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Te odio, Dennis

El Sonido del Silencio y el Ruido de la Fiesta

El pasillo del instituto, escenario de su última explosión, parecía ahora un recuerdo lejano, casi irreal. Los días se arrastraron, pesados y extraños, cada uno marcado por un silencio no hablado, una distancia impuesta que, paradójicamente, los mantenía más conectados que nunca. Lyam y Dennis no se hablaban. No se miraban directamente. Pero se sentían. Se detectaban en el ecosistema del instituto como depredadores y presas, o quizás como imanes con polos opuestos, incapaces de escapar de la órbita del otro.

Dennis, con su aura de popularidad inquebrantable, notó la ausencia de Lyam en su periferia. No había comentarios sarcásticos que ignorar, ni miradas desafiantes que devolver. Era como si una parte de su rutina diaria, una parte irritante pero extrañamente esencial, hubiera desaparecido. Se sorprendía a sí mismo buscando el cabello pelirrojo en la biblioteca, o la mochila llena de pines en el comedor. Cuando lo encontraba, era siempre de lejos, y la visión de Lyam riendo con sus amigos, o inmerso en una conversación con uno de los profesores, provocaba una punzada inesperada en su pecho.

—¿Qué pasa, Dennis? ¿Por qué tan pensativo? —preguntó Kevin, uno de sus amigos del equipo de baloncesto, dándole un codazo.

Dennis se encogió de hombros, intentando disimular su interés. —Nada. Solo… el examen de historia. Una mierda.

Kevin resopló. —Tú siempre sacas matrícula, no te quejes. ¿Has visto a Lyam? Parece que ha estado pegado a la señorita Evans toda la semana. ¡Seguro que le está pidiendo puntos extra!

Dennis frunció el ceño. La señorita Evans era la profesora de literatura, joven y atractiva, y Lyam siempre parecía tener conversaciones profundas con ella después de clase. La imagen de Lyam, con su sonrisa ladeada y ese hoyuelo que solo aparecía cuando estaba realmente entretenido, charlando animadamente con la profesora, le revolvió el estómago. No era celos, se dijo. Era solo… fastidio. ¿Por qué Lyam tenía que ser tan bueno en todo lo académico? ¿Y por qué tenía que tener esa facilidad para conectar con la gente… cuando quería?

Mientras tanto, Lyam sentía la ausencia de Dennis como un alivio, y una molestia a partes iguales. Ya no tenía que afilar su ingenio cada mañana, preparándose para la inevitable provocación. El instituto era un poco más tranquilo, un poco más… aburrido. Echaba de menos la chispa de sus debates, la forma en que Dennis lo empujaba a pensar más rápido, a ser más agudo.

Lo veía a la distancia, rodeado de su séquito, riendo a carcajadas de alguna broma tonta. Lo veía coquetear con las chicas de su grupo, con esa sonrisa fácil y encantadora que lo hacía tan popular. Y cada vez que Dennis sonreía a alguien más, cada vez que su atención se dirigía a otra persona, Lyam sentía una punzada de algo que se negaba a reconocer. ¿Desinterés? ¿Alivio? No. Era algo más oscuro, más posesivo.

—¿Todo bien, Lyam? —preguntó Sarah, una de sus pocas amigas, con una mirada perspicaz. —Pareces… distraído.

Lyam se encogió de hombros, ajustando sus gafas. —Solo pensando en el proyecto de física cuántica. La teoría de las cuerdas me está volviendo loco.

Sarah sonrió, sabiendo que Lyam no le diría la verdad. —Claro, claro. ¿No será que estás pensando en cierta persona rubia que no para de mirarte disimuladamente?

Lyam sintió que la sangre le subía al rostro. —No digas tonterías, Sarah. Dennis es el último de mis problemas.

Pero Sarah solo levantó una ceja, con una sonrisa de "lo sé todo" en sus labios.

El clímax de esta tregua silenciosa llegó una semana después, en la fiesta de fin de semestre de Jessica, una de las chicas más populares del instituto. La casa de Jessica era enorme, con un jardín trasero iluminado con luces de hadas y una piscina que ya estaba llena de cuerpos borrachos y risas estridentes. La música retumbaba, el aire estaba cargado de sudor, alcohol y la promesa de una noche descontrolada.

Lyam había sido arrastrado a la fiesta por Sarah, bajo la promesa de que "necesitaba salir un poco de su cueva". Se sentía incómodo, con su camiseta de Joy Division y sus vaqueros desgastados, rodeado de gente que conocía a medias y que le resultaba, en su mayoría, superficial. Se había retirado a un rincón del jardín, observando la escena con una cerveza en la mano que apenas había tocado.

De repente, una sombra se cernió sobre él. Lyam levantó la vista, y su corazón dio un vuelco. Dennis. Estaba allí, con el cabello ligeramente revuelto, una sonrisa ladeada y los ojos más brillantes de lo normal. La camisa que llevaba, desabrochada hasta el tercer botón, revelaba un atisbo de su pecho, y Lyam sintió un nudo en el estómago. Dennis también tenía una cerveza en la mano, y por el brillo en sus ojos, Lyam supo que no era la primera.

—Mira, mira. El cerebrito ha salido de su cueva —dijo Dennis, su voz ligeramente arrastrada por el alcohol, pero aún con ese tono burlón que Lyam conocía tan bien.

Lyam sintió una mezcla de irritación y una extraña emoción. —Y tú, el rey de la fiesta, ¿te has dignado a venir a saludar a los plebeyos?

—No es saludo. Es… curiosidad. Pensé que te habías vuelto parte del mobiliario de la biblioteca. ¿O te has fugado con la señorita Evans? Te vi muy… acaramelado con ella.

El comentario le cayó a Lyam como un jarro de agua fría. Acaramelado. La palabra resonó en su cabeza, cargada de una acusación implícita que le hirvió la sangre.

—¿Y a ti qué te importa con quién hable? —espetó Lyam, su voz más fuerte de lo que pretendía, intentando ocultar la punzada de… ¿algo? que sentía. —Parece que no tienes suficiente atención con tu séquito de admiradoras. ¿O es que no te gusta que otros tengan una conversación inteligente?

Dennis se rió, una risa sin humor que le revolvió las entrañas a Lyam. —Inteligente. Claro. Hablar de Shakespeare con una profesora que te mira con ojos de cordero degollado. Eso es muy "inteligente", Lyam.

—Al menos no tengo que recurrir a la adulación barata y a las bromas prefabricadas para que la gente me preste atención. Tú, en cambio, pareces necesitar un público constante. ¿No puedes estar solo ni cinco minutos sin que alguien te rinda pleitesía?

La sonrisa de Dennis se desvaneció. Sus ojos azules se entrecerraron, y Lyam supo que había tocado una fibra sensible. El alcohol, sin duda, estaba amplificando sus emociones, pero las palabras eran reales, cargadas de años de resentimiento y una tensión no resuelta.

—¿Y tú qué sabes de mí, Lyam? ¿Crees que me conoces porque me ganas en los debates? ¿Crees que sabes lo que quiero?

—Sé que te encanta ser el centro de atención. Sé que te molesta que alguien te supere en algo. Y sé que no soportas que no te tenga miedo.

Dennis dio un paso hacia Lyam, acortando la distancia entre ellos. La música seguía retumbando, la gente seguía riendo y bailando, pero para ellos, el mundo se había reducido a ese pequeño espacio, a la tensión entre sus cuerpos.

—No me das miedo, Lyam. Me irritas. Me sacas de quicio. Eres un dolor en el culo.

—Y tú eres un idiota pretencioso que se cree el rey del mundo —replicó Lyam, su voz temblaba ligeramente, pero no por miedo. Era la adrenalina, la cercanía, la electricidad que siempre surgía entre ellos.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué sigues buscándome, entonces? ¿Por qué cada vez que te veo, tus ojos me persiguen?

Lyam se quedó sin aliento. La pregunta lo tomó por sorpresa, tan directa, tan cruda. Intentó reír, pero el sonido se ahogó en su garganta.

—No te busco. Te evito. Eres un imán para los problemas.

—Si me evitas, ¿por qué estás aquí, Lyam? ¿Por qué no te has ido a tu rincón a leer tus libros aburridos? ¿Por qué estás justo aquí, en la misma fiesta que yo?

La voz de Dennis era un susurro, pero un susurro cargado de una intensidad que Lyam no había escuchado antes. Era casi… un reclamo.

—Vine con Sarah —murmuró Lyam, intentando desviar la mirada, pero los ojos azules de Dennis lo tenían atrapado.

—Claro. Sarah. ¿O es que esperabas encontrarme? ¿Esperabas que volviéramos a… esto?

Dennis hizo un gesto con la cabeza, englobando la tensión palpable entre ellos, la cercanía, el desafío en sus miradas. Lyam sintió que el calor le subía al rostro.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí, Lyam. Sabes perfectamente de qué hablo. Esta… cosa entre nosotros. Esta mierda que nos hace pelear, que nos hace buscar la reacción del otro. ¿Por qué crees que es?

Lyam tragó saliva. La honestidad en la voz de Dennis, la vulnerabilidad que el alcohol parecía haber desenterrado, lo desarmó.

—Porque eres insufrible —dijo Lyam, intentando recuperar su sarcasmo habitual, pero el efecto fue débil.

Dennis sonrió, pero no era la sonrisa burlona de siempre. Era una sonrisa más compleja, una que Lyam no había visto antes.

—Y tú eres un sabelotodo arrogante que me saca de quicio. Pero… —Dennis dio otro paso, sus cuerpos ahora casi rozándose. Lyam podía sentir el calor del cuerpo de Dennis, el aroma a colonia y a alcohol, y algo más, algo embriagador que lo estaba volviendo loco. —Pero no puedo dejar de pensar en ti.

Las palabras de Dennis cayeron como una bomba en el pequeño espacio entre ellos. Lyam sintió que el mundo a su alrededor se desvanecía. La música, las risas, todo se volvió un eco distante. Solo existía Dennis, sus ojos azules fijos en los suyos, la honestidad cruda en su mirada.

—¿Qué dices? —preguntó Lyam, su voz apenas un susurro.

—Digo que me tienes jodido, Lyam —confesó Dennis, su voz más baja, más íntima. —Desde ese día en el pasillo, no he podido sacarte de mi cabeza. Tu agarre en mis muñecas, la forma en que me miraste…

Lyam sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las palabras de Dennis eran un eco de sus propios pensamientos, de la electricidad que había sentido ese día.

—Tú también me tienes jodido, Dennis —confesó Lyam, las palabras saliendo de sus labios antes de que pudiera detenerlas. La verdad, liberada por el alcohol y la tensión acumulada, era liberadora y aterradora a partes iguales.

Dennis sonrió, una sonrisa genuina esta vez, una que llegaba a sus ojos. —Lo sabía.

Y entonces, sin previo aviso, Dennis se inclinó. Lyam no tuvo tiempo de reaccionar, ni de pensarlo. Los labios de Dennis se encontraron con los suyos, un choque inesperado y electrizante. El beso era torpe al principio, cargado de alcohol y años de tensión no resuelta. Pero a medida que sus labios se movían, se volvió más profundo, más urgente, más… real.

Lyam sintió que sus rodillas flaqueaban. Sus manos, que habían estado apretadas a los costados, se levantaron instintivamente y se aferraron a la camisa de Dennis, arrugando la tela. El sabor del alcohol en los labios de Dennis, el aroma de su piel, el roce de su barba incipiente… todo era una sobrecarga sensorial que lo estaba volviendo loco.

Dennis gemía suavemente en el beso, su mano libre se deslizó por la nuca de Lyam, sus dedos se enredaron en el cabello pelirrojo, tirando suavemente. El contacto lo hizo jadear, y el beso se profundizó aún más, volviéndose más apasionado, más desesperado.

El mundo exterior dejó de existir. La música, las voces, las luces de hadas… todo se desvaneció en un segundo plano. Solo existían ellos, sus cuerpos pegados, sus labios unidos, sus respiraciones mezcladas. Era caótico, desordenado, pero innegablemente perfecto.

Cuando finalmente se separaron, sus labios estaban hinchados y sus respiraciones agitadas. Los ojos verdes de Lyam se encontraron con los azules de Dennis, y en ellos, Lyam vio una mezcla de sorpresa, deseo y una vulnerabilidad que nunca había esperado ver en el "rey del instituto".

—Vaya —murmuró Dennis, su voz ronca, una sonrisa tonta asomando en sus labios. —Eso… eso fue algo.

Lyam no pudo hacer más que asentir, todavía sin aliento, su corazón latiendo como un tambor en su pecho. Su mente era un torbellino de emociones, de preguntas sin respuesta. ¿Qué acababa de pasar? ¿Qué significaba esto?

Dennis se inclinó de nuevo, esta vez para apoyar su frente contra la de Lyam. El contacto era suave, íntimo, y Lyam cerró los ojos, saboreando el momento.

—Creo que esto es lo que querías, Lyam —susurró Dennis, su aliento cálido en los labios de Lyam. —Lo que queríamos los dos.

Lyam abrió los ojos y miró a Dennis. Había una verdad innegable en sus palabras, una verdad que había estado escondida bajo capas de sarcasmo, competencia y negación.

—Sí —dijo Lyam, su voz apenas audible. —Sí, creo que sí.

Y en medio del ruido y el caos de la fiesta, en ese pequeño rincón apartado del jardín, el silencio entre ellos era, por primera vez, un silencio de entendimiento, de promesa. Un silencio que lo decía todo.