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Thomas and friends la carta equivocada

Entre sábanas amarillas y deseos inesperados

La noche había caído sobre la isla de Sodor con un manto de silencio inusual. En la residencia de Tidmouth, el eco de las risas y el ajetreo diario había sido reemplazado por el suave zumbido del sistema de ventilación. Sin embargo, para Thomas, la paz era inexistente. Su habitación estaba sumergida en el caos; una fuga de agua en las tuberías superiores había obligado a una remodelación de emergencia, y el olor a pintura fresca y yeso húmedo hacía imposible pegar un ojo allí dentro.

Cansado, con el cabello más alborotado que de costumbre y vistiendo solo un pantalón corto azul y una camiseta blanca, Thomas se había rendido. No quería despertar a ninguno de sus compañeros, así que, tras recoger una manta delgada, se acomodó contra la pared del pasillo, justo frente a la hilera de habitaciones. El cansancio de una larga jornada en los rieles pudo más que la incomodidad del suelo alfombrado, y en pocos minutos, el joven conductor se sumió en un sueño profundo.

A unos metros de allí, la puerta de la habitación de las chicas se abrió con un leve chirrido. Rebecca, vestida con un camisón de seda amarillo que resaltaba su figura y su piel clara, salió de puntillas. Tenía la garganta seca y buscaba un poco de agua en la cocina común. Al dar un par de pasos, sus ojos se abrieron de par en par al notar la figura de Thomas durmiendo en el suelo.

—¿Thomas? —susurró para sí misma, con el corazón dándole un vuelco de ternura.

Se acercó lentamente, admirando cómo se veía bajo la luz tenue de las lámparas de emergencia. Parecía tan vulnerable, tan tranquilo. Sin pensarlo mucho, movida por ese torbellino de sentimientos que la carta había desatado en ella, Rebecca se arrodilló a su lado. Se inclinó y posó sus labios sobre los de él en un beso suave, casi etéreo.

Thomas sintió un cosquilleo cálido que lo arrancó de la inconsciencia. Al abrir los ojos, se encontró con el rostro de Rebecca a escasos centímetros del suyo. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que lo dejó sin aliento.

—¿Rebecca? —preguntó con la voz ronca por el sueño—. ¿Qué... qué haces?

—Te vi aquí solo —dijo ella, acariciándole la mejilla con una mano suave—. ¿Por qué duermes en el pasillo, mi Thomas?

—Mi habitación... están remodelando el techo por la fuga —explicó él, intentando incorporarse—. No quería molestar a nadie.

Rebecca no respondió con palabras. En su lugar, lo besó de nuevo, esta vez con una firmeza que Thomas no esperaba. Fue un beso más profundo, cargado de una urgencia que lo hizo despertar por completo. Ella lo tomó de las manos y lo ayudó a levantarse con una fuerza sorprendente para alguien tan aparentemente delicada.

—No vas a quedarte aquí —sentenció ella, guiándolo hacia su puerta—. Ven conmigo.

Thomas entró en la habitación de las chicas con el corazón latiendo en la garganta. El cuarto estaba dividido por una elegante mampara de madera. En la parte principal, Emily dormía profundamente, envuelta en sus sábanas verdes, ajena a todo. Rebecca, con un gesto de complicidad, llevó a Thomas hacia el fondo de la habitación, donde se encontraba su espacio personal, resguardado por cortinas pesadas.

—Puedes dormir conmigo —susurró Rebecca, cerrando la cortina tras de sí, creando un refugio privado iluminado solo por una pequeña lámpara de sal.

Antes de que Thomas pudiera procesar la invitación, Rebecca lo rodeó con sus brazos y lo atrajo hacia ella. Lo besó con una pasión renovada, y por primera vez, Thomas sintió la lengua de ella pidiendo paso, explorando con una timidez que pronto se convirtió en audacia. Él apenas pudo corresponderle, abrumado por la rapidez con la que la situación escalaba. Ella siempre había sido la chica dulce y torpe, pero en la intimidad de su cama, parecía una persona distinta.

Rebecca bajó sus besos hacia el cuello de Thomas. Sus labios eran calientes y, de repente, Thomas sintió un pequeño mordisco seguido de una succión firme.

—¡Ah! —ahogó un gemido Thomas, sintiendo cómo su piel se encendía—. Rebecca, espera...

—Eres tan lindo cuando te sonrojas —murmuró ella contra su piel—. He estado pensando en ti todo el día. En tu carta, en tus palabras... quiero mostrarte cuánto te quiero.

Thomas se quedó helado cuando sintió la mano de Rebecca bajar con decisión. No era la mano torpe que dejaba caer bandejas en el comedor; era una mano segura que se cerró sobre su pantalón, justo donde su cuerpo empezaba a reaccionar de forma inevitable ante la cercanía de la rubia. Ella empezó a mover la mano con un ritmo lento pero firme, provocando que Thomas soltara un suspiro entrecortado.

—Rebecca, yo no sabía que tú... —balbuceó él, con el rostro completamente rojo.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —respondió ella con una sonrisa traviesa que nunca le había visto antes.

Con una agilidad que lo dejó sin palabras, Rebecca le bajó el pantalón corto. Thomas quiso detenerla por un segundo, más por la sorpresa que por deseo real, pero ella fue más rápida. Metió la mano bajo el elástico de su bóxer y comenzó a masturbarlo con una intensidad que le nubló la vista. Mientras tanto, ella no dejaba de besarlo, devorando sus labios para silenciar cualquier protesta o gemido que pudiera despertar a Emily.

El placer era abrumador. Thomas sentía que perdía el control de sus propios sentidos. Rebecca se deslizó hacia abajo, arrodillándose frente a él en la cama. Sus ojos se encontraron por un instante; los de ella estaban cargados de un deseo puro y una devoción que, aunque nacida de un malentendido, era absolutamente real en ese momento.

Ella lo tomó con delicadeza pero con firmeza, y Thomas sintió el calor de su boca rodeándolo. Cerró los ojos con fuerza, agarrándose a las sábanas amarillas de la cama. En su mente, una pequeña voz le recordaba que todo esto era fruto de una carta equivocada, de un error que se le había escapado de las manos. Pero mientras Rebecca se entregaba a él con esa pasión desbordante, esa voz se hacía cada vez más débil.

El deseo fue mutuo y explosivo. Thomas, incapaz de contenerse por más tiempo ante las caricias y la entrega de Rebecca, la atrajo hacia sí. En la penumbra de la habitación, el conductor de la locomotora número uno se dejó llevar por el instinto. No hubo más dudas, no más pensamientos sobre Emily o sobre la carta. Solo existía el calor de Rebecca, su aroma a flores y la forma en que ella susurraba su nombre entre suspiros.

Se amaron con una urgencia que parecía querer recuperar todo el tiempo perdido. Thomas, impulsado por una energía que no sabía que poseía, correspondió a cada caricia, a cada beso, sintiendo que, a pesar del origen caótico de su relación, lo que estaba viviendo con ella era algo intensamente físico y emocional.

Cuando finalmente el silencio volvió a reinar tras la mampara, ambos quedaron tendidos uno al lado del otro, jadeando, con los cuerpos entrelazados bajo la colcha amarilla. Rebecca apoyó la cabeza en el pecho de Thomas, escuchando el latido acelerado de su corazón.

—Eso fue... —comenzó Thomas, todavía tratando de recuperar el aliento.

—Mágico —completó ella, dándole un beso suave en el hombro—. Sabía que eras especial, Thomas, pero esto... esto confirma que estamos hechos el uno para el otro.

Thomas la rodeó con el brazo, mirando hacia el techo. La culpa por el engaño de la carta seguía allí, escondida en un rincón de su alma, pero al sentir el calor de Rebecca y la paz que emanaba de ella tras su encuentro, se dio cuenta de algo. Tal vez no era la historia que había planeado escribir, pero era la historia que estaba viviendo. Y en esa habitación, mientras Emily dormía al otro lado y el resto de Sodor descansaba, Thomas empezó a aceptar que aquel error de la carta lo había llevado a un destino que, aunque inesperado, era asombrosamente dulce.

—Duerme, Thomas —susurró Rebecca, cerrando los ojos con una sonrisa de absoluta satisfacción—. Mañana tenemos mucho trabajo.

Thomas la besó en la frente y, por primera vez en toda la noche, cerró los ojos y se dejó llevar por un sueño tranquilo, sabiendo que, al despertar, el sol brillaría con la misma intensidad que la chica rubia que ahora descansaba en sus brazos.