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Soccer

Ecos de una nueva melodía

La luz del sol se filtraba por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre la colcha de la cama de Nicolle. Se estiró perezosamente, disfrutando del silencio de la casa de Castelldefels. Ya no era el silencio tenso de sus primeros días de regreso, aquel que la obligaba a aguzar el oído ante cualquier crujido sospechoso. Era un silencio cálido, lleno de la seguridad que solo el hogar puede brindar.

Se levantó y bajó a la cocina, donde el aroma a café recién hecho ya inundaba el ambiente. Allí estaba Pedri, con su habitual calma canaria, revisando unos papeles sobre la mesa mientras tomaba un zumo de naranja. Al verla entrar, sus ojos se iluminaron con esa chispa protectora que nunca lo abandonaba.

—Buenos días, pequeña —dijo él, señalando con la cabeza una taza que ya la esperaba—. Te he dejado el café listo. Gavi ha llamado tres veces, pero le he dicho que te dejara dormir un poco más. Estaba más ansioso que de costumbre.

Nicolle soltó una pequeña risa y se sentó frente a su hermano.

—¿Más ansioso todavía? —preguntó ella, dando un sorbo a su taza—. Si ayer casi me deja sin respirar cuando me vio en el estudio.

—Ya sabes cómo es —respondió Pedri, encogiéndose de hombros con una media sonrisa—. Dice que tiene una sorpresa para ti hoy. Ha convencido a Xavi para que nos deje salir media hora antes del entreno. Creo que está planeando algo grande.

—¿Una sorpresa? —Nicolle sintió un cosquilleo en el estómago—. ¿Tú sabes algo?

—Aunque lo supiera, no te lo diría. Me tiene amenazado con no pasarme ni un balón en el próximo partido si abro la boca —bromeó Pedri, aunque su mirada se volvió más seria—. Pero me gusta verte así, Nic. Con esta cara. Hacía años que no te veía tan... en paz.

Nicolle estiró la mano por encima de la mesa y apretó la de su hermano.

—Es gracias a vosotros, Pedri. Siento que por fin las piezas están encajando. El local del estudio está casi listo, el abogado dice que los papeles de la orden de alejamiento definitiva están al caer... Siento que puedo respirar.

—Y vas a seguir respirando, pequeña. Te lo prometí.

Poco después, el sonido de un motor potente anunció la llegada de Gavi. El centrocampista entró en la casa como un torbellino, todavía con la ropa de entrenamiento pero con una energía que parecía irradiar luz propia. Al ver a Nicolle, se olvidó de saludar a Pedri y fue directo hacia ella, envolviéndola en un abrazo que la levantó del suelo.

—¡Buenos días, estrella! —exclamó Gavi, dándole un beso sonoro en la mejilla—. ¿Estás lista? Hoy es un día importante.

—¡Pablo, déjala respirar! —protestó Pedri desde la mesa, aunque no podía ocultar su sonrisa—. Acaba de desayunar.

Gavi la bajó al suelo, pero no le soltó la mano. Sus ojos brillantes, esos que en el campo buscaban huecos imposibles, ahora solo buscaban la reacción de Nicolle.

—He planeado algo —dijo él, ignorando por completo a su compañero de equipo—. Pedri también viene, por supuesto. Alejandra nos espera allí.

—¿Dónde es "allí"? —preguntó Nicolle, divertida por el entusiasmo de su novio.

—Es un secreto —respondió Gavi, guiñándole un ojo—. Solo te diré que te pongas algo cómodo y que traigas tu cámara.

El trayecto en coche fue una mezcla de música alta y bromas constantes entre los dos futbolistas. Nicolle observaba el paisaje de Barcelona pasar por la ventanilla, maravillándose de cómo una ciudad que antes le resultaba abrumadora ahora se sentía como un refugio. Gavi conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de ella, como si necesitara confirmar constantemente que Nicolle no era un sueño.

Llegaron a una zona de la parte alta de la ciudad, cerca de la falda del Tibidabo. El coche se detuvo frente a un edificio antiguo de ladrillo visto que había sido rehabilitado. Alejandra ya estaba allí, esperándolos con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa cómplice.

—¡Por fin llegáis! —exclamó Alejandra, abrazando a Nicolle—. Estaba a punto de entrar yo sola.

—¿Qué es este sitio, Ale? —preguntó Nicolle, mirando la fachada con curiosidad.

—Pasa y lo verás —dijo Gavi, sacando una llave del bolsillo y abriendo la gran puerta de madera.

Al entrar, Nicolle se quedó sin aliento. Era un espacio inmenso, con techos altísimos, vigas de hierro industrial y unos ventanales que dejaban entrar una luz cenital perfecta. Las paredes eran blancas y el suelo de cemento pulido brillaba bajo el sol del mediodía.

—Es... es increíble —susurró Nicolle, caminando hacia el centro del espacio. Sus pasos resonaban con un eco suave—. ¿Qué es esto?

Gavi se acercó a ella por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.

—Es tu nuevo estudio, Nic —susurró él—. El local que viste en Gràcia estaba bien, pero este... este tiene la luz que tú siempre buscas en tus fotos. Alejandra y yo lo encontramos la semana pasada. Pedri también ayudó con los trámites.

Nicolle se giró en sus brazos, con los ojos empañados por la emoción. Miró a Pedri, que estaba apoyado en una columna con los brazos cruzados, observándola con orgullo.

—¿Habéis hecho esto por mí? —preguntó ella, con la voz quebrada.

—No lo hemos hecho por ti, pequeña —dijo Pedri, acercándose—. Lo hemos hecho porque eres una artista y este mundo necesita ver lo que tú ves a través de ese objetivo. Además, Alejandra dice que aquí puedes montar también tu zona de diseño.

—Es perfecto —dijo Nicolle, mirando de nuevo el espacio—. Es más que perfecto. Es un sueño.

—Y lo mejor de todo —añadió Alejandra, abriendo la carpeta que llevaba— es que ya tenemos el primer contrato. El club quiere que seas la fotógrafa oficial para una campaña especial sobre la cantera. Quieren imágenes reales, humanas, con tu estilo.

Nicolle no pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas. No eran lágrimas de tristeza ni de miedo, sino de una alegría tan pura que casi le dolía en el pecho. Se sintió abrumada por el apoyo incondicional de las personas que la rodeaban.

—No sé qué decir —consiguió articular—. No sé cómo agradeceros esto.

—No tienes que agradecer nada —dijo Gavi, secándole una lágrima con el pulgar—. Solo tienes que ser feliz. Y sacar fotos increíbles de mí cuando marque un gol, claro.

—¡Qué egocéntrico eres, Pablo! —rio Nicolle, abrazándolo con fuerza.

—Es su esencia, Nic, no lo va a cambiar nadie —añadió Pedri, uniéndose al abrazo grupal.

Pasaron el resto de la tarde en el local, imaginando dónde iría cada mueble, dónde colocaría los focos y cómo decoraría la zona de descanso. Alejandra ya tenía contactos para la reforma rápida y Pedri se ofreció a ayudar con el montaje de los equipos más pesados.

Sin embargo, en medio de la euforia, el teléfono de Pedri vibró en su bolsillo. Su expresión cambió ligeramente al ver el nombre en la pantalla. Se apartó unos metros para hablar.

Nicolle, que conocía a su hermano mejor que nadie, notó el cambio de inmediato. Su instinto de protección, forjado tras años de sombras, se activó.

—¿Qué pasa, Pedri? —preguntó ella cuando él colgó.

Pedri guardó el teléfono y suspiró, tratando de mantener la calma.

—Era el abogado, Nic. No es nada malo, de verdad. Solo que... parece que él ha intentado presentar un recurso desde la cárcel. Dice que tiene "información relevante" que quiere compartir.

El ambiente se enfrió por un momento. Gavi se tensó visiblemente, cerrando los puños.

—¿Información relevante? —gruñó Gavi—. Ese tipo no tiene nada más que mentiras. ¿Qué pretende ahora?

—Quiere asustarnos —dijo Nicolle, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz. Ya no temblaba—. Quiere que sintamos que todavía tiene poder sobre nosotros. Pero se equivoca.

—El abogado dice que no tiene ninguna base legal —continuó Pedri, acercándose a su hermana—. El juez lo ha desestimado de inmediato, pero quería que lo supiéramos por si algún periodista intentaba filtrar algo. El club ya tiene a su equipo de comunicación alerta. No va a salir nada, pequeña.

Nicolle respiró hondo. Miró el espacio diáfano de su nuevo estudio, la luz que lo inundaba todo y los rostros de las tres personas que más quería en el mundo.

—No me importa lo que intente —sentenció Nicolle—. Ya no puede hacerme daño. Tengo este estudio, tengo mi trabajo y os tengo a vosotros. Él es el pasado, y yo estoy muy ocupada construyendo mi futuro.

Gavi la miró con una admiración que rayaba en la adoración. Le tomó la cara entre las manos y la besó con una pasión que hizo que Pedri tosiera falsamente para romper el momento.

—Esa es mi chica —susurró Gavi contra sus labios—. Eres la persona más valiente que conozco.

—Bueno —dijo Alejandra, tratando de aligerar el ambiente—, basta de dramas por hoy. Este sitio necesita una inauguración simbólica. ¿Quién tiene hambre? He reservado en un sitio cerca de aquí.

Salieron del local y cerraron la puerta. Nicolle guardó la llave en su bolso como si fuera un tesoro. Mientras caminaban hacia los coches, se dio cuenta de que la sombra de su padre seguía ahí, en algún lugar lejano, intentando proyectar su oscuridad, pero ella ya no era una víctima que huía. Era una mujer que echaba raíces en la tierra que amaba.

La cena fue una celebración de la vida. Hablaron de la próxima temporada, de los viajes que querían hacer y de cómo decorarían el estudio. No hubo menciones al pasado, solo risas y planes.

Al regresar a casa, Pedri y Alejandra se quedaron en el salón viendo una película, pero Gavi y Nicolle decidieron salir al jardín. La noche estaba despejada y el aire traía el aroma del mar. Se sentaron en los columpios que tenían cerca de la piscina.

—¿Estás bien de verdad, Nic? —preguntó Gavi, balanceándose suavemente—. Lo de la llamada de Pedri... no quiero que te quite el sueño.

—No lo hará, Pablo —respondió ella, mirando las estrellas—. Antes, cada vez que él hacía algo, yo sentía que me hundía. Ahora siento que es como un mosquito golpeando contra un cristal blindado. Puede ser molesto, pero no puede entrar.

Gavi se bajó del columpio y se arrodilló frente a ella, tomándole las manos.

—Te quiero tanto que a veces me asusta —confesó él, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Cuando estabas en USA, sentía que me faltaba el aire. Ahora que te tengo aquí, siento que puedo jugar diez partidos seguidos sin cansarme.

—Tú siempre has tenido demasiada energía, rubio —bromeó ella, acariciándole el pelo—. Pero gracias. Por no rendirte conmigo cuando estaba a miles de kilómetros. Por seguir enviándome esos mensajes absurdos a las tres de la mañana solo para que supiera que estabas ahí.

—Lo haría mil veces más —dijo él, poniéndose de pie y atrayéndola hacia su pecho—. Eres mi hogar, Nicolle.

Se quedaron así, abrazados bajo la luna de Barcelona, sintiendo que el mundo por fin estaba en equilibrio.

A la mañana siguiente, Nicolle se levantó temprano. Cogió su cámara y se dirigió al estudio. Quería capturar la luz del amanecer en el espacio vacío antes de que empezaran las reformas. Cuando llegó, el edificio estaba en silencio. Abrió la gran puerta y entró.

La luz de la mañana era suave, casi plateada. Nicolle empezó a disparar fotos: el polvo bailando en los rayos de sol, las texturas de la pared de ladrillo, el reflejo de las ventanas en el suelo pulido. Se sentía inspirada, llena de una creatividad que había estado dormida durante demasiado tiempo.

De repente, escuchó unos pasos en la entrada. Se giró, esperando ver a Pedri o a Gavi, pero se encontró con una mujer de mediana edad, vestida de forma elegante, que la observaba con curiosidad.

—¿Eres Nicolle Gonzales? —preguntó la mujer con una sonrisa amable.

—Sí, soy yo —respondió Nicolle, bajando la cámara—. ¿Puedo ayudarla en algo?

—Soy Elena, la responsable de marketing del club. He hablado con Alejandra esta mañana. Me ha dicho que ya estabas aquí —la mujer se acercó y miró el local—. Tenía razón, este sitio tiene algo especial. Y tú también.

—Gracias —dijo Nicolle, un poco sorprendida—. Alejandra me comentó algo sobre una campaña...

—No es solo una campaña, Nicolle —dijo Elena, sacando una tablet de su bolso—. Queremos que seas la mirada del nuevo Barça. Queremos que documentes no solo a los jugadores del primer equipo, sino la esencia de la Masía, el esfuerzo de las chicas del femenino, la pasión de los aficionados. Queremos autenticidad, y tus fotos de Nueva York nos demostraron que tú tienes ese don.

Nicolle sintió que el corazón le daba un vuelco. Era una oportunidad profesional inmensa, algo que habría sido impensable meses atrás.

—Me encantaría —dijo ella, con seguridad—. Tengo muchas ideas.

—Lo sé. Empezamos el lunes. Pásate por las oficinas y cerraremos los detalles del contrato. Bienvenida al equipo, Nicolle.

Cuando Elena se marchó, Nicolle se sentó en el suelo y se tapó la cara con las manos, riendo bajito. La vida le estaba dando todo lo que alguna vez soñó y más.

Esa tarde, cuando Pedri y Gavi volvieron del entrenamiento, los encontró esperándola en la puerta de casa con una tarta y unas velas.

—¿Qué celebramos ahora? —preguntó ella, bajando del coche con una sonrisa radiante.

—Celebramos que eres la nueva fotógrafa estrella del Barça —dijo Pedri, dándole un abrazo—. Elena ya nos lo ha contado. Ha llamado al club diciendo que está encantada contigo.

—¡Mi chica es una profesional! —gritó Gavi, alzando los puños al aire como si hubiera marcado un gol en el último minuto—. ¡Habrá que celebrarlo por todo lo alto!

Entraron en la casa y pasaron la tarde entre risas y planes. Nicolle se sentía completa. Tenía a su hermano, su protector incondicional; tenía a Gavi, el amor de su vida que nunca la soltó; y ahora tenía su propia carrera, su propio nombre fuera de las sombras.

Sin embargo, sabía que el camino no siempre sería fácil. Habría prensa, habría rumores y siempre estaría ese pasado latente. Pero al mirar a Pedri y a Gavi bromeando en el sofá, supo que no importaba lo que viniera.

—Oye, pequeña —dijo Pedri de repente, poniéndose un poco más serio—. He estado pensando... ahora que vas a trabajar en el club, la exposición va a ser mayor. Habrá fotos tuyas en las redes sociales del Barça, entrevistas quizá... ¿Estás lista para eso?

Nicolle miró a su hermano. Entendía su preocupación; él seguía siendo el escudo que quería evitarle cualquier dolor.

—Estoy lista, Pedri —respondió ella con calma—. Ya no quiero esconderme. Si el mundo tiene que verme, que me vea como soy ahora: feliz, trabajadora y rodeada de la gente que quiero. Mi pasado no me define, me define lo que hago con mi presente.

Gavi le apretó la mano, asintiendo.

—Y si alguien dice algo que no debe, se las verá conmigo —añadió el rubio con esa mirada competitiva que tanto lo caracterizaba—. En el campo y fuera de él.

—No hará falta, Pablo —rio Nicolle—. Sé defenderme sola.

Esa noche, antes de dormir, Nicolle revisó las fotos que había hecho en el estudio por la mañana. Se detuvo en una en especial: era una toma de su propia sombra proyectada sobre la pared blanca, iluminada por un rayo de sol directo. Ya no era una sombra oscura y amenazante; era una silueta nítida, fuerte, rodeada de luz.

Cerró el ordenador y se asomó a la ventana. Barcelona brillaba bajo ella, llena de promesas. Supo que la sorpresa de su regreso había sido solo el primer paso de un viaje mucho más largo. Un viaje donde ya no había miedo, solo el eco de una nueva melodía que ella misma estaba componiendo.

—Gracias, pequeña —susurró para sí misma, recordando a la niña asustada que fue—. Lo logramos.

Se metió en la cama y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una amenaza, sino como un regalo que estaba deseando abrir. El regreso de la luz en el Camp Nou no era solo un título poético; era su realidad. Y mientras el sueño la envolvía, supo que, pasara lo que pasara, siempre habría una luz encendida esperándola en casa.