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Súper perra

La Atalaya del Placer

El silencio habitual de la Atalaya había sido reemplazado por una vibración eléctrica, una tensión sexual tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Superman, el hombre que una vez personificó la moderación y el autocontrol, caminaba ahora por la sala de monitores principal con la arrogancia de un emperador romano. A su paso, las heroínas no se cuadraban con respeto militar, sino que se exhibían con una desvergüenza que habría escandalizado al mundo entero.

Clark se sentó en la silla central, la que solía pertenecer al líder de turno, y observó a su alrededor. El hechizo de Circe no solo había alterado su mente; había actuado como un catalizador para las inhibiciones de todas las presentes. El aura de lujuria kryptoniana que emanaba de su cuerpo era como una droga para ellas.

—Diana, ven aquí —ordenó Clark. Su voz no era una petición, sino un mandato absoluto.

La Princesa de Temiscira se acercó con un contoneo de caderas que hacía que su corto calzón estrellado se enterrara aún más en su firme y voluminoso trasero. Sus pechos, apretados por el peto dorado, subían y bajaban con una respiración agitada. Se arrodilló entre las piernas de Superman, apoyando sus manos fuertes en los muslos de acero del kryptoniano.

—Dime, mi señor —susurró Diana, levantando la vista con unos ojos que antes irradiaban sabiduría y ahora solo reflejaban una devoción carnal—. ¿Qué deseas de tu amazona?

—Deseo que todas entiendan su lugar —respondió Clark, pasando sus dedos por el cabello negro de la guerrera—. No quiero ver más uniformes rígidos. Quiero ver piel. Quiero ver por qué sois las hembras más deseadas del planeta.

Dinah Lance, Canario Negro, soltó una risita ronca desde la consola de comunicaciones. Se puso de pie, estirando sus largas piernas cubiertas por las medias de red. Su busto, generoso y desafiante, parecía querer escapar del corpiño de cuero negro mientras se acercaba a Clark.

—Creo que hablo por todas cuando digo que la "disciplina" de la Liga era un aburrimiento —dijo Dinah, pasando una mano por su propio cuello, bajando hasta el escote—. Siempre quise saber qué se sentía al ser dominada por alguien que realmente pudiera romperme. Y tú, Clark... tú podrías hacerme pedazos si quisieras.

—Y lo haré, Dinah. A su debido tiempo —Clark sonrió con malicia—. Pero antes, quiero que Zatanna nos dé un espectáculo.

La maga, vestida con su frac y sus medias de seda, dio un paso al frente. Sus curvas eran legendarias en el mundo del espectáculo, pero ahora, bajo el influjo del hechizo, su carisma natural se había tornado en una sensualidad depredadora. Con un movimiento de su varita, su ropa se volvió aún más ajustada, resaltando la redondez de sus pechos y la estrechez de su cintura.

—.atup ut res ed ohceh le ne rertnecnoc em y odiser ne odiser ed rartnecnoc em oreiuQ —murmuró Zatanna al revés.

De repente, la ropa de todas las presentes sufrió una transformación mágica. Los trajes, ya de por sí ceñidos, se volvieron translúcidos en zonas estratégicas o se recortaron para mostrar más escote y más pierna. Vixen, Mari McCabe, soltó un gemido de satisfacción al sentir cómo su traje naranja se abría en el centro, dejando ver la plenitud de su busto oscuro y firme.

—El espíritu del animal que hay en mí... nunca se sintió tan vivo —dijo Mari, acercándose a Clark por detrás y rodeando su cuello con sus brazos, dejando que sus pechos se aplastaran contra la espalda del héroe—. Los machos de la sabana reclaman a sus hembras. Reclámanos, Superman.

Shayera Hol, la mujer halcón, aterrizó cerca de ellos. Sus alas se agitaron con fuerza, creando una ráfaga de aire que traía el aroma a feromonas de todas las mujeres presentes. Su temperamento feroz se había convertido en una agresividad sexual que apenas podía contener.

—Déjate de juegos, Clark —gruñó Shayera, golpeando el suelo con el mango de su maza—. Si vas a usarnos como tus perras, empieza ya. Mi cuerpo arde y no es por la atmósfera de Thanagar.

Clark se puso de pie, ignorando por un momento a Diana para encarar a la guerrera alada. La tomó por la barbilla con fuerza, obligándola a mirarlo.

—Tu impaciencia es excitante, Shayera. Pero aquí se hace lo que yo digo. Tú serás la primera en aprender lo que significa la obediencia absoluta bajo el peso de un dios.

En un rincón de la sala, Huntress y Fire se observaban mutuamente, tocándose con una curiosidad que el código de la Liga nunca habría permitido. Beatriz da Costa, la brasileña, emanaba un calor que hacía sudar a Helena Bertinelli.

—¿Te imaginas lo que diría Question si nos viera ahora? —preguntó Helena, soltando su ballesta y dejando que su capa cayera al suelo, revelando un físico atlético y curvilíneo que gritaba por atención.

—A quién le importa ese paranoico —respondió Fire, pasando su lengua por sus labios—. Superman es el único hombre que importa ahora. Siento que mi fuego solo puede ser apagado por su frío kryptoniano... o encendido aún más por su fuerza.

Supergirl y Stargirl, las más jóvenes, observaban la escena con una mezcla de shock y una excitación creciente que no comprendían del todo. Kara sentía que su lealtad hacia su primo se transformaba en algo mucho más oscuro y carnal. Su cuerpo de kryptoniana madura, con curvas que empezaban a rivalizar con las de Diana, reaccionaba a la presencia de Clark.

—Kara —dijo Clark, llamando a su prima—. Ven aquí. Tú y Courtney.

Las dos jóvenes se acercaron tímidamente. Clark puso una mano en la cabeza de cada una.

—Sois el futuro de esta nueva Liga —les dijo—. Una generación de heroínas que no conocerán la vergüenza, solo el placer de servirme. Supergirl, tú eres de mi sangre. Serás mi favorita, la que lidere a las demás en mi ausencia. Pero primero, debes perder esa inocencia que te queda.

—Sí, Clark —respondió Kara, bajando la mirada hacia la bragueta del traje de su primo, sintiendo un hambre que nunca había experimentado—. Haré lo que sea. Quiero ser tu puta favorita.

Courtney, Stargirl, asintió frenéticamente, su báculo cósmico brillando con una luz dorada que palpitaba al ritmo de su corazón acelerado.

—Yo también, Superman. Quiero que me enseñes todo. Quiero que el mundo vea que incluso la chica de las estrellas pertenece al Hombre de Acero.

La puerta de la sala se abrió con un siseo hidráulico. Barbara Gordon, Batgirl, entró en la habitación. No vestía su traje habitual de combate, sino una versión de cuero mucho más provocativa, diseñada para resaltar su figura de gimnasta, con un escote que dejaba poco a la imaginación y botas altas que acentuaban sus muslos.

—Parece que la fiesta ha empezado sin mí —dijo Barbara, caminando con una confianza que desafiaba la sombra de Batman que siempre la había perseguido.

—Barbara —dijo Clark, extendiendo una mano hacia ella—. Me alegra que hayas decidido unirte. Batman intentó enseñarte justicia, pero yo te enseñaré satisfacción.

—Bruce es demasiado rígido —respondió Barbara, acercándose al círculo de mujeres que rodeaba a Superman—. Siempre me pregunté qué se sentiría al dejar de ser una detective y empezar a ser una mujer. Una mujer usada por el hombre más poderoso del universo.

Superman miró a su alrededor. Diez de las mujeres más poderosas, hermosas y letales de la Tierra estaban allí, despojadas de su voluntad heroica, convertidas en recipientes de deseo por el hechizo de Circe y su propia naturaleza reprimida. La Atalaya ya no era una estación de vigilancia; era un harén espacial, un monumento a la lujuria de un dios caído.

—Escuchadme todas —declaró Clark, su voz resonando por los altavoces de toda la estación para que hasta los niveles inferiores supieran quién mandaba—. A partir de este momento, la justicia ha muerto. Solo existe mi voluntad. Seréis mis guerreras, mis embajadoras, pero sobre todo, seréis mis esclavas sexuales. Cada una de vosotras tendrá un turno. Cada una de vosotras aprenderá a amar el dolor y el placer que solo yo puedo dar.

Diana se puso de pie, pegando su cuerpo al de Clark. Sus pechos se aplastaron contra el escudo de la "S" de su pecho.

—Empieza conmigo, Clark —suplicó la amazona—. Demuéstrame que tu fuerza es superior a la de cualquier dios del Olimpo.

Superman la tomó por la cintura, levantándola como si no pesara nada. Miró a las demás, que observaban con envidia y deseo contenido.

—Zatanna, Dinah, Mari... llevad a las demás a mis aposentos privados. Preparad el lugar. Quiero que el ambiente sea digno de un rey. Hoy, la Liga de la Justicia se convierte en la Liga de la Sumisión.

—Como desees, mi amo —respondieron todas al unísono, una polifonía de voces femeninas cargadas de una lascivia que habría hecho temblar los cimientos de la civilización.

Mientras Clark se llevaba a Diana hacia su habitación privada, las demás heroínas empezaron a despojarse de las partes de sus trajes que les estorbaban. Canario Negro se deshizo de su chaqueta, dejando ver sus hombros perfectos; Vixen se desabrochó el cinturón, dejando que su traje se deslizara un poco más; Huntress acariciaba su propio cuerpo con una mirada perdida.

En el monitor central, un mapa de la Tierra seguía brillando, mostrando crímenes y desastres en curso. Pero a nadie en la Atalaya le importaba ya. Las salvadoras del mundo estaban demasiado ocupadas descubriendo lo bien que se sentía ser, en el fondo, unas putas al servicio de un dios.

Clark entró en su habitación con Diana. El lugar había sido redecorado por la magia de Zatanna en cuestión de segundos: sedas rojas, luces tenues y una cama de dimensiones colosales. Superman lanzó a la princesa sobre las sábanas.

—¿Estás lista para ser la primera, Diana? —preguntó Clark, desabrochándose la capa roja que tantas veces había volado en nombre de la libertad.

—He esperado siglos para que un hombre me reclamara así —respondió Diana, abriendo sus piernas y mostrando la perfección de su cuerpo amazónico—. Hazme tuya, Superman. Rompe a la princesa. Crea a tu esclava.

Afuera, en el pasillo, las demás heroínas esperaban su turno, escuchando los primeros gemidos que empezaban a escapar de la habitación. No había celos, solo una impaciencia febril. Sabían que, una tras otra, todas pasarían por esas manos, todas serían marcadas por el hombre que ahora era su dueño absoluto.

La Atalaya flotaba en el vacío, un faro de perversión en medio de las estrellas. El hechizo de Circe había sido solo el comienzo; la verdadera transformación estaba ocurriendo ahora, en la carne y en el alma de aquellas que alguna vez fueron llamadas heroínas. Y mientras Superman reclamaba a Wonder Woman, el resto de la Liga esperaba, con los cuerpos ardiendo y las mentes perdidas en la promesa de una servidumbre eterna.

—Esto es solo el principio —susurró Zatanna a las demás, mientras se acariciaba el busto—. Mañana, el mundo entero sabrá que sus diosas tienen un solo dueño. Y que nosotras... nosotras nunca hemos sido tan libres como ahora que somos sus putas.

Las risas y los suspiros de las heroínas llenaron el aire, mezclándose con el eco sordo de los impactos de placer que venían de la habitación del líder. La Liga de la Justicia había terminado. El reinado de la lujuria de Superman acababa de empezar.