la frente con un paño húmedo. Le susurró palabras de aliento, de amor, recordándole lo fuerte que era, lo increíble que era.
—Tú… puedes… idiota… —jadeó Nobara en un momento de lucidez, apretando su mano con una fuerza brutal—. No te atrevas a llorar antes que yo.
Itadori rio, aunque las lágrimas ya le quemaban los ojos.
—Trato hecho.
En los momentos más duros, cuando el dolor amenazaba con consumirla, la mente de Itadori viajó a la cama de hospital de su abuelo. Recordó la promesa que le hizo: morir rodeado de gente. Nunca había entendido del todo el peso de esas palabras hasta ahora. Él no estaba viendo a alguien morir; estaba ayudando a alguien a traer una nueva vida al mundo. Era el otro lado de la misma moneda, el círculo completo. Estaba allí, presente, compartiendo el sufrimiento y la esperanza, asegurándose de que la persona que más amaba no estuviera sola.
Shoko llegó en la última hora, entrando silenciosamente como un fantasma, su presencia profesional y tranquilizadora llenando la habitación al instante. Se hizo cargo con una eficiencia tranquila, guiando a Nobara con una voz firme pero amable.
—Ya casi está, Kugisaki. Estás haciendo un trabajo increíble. Un último esfuerzo. Empuja ahora.
Nobara gritó, un sonido primario, lleno de toda la fuerza, la frustración y el amor que contenía su ser. Se aferró a Itadori, su cuerpo arqueándose por el esfuerzo final. Itadori apretó su mano con la misma fuerza, canalizando toda su energía, todo su apoyo en ese simple contacto.
Y entonces, de repente, el silencio.
Un silencio pesado, expectante, que duró apenas un latido. Y luego, fue roto por el sonido más milagroso que Itadori había oído jamás: un llanto. Fuerte, sano, furioso. Un llanto que declaraba su llegada al mundo con una autoridad innegable.
Itadori se derrumbó sobre la cama, sollozando abiertamente, las lágrimas de alivio y alegría pura fluyendo sin control. Nobara se dejó caer hacia atrás en las almohadas, exhausta, sin aliento, pero con una luz triunfante en su único ojo visible.
—Felicidades —dijo Shoko, su voz teñida de una calidez inusual mientras limpiaba al bebé con manos expertas—. Es un niño. Sano, fuerte y con unos pulmones que ya quisieran muchos hechiceros.
Envolvió al bebé en una manta blanca y se acercó a la cama. Primero se lo entregó a Nobara.
Cuando Nobara sostuvo a su hijo por primera vez, el mundo pareció detenerse. Era tan pequeño, tan perfecto. Todo el dolor, toda la agonía de las últimas horas se desvaneció, reemplazado por una oleada de amor tan abrumadora que le robó el aliento. Itadori se inclinó, con el rostro húmedo de lágrimas, para ver a su hijo.
Tenía una mata de pelo de un inconfundible color rosa, suave como una pelusa, igual que el suyo. Era tan diminuto, con los puños apretados y la cara arrugada en una expresión de indignación. Mientras lo observaban, hipnotizados, el bebé dejó de llorar. Lentamente, abrió los ojos.
Eran grandes y de un brillante color naranja, el mismo tono exacto que las hojas de arce en otoño, el mismo color que los de su madre. Y entonces, ocurrió algo que les heló la sangre y les derritió el corazón al mismo tiempo. El bebé, con los ojos fijos en los rostros que se cernían sobre él, sonrió.
No era una mueca, ni un reflejo. Era una sonrisa de verdad. Pequeña, un poco torcida, y tan llena de una confianza y una arrogancia imposibles que era dolorosamente familiar.
—Esa… esa sonrisa… —susurró Itadori, sin poder apartar la vista.
Nobara soltó una risa débil, un sonido húmedo y lleno de emoción.
—El muy cabrón… —murmuró con una ternura infinita—. Incluso desde el más allá, Gojo-sensei tenía que dejar su marca.
Itadori rio también, una risa temblorosa y llena de asombro. Se inclinó y besó la frente sudorosa de Nobara, y luego la pequeña cabeza de su hijo.
Nobara miró al bebé, acunándolo contra su pecho.
—Satoru —dijo, su voz apenas un susurro, pero llena de una certeza absoluta—. Bienvenido a casa, Satoru.
Satoru Itadori Kugisaki había nacido, y en esa habitación de hospital, rodeados por el amor y el alivio, Yuji y Nobara sintieron que sus vidas, rotas y remendadas tantas veces, finalmente estaban completas.
***
El sol de la tarde teñía el cielo de Tokio de tonos anaranjados y púrpuras cuando Shoko Ieiri llegó al cementerio. El aire era fresco, con la promesa del otoño a la vuelta de la esquina. Se movía con su habitual paso tranquilo, una bolsa de plástico en una mano, su expresión indescifrable.
La lápida de Satoru Gojo estaba impecable, como siempre. Shoko se había encargado personalmente de ello. No había polvo, ni hojas secas, ni malas hierbas. La fría piedra gris, grabada con un nombre que una vez había sacudido los cimientos del mundo de la hechicería, brillaba débilmente bajo la luz del atardecer.
Sacó dos latas de cerveza de la bolsa. Abrió una y la colocó con cuidado sobre la base de la lápida, un ritual que había repetido innumerables veces. Luego abrió la suya y se sentó en el césped perfectamente cortado, apoyando la espalda contra la fría piedra. Por un momento, solo se escuchó el susurro del viento y el lejano murmullo de la ciudad.
—Oye, Satoru —dijo finalmente, su voz baja y un poco ronca—. Ha sido un día de locos.
Tomó un largo sorbo de cerveza, el amargor familiar reconfortándola.
—Ha nacido —continuó, mirando al horizonte—. El hijo de Itadori y Kugisaki. Y esos dos idiotas sentimentales han ido y le han puesto tu nombre. Satoru Itadori Kugisaki. Tiene peso, ¿eh? Suena casi tan pretencioso como tú.
Una sonrisa fugaz, teñida de melancolía, curvó sus labios.
—Es un buen crío. Fuerte. Llora como si le fuera la vida en ello, y probablemente así sea en este mundo nuestro. Tiene el pelo rosa de Itadori, lo cual es ridículo, pero… —hizo una pausa, y su sonrisa se desvaneció un poco—. Pero tiene una sonrisa… Joder, Satoru, es tu misma sonrisa. Esa estúpida y arrogante sonrisa que ponías cuando sabías que tenías razón, que es como decir todo el tiempo. Como si ya supiera que es el centro del universo.
Se rio entre dientes, pero el sonido fue frágil, quebradizo. Se llevó la lata a los labios de nuevo, pero no bebió. El silencio se alargó.
—Verlos… —murmuró, su voz perdiendo el tono burlón y volviéndose vulnerable—. Ver a esos dos críos, que he visto sangrar y casi morir tantas veces, convertidos de repente en… padres. Fue… intenso. Ella estaba destrozada por el dolor, él estaba aterrorizado hasta la médula, pero no se soltaron ni un segundo. Estaban juntos. Se anclaban el uno al otro. Y crearon algo… bueno. Algo puro en medio de toda esta mierda.
Sus hombros, normalmente rectos y tensos, se hundieron un poco. La máscara de cinismo y cansancio que llevaba como una segunda piel comenzó a agrietarse.
—Y no he podido evitar pensar… en nosotros.
La confesión quedó suspendida en el aire, tan silenciosa y pesada como la propia lápida. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, un trazo brillante en la penumbra. No se molestó en secarla.
—Me he imaginado a ti en el lugar de Itadori. Entrando en pánico, haciendo bromas terribles en el peor momento posible solo para intentar aligerar el ambiente. Quejándote de que todo era demasiado lento y preguntando si podías usar tu técnica para acelerar las cosas.
Su voz se quebró.
—Y a mí… —respiró hondo, un sonido tembloroso—. A mí en el lugar de Nobara. Gritándote que te callaras, amenazándote con un bisturí, pero aferrándome a tu mano como si fuera mi única conexión con la realidad.
La imagen era tan vívida, tan dolorosamente hermosa, que le robó el aliento.
—Me pregunto si habríamos sido tan valientes como ellos. Si hubiéramos podido tener… esto. Esta felicidad doméstica, aburrida y maravillosa. Secretamente, siempre lo quise, ¿sabes? —admitió en un susurro roto—. Contigo. Una familia. Un futuro que no implicara contar los cadáveres de nuestros alumnos. Un futuro en el que «el más fuerte» solo significara que eras el mejor en cambiar pañales.
El sollozo que había estado conteniendo finalmente se liberó, un sonido ahogado y lleno de un dolor que los años no habían logrado mitigar. Se abrazó las rodillas, apoyando la frente en ellas, y lloró. Lloró por el amigo que había perdido, por el hombre que había amado en silencio, y por el futuro que solo existía en los rincones más profundos y secretos de su corazón.
—Quizá… quizá en otro universo, Satoru —sollozó contra sus rodillas—. En otro universo, no eres un héroe legendario grabado en una piedra. En otro universo, estás en casa, quejándote de que la cena está fría y sosteniendo a nuestro hijo en brazos. En otro universo… estamos juntos.
Se quedó así durante un largo rato, dejando que el dolor fluyera hasta convertirse en el familiar y sordo dolor de la ausencia. Finalmente, los sollozos amainaron. Se irguió, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y terminó su cerveza de un largo trago. La profesionalidad, su armadura, se asentó de nuevo sobre ella.
Se puso de pie, sacudiéndose la hierba de la ropa. Miró la lata de cerveza intacta que descansaba sobre la lápida.
—Cuida de tu tocayo, ¿quieres? —dijo, su voz recuperando parte de su firmeza—. Y por lo que más quieras, no dejes que se parezca demasiado a ti. Ya tenemos bastante con una de tus sonrisas en el mundo.
Se dio la vuelta y se alejó a través del cementerio silencioso, su silueta recortada contra las últimas luces del día. Dejó atrás la lápida, la cerveza sin abrir y el fantasma de un futuro compartido que nunca sería. El pequeño Satoru tenía su propia vida que vivir, y ella, Shoko Ieiri, tenía que volver para asegurarse de que tanto él como sus padres comenzaran ese futuro de la forma más saludable posible. Era su trabajo. Era su penitencia. Era lo que quedaba.