Stony
La podredumbre del lazo
El llanto de Morgan todavía resonaba en los oídos de Tony, persistente como el zumbido de una flecha clavada en madera húmeda.
Habían pasado tres semanas desde que Steve Rogers lo había empujado a un lado en aquella cueva fría para llevarse a los cachorros en brazos. Para Steve, el asunto había sido dolorosamente simple: un omega que le gruñía a su propia cría para mantenerla a raya no merecía la custodia de seres tan vulnerables. En el juicio rápido del nuevo líder, Tony era un monstruo desnaturalizado, un estratega amargo que consideraba a su progenie como un lastre o, peor aún, como una moneda de cambio.
Steve no había entendido nada. Jamás entendería que aquel gruñido desesperado de Tony no había sido de odio hacia Morgan, sino una súplica aterrada, una orden desesperada para que la niña no llamara la atención del gran lobo dorado que acababa de derribar su mundo. Los alfas castigaban a los cachorros ruidosos. Los alfas mataban a los hijos de otros machos. Esa era la única ley que Tony había conocido bajo el yugo de su anterior tirano, y la cicatriz invisible de ese terror gobernaba cada uno de sus movimientos.
Pero ahora los niños estaban en la cabaña comunal, al cuidado de Wanda. La joven omega era dulce, comprensiva y emanaba un olor reconfortante a canela y flores silvestres, pero los cachorros no la aceptaban. Peter, en su lealtad ciega y feroz, pasaba los días transformado en un lobezno desgarbado de pelaje castaño, acurrucado en una esquina frente a su hermana, enseñando los dientes a cualquiera que intentara acercarles un cuenco de sopa.
—Quiero a papá —sollozaba Morgan cada noche, un eco que cruzaba la empalizada y llegaba a los oídos finos de Tony, partiéndole el pecho en dos—. ¿Por qué no viene papá?
Steve creía haber hecho lo correcto. Estaba convencido de que los niños estaban a salvo de la supuesta crueldad de su madre omega, y cuando intentaba acercarse para calmar a Peter, el pequeño solo le lanzaba mordiscos al aire cargados de odio infantil.
—Están traumatizados por su culpa —le había asegurado Rumlow a Steve una mañana, escupiendo en el suelo cerca del taller—. Stark los tenía encerrados como alimañas. Es venenoso, Steve. Deberías agradecer que no los haya asfixiado para no tener que alimentarlos.
Tony había escuchado cada palabra desde el umbral del taller de herrería, conteniendo la respiración, fundiéndose con las sombras como solía hacer cuando su antiguo alfa buscaba un pretexto para usar los puños. No dijo nada. La experiencia le había enseñado con sangre que la voz de un omega frente a dos alfas solo servía para acelerar el primer golpe.
El problema era que el vacío en su pecho lo estaba matando.
Un omega alejado de sus cachorros pierde el ancla que sostiene su mente. Si a eso se le sumaba la ausencia de un lazo genuino con su nuevo alfa, el resultado era una condena a muerte silenciosa. Tony intentó, con una desesperación que rayaba en la humillación, ganarse un resquicio de aprobación en el corazón de Steve.
Por las noches, cuando el silencio caía sobre la cabaña principal, Tony no ofrecía resistencia. Steve llegaba cansado, con el peso del liderazgo grabándole surcos entre las cejas, y Tony simplemente desabrochaba sus ropas y se tendía boca abajo en el lecho. Permitía que el alfa lo tomara, apretando los dientes contra las pieles de la cama para no quejarse por el dolor sordo de una unión que carecía de afecto. Dejaba que Steve montara su cuerpo, que clavara sus garras en sus caderas y descargara en él la tensión del día.
Tony no lo hacía por placer. Lo hacía esperando que, tal vez, si se mostraba lo suficientemente dócil, si satisfacía cada demanda del alfa sin emitir una sola queja, Steve suavizaría la mirada. Quizá le permitiría cruzar la puerta de Wanda. Quizá le dejaría acurrucar a Morgan solo diez minutos para frotar su aroma en la piel de la niña y calmar su llanto.
Pero Steve terminaba en silencio, se limpiaba con frialdad y se retiraba al otro lado del lecho, proyectando una barrera de distancia impenetrable. Para Steve, aquella entrega absoluta y carente de emoción era la confirmación de las advertencias: Tony era un ser calculador, una máquina sin sentimientos que usaba su cuerpo como mero tributo político.
—Eres libre de dormir, Tony —decía Steve con una voz neutra, casi compasiva pero devastadoramente distante, dándole la espalda.
Steve no le daba su aroma. No frotaba sus glándulas contra el cuello del castaño ni lo envolvía en el calor de su pecho. Y un cuerpo marcado que no recibe el olor protector de su alfa es un árbol al que le arrancan las raíces.
Durante el día, el tormento cambiaba de rostro.
A pesar de ser técnicamente el consorte del líder, el omega dominante de la manada unificada, Tony no recibía el menor respeto. La gente de Steve lo detestaba por haber diseñado las defensas que retrasaron su victoria, y los miembros de su antigua manada lo despreciaban por haberse rendido con tanta facilidad.
Peor aún eran los otros alfas de la tropa.
—Mírate nada más —le susurró un día uno de los rastreadores, acorralándolo contra el muro exterior de la forja mientras Steve estaba en una patrulla de frontera—. El gran trofeo de guerra. Dicen que no sirves ni para cuidar a tus propios mocosos.
El alfa extendió una mano pesada y áspera, apretando el trasero de Tony con una fuerza descarada que rozaba la agresión. Tony se congeló al instante. Su instinto le gritó que se transformara en su lobo pequeño y huyera entre los arbustos a toda velocidad, pero sabía que si un centinela lo veía correr, dirían que intentaba escapar de la manada. En su lugar, el castaño se limitó a esquivar el cuerpo del hombre con un giro ágil de cintura, retrocediendo dos pasos con una sonrisa forzada y rota pegada al rostro.
—Si tanta envidia le tienes a Rogers por el botín, pídele turno en la asamblea —soltó Tony con la voz cargada de un sarcasmo que no lograba tapar el temblor de sus rodillas—. Aunque dudo que te dé permiso de tocar sus sobras.
El rastreador se rio con desprecio, pero no se atrevió a perseguirlo. La humillación, sin embargo, se quedaba adherida a la piel de Tony como brea caliente.
Para mitigar la culpa y justificar su existencia, Tony trabajaba hasta el agotamiento. Sus manos hábiles no descansaban. En la forja y en el pequeño cobertizo de herramientas, utilizó sus conocimientos mecánicos para diseñar un sistema de tuberías de arcilla y cobre que distribuía el calor residual del horno hacia las cabañas donde dormían los enfermos y los ancianos. Pasó tres noches en vela tallando los engranajes de un molino de grano para que las raciones de harina aumentaran antes de que arreciaran las ventiscas.
Pero a la mañana siguiente, cuando Steve fue a supervisar las labores, los engranajes no estaban.
—¿Dónde están las piezas para el molino que prometiste entregar hoy? —preguntó Steve, cruzado de brazos en la entrada del cobertizo. La luz del sol matutino caía sobre sus cabellos dorados, haciéndolo lucir majestuoso, implacable y dolorosamente inalcanzable.
Tony parpadeó, desconcertado, mirando los bancos de trabajo limpios.
—Estaban aquí anoche. Las terminé antes de la medianoche, Steve. Te lo juro, eran tres engranajes de bronce reforzado...
—No hay nada aquí, Tony —interrumpió Steve, dejando escapar un suspiro de profunda decepción que cayó como un latigazo sobre los hombros del omega—. Rumlow me dijo que te vio deambulando cerca del bosque anoche, perdiendo el tiempo.
—¡No estaba perdiendo el tiempo! —exclamó Tony, dando un paso adelante, olvidando por un segundo su regla de no alzar la voz—. ¡Estuve trabajando! Alguien debió moverlos, alguien los escondió para...
—Basta —la voz de Steve no fue un grito, sino un tono firme cargado del peso aplastante del mando—. Nadie tiene razones para sabotear el molino que alimentará a nuestra gente. Si no querías hacer el trabajo, bastaba con decirlo. No tienes que inventar conspiraciones infantiles.
—Steve, por favor...
—Se esperaba más de ti, considerando tu reputación —dijo el alfa, negando con la cabeza antes de dar media vuelta—. Deja de buscar excusas. Si no vas a aportar a la manada, al menos no estorbes a los que sí trabajan.
Tony se quedó inmóvil en el centro del taller vacío. Las lágrimas le quemaban la parte posterior de los ojos, pero se negó a dejarlas caer. No frente a los guardias que lo miraban con sonrisas burlonas desde las esquinas. Supo de inmediato quién se había llevado las piezas: habían sido arrojadas al fondo del río congelado, como tantas otras cosas que había intentado construir en los últimos días. Lo querían inútil. Lo querían fuera.
El costo de aquel aislamiento implacable comenzó a cobrarse su factura física.
El aroma de Tony, que en sus mejores años había sido el de un vino fino, denso, añejo y con notas a frutos negros y madera noble, empezó a avinagrarse. La acidez de la angustia y el rechazo constante pudrieron su fragancia natural hasta convertirla en un olor agrio, similar al zumo fermentado al sol, que hacía que los demás lobos arrugaran la nariz con disgusto al pasar a su lado.
Y entonces, la marca comenzó a fallar.
Ocurrió una noche después de que Tony regresara de lavar ropa en las aguas gélidas del arroyo. Al desvestirse frente al pequeño espejo de metal pulido, una punzada de fuego puro le atravesó el lateral del cuello, haciéndolo caer de rodillas sobre las tablas de pino.
Tony se llevó una mano trémula a la base del cuello, allí donde los colmillos de Steve se habían hundido para reclamarlo formalmente.
La herida no había cerrado. Lejos de ser la cicatriz limpia, blanca y plateada que simbolizaba una unión próspera y bendecida por los instintos de la manada, la piel alrededor de los orificios de los colmillos estaba hinchada, de un tono violáceo oscuro con los bordes ennegrecidos. Exudaba un calor enfermizo y un fluido transparente que manchaba el cuello de su camisa.
Su cuerpo de omega estaba rechazando el reclamo.
Sin el afecto genuino del alfa que lo había mordido, sin el consuelo de sus cachorros, la biología del cambiaformas interpretaba el lazo como un ataque parasitario. La marca se estaba pudriendo.
Tony se arrastró hasta la cama, temblando bajo un ataque de fiebre repentina. Se cubrió con las mantas raídas, sintiendo el cuerpo pesado como si estuviera relleno de plomo. Tosió, un sonido seco y doloroso que le desgarró la garganta, y se llevó las rodillas al pecho, inhalando con desesperación el aire de la habitación para buscar el aroma a pino fresco y nieve limpia que pertenecía a Steve.
Pero Steve casi nunca estaba allí. Y cuando estaba, su olor estaba meticulosamente recogido, inaccesible.
Al mediodía siguiente, a pesar de que la cabeza le daba vueltas y sentía que la piel le ardía en llamas, Tony se obligó a salir. Si se quedaba en cama, Steve pensaría que era otra estratagema para holgazanear. Caminó con pasos vacilantes hacia la plaza central, apoyándose discretamente en los postes de madera para no desplomarse en la nieve.
Allí, bajo el sol invernal, se detuvo.
En el centro del campamento, Steve estaba arrodillado junto a una joven omega viuda cuyo compañero había caído en la última cacería. Steve la sostenía suavemente por los hombros mientras la mujer lloraba. El alfa no mostraba la menor rigidez; sus ojos azules brillaban con una ternura infinita, limpia, protectora. Steve liberó una oleada de su aroma a pino y cedro, envolviendo a la omega en una capa de calma reconfortante que detuvo su temblor casi de inmediato. Luego, con una delicadeza conmovedora, le entregó una cesta repleta de carne seca y mantas limpias.
—No estás sola —le dijo Steve a la mujer, con una voz tan cálida que parecía capaz de derretir la nieve a su alrededor—. Mientras yo lidere esta manada, a ti y a tus hijos jamás les faltará nada. Descansa.
Tony observó la escena con el pecho oprimido hasta el punto de la asfixia.
Esa era la bondad de Steve Rogers. La legendaria piedad del gran lobo dorado, el alfa noble que protegía a los débiles y cuidaba a los suyos con devoción ciega. Era real. Estaba allí mismo, ocurriendo a pocos metros.
Solo que no era para él.
Para la manada, para los extraños, para cualquier otro ser bajo su mando, Steve era un salvador. Pero para Tony, Steve solo reservaba sospechas, frialdad, desdén contenido y noches silenciosas de sumisión vacía.
Un mareo feroz nubló la vista del castaño. La marca en su cuello palpitó con una llamarada de dolor tan aguda que Tony tuvo que morderse el labio inferior hasta sacarse sangre para no gritar. Se llevó una mano al cuello disimuladamente, sintiendo el calor abrasador bajo la tela de su bufanda gruesa, la cual usaba para ocultar la putrefacción de la herida antes de que alguien lo viera y lo consideraran un cadáver andante.
A lo lejos, cerca de la cabaña comunal, vio salir a Wanda llevando de la mano a Morgan. La pequeña tenía los ojos rojos e hinchados, y Peter la seguía a un paso de distancia, con la mirada hosca, desconfiada de cada lobo que se cruzaba en su camino.
Tony dio un paso hacia ellos por puro instinto materno, con la mano extendida en el aire.
—Morgan... —susurró, con un hilo de voz que se perdió en el viento helado.
Peter alzó la vista y sus miradas se cruzaron. En los ojos oscuros de su hijo mayor no había desprecio, sino una súplica desgarradora, una pregunta muda que Tony no podía responder: *¿Por qué nos dejaste? ¿Por qué permites que nos tengan aquí?*
Tony no pudo soportarlo. El dolor físico de la marca colapsada, sumado a la agonía de ver a sus crías marchitarse lejos de sus brazos, le dobló las rodillas.
El castaño cayó sobre la nieve húmeda con un golpe sordo, tosiendo con violencia mientras el mundo a su alrededor se teñía de manchas negras. A unos metros de distancia, Steve se puso de pie tras despedir a la viuda, alertado por el ruido de la caída.
Sus miradas se encontraron a través de la plaza. Steve frunció el ceño, con esa habitual sombra de molestia y desconfianza en sus facciones perfectas, como si esperara que aquello fuera otro drama calculado del omega para llamar la atención.
Tony intentó levantarse, desesperado por no darle motivos para reprenderlo otra vez, pero sus brazos no respondieron. Con la frente pegada a la escarcha y el agrio aroma a vino podrido escapando de sus poros, Tony Stark se preguntó con resignación cuánto tardaría su cuerpo en apagarse por completo.