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Smelly someting

El Perfume del Deseo y el Pollo a la Fuga

La noche no había terminado para Millie, aunque su "romance" relámpago hubiera salido volando hacia las capas más altas de la estratosfera. Mientras se escurría el agua del cabello y ajustaba su traje de batalla, un nuevo y poderoso retorcijón le recordó que los Burritos del Abismo no perdonaban ni olvidaban.

—¡Ay, diantres! —exclamó Millie, apretando las mejillas—. Ese último chapuzón solo agitó el avispero. ¡Tengo que encontrar a ese pequeñín! No puedo dejar que nuestra historia termine así, ¡fue amor a primera vista!

Para Millie, el hecho de que Cletus fuera un querubín era un detalle menor. En su mente, él simplemente estaba "disfrazado" de ángel para jugar con sus sentimientos. Estaba convencida de que era un Imp extremadamente talentoso en el arte del camuflaje.

Dentro de la mansión, el magnate del petróleo, un hombre gordo y calvo llamado Montgomery, dormía plácidamente en su habitación blindada, ajeno al caos químico que se avecinaba. Pero antes de llegar a él, Millie tenía una prioridad: recuperar a su "bebé".

Cletus, por su parte, se había colado de nuevo por una ventana del ático, tratando de recuperar el aliento. Estaba histérico. Se frotaba las plumas con una cortina de seda, tratando de quitarse el aroma a azufre y frijoles fermentados que parecía haberse impregnado en su mismísima alma celestial.

—¡Es un monstruo! —sollozaba Cletus, ajustándose la aureola torcida—. ¡Una máquina de asfixia biológica! ¡Oh, Señor, si me sacas de aquí con vida, prometo no volver a quejarme de las arpas desafinadas!

De repente, un ruido sordo provino del conducto de ventilación.

*PFRRRRRRRR-T-T-T-T.*

Cletus se puso rígido. Ese sonido... era el heraldo del apocalipsis.

—¿Dónde estás, cosita linda? —La voz de Millie resonó dentro de los tubos de metal, amplificada por el eco—. ¡He encontrado un disfraz para que combinemos!

Millie pateó la rejilla de ventilación y saltó al ático. Se había envuelto en una alfombra persa que encontró en el pasillo, atada con cables eléctricos, y se había puesto un jarrón chino en la cabeza a modo de casco.

—¡Mira! —dijo Millie, posando de forma dramática—. ¡Soy una guerrera del desierto! ¿No te parezco irresistible?

Cletus ni siquiera respondió. Se lanzó de cabeza por el conducto de la ropa sucia, gritando como un pavo real asustado. Millie, sin perder la sonrisa, se lanzó tras él.

—¡Me encanta que seas tan atlético! —gritó ella mientras descendía por el túnel.

El descenso fue interrumpido por la fisiología de la diablesa. A mitad del camino, un gas atrapado decidió salir con la fuerza de un motor a reacción.

*BRRRRRRRRRRRRRRR-POP.*

La presión del gas dentro del estrecho conducto impulsó a Millie hacia abajo a una velocidad vertiginosa. Salió disparada por la trampilla inferior, aterrizando justo encima de una montaña de sábanas blancas donde Cletus intentaba esconderse.

—¡Te pillé! —exclamó Millie, emergiendo de las sábanas como un tiburón en un mar de algodón.

—¡POR FAVOR! —suplicó Cletus, gateando hacia la cocina—. ¡TENGO FAMILIA EN EL CIELO! ¡TENGO UNA COLECCIÓN DE NUBES EN MINIATURA! ¡NO ME MATES CON TUS EMISIONES!

—¡Qué gracioso eres! —Millie lo atrapó por un pie—. "Emisiones". Qué palabra tan elegante para nuestro lenguaje secreto.

Millie lo levantó y lo apretó contra su pecho. La emoción y el esfuerzo físico volvieron a jugarle una mala pasada a su sistema digestivo.

*PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT.*

El aire en la lavandería se volvió instantáneamente denso y amarillento. Cletus sintió que sus ojos se quemaban. En un acto de desesperación pura, le propinó un picotazo en la nariz a Millie y se escabulló por debajo de una puerta que conducía al gran salón de baile.

—¡Ay! —Millie se tocó la nariz, con los ojos llorosos por la risa y el gas—. ¡Un beso picante! ¡Me gusta que seas agresivo!

Cletus corrió por el salón de baile, viendo una fila de armaduras decorativas. Se metió dentro de una armadura de caballero del siglo XV, cerrando la celada del casco con un clic metálico.

—Aquí estaré a salvo —jadeó el querubín—. El metal es impenetrable. Ni siquiera sus vapores pueden atravesar el acero templado.

Segundos después, las puertas dobles del salón se abrieron de par en par. Millie entró bailando un vals imaginario, ahora vestida con unas cortinas de encaje que usaba como un vestido de novia improvisado, y un plato de plata pegado a su espalda como si fuera un escudo.

—¿Oh, dónde se ha metido mi caballero andante? —preguntó Millie, dando vueltas sobre sí misma—. Siento que hay un corazón latiendo con fuerza... o tal vez es mi colon, ¡es difícil saberlo ahora mismo!

Se acercó a la fila de armaduras. Cletus contenía la respiración, rezando todos los salmos que recordaba. Millie se detuvo justo frente a su armadura.

—Esta armadura se ve... muy llena —comentó ella, apoyándose contra el peto de metal.

Su estómago soltó un quejido largo y agudo, como una flauta desafinada. Millie suspiró con alivio y dejó que la naturaleza siguiera su curso.

*PFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT.*

El gas, al chocar contra la superficie de metal, no se dispersó; se filtró por las ranuras de las articulaciones de la armadura, concentrándose directamente en el interior del casco donde estaba la cabeza de Cletus.

—¡COF! ¡AGH! ¡MIS PULMONES! —El grito de Cletus sonó metálico y ahogado.

La armadura comenzó a tambalearse violentamente. Cletus, en un arranque de fuerza sobrenatural motivado por la asfixia, empezó a correr mientras aún llevaba la armadura puesta. Parecía un robot borracho huyendo de un incendio forestal.

—¡Mira cómo baila! —exclamó Millie, aplaudiendo—. ¡Es un hombre de metal con ritmo!

La persecución continuó por las escaleras principales. Cletus, incapaz de ver bien a través de la celada y mareado por el olor, tropezó y comenzó a rodar escaleras abajo. *¡Clang! ¡Bang! ¡Boom!*

Millie bajó deslizándose por la barandilla, soltando pequeñas ráfagas de gas con cada bache.

*Pfft. Pfft. Pfrrt.*

—¡Espérame, mi lata de sardinas favorita! —gritó ella.

La armadura terminó estrellándose contra la puerta de la habitación del magnate Montgomery, derribándola por completo. El hombre despertó de un salto, viendo a un caballero medieval tirado en el suelo y a una diablesa vestida de novia con un plato en la espalda entrando por el hueco de la puerta.

—¿Qué... qué es esto? —tartamudeó el millonario—. ¡Seguridad! ¡Llamen a la policía!

Millie ignoró al hombre por completo. Se acercó a la armadura y abrió el casco de un tirón. Cletus salió de allí como un resorte, con la cara de color púrpura y las alas despeluchadas.

—¡AYUDA! —le gritó Cletus al millonario—. ¡ESTA MUJER ES UNA BOMBA QUÍMICA ANDANTE! ¡LLAME A LAS NACIONES UNIDAS!

Montgomery miró al querubín, luego a Millie, y luego la nariz de Millie, que empezaba a arrugarse por un nuevo y definitivo aviso de sus intestinos.

—Oiga, jovencita —dijo el magnate, recuperando algo de valor—, no sé quién es usted, pero este es mi dormitorio privado y...

—¡Cállese, señor, estoy en medio de una escena romántica! —le espetó Millie, dándose la vuelta.

El movimiento brusco fue el detonante final. El Burrito del Abismo había llegado a su destino final, y no iba a ser un aterrizaje suave. Fue el "Padre de todos los Gases".

*PFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR-BOOM.*

La onda expansiva fue tan potente que las cortinas de la habitación se desprendieron de sus rieles. El olor era tan denso que se podía ver una neblina verdosa flotando en el aire. El millonario Montgomery se desplomó instantáneamente en su cama, desmayado por el impacto sensorial.

Cletus, que estaba justo en la línea de fuego, salió despedido hacia atrás, atravesando la ventana de cristal y cayendo hacia el jardín.

Millie se quedó allí, jadeando, sintiéndose finalmente ligera como una pluma. El silencio que siguió fue casi sagrado, solo interrumpido por el sonido de las alarmas de la mansión que empezaban a sonar.

—Vaya... —susurró Millie, abanicándose con la mano—. Ese sí que ha sido un "adiós" con fuerza.

Caminó hacia la ventana rota y miró hacia abajo. Vio a Cletus correr por el césped a una velocidad que desafiaba las leyes de la física, saltando la valla perimetral y perdiéndose en el bosque circundante.

—Tan tímido... —dijo Millie con un suspiro soñador—. Se ha ido para procesar sus sentimientos. Es un alma sensible, lo sabía.

Se giró hacia el magnate desmayado. Recordó su misión. Sacó un pequeño cuchillo de su bota (ya que había perdido el hacha en la piscina) y terminó el trabajo con la eficiencia profesional que la caracterizaba.

—Bueno, Montgomery, al menos moriste con un aroma... inolvidable —bromeó ella.

Minutos después, Millie salía de la mansión por la puerta principal, caminando con una confianza renovada. A pesar de que su "novio" había huido, se sentía satisfecha. Había encontrado a alguien que, según ella, compartía su pasión por la libertad digestiva y el juego del escondite.

Mientras caminaba hacia el punto de extracción donde su furgoneta la esperaría, Millie se detuvo un momento para mirar la luna.

—Moxxie siempre decía que yo era demasiado "directa" —reflexionó en voz alta—. Pero ese pequeño Imp-ángel... él no dijo nada. Se quedó sin palabras. Eso es conexión real.

De repente, un pequeño ruido escapó de su interior.

*Pfft.*

Millie soltó una carcajada que resonó en la noche humana.

—¡Tienes razón, estómago! —dijo, dándose una palmadita en la barriga—. Aún queda espacio para un postre en el infierno. Espero que en el puesto de comida tengan esos tacos de coliflor radioactiva.

Lejos de allí, en un claro del bosque, Cletus estaba sumergido de cabeza en un arroyo, intentando lavarse los sentidos. Temblaba incontrolablemente.

—Nunca más... —susurraba el querubín—. Nunca más bajaré a la Tierra sin un traje de protección biológica. Esos demonios... no usan armas... usan... usan... ¡terror gástrico!

Cletus miró hacia el cielo, esperando que sus compañeros vinieran a rescatarlo, pero lo único que vio fue una estrella fugaz. O tal vez era un avión. O tal vez, pensó con horror, era Millie saltando desde un edificio para darle otro abrazo.

Sin pensarlo dos veces, el querubín se echó a correr de nuevo, directo hacia el horizonte, mientras el eco de una risa femenina y un sonido muy familiar parecía perseguirlo entre el susurro de los árboles.

Millie, por su parte, ya estaba llegando a la oficina de I.M.P. Entró tarareando una canción de amor, dejando un rastro de un aroma muy particular por los pasillos.

—¡Hola, chicos! —saludó a una oficina vacía—. ¡No se imaginan el partidazo que encontré hoy! Es bajito, regordete, vuela y aguanta mis gases como un campeón. ¡Creo que es el indicado!

Se sentó en su escritorio, puso los pies sobre la mesa y soltó un suspiro de satisfacción.

—Aunque —añadió, rascándose la barbilla—, la próxima vez buscaré a uno que no intente atravesar ventanas cerradas cuando intento darle un beso. Pero bueno, ¡así es el romance! ¡Puro fuego y pura presión!

Y así, en el universo donde Millie nunca se casó con Moxxie, la asesina más peligrosa del infierno se fue a dormir esa noche con una sonrisa en la cara, un corazón lleno de esperanza y un intestino que, por fin, le daba un respiro. Al menos hasta el desayuno.