Soledad
Armadura de Cristal
El eco de aquella noche en la morgue no se había desvanecido. Para Satoru Gojo, era como el zumbido persistente que queda en los oídos tras una explosión. Un silencio cargado de significado. La carga sobre sus hombros, esa que había llevado durante una década como una capa de plomo invisible, se sentía… diferente. No había desaparecido, pero Shoko, con su pragmatismo afilado y su inesperada confrontación, había logrado deslizar sus dedos bajo el borde y levantarla una fracción de milímetro. Era un alivio tan minúsculo y a la vez tan abrumador que Satoru no sabía cómo procesarlo.
Por primera vez en años, alguien no solo había mirado más allá del «Más Fuerte», sino que había escupido sobre el título y le había exigido ver al hombre que se ahogaba debajo. Y él la había dejado. Había bajado su venda, había desmantelado el Infinito, y le había mostrado el paisaje desolado de su alma.
«Pesa tanto, Shoko».
La confesión, una vez liberada, no podía ser retractada. Flotaba entre ellos, un fantasma tangible. Y con esa nueva honestidad, nació un terror completamente nuevo.
El aislamiento de la cima era una soledad fría y predecible. Ser un arma, un dios, un monstruo a los ojos de los demás, era un papel que había aprendido a interpretar con una maestría insoportable. Pero la presencia de Shoko, su negativa a dejarlo solo en su pedestal, introducía una variable aterradora en su ecuación controlada. La soledad era un dolor sordo y conocido. La posibilidad de perder el único ancla que le quedaba… eso era un abismo de pánico puro.
Si dejaba que ella cargara parte de su peso, ¿qué pasaría si ella tropezaba? Si se apoyaba en ella, ¿qué pasaría si ella se rompía? Suguru se había roto. Su mejor amigo, su única mitad, se había hecho añicos y él no había podido hacer nada para impedirlo. Al contrario, había tenido que recoger los pedazos con sus propias manos y darles el golpe de gracia. La idea de que ese patrón se repitiera, de que su cercanía fuera una especie de veneno, una maldición que condenaba a aquellos a quienes amaba, se aferró a su mente con garras heladas.
Así que Satoru Gojo hizo lo único que sabía hacer: actuar. Pero el guion había cambiado.
***
Shoko Ieiri observaba. Era lo que siempre había hecho mejor. Desde su adolescencia, sentada entre el prodigio brillante y el idealista apasionado, ella había sido la observadora, la que veía las grietas antes de que se convirtieran en abismos. Y ahora, veía nuevas fisuras formándose en Satoru.
Para el resto del mundo, nada había cambiado. Gojo seguía siendo un torbellino de energía caótica. Llegaba tarde a las reuniones, se burlaba de los ancianos del consejo con una creatividad infantil, y traía a sus estudiantes dulces absurdamente caros de misiones que supuestamente eran de vida o muerte. Su sonrisa seguía siendo tan ancha y cegadora como siempre, y sus bromas, tan estúpidas.
Pero Shoko veía la diferencia. Era en los momentos intermedios, en los silencios que nadie más notaba.
Antes, Satoru llenaba cada segundo de vacío con ruido. Un comentario sarcástico, un tarareo desafinado, el golpeteo impaciente de sus dedos. Ahora, el silencio se instalaba a su alrededor con más frecuencia. Durante una sesión informativa, en lugar de enviar mensajes de texto o dibujar garabatos en los informes, simplemente se quedaba quieto, con la cabeza ligeramente inclinada, como si escuchara algo que nadie más podía oír. Sus payasadas parecían más una actuación consciente que un impulso natural. La sonrisa no llegaba a sus ojos, que ella sabía que se arremolinaban con pensamientos turbulentos detrás de la venda negra. Hablaba menos. Escuchaba más. Y eso, viniendo de Satoru Gojo, era la señal de alarma más ruidosa de todas.
La confirmación llegó durante una de las tediosas reuniones generales en el Colegio Técnico de Magia de Tokio. Estaban presentes los directores, los maestros de ambas escuelas y algunos representantes de clanes importantes. Era el caldo de cultivo perfecto para el caos marca Gojo. Shoko se había preparado mentalmente para el espectáculo. Esperaba que molestara a Utahime Iori hasta hacerla explotar, que hiciera preguntas deliberadamente obtusas a los ancianos, que se durmiera de forma dramática.
Pero Satoru no hizo nada de eso.
Entró en la sala, saludó con un vago y alegre «¡Yoo-hoo!» que carecía de su convicción habitual, y se sentó en su lugar habitual, al lado de ella. Durante las dos horas siguientes, permaneció en un estado de quietud casi meditativa. Con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en el respaldo de la silla, parecía un rey aburrido en su trono, pero sin el aire de superioridad juguetona. Era una quietud vacía.
Utahime, sentada al otro lado de la sala, no dejaba de lanzarle miradas extrañadas, una mezcla de alivio y profunda desconfianza. En un momento, sus ojos se encontraron con los de Shoko por encima de la cabeza de todos, y Utahime frunció el ceño, articulando sin sonido: «¿Qué le pasa?».
Shoko solo pudo encogerse de hombros, pero una sensación de frío se instaló en su estómago. Esto era peor que sus rabietas. Era una retirada. Él se estaba replegando dentro de sí mismo, construyendo un nuevo tipo de fortaleza, una hecha de silencio y distancia.
Cuando el director Yaga finalmente dio por terminada la reunión, Satoru fue el primero en ponerse de pie.
—¡Bueno, eso fue revitalizante! —dijo en voz alta, rompiendo su propio silencio con una jovialidad forzada que hizo que varias personas se sobresaltaran—. ¡Nos vemos, gente! ¡No trabajen demasiado!
Y con eso, salió de la habitación con pasos largos y rápidos, sin esperar a nadie.
—Eso fue… espeluznante —murmuró Utahime, acercándose a Shoko mientras los demás comenzaban a dispersarse—. No me ha insultado ni una sola vez. ¿Está enfermo? ¿Deberíamos ponerlo en cuarentena?
—Algo así —respondió Shoko, con la mirada fija en la puerta por la que él había desaparecido.
Recogió sus cosas con una decisión repentina. La conversación en la morgue no había sido un punto final. Había sido una apertura, una que él ahora estaba tratando desesperadamente de cerrar. Y ella no iba a permitírselo.
—Tengo que irme —le dijo a Utahime, sin darle más explicaciones.
Salió de la sala y se movió con rapidez por los pasillos de la academia. Conocía sus hábitos. Después de una reunión particularmente aburrida que le había obligado a contenerse, su primer impulso era siempre el mismo: una dosis masiva de azúcar. Y no cualquier azúcar. Satoru era un snob de los dulces. Probablemente se dirigía a aquella pastelería de lujo en Ginza que cobraba una cantidad obscena por un solo macaron.
No se molestó en conducir. Sabía que él usaría su técnica para acortar distancias. Ella hizo lo mismo, aunque de una manera mucho menos elegante, tomando un atajo a través de la red de barreras que solo los hechiceros de alto nivel conocían, apareciendo en un callejón a un par de manzanas de la tienda.
El sol de la tarde bañaba las concurridas calles de Tokio con una luz dorada. La gente se arremolinaba a su alrededor, un río de rostros anónimos y conversaciones superpuestas. Y entonces lo vio. Su silueta inconfundible, alta y esbelta, destacando entre la multitud. Llevaba las manos en los bolsillos, la venda negra en su sitio, caminando con una determinación que delataba su destino. Estaba a punto de cruzar la calle hacia la pastelería con su fachada de cristal y sus precios astronómicos.
—¡Satoru!
Su voz cortó el bullicio de la ciudad. Él se detuvo en seco, con un pie ya en el paso de peatones. Se giró lentamente, y la máscara que ella tanto detestaba se encajó perfectamente en su sitio.
—¡Shoko-chan! —canturreó, su sonrisa tan brillante que parecía fuera de lugar bajo el sol poniente—. ¿Qué haces por aquí? ¿Te cansaste de la compañía de los vejestorios y viniste a buscar diversión?
Ella caminó la distancia que los separaba, ignorando las miradas curiosas de los transeúntes. Se detuvo frente a él, bloqueándole el paso.
—¿Qué fue eso de antes, en la reunión? —preguntó sin rodeos.
Él ladeó la cabeza, un gesto de falsa inocencia.
—¿Mmm? ¿Te refieres a mi comportamiento ejemplar? Estoy intentando ser un adulto responsable. Yaga-sensei estaría orgulloso. ¿No crees que merezco una palmadita en la espalda? O mejor, un parfait de edición limitada. Estaba justo de camino a…
—Basta.
Su tono fue bajo, pero tan afilado como un bisturí. La sonrisa de Satoru vaciló, apenas un microsegundo, pero ella lo vio.
—Vaya, qué seria —intentó de nuevo, apoyándose en un poste de luz con una estudiada indiferencia—. ¿Acaso preferías que incendiara la sala con mis comentarios? Pensé que te alegrarías de tener un respiro. Sobre todo Utahime, la pobre casi sufre un aneurisma por la confusión.
—No estoy hablando de Utahime —insistió Shoko, cruzándose de brazos. Su bata de laboratorio parecía extrañamente formal en medio de la moda callejera de Ginza—. Estoy hablando de ti. Estabas demasiado callado. Y te fuiste como si el suelo quemara bajo tus pies.
Él se encogió de hombros, un gesto demasiado amplio, demasiado teatral.
—Tenía antojo de dulce. Ya sabes cómo soy. Un hombre de impulsos.
—Sí, lo sé. Y también sé que estás mintiendo —replicó ella, y sus palabras parecieron solidificar el aire entre ellos—. ¿La otra noche, Satoru? ¿Nuestra conversación en la morgue? ¿Los cigarrillos, el peso del que hablamos? ¿Se te olvidó todo en un par de días? ¿Era solo un momento de debilidad que ahora prefieres ignorar?
La mención de aquella noche hizo que algo en su postura cambiara. La relajación forzada se evaporó, dejando una tensión rígida en sus hombros. Su sonrisa desapareció por completo, reemplazada por una línea dura.
—No se me olvidó —dijo, su voz perdiendo toda su musicalidad. Era plana, fría—. No soy un idiota.
—Entonces, ¿qué es esto? —lo presionó, dando un paso más cerca. El ruido de la ciudad parecía desvanecerse—. ¿Crees que no me doy cuenta? Has cambiado tu estrategia, eso es todo. Antes eras ruidoso para que nadie se acercara. Ahora eres silencioso para que nadie pregunte. Es solo un muro diferente, pero sigue siendo un maldito muro. ¡Estás haciendo exactamente lo que te pedí que no hicieras! ¡Te estás encerrando otra vez!
Satoru desvió la mirada, observando los coches pasar. Su mandíbula estaba apretada.
—No sabes de lo que hablas.
—¡Oh, claro que lo sé! —Su frustración, acumulada durante días, finalmente estalló—. Sé que esa noche fue real. Por un momento, dejaste de ser «Gojo Satoru, el Más Fuerte» y fuiste solo… tú. Y te asustó tanto que has pasado los últimos días intentando enterrarlo bajo una nueva capa de mierda.
Él se giró hacia ella bruscamente, y aunque la venda ocultaba sus ojos, Shoko sintió la intensidad de su mirada como una fuerza física.
—¿Y qué querías que hiciera, Shoko? ¿Que fuera llorando por las esquinas? ¿Que me sentara a tu lado en cada reunión y te contara mis penas? El mundo no se detiene porque yo esté cansado. Las maldiciones no dejan de aparecer. Los ancianos no dejan de conspirar. ¡Nada cambia!
—¡Yo no te pedí que cambiaras el mundo, idiota! —le espetó ella—. ¡Te pedí que me dejaras entrar en el tuyo! ¡Que compartieras la carga! Y en lugar de eso, decidiste que era más fácil no tener ninguna carga en absoluto, ¿verdad? Fingir que no existe.
Él soltó una risa seca, desprovista de humor.
—No es tan simple.
—Entonces, ¡explícamelo!
Su exigencia quedó suspendida entre ellos, vibrando de emoción. Satoru permaneció en silencio, una estatua alta y solitaria en medio del flujo indiferente de la humanidad. El viento agitaba su cabello blanco y el bajo de su abrigo azul oscuro. Shoko lo observó, y mientras la ira inicial se disipaba, fue reemplazada por una claridad repentina y dolorosa.
Lo vio. Vio la tensión en su cuello, la forma en que sus manos, hundidas en los bolsillos, probablemente estaban apretadas en puños. Vio la rigidez de su cuerpo, no como la de un guerrero listo para la batalla, sino como la de un hombre preparándose para un impacto inevitable. Y entendió.
Su voz, cuando volvió a hablar, era suave, despojada de toda ira.
—No es la soledad, ¿verdad? —susurró, y fue más una afirmación que una pregunta—. O no solo eso. Es otra cosa.
Satoru no se movió, pero ella sintió un cambio en la atmósfera a su alrededor, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—Es miedo —dijo ella, y la palabra pareció golpearlo con la fuerza de una técnica maldita. Él se estremeció, un movimiento casi imperceptible—. Tienes miedo.
Él no respondió. No podía. La palabra «miedo» era un concepto ajeno a su personaje público, una debilidad que el Más Fuerte no podía permitirse. Pero en la cruda honestidad del momento, era la única verdad que importaba.
Shoko continuó, su voz tejiendo los hilos que él había dejado sueltos.
—Tienes miedo de perderme. —Cada palabra era cuidadosa, precisa—. Igual que lo perdiste a él. Crees que si me dejas acercarme demasiado, si confías en mí, si empiezas a apoyarte en mí… el universo te castigará por ello. Crees que algo pasará. Que moriré en una misión estúpida, que un enemigo te usará para llegar a mí, o que simplemente… me cansaré y me iré.
El ruido de la calle, los coches, las voces, todo desapareció. Solo existían ellos dos en esa burbuja de verdad insoportable.
—Crees que estás maldito —concluyó ella en un murmullo—. No por una técnica, sino por lo que eres. Crees que tu sola existencia pone en peligro a la gente que te importa. Por eso lo alejaste a él, y por eso ahora estás intentando alejarme a mí.
El silencio de Satoru fue su confesión. La armadura de arrogancia y poder se había hecho añicos, revelando no solo al hombre herido que vio en la morgue, sino a un niño aterrorizado. El niño que había perdido a su mejor amigo y que ahora temblaba ante la idea de perder a la única persona que le quedaba.
Shoko soltó un largo suspiro, un sonido que contenía años de frustración, afecto y una profunda y agotadora tristeza por él.
—Eres un idiota —dijo suavemente, pero sin rastro de insulto en su voz.
Y entonces, cerró la pequeña distancia que aún los separaba. Ignorando las miradas de un par de adolescentes que cuchicheaban al reconocer al famoso hechicero, levantó los brazos y lo rodeó con ellos. No fue un abrazo tentativo ni vacilante. Fue un anclaje. Envolvió sus brazos alrededor de su torso, apretando con firmeza, apoyando su cabeza contra su pecho, justo sobre el corazón que latía con un ritmo errático y acelerado.
—Un adorable y temeroso idiota que odia la idea de quedarse solo —murmuró contra la tela de su uniforme.
El cuerpo de Satoru se quedó rígido como una vara de acero por un instante. El shock de ser tocado de esa manera, de ser abrazado en público sin previo aviso y sin que su Infinito lo detuviera, lo paralizó. Shoko sintió la tensión bajo sus manos, la batalla que se libraba en él entre el instinto de apartarse y la desesperada necesidad de aferrarse.
Y entonces, se rompió.
Fue como ver un glaciar resquebrajarse en silencio. Sus hombros, siempre rectos y desafiantes, se hundieron. La tensión abandonó sus músculos, y su enorme cuerpo se desplomó contra ella, buscando apoyo. Lentamente, como si sus brazos pesaran una tonelada, la rodeó con ellos, un gesto torpe e inseguro.
Un sonido ahogado escapó de su garganta, un sollozo seco y desgarrado que luchaba por no convertirse en un llanto. Hundió el rostro en el hueco del cuello de Shoko, su cabello blanco y suave haciendo cosquillas en la piel de ella. Su cuerpo empezó a temblar, sacudidas silenciosas que hablaban de un dolor y un miedo demasiado grandes para ser contenidos por más tiempo.
Allí, en medio de una de las calles más concurridas de Tokio, rodeado de extraños que vivían sus vidas ajenos al mundo de las maldiciones y el peso de ser el más fuerte, Satoru Gojo se permitió derrumbarse.
El abrazo de Shoko se hizo más fuerte, un refugio inamovible. Podía sentir la humedad de una lágrima solitaria empapando el cuello de su jersey, y el olor a ozono que siempre lo rodeaba, ahora mezclado con el aroma salado de su pena.
—Yo… —su voz era un murmullo roto, amortiguado por el hombro de ella—. No quiero…
Ella esperó, sin moverse, sin apresurarlo, simplemente sosteniéndolo mientras él luchaba por encontrar las palabras.
—En este momento —susurró finalmente, su voz apenas audible, cargada de una vulnerabilidad que le partió el corazón a Shoko—, no quiero ser el más fuerte. Solo quiero ser Satoru.
Shoko cerró los ojos, apretando la mandíbula para contener sus propias emociones. No le dijo «está bien». No le ofreció palabras vacías de consuelo. En su lugar, le dio la única verdad que importaba, la única que él necesitaba oír.
Apretó su abrazo un poco más, un gesto que decía «no me voy a ninguna parte», y susurró contra su cabello.
—Satoru está aquí. Y yo lo estoy viendo.
No hicieron falta más palabras. Él no necesitaba que le prometieran que todo saldría bien. Necesitaba que le permitieran ser débil. Necesitaba que alguien viera a Satoru, al hombre asustado y solitario, y no se apartara con miedo o reverencia.
Se quedaron así durante un tiempo que pareció a la vez un instante y una eternidad, dos figuras inmóviles en el torrente de la vida urbana. Él, el pilar del mundo de la hechicería, finalmente apoyándose en alguien. Y ella, la sanadora que no podía curar las heridas del alma, haciendo lo único que podía: compartir la carga, no con lástima, sino con una obstinada y feroz lealtad.
La armadura de cristal se había roto, y los fragmentos ya no cortaban. Por ahora, en los brazos del otro, simplemente dejaban pasar la luz.