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Soccer

Bajo el cielo de la Ciudad Condal

La mañana de un martes en Barcelona solía ser sinónimo de rutinas estrictas, entrenamientos tácticos y el eco del balón golpeando el césped de la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Sin embargo, para Nicolle Gonzales, ese martes se sentía como el primer día de una vida que nunca antes se había atrevido a imaginar. Sentada en la terraza de la casa de Pedri, con una taza de café entre las manos y la brisa del Mediterráneo revolviéndole el cabello castaño, Nicolle observaba el horizonte con una paz que le resultaba casi extraña.

Hacía apenas unos días que su padre había sido detenido y las medidas cautelares se habían vuelto permanentes. El peso que había cargado en sus hombros desde la adolescencia, ese miedo sordo que la obligó a cruzar el Atlántico para esconderse en Estados Unidos, finalmente se había disuelto.

—¿En qué piensas, pequeña? —La voz de Pedri la sacó de sus pensamientos.

Nicolle se giró y vio a su hermano apoyado en el marco de la puerta. Llevaba la ropa de entrenamiento del Barça y una bolsa de deporte colgada al hombro. Sus ojos castaños, siempre protectores, la examinaban con una suavidad que solo reservaba para ella.

—En que todavía no me creo que pueda estar aquí fuera sin mirar hacia la entrada cada cinco minutos —respondió ella con una sonrisa sincera—. Es como si Barcelona tuviera colores más brillantes hoy.

Pedri se acercó y le dio un beso en la coronilla, un gesto que durante años había sido su forma de decirle "estás a salvo".

—Te lo dije. Aquí nadie puede tocarte. Ahora que ese hombre está donde debe estar, solo te queda disfrutar. Por cierto —añadió Pedri con un tono más pícaro—, Pablo lleva media hora enviándome mensajes preguntando si ya te has despertado. Dice que si no le contesto, se va a saltar la charla técnica de Xavi para venir a verte.

Nicolle soltó una carcajada. Gavi siempre había sido intenso, tanto en el campo como fuera de él, pero desde que ella había regresado, esa intensidad se había transformado en una devoción absoluta.

—Dile que se quede en la charla. No quiero que Xavi me culpe de que el equipo pierda el control del centro del campo porque su interior derecho está distraído.

—Tarde —dijo Pedri, señalando hacia el camino de entrada—. Ese ruido de motor no es un coche oficial del club.

Efectivamente, un coche deportivo de color oscuro frenó frente a la casa. Gavi bajó del vehículo casi antes de que el motor se detuviera. Se veía radiante, con esa energía eléctrica que lo caracterizaba. Al ver a Nicolle en la terraza, levantó una mano y saludó con una sonrisa que iluminó todo su rostro.

—¡Vaya par de lentos! —gritó Gavi desde abajo—. Pedri, muévete, que llegamos tarde. Nicolle, ¡estás guapísima!

—¡Cierra el pico, pesado! —replicó Pedri riendo—. ¡Bajo en un minuto!

Pedri se giró hacia su hermana una última vez antes de irse.

—Alejandra vendrá a mediodía para ir a comer. No te quedes encerrada, ¿vale? Ve a caminar por la playa. Ahora puedes.

Nicolle asintió y vio cómo los dos pilares de su vida se marchaban hacia el entrenamiento. Ver a Gavi y a Pedri juntos, compartiendo bromas y confidencias, era la mayor medicina para su corazón herido.

A mediodía, tal como prometieron, Alejandra apareció con su energía desbordante. La novia de Pedri se había convertido en la hermana mayor que Nicolle nunca tuvo, y su complicidad había sido clave para que el regreso de USA fuera un éxito.

—¡Venga, Nic! —exclamó Alejandra mientras entraba en la casa—. He reservado en un sitio en la Barceloneta que te va a encantar. Nada de sitios escondidos ni reservados privados. Hoy comemos frente al mar, como la gente normal.

—¿Estás segura? —preguntó Nicolle, sintiendo todavía un pequeño rastro de duda—. Sabes que si nos ven...

—Que nos vean —la interrumpió Alejandra con firmeza—. Eres Nicolle Gonzales. Eres libre. Y además, hoy tienes el mejor guardaespaldas del mundo, aunque sea a distancia.

Caminaron por el paseo marítimo, sintiendo la arena fina y el sol de justicia de Barcelona. Nicolle se deleitaba con los sonidos: los niños jugando, el murmullo de las olas, el acento catalán mezclándose con el castellano. Era una sinfonía que había echado de menos cada noche en su habitación de Connecticut.

Durante la comida, Alejandra observó a Nicolle con atención.

—Te ha cambiado la cara, Nic. En serio. Tienes otra luz.

—Es el alivio, Ale —confesó Nicolle, jugueteando con el tenedor—. Durante años sentí que mi vida era un paréntesis. Siempre esperando el golpe, siempre esperando que él apareciera. Ahora siento que el paréntesis se ha cerrado y que la frase por fin continúa.

—¿Y qué dice esa frase? —preguntó Alejandra con curiosidad.

—Dice que me voy a quedar. Voy a terminar mis estudios aquí. Quiero trabajar en algo relacionado con la moda o el diseño en Barcelona. Y quiero ver a Pablo cada día, no a través de una pantalla que se pixela cuando hay mala conexión.

—A Gavi le va a dar un algo cuando se lo digas oficialmente —rio Alejandra—. Ese chico te quiere de una forma que asusta. Pedri dice que en el vestuario no para de hablar de ti. Hasta Lewandowski le ha dicho que se calme un poco.

Después de comer, decidieron caminar un poco más por la orilla. Nicolle se quitó las sandalias y dejó que el agua fría le mojara los pies. Se sentía invencible. Sin embargo, la realidad de ser la hermana de "el Golden Boy" canario y la novia de "el Gavi" siempre traía consigo pequeñas interrupciones. Un par de aficionados se acercaron tímidamente.

—¿Eres la hermana de Pedri, verdad? —preguntó una chica joven—. Te vimos en las fotos del otro día. ¿Podemos hacernos una foto contigo?

Nicolle se tensó por un segundo, un reflejo condicionado, pero luego miró a Alejandra, que le asintió con una sonrisa.

—Claro —respondió Nicolle con amabilidad.

Se hizo la foto, intercambió un par de palabras sobre lo orgullosa que estaba de su hermano y siguió caminando. No hubo miedo. No hubo necesidad de esconderse. Fue una interacción normal, humana.

Al caer la tarde, regresaron a la casa de Pedri. Los chicos ya habían vuelto del entrenamiento y el jardín era un caos de risas y balones de fútbol. Gavi estaba intentando enseñarle a Pedri un truco nuevo con el balón, mientras Pedri se burlaba de su técnica.

Al ver entrar a las chicas, Gavi abandonó el balón de inmediato y corrió hacia Nicolle. La tomó por la cintura y la levantó en vilo, dándole vueltas mientras ella gritaba de risa.

—¡Suéltame, loco! —exclamó Nicolle entre carcajadas—. ¡Que acabo de comer!

—¡Nunca! —respondió Gavi, dejándola en el suelo pero sin soltar su cintura—. Te he echado de menos. Cinco horas sin verte es demasiado tiempo. Es inconstitucional.

—Eres un exagerado, Pablo —dijo ella, acariciándole la mejilla—. ¿Cómo ha ido el entreno?

—Xavi me ha dado una charla sobre "mantener la cabeza en el juego" —admitió Gavi con una mueca—. Creo que se ha dado cuenta de que mi cabeza está en otro sitio. O mejor dicho, con otra persona.

Pedri se acercó a ellos, secándose el sudor con una toalla.

—Oye, pequeña, ¿qué tal la comida? —preguntó con interés—. ¿Algún problema?

—Ninguno, Pedri. Ha sido perfecto. Hasta me he hecho fotos con unos fans y no me ha dado un ataque de pánico.

Pedri y Gavi intercambiaron una mirada de profundo alivio. Ellos sabían mejor que nadie lo que Nicolle había sufrido, las noches de pesadillas y el silencio que la envolvía cuando se sentía acosada por el pasado. Verla así, dueña de sus pasos, era el mejor trofeo que podrían ganar nunca.

—Bueno —dijo Pedri, rompiendo el momento sentimental—, he pensado que esta noche podríamos ir a cenar fuera los cuatro. A un sitio de verdad. Sin reservados.

—¿En serio? —preguntó Nicolle, sorprendida—. ¿Incluso tú estás de acuerdo con eso, Capitán Protección?

—Incluso yo —afirmó Pedri con orgullo—. Quiero que Barcelona vea que mi hermana ha vuelto. Y quiero que el mundo sepa que los Gonzales no se esconden de nada ni de nadie.

La cena fue en un restaurante de moda en el Paseo de Gracia. Era un lugar expuesto, con grandes ventanales y lleno de gente. Nicolle llevaba un vestido sencillo pero elegante, y Gavi no le soltó la mano en toda la noche. La gente murmuraba al ver a las dos estrellas del Barça, pero el respeto imperaba.

En un momento de la cena, Gavi se acercó al oído de Nicolle.

—¿Estás bien, de verdad? —le susurró—. Si te sientes agobiada, nos vamos en un segundo. Me importa una mierda la reserva.

Nicolle lo miró a los ojos. Esos ojos rubios que la habían mirado con la misma intensidad cuando ella estaba a miles de kilómetros de distancia.

—Estoy perfecta, Pablo. Por primera vez en mucho tiempo, siento que este es mi sitio. Con vosotros. En mi ciudad.

—Te quiero, pequeña —dijo Gavi, olvidando por un momento que estaban en público.

—Y yo a ti, rubio.

La noche terminó con un paseo bajo las luces de la ciudad. Mientras caminaban hacia el coche, Nicolle se detuvo un momento a mirar la Casa Batlló iluminada. Se dio cuenta de que su regreso no había sido solo una sorpresa para los chicos, sino una sorpresa para ella misma. Había descubierto una fortaleza que no sabía que tenía.

Al llegar a casa, Pedri y Alejandra se despidieron para irse a descansar. Gavi y Nicolle se quedaron un momento a solas en el porche, bajo la luz de la luna.

—Tengo algo para ti —dijo Gavi, rebuscando en su chaqueta.

Sacó una pequeña llave dorada y se la entregó. Nicolle la miró confundida.

—¿Qué es esto?

—Es la llave de mi casa —explicó Gavi, un poco nervioso, rascándose la nuca—. Sé que ahora estás viviendo con Pedri, y que él te va a cuidar mejor que nadie... pero quiero que sepas que mi casa es la tuya. Siempre. Para cuando quieras escapar de sus charlas sobre nutrición o de sus partidos repetidos de la selección.

Nicolle sintió que se le humedecían los ojos. Tomó la llave y la apretó contra su pecho.

—Gracias, Pablo. Es el mejor regalo que me han hecho nunca.

—No es un regalo, Nic. Es una realidad. Ya no hay distancias, ¿recuerdas? Se acabaron los aviones y los husos horarios.

Se quedaron abrazados en el silencio de la noche, escuchando el latido del corazón del otro. Nicolle sabía que todavía habría días difíciles, que el trauma no desaparecía por arte de magia, pero ahora tenía una armadura hecha de amor y lealtad.

A la mañana siguiente, Nicolle se despertó con el sonido de los pájaros. Bajó a la cocina y encontró a Pedri desayunando mientras leía la prensa deportiva.

—Mira esto —dijo Pedri, mostrándole el periódico.

Había una foto de los cuatro cenando la noche anterior. El titular no hablaba de tácticas ni de fichajes. Decía: "La sonrisa de los Gonzales: El regreso más esperado del Camp Nou".

Nicolle leyó el artículo. Hablaba de ella como una mujer valiente que había regresado a su hogar. No la mencionaban como una víctima, sino como una parte esencial de la estabilidad de las estrellas del equipo.

—Parece que el mundo se alegra de que estés aquí —dijo Pedri con voz suave.

—Yo también me alegro, hermano. Mucho.

Esa tarde, Nicolle decidió ir a la Ciudad Deportiva por su cuenta. Quería sorprender a Gavi al final del entrenamiento. Condujo el coche que Pedri le había prestado, sintiendo la potencia del motor y la libertad de la carretera. Al llegar, los guardias de seguridad, que ya la conocían, le abrieron paso con una sonrisa.

Se quedó apoyada en la valla del campo de entrenamiento. Vio a Gavi corriendo, peleando cada balón como si fuera una final de Champions, con esa garra que lo hacía único. Cuando Xavi pitó el final de la sesión, Gavi se agachó para recuperar el aliento, con el sudor corriéndole por la frente.

Entonces, levantó la vista y la vio.

Su reacción fue instantánea. Olvidó el cansancio, olvidó a sus compañeros y corrió hacia la valla.

—¡Nicolle! —exclamó, saltando la pequeña valla publicitaria para llegar hasta ella—. ¿Qué haces aquí?

—He pensado que el "asunto personal" de ayer merecía una visita de vuelta —dijo ella, entregándole una botella de agua fría.

Gavi bebió con ansia, pero no dejó de mirarla ni un segundo.

—Estás aquí. De verdad estás aquí.

—De verdad estoy aquí, Pablo. Y no pienso irme a ninguna parte.

Varios jugadores se acercaron a saludarlos. Robert Lewandowski le dio una palmada en el hombro a Gavi y saludó a Nicolle con respeto. Ferran Torres bromeó sobre cómo Gavi ahora corría más solo para impresionar a su novia. Nicolle se sintió integrada, parte de ese ecosistema de élite que antes le resultaba tan intimidante.

De camino al vestuario, Pedri se unió a ellos.

—Oye, pequeña, ¿te quedas a comer con nosotros en el comedor del club? —preguntó Pedri—. Xavi dice que eres bienvenida siempre que quieras.

—Me encantaría —respondió Nicolle.

La comida en el comedor del Barça fue una experiencia nueva. Ver a esos ídolos mundiales comiendo pasta y bromeando como chicos normales la hizo sentir en paz. Se sentó entre Pedri y Gavi, participando en las conversaciones, riendo de las anécdotas de vestuario y dándose cuenta de que su hermano y su novio no solo eran jugadores de fútbol; eran hombres que habían madurado a base de golpes y que ahora disfrutaban de la recompensa.

Cuando terminaron, Gavi la acompañó hasta el coche.

—Esta noche hay partido en el Camp Nou —dijo él, tomándole las manos—. Es un amistoso, pero quiero que estés allí. En el palco de familias. Quiero dedicarte un gol.

—Estaré allí, Pablo. No me perdería tu primer gol con "público especial" por nada del mundo.

—Te quiero, Nicolle. Gracias por volver.

—Gracias a ti por esperarme, rubio.

Esa noche, el Camp Nou rugió con una intensidad especial. Nicolle estaba sentada junto a Alejandra en el palco de familiares. Cuando los nombres de Pedri y Gavi sonaron por la megafonía, ella sintió un escalofrío de orgullo. Eran ellos. Sus chicos.

En el minuto 30, Gavi recuperó un balón en el centro del campo, se deshizo de dos defensas con un giro inverosímil y soltó un latigazo desde fuera del área que se coló por la escuadra. El estadio estalló en un grito unísono.

Gavi no corrió hacia el córner. Corrió hacia la grada donde estaba el palco de las familias. Se detuvo, buscó a Nicolle con la mirada y formó un corazón con las manos antes de señalarla con el dedo. Pedri llegó corriendo y lo abrazó, levantándolo en vilo, y ambos miraron hacia el palco, compartiendo el triunfo con ella.

Nicolle, con lágrimas de felicidad en los ojos, se puso de pie y aplaudió hasta que le dolieron las manos. En ese momento, rodeada de miles de personas, supo que el miedo ya no tenía lugar en su vida. Las sombras del pasado habían sido derrotadas por el brillo de los focos y, sobre todo, por el fuego de un amor que había sobrevivido a la distancia y al dolor.

Barcelona ya no era su escondite. Era su hogar. Y mientras veía a su hermano y a su novio chocar las manos en el centro del campo, Nicolle Gonzales supo que, por fin, la vida le estaba devolviendo todo lo que una vez le fue arrebatado. El regreso sorpresa no había sido el final de la historia, sino el prólogo de una vida maravillosa que acababa de empezar bajo el cielo de la Ciudad Condal.