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Pinceladas de Celos y un Vals de Ámbar

El vestíbulo del Hotel Grand Pangolín estaba impregnado del aroma a barniz fresco y flores de azahar. Tras semanas de jornadas interminables, Judy Hopps dio el último toque con su pincel más fino a la esquina inferior derecha del mural. Retiró la cinta de carrocero con una lentitud casi ceremonial y dio tres pasos hacia atrás, bajando del andamio.

Frente a ella, la pared cobraba vida. No era solo una representación de Zootopia; era una explosión de texturas donde los rascacielos de la Plaza Sahara se fundían con las lianas del Distrito Forestal, todo unido por hilos de luz dorada que recordaban a los campos de trébol de su infancia. Pero lo más especial era el detalle oculto: entre la multitud pintada de la ciudad, dos pequeñas figuras, un zorro y una coneja, caminaban de la mano hacia un horizonte lleno de posibilidades.

Judy no pudo evitarlo. Soltó un pequeño chillido de emoción y comenzó a dar saltitos, con las orejas agitándose frenéticamente y una sonrisa que parecía iluminar el mármol del hotel.

A unos veinte metros de distancia, oculto tras una columna jónica, Nick Wilde observaba la escena. Su pata, apoyada en el frío mármol, tembló ligeramente. Verla así, tan genuina, tan orgullosa de su talento, le provocó un vuelco en el corazón que fue casi doloroso. El término "solo amigos" se sentía ahora como una camisa de fuerza, una etiqueta asfixiante que amenazaba con romperse bajo la presión de todo lo que sentía.

Judy se giró, buscando inconscientemente a la persona con la que más deseaba compartir ese momento, y sus ojos amatistas chocaron con los verdes de Nick. Su sonrisa se ensanchó aún más, si es que eso era posible.

—¡Nick! ¡Lo terminé! —exclamó ella, corriendo hacia él con la agilidad de una exhalación.

Antes de que Nick pudiera articular una de sus respuestas ingeniosas, Judy se lanzó sobre él, rodeando su cuello con un abrazo impetuoso. Nick se quedó petrificado un segundo, con los brazos suspendidos en el aire, antes de rendirse y rodear la cintura de la coneja. El aroma a pintura y a esa fragancia cítrica tan suya lo envolvió. Sintió cómo sus mejillas ardían bajo el pelaje naranja, un calor que subía desde su pecho.

Judy, de repente consciente de la intensidad del abrazo y de que el corazón de Nick martilleaba contra su pecho con una fuerza inusual, se separó con lentitud, sus mejillas teñidas de un rosa intenso.

—Yo... lo siento —balbuceó Judy, ajustándose el chaleco manchado de pintura—. Es la emoción del momento.

—No te disculpes, Zanahorias —dijo Nick, intentando recuperar su tono aterciopelado aunque su voz sonó un poco quebrada—. Es una obra maestra. Incluso has logrado que mi especie no parezca tan... sospechosa en ese mural.

Nick estaba a punto de dar un paso más hacia ella, de decir algo que cambiara el rumbo de la conversación, cuando su teléfono comenzó a vibrar con la insistencia de una alarma de incendios en su bolsillo. Maldijo internamente al ver el nombre de su socio principal en la pantalla.

—Tengo que atender —susurró Nick—. Es la junta de proveedores. No te muevas de aquí, volveré en diez minutos.

Se alejó unos pasos, ya con el teléfono en la oreja, pero su mirada seguía anclada en Judy. Fue entonces cuando lo vio.

Un ciervo alto, vestido con un traje de lino impecable y una corbata de seda, se acercó a Judy. Nick se detuvo, fingiendo que escuchaba a su socio, pero sus orejas se orientaron hacia atrás con precisión quirúrgica.

—Es simplemente sublime —dijo el ciervo, colocándose peligrosamente cerca de Judy para admirar el mural—. La técnica de la luz es... casi tan impresionante como la artista que la creó.

Judy parpadeó, algo sorprendida por el tono meloso del desconocido.

—Oh, muchas gracias. Es amable de su parte —respondió ella con educación, dando un pequeño paso hacia atrás para recuperar su espacio personal.

—Me llamo Alistair —continuó el ciervo, ignorando la distancia y bajando la voz—. Soy coleccionista. Me encantaría invitarla a cenar para discutir la posibilidad de adquirir algunas de sus piezas privadas. Un talento como el suyo no debería estar oculto en un vestíbulo de hotel.

Nick sintió que algo se encendía en su estómago, una llama fría y punzante: celos. No eran los celos infantiles de cuando alguien quería jugar con sus juguetes; era algo mucho más primitivo y posesivo. ¿Cómo se atrevía ese sujeto a invadir el espacio de Judy con ese tono condescendiente?

Sin terminar la llamada, Nick guardó el teléfono bruscamente y regresó hacia ellos con zancadas largas y decididas. Su rostro, habitualmente una máscara de indiferencia, mostraba una rigidez que Judy reconoció de inmediato.

—¡Judy! —exclamó Nick con una urgencia fingida, interponiéndose físicamente entre ella y el ciervo—. Siento interrumpir, pero ha surgido una emergencia con el contrato de los derechos de autor del mural. Tenemos que irnos a la oficina ahora mismo.

Judy lo miró, completamente confundida.

—¿Qué? Pero Nick, si ya firmamos todo la semana pasada...

—Nuevas cláusulas, Zanahorias. Ya sabes cómo son los abogados, son como tiburones, pero con menos escrúpulos —dijo Nick, tomándola suavemente pero con firmeza del brazo—. Caballero, un placer —añadió, dedicándole al ciervo una mirada tan gélida que Alistair dio un paso atrás involuntario.

Casi arrastró a Judy hacia la salida del hotel antes de que ella pudiera protestar. Una vez fuera, bajo el sol de la tarde, Nick se detuvo y soltó un suspiro pesado, soltando su brazo.

—Nick, ¿qué ha sido eso? —preguntó Judy, cruzándose de brazos—. Estaba siendo amable, y tú te has comportado como si... como si fueras mi guardaespaldas celoso.

Nick se tensó. El término "celoso" flotó en el aire como una acusación.

—No seas absurda —replicó él, ajustándose la corbata con nerviosismo—. Ese tipo tenía "estafador de arte" escrito en los cuernos. Solo protegía mi inversión. No quiero que mi artista estrella se distraiga con aficionados.

Judy lo observó en silencio. Conocía a Nick lo suficiente como para saber que esa era su mayor mentira del día. Sin embargo, una parte de ella sintió un cosquilleo de satisfacción. ¿Nick Wilde, el zorro más seguro de Zootopia, estaba perdiendo los papeles por un desconocido?

—Si tú lo dices... —murmuró ella, con una pequeña sonrisa jugando en sus labios.

—Tengo que ir a esa reunión de verdad ahora —dijo Nick, evitando su mirada—. Te veré en la gala de inauguración el viernes. No llegues tarde, Hopps.

Se fue a pasos rápidos, dejando a Judy con el corazón acelerado y la cabeza llena de preguntas.

***

El viernes por la noche, el Hotel Grand Pangolín se transformó en un palacio de cristal y luz. Los animales más influyentes de la ciudad desfilaban con sus mejores galas, pero para Nick Wilde, el mundo se había quedado en blanco y negro. Estaba de pie junto a una mesa de bebidas, sosteniendo una copa de champán que no pensaba beber, respondiendo con monosílabos a las felicitaciones de sus colegas.

Entonces, las puertas principales se abrieron.

Judy entró. No llevaba su habitual ropa manchada de pintura ni su uniforme de trabajo. Vestía un vestido de seda color amarillo ámbar, de corte sencillo pero elegante, que resaltaba el brillo de su pelaje gris y la profundidad de sus ojos amatistas. El vestido caía con delicadeza hasta sus tobillos, y llevaba el cabello recogido con un pequeño broche de plata en forma de hoja.

Nick sintió que el mundo se detenía. La copa de champán estuvo a punto de resbalar de sus dedos. Se veía... etérea. Se veía como el sueño que él no se atrevía a soñar despierto.

—Vaya —murmuró para sí mismo.

Judy lo vio entre la multitud y se acercó con paso seguro, aunque por dentro sus patas temblaban. Nick, con su traje negro de corte italiano y su camisa blanca impecable, parecía un príncipe de los cuentos que ella solía leer en Las Madrigueras.

—Hola, Nick —dijo ella, deteniéndose frente a él. Sus ojos recorrieron la figura del zorro con una admiración que no pudo ocultar—. Estás... muy apuesto. Ese traje te queda increíble.

Nick tragó saliva, intentando recuperar su ingenio, pero su mente estaba en blanco.

—Tú... tú pareces un amanecer, Judy. El amarillo te queda... —se detuvo, dándose cuenta de que estaba siendo demasiado honesto—. Te queda aceptable. Supongo.

Judy soltó una risita suave.

—Gracias, Nick. "Aceptable" es un gran cumplido viniendo de ti.

Antes de que Nick pudiera decir algo más, una leona elegante, la gerente general del hotel, se interpuso entre ellos.

—¡Señorita Hopps! Justo a quien buscaba. Venga conmigo, hay alguien muy importante que desea conocerla —dijo la gerente, llevándose a Judy casi por la fuerza hacia un grupo de críticos de arte.

Nick se quedó allí, sintiéndose como un tonto con una copa vacía. La vio alejarse, vio cómo hablaba con elocuencia, cómo su pasión por el arte cautivaba a todos los presentes. Se sentía orgulloso, pero también sentía que la distancia entre ellos se hacía más grande con cada elogio que ella recibía.

Pasó una hora. Nick observaba desde la distancia. Finalmente, vio cómo la gerente hablaba con Judy a solas cerca del mural. Judy escuchaba con los ojos muy abiertos, y de repente, una expresión de puro júbilo transformó su rostro. Asintió repetidamente, estrechando la pata de la leona con entusiasmo.

Cuando la gerente se retiró, Nick se acercó a ella.

—Parece que has recibido buenas noticias —dijo él, intentando sonar casual.

—¡Nick! No lo vas a creer —exclamó ella, tomándolo de las manos—. Me han ofrecido una pasantía y una residencia en la Galería de Arte Central. ¡Es la más famosa de Zootopia! Dicen que mi trabajo en el hotel ha sido la mejor carta de presentación que han visto en años.

Nick sintió un nudo en la garganta. Era lo que ella merecía.

—Felicidades, Zanahorias. Sabía que este lugar te quedaría pequeño pronto.

En ese momento, la orquesta del hotel comenzó a tocar una melodía suave, un vals lento que llenó el espacio con una nota de melancolía y romance. Nick miró la pista de baile, donde varias parejas ya se balanceaban bajo las luces de cristal.

—Judy —dijo él, extendiendo su pata con una formalidad que ella nunca le había visto—. No soy un gran bailarín, y probablemente pisaré tus pies un par de veces, pero... ¿me concederías esta pieza?

Judy lo miró sorprendida, pero su respuesta fue inmediata.

—Me encantaría, Nick.

Se dirigieron a la pista. Nick colocó una pata en su cintura y la otra tomó la de Judy. Al principio, se movieron con cierta rigidez, manteniendo esa distancia de seguridad que habían construido durante años. Pero a medida que la música los envolvía, la distancia se evaporó.

Judy apoyó su cabeza ligeramente en el hombro de Nick, y él la atrajo más hacia sí, ocultando su rostro en el hueco de su cuello. En ese espacio reducido, el mundo exterior desapareció. Ya no había empresarios, ni artistas, ni galas, ni pasantías. Solo estaban ellos dos, los niños de Las Madrigueras que se habían prometido encontrarse en el futuro.

—Nick —susurró ella, su voz apenas un aliento contra su oreja—. No quiero que sigamos fingiendo que esto es solo una amistad de la infancia.

Nick cerró los ojos, aspirando su aroma. El miedo al rechazo, el cinismo y la armadura de éxito que había construido se derrumbaron.

—Yo tampoco, Judy —confesó él en voz baja, su pata apretando suavemente su cintura—. He pasado años intentando llenar un vacío con dinero y prestigio, pero la verdad es que el vacío siempre tuvo tu forma.

Se separaron lo justo para mirarse a los ojos. En la mirada de Nick ya no había sarcasmo, solo una vulnerabilidad cruda y una devoción absoluta. Judy vio en él al zorro valiente que siempre supo que era, y Nick vio en ella el color que le faltaba a su vida.

—Te prometí que te encontraría en el futuro —dijo Nick, su rostro acercándose al de ella—. Pero lo que no sabía es que, una vez que te encontrara, nunca más querría dejarte ir.

—Entonces no lo hagas —respondió Judy, cerrando la distancia final.

En medio del salón lleno de gente, bajo el mural que contaba su historia, el zorro y la coneja sellaron su promesa con un beso que sabía a tréboles, a pintura y a un futuro que, por fin, estaban escribiendo juntos. El vals continuó sonando, pero para ellos, la música apenas comenzaba.