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Tachero pet

Ecos en la pintura y el peso del secreto

El aire del Barclays Center a las siete de la mañana era gélido, un contraste brutal con el calor sofocante que Wilson todavía sentía en la boca del estómago. El sonido de sus zapatillas contra la madera pulida —*chirrido, chirrido, chirrido*— era lo único que llenaba el vacío del pabellón. Estaba sola, o eso creía, lanzando triples mecánicamente. Cada vez que el balón salía de sus manos, visualizaba la trayectoria, pero su mente traicionera volvía a las manos de Caitlin enredadas en su pelo, al sonido de su respiración quebrada sobre el banco de madera.

Wilson odiaba esa sensación. Se sentía como si hubiera roto una regla fundamental, no solo del baloncesto, sino de su propia existencia. Ella era la "chica de oro", la que no se distraía, la que no tenía "complicaciones". En su pequeño pueblo de Carolina del Sur, las chicas como las que veía en los desfiles del orgullo eran una abstracción, algo que se miraba desde lejos con una mezcla de incomprensión y un juicio silencioso. Ahora, ella era parte de ese "algo".

—Estás dejando el codo demasiado abierto en el lanzamiento.

La voz de Caitlin Clark cortó el silencio como un látigo. Wilson falló el tiro; el balón golpeó el aro y rodó hacia la banda. Se giró, tratando de que su rostro no revelara el torbellino de emociones que la golpeaba. Caitlin estaba allí, vestida con ropa de entrenamiento de la liga, el cabello recogido en una coleta tirante y una pizarra bajo el brazo. Parecía la imagen misma del profesionalismo, como si lo ocurrido la noche anterior hubiera sido una alucinación febril.

—Me he levantado un poco rígida —mintió Wilson, caminando para recoger el balón.

Caitlin se acercó, sus ojos azules escaneando a la joven prodigio con una intensidad que hizo que a Wilson se le apretara la garganta.

—La rigidez es para las amateurs, Watson. Una profesional sabe compartimentar. Lo que sucede fuera de la cancha se queda fuera. Lo que sucede en el vestuario... —Caitlin hizo una pausa deliberada, acortando la distancia hasta que Wilson pudo oler de nuevo ese perfume cítrico— se queda en el vestuario. Pero en esta pista, eres mía. Soy tu coach. ¿Está claro?

—Cristalino, Coach —respondió Wilson, apretando el balón con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

—Bien. Vamos a trabajar en el movimiento de pies. Stewart te va a presionar a toda cancha hoy si cree que tienes la cabeza en las nubes. Y no quiero que mi jugadora estrella parezca una novata asustada.

El entrenamiento fue un infierno. Caitlin no le dio ni un segundo de respiro. La obligó a realizar ejercicios de agilidad hasta que los pulmones de Wilson ardían y el sudor le cegaba los ojos. Cada vez que Wilson cometía un error mínimo, Caitlin estaba allí, gritando, corrigiendo, tocando su cintura para ajustar su postura o golpeando suavemente su brazo para que mantuviera la defensa alta. Cada contacto físico enviaba una descarga eléctrica por la columna de Wilson, una mezcla de deseo y un asco profundo hacia sí misma por desearlo.

—¡Concéntrate! —rugió Caitlin cuando Wilson perdió un pase sencillo—. ¿En qué demonios estás pensando?

Wilson explotó. Lanzó el balón contra el suelo con una fuerza que lo hizo rebotar hasta las gradas.

—¡Estoy pensando en que es imposible concentrarse cuando usted me toca cada cinco segundos! —gritó Wilson, su voz resonando en el pabellón vacío—. ¡Usted sabe lo que está haciendo! ¡Sabe que esto es... que esto no es normal!

Caitlin se quedó inmóvil. Cruzó los brazos sobre el pecho, manteniendo una calma exasperante.

—¿Qué no es normal, Wilson? ¿Que tu entrenadora te corrija? ¿O que no puedas manejar el hecho de que te atraigo?

—Yo no soy... yo no soy lesbiana —escupió Wilson, la palabra sonando como un insulto en su propia boca—. Esto es solo... una confusión. Usted es mayor, tiene poder, y yo... yo solo quiero ganar. Lo de anoche fue la adrenalina. Nada más.

Caitlin soltó una risa seca, carente de humor, y caminó hacia ella con pasos lentos y depredadores.

—La homofobia es un mecanismo de defensa muy aburrido, Watson. Te hace pequeña. Y tú naciste para ser grande. Si quieres convencerte de que fue la adrenalina, adelante. Pero anoche no parecías confundida cuando me tenías contra las taquillas. Parecías la mujer más segura de este edificio.

Wilson sintió que las lágrimas de frustración picaban en sus ojos. Odiaba que Caitlin tuviera razón. Odiaba que esta mujer, que le sacaba casi una década de experiencia y sabiduría, pudiera leerla como un libro abierto.

—Solo quiero jugar al baloncesto —susurró Wilson, bajando la cabeza.

—Entonces juega —dijo Caitlin, suavizando el tono pero sin perder la autoridad—. Pero no mientas. A mí no. Y sobre todo, no te mientas a ti misma. Si dejas que ese conflicto interno te coma, Stewart y su equipo te destruirán en el partido de esta noche. El baloncesto es un juego de confianza. Si dudas de quién eres, dudarás de tu tiro.

El resto del día fue un borrón de reuniones tácticas y sesiones de fisioterapia. Wilson evitó mirar a Caitlin a los ojos durante la charla técnica con el resto del equipo. Se sentía como una impostora. Veía a las otras jugadoras, algunas de ellas con sus parejas en las gradas, viviendo sus vidas con una naturalidad que ella envidiaba y temía a la vez. Para Wilson, admitir lo que sentía por Caitlin significaba destruir la imagen de la chica perfecta que su familia y su comunidad esperaban que fuera.

El partido de la noche contra el "Team Stewart" fue una guerra de desgaste. Breanna Stewart era una general en la cancha, y su equipo jugaba con una cohesión que el equipo de Caitlin aún no terminaba de alcanzar. Wilson estaba anotando, sí, pero su juego era errático. Se precipitaba en los tiros, forzaba entradas a canasta que terminaban en tapones y, lo peor de todo, no dejaba de mirar hacia la banda buscando la aprobación de Caitlin.

En el tercer cuarto, con el marcador diez puntos abajo, Caitlin pidió un tiempo muerto. No miró a nadie más que a Wilson.

—Watson, fuera —ordenó Caitlin.

—¿Qué? ¡No! Puedo arreglarlo —protestó Wilson, jadeando.

—He dicho que fuera. Siéntate.

Wilson se dejó caer en el banco, furiosa, cubriéndose la cabeza con una toalla. El ruido de la multitud era un zumbido distante. Sentía el peso del fracaso. Unos minutos después, sintió que alguien se sentaba a su lado.

—Mírame —dijo Caitlin. Wilson no se movió—. Wilson Watson, mírame ahora mismo.

Wilson bajó la toalla. Caitlin estaba ridículamente cerca, aprovechando que el resto de las cámaras estaban enfocadas en el juego.

—Estás jugando para demostrarme algo —susurró Caitlin—. Deja de jugar para mí. Deja de jugar contra lo que sientes. Acepta que tienes miedo y úsalo. Si quieres que el mundo te vea como la mejor, tienes que empezar por verte tú misma. No me importa con quién te acuestes o a quién desees, Wilson. Me importa que esa chica que me dominó en el vestuario vuelva a la pista. Esa chica no tenía miedo de nada.

Wilson la miró fijamente. El conflicto seguía allí, pero la chispa de la competitividad empezó a sofocar la vergüenza.

—Usted es una manipuladora —dijo Wilson con una sonrisa amarga.

—Soy una ganadora —corrigió Caitlin, levantándose—. Ahora, entra ahí y recupérame esos diez puntos.

Wilson regresó a la pista con una mentalidad diferente. Dejó de pensar en las etiquetas, en su pueblo, en lo que dirían sus padres si supieran que su entrenadora la hacía temblar de una forma que ningún novio de la secundaria había logrado jamás. Se centró en el contacto, en el sudor, en la fricción. Dominó la pintura con una ferocidad renovada, anotando doce puntos seguidos y capturando rebotes imposibles.

Cuando sonó el silbato final, el equipo de Caitlin se llevó la victoria por un solo punto. Wilson fue la heroína del encuentro. Mientras las cámaras la rodeaban para la entrevista post-partido, sus ojos buscaron a Caitlin. La entrenadora estaba al otro lado de la pista, hablando con Stewart, pero por un breve segundo, giró la cabeza y le dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible. Una señal de respeto. Una promesa.

Esa noche, Wilson no fue a la fiesta de celebración del hotel. Se quedó en su habitación, mirando el techo, esperando. No sabía exactamente qué esperaba, hasta que escuchó el golpe rítmico en su puerta.

Abrió y se encontró con Caitlin. Ya no llevaba el traje de coach, sino unos vaqueros ajustados y una sudadera negra. Parecía más joven, menos intocable, pero sus ojos seguían teniendo ese fuego que Wilson ya conocía.

—Has jugado bien, Watson —dijo Caitlin, entrando en la habitación sin esperar invitación.

Wilson cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

—¿Ha venido a darme otra charla motivacional, Coach?

Caitlin se acercó, deteniéndose a solo unos centímetros. El silencio en la habitación era denso, cargado de todo lo que no se habían dicho durante el día.

—He venido a ver si esa agresividad se mantiene fuera de la cancha —respondió Caitlin, su voz apenas un susurro.

Wilson sintió que la última pizca de resistencia se desmoronaba. La homofobia interna seguía allí, un eco molesto en el fondo de su mente, pero el hambre era más fuerte. Agarró a Caitlin por el cuello de la sudadera y la atrajo hacia sí, besándola con una desesperación que la dejó sin aliento.

Caitlin respondió con un gemido, empujando a Wilson hacia la cama. La diferencia de edad desapareció en el momento en que sus cuerpos se encontraron. Wilson, con su fuerza atlética, rodó hasta quedar encima de Caitlin, inmovilizando sus muñecas sobre la almohada.

—Dijo que en la pista yo era suya —dijo Wilson, su respiración golpeando la piel del cuello de Caitlin—. Pero aquí... aquí no hay árbitros, Caitlin.

—Entonces no te detengas —desafió Caitlin, arqueando el cuerpo bajo ella.

Wilson se deshizo de la sudadera de Caitlin con movimientos rápidos y expertos. Ver el cuerpo de la mujer que admiraba, ahora vulnerable y expuesto ante ella, le dio una sensación de poder embriagadora. Sus manos recorrieron las costillas de Caitlin, descendiendo hasta el borde de sus vaqueros. La piel de Caitlin estaba caliente, y cada vez que Wilson la tocaba, la entrenadora soltaba pequeños sonidos que alimentaban el fuego de la joven.

Wilson bajó por el cuerpo de Caitlin, dejando un rastro de besos ardientes sobre su abdomen. Se tomó su tiempo, disfrutando de la forma en que Caitlin se retorcía debajo de ella. Cuando finalmente llegó a su objetivo, Wilson usó sus dedos para abrir paso, encontrando a Caitlin ya húmeda y preparada.

—Wilson... oh, Dios —jadeó Caitlin, cerrando los ojos con fuerza mientras Wilson comenzaba a moverse dentro de ella con un ritmo implacable.

Wilson no era delicada. Era una atleta, y su forma de hacer el amor reflejaba su forma de jugar: intensa, física, buscando la máxima eficiencia. Sus dedos trabajaban con una precisión que hacía que Caitlin perdiera el sentido de dónde estaba. La entrenadora, siempre tan controlada, siempre con una respuesta para todo, ahora solo podía balbucear el nombre de Wilson mientras se acercaba al abismo.

—Mírame —exigió Wilson, recordando las palabras de Caitlin en el partido—. Quiero que veas quién te está haciendo esto.

Caitlin abrió los ojos, su mirada nublada por el placer, y encontró la de Wilson. En ese momento, la conexión fue más allá de lo físico. Fue un reconocimiento de dos almas competitivas, heridas y hambrientas que habían encontrado un refugio prohibido la una en la otra.

Cuando Caitlin llegó al clímax, gritó el nombre de Wilson contra la almohada, su cuerpo tensándose antes de relajarse por completo. Wilson se dejó caer a su lado, jadeando, el corazón martilleando contra sus costillas.

Se quedaron en silencio durante mucho tiempo, con las luces de la ciudad de Nueva York filtrándose por las cortinas de la habitación del hotel.

—Mañana es la final —susurró Caitlin finalmente, rompiendo el silencio. Su voz era suave, casi tierna, algo que Wilson nunca habría esperado de ella.

—Lo sé —respondió Wilson, sintiendo de nuevo esa punzada de duda—. ¿Qué va a pasar después de esto, Caitlin? Cuando el evento termine y usted vuelva a Indiana y yo a mi universidad...

Caitlin se giró hacia ella, apoyando la cabeza en su mano.

—Pasará lo que tú quieras que pase, Wilson. Puedes seguir escondiéndote, puedes seguir diciendo que esto es una confusión... o puedes aceptar que eres una de las mejores jugadoras que he visto en mi vida, y que también eres una mujer que sabe lo que quiere.

Wilson cerró los ojos. La idea de "salir" o de ser etiquetada todavía la aterrorizaba. El peso de las expectativas era una carga que no sabía si podía llevar.

—No es tan fácil para mí como lo es para usted —dijo Wilson en voz baja.

—Nada que valga la pena es fácil, Watson —Caitlin le acarició la mejilla, un gesto sorprendentemente dulce—. Pero te diré algo: en esa cancha, nadie puede tocarte. Y aquí, conmigo, tampoco. El resto del mundo... el resto del mundo solo importa si tú dejas que importe.

Wilson se acurrucó contra Caitlin, buscando su calor. Por primera vez en mucho tiempo, el ruido en su cabeza se calmó. Sabía que la homofobia interna no desaparecería de la noche a la mañana, que tendría que luchar contra sus propios demonios en cada entrenamiento y en cada cena familiar. Pero mientras sentía el brazo de Caitlin rodeándola, supo que había encontrado algo por lo que valía la pena luchar.

—Mañana —dijo Wilson con determinación—, vamos a ganar ese trofeo.

—Mañana —asintió Caitlin con una sonrisa—, vamos a demostrarles a todos de lo que somos capaces.

Wilson Watson se durmió con el sabor de Caitlin Clark en sus labios y la certeza de que, aunque el camino por delante fuera oscuro y lleno de obstáculos, ya no tenía que recorrerlo sola. El baloncesto le había dado una carrera, pero Caitlin le estaba dando algo mucho más peligroso y emocionante: la libertad de ser ella misma, incluso si esa libertad solo existía, por ahora, entre las sábanas de una habitación de hotel y las líneas de una cancha de baloncesto.