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Truth

El Juego de las Sombras y el Terciopelo

El Asphalt Café estaba más concurrido que de costumbre, pero alrededor de la mesa donde se encontraban Beck, Jade y Adhara, parecía haberse formado una cúpula de silencio absoluto. La presión de sus manos entrelazadas sobre la madera desgastada era un ancla que los mantenía unidos mientras el resto del mundo seguía su curso caótico.

Adhara rompió el contacto visual primero, pero no por timidez, sino para observar cómo los dedos de Beck acariciaban el dorso de su mano con una parsimonia casi hipnótica. Sus dedos eran largos, cálidos, y contrastaban con la frialdad de la mano de Jade, que presionaba desde arriba con una firmeza que rozaba la posesión.

—Si seguimos así, la gente va a empezar a pensar que estamos invocando a un espíritu —comentó Adhara con una sonrisa juguetona, aunque no hizo el menor intento por retirar su mano.

—Tal vez lo estemos haciendo —respondió Jade, retirando su mano solo para cruzar los brazos sobre el pecho y recostarse en su silla—. Aunque el único espíritu que me interesa ahora mismo es el que te hace decir esas cosas tan... directas. ¿Siempre eres así o es que Hollywood Arts te ha dado un golpe de confianza en menos de dos horas?

Adhara soltó una risita y se acomodó en su asiento. Su figura, más curvilínea y suave que la de las chicas que solían rodear a Beck, se movía con una gracia natural que atraía las miradas masculinas y femeninas por igual.

—Soy introvertida, Jade. Me cuesta iniciar conversaciones triviales sobre el clima o los exámenes —explicó Adhara, entornando sus ojos pardos—. Pero cuando veo algo que me gusta, o algo que me intriga, mi filtro desaparece. Y ustedes dos... bueno, son difíciles de ignorar.

Beck, que había estado observando el intercambio con una mezcla de fascinación y deseo contenido, se inclinó hacia adelante. Su cabello cayó sobre sus ojos, dándole ese aspecto de rebelde sin causa que tanto irritaba y atraía a Jade.

—¿Y qué es exactamente lo que te intriga de nosotros? —preguntó Beck, bajando el tono de su voz—. ¿Es la forma en que Jade intenta asustar a todo el mundo, o es el hecho de que yo soy el único que no huye de ella?

Adhara lo miró fijamente, apreciando la mandíbula marcada y la mirada empática que, en ese momento, ardía con algo mucho más terrenal.

—Es la dinámica —respondió ella con sinceridad—. Ustedes parecen dos piezas de un rompecabezas que encajan a la perfección porque son opuestos. Pero también parecen... hambrientos. Como si estuvieran esperando que algo, o alguien, llegara para sacudirlos un poco.

Jade soltó una carcajada seca, pero sus ojos azules brillaron con una intensidad peligrosa.

—Cuidado, estrellita. Sacudirnos puede ser un deporte de riesgo. No querrás romperte antes de que termine la semana.

—No te preocupes por mí, Jade —replicó Adhara, y por un segundo, su mirada dejó de ser amorosa para volverse oscura, casi desafiante—. Soy mucho más resistente de lo que parezco. Y me gusta el riesgo. De hecho, escribí una canción sobre eso anoche.

—¿Ah, sí? —Beck arqueó una ceja—. ¿Y cómo dice?

Adhara se humedeció los labios, un gesto lento que capturó la atención de ambos.

—No se dice, Beck. Se siente. Quizás algún día se las cante. En un lugar más... privado.

La tensión sexual en la mesa se volvió casi asfixiante. Jade sintió un calor inusual subiendo por su cuello. No estaba acostumbrada a que alguien le devolviera los golpes psicológicos con tanta elegancia y suavidad. Normalmente, la gente se encogía ante su presencia, pero Adhara parecía florecer bajo su escrutinio.

—Sikowitz nos asignó un ejercicio de improvisación para mañana —dijo Jade de repente, cambiando de tema pero manteniendo la intensidad—. Quiere que trabajemos en grupos de tres. Escenas de "tensión no resuelta".

Beck sonrió de lado, entendiendo perfectamente hacia dónde iba su novia.

—¿Un grupo de tres? —repitió Beck, mirando a Adhara—. Creo que ya tenemos a nuestra tercera integrante. Si es que ella se atreve a subir al escenario con los dos "monstruos" de la clase de actuación.

Adhara se inclinó hacia ellos, apoyando los codos en la mesa. La cercanía permitió que Beck y Jade percibieran su perfume: una mezcla de vainilla dulce y algo un poco más especiado, como canela o sándalo.

—¿Me están retando? —preguntó Adhara en un susurro—. Porque si es así, acepto. Pero les advierto que no sé actuar a medias. Si vamos a crear tensión, va a ser real.

—Eso es exactamente lo que esperamos —sentenció Jade.

El resto de la tarde transcurrió como en un sueño febril. Los tres se movían por los pasillos de Hollywood Arts como una unidad extraña y magnética. Beck caminaba con su mano descansando casualmente en la parte baja de la espalda de Jade, pero a menudo sus dedos rozaban el brazo de Adhara cuando pasaban por lugares estrechos. Jade, por su parte, no dejaba de lanzar comentarios mordaces que Adhara transformaba en cumplidos velados o en bromas compartidas.

Al final del día, se encontraron en el estacionamiento, junto al camión de Beck. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y naranjas que hacían que el cabello negro de Jade pareciera aún más oscuro y que los ojos de Adhara brillaran como el ámbar.

—¿Vives lejos? —preguntó Beck, apoyándose contra la puerta de su vehículo.

—A unas calles de aquí —respondió Adhara, ajustando la correa de su mochila—. Me gusta caminar, me ayuda a pensar en nuevas melodías.

Jade se acercó a ella, invadiendo su espacio personal una vez más. Esta vez, no buscaba intimidarla, sino algo más profundo. Extendió la mano y acarició la mejilla de Adhara con el dorso de sus dedos. La piel de la chica era suave y cálida, un contraste perfecto con la frialdad de las manos de Jade.

—Mañana después de clase —dijo Jade, su voz era un mandato—. Vamos a ir a la casa de Beck para ensayar la escena de Sikowitz. No quiero errores.

Adhara asintió, sintiendo el corazón latir con fuerza contra sus costillas. La mirada de Jade bajó por un momento a sus labios antes de volver a sus ojos.

—Allí estaré —prometió Adhara.

—¿Necesitas que te llevemos? —ofreció Beck, su tono era suave, casi protector, pero sus ojos traicionaban sus intenciones.

—No, gracias, Beck. Necesito procesar todo lo que ha pasado hoy —respondió ella con una sonrisa coqueta—. Si me subo a ese camión con ustedes ahora mismo, no creo que llegue a mi casa a tiempo para cenar.

Beck soltó una risa ronca, una que vibró en el aire.

—Inteligente. Nos vemos mañana, Adhara.

La chica comenzó a alejarse, pero después de unos pasos, se giró y les lanzó un beso al aire con una picardía que los dejó inmóviles por un momento. Jade y Beck se quedaron observándola hasta que su pequeña figura desapareció tras la esquina del edificio.

—Te lo dije —murmuró Beck, rompiendo el silencio—. Iba a ser un semestre interesante.

Jade soltó un suspiro largo, apoyando la cabeza en el hombro de su novio.

—Es peligrosa, Beck. Es demasiado dulce, y eso me hace querer ver cuánto tarda en amargarme el día... o en hacerme perder la cabeza.

—¿Y qué dice tu instinto? —preguntó él, rodeándola con sus brazos.

Jade levantó la vista hacia él, con una sonrisa sádica y hermosa.

—Mi instinto dice que vamos a divertirnos mucho rompiendo su timidez. Y que tal vez, solo tal vez, ella termine rompiéndonos a nosotros.

Al día siguiente, la atmósfera en el salón de Sikowitz era eléctrica. Los estudiantes estaban sentados en semicírculo, observando las presentaciones de sus compañeros. Robbie y Rex habían intentado una escena de comedia que terminó en desastre, y Cat estaba en un rincón tratando de explicarle a Andre por qué su personaje necesitaba usar un sombrero de sandía.

—¡Suficiente! —gritó Sikowitz, lanzando un trozo de queso hacia el techo—. ¡Necesito algo con sustancia! ¡Algo que me haga sentir que mi alma se retuerce como un gusano en un anzuelo! ¡Beck, Jade... y nuestra nueva estrella, Adhara! Al escenario.

Los tres se levantaron al unísono. Adhara llevaba un vestido de terciopelo azul oscuro que se ajustaba a sus curvas, mientras que Jade vestía su habitual conjunto de cuero negro y Beck una camisa de franela desabrochada sobre una camiseta gris.

Se colocaron en el centro del escenario improvisado. El silencio en el aula fue inmediato. Incluso Sikowitz dejó de masticar su coco.

—La situación es la siguiente —dijo el profesor—. Están atrapados en un ascensor. El aire se acaba. Los secretos están a punto de estallar. Comiencen.

Beck se colocó en una esquina del espacio imaginario, fingiendo presionar los botones del ascensor con frustración. Jade se paseaba de un lado a otro como una leona enjaulada, mientras Adhara se mantenía en el centro, respirando agitadamente, con las manos entrelazadas.

—No va a abrirse, Jade —dijo Beck, su voz cargada de una tensión fingida que se sentía demasiado real—. Deja de caminar, estás consumiendo el oxígeno.

—¡No puedo quedarme quieta! —exclamó Jade, deteniéndose frente a él—. No con ella aquí. No después de lo que pasó.

Adhara levantó la vista, sus ojos estaban húmedos, una técnica de actuación impresionante para alguien que acababa de llegar. Se acercó a Jade, con pasos vacilantes.

—No fue mi culpa —susurró Adhara, su voz temblando ligeramente—. Tú estabas allí. Tú lo viste.

Jade la tomó por los hombros, atrayéndola hacia sí con una brusquedad que hizo que la clase contuviera el aliento.

—Lo vi todo, Adhara. Vi cómo lo mirabas. Y vi cómo él te devolvía la mirada —Jade giró la cabeza hacia Beck—. ¿No es cierto, Beck? ¿No es eso lo que querías? ¿Tenernos a las dos aquí, encerradas contigo?

Beck se acercó a ellas, cerrando el espacio. Su presencia parecía llenar el escenario. Puso una mano en la pared detrás de Jade y la otra detrás de Adhara, atrapándolas en su radio de acción.

—Tal vez —admitió Beck, su voz volviéndose un murmullo profundo—. Tal vez estoy harto de elegir. Tal vez el aire se está acabando y lo único que importa es lo que sentimos ahora mismo.

Adhara se inclinó hacia adelante, rozando su nariz con la de Beck, mientras sentía el cuerpo de Jade pegado al suyo por la espalda. El contacto era triple, un circuito de calor y deseo que trascendía la actuación.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó Adhara, mirando a Beck y luego, por encima de su hombro, a Jade—. El tiempo se agota.

Jade rodeó la cintura de Adhara con sus brazos, pegando su pecho a la espalda de la chica castaña. La diferencia de alturas hacía que Jade pudiera apoyar la barbilla en el hombro de Adhara, mirando directamente a Beck.

—No vamos a hacer nada —susurró Jade al oído de Adhara, aunque sus ojos estaban fijos en los de su novio—. Vamos a dejar que el fuego nos consuma a los tres.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Durante varios segundos, ninguno de los tres se movió. La tensión sexual era tan evidente que algunos estudiantes desviaron la mirada, sintiéndose como intrusos en un momento íntimo.

—¡Corten! —exclamó Sikowitz, poniéndose de pie y aplaudiendo con entusiasmo—. ¡Brillante! ¡Perturbador! ¡Casi me olvido de que no hay un ascensor real!

Los tres se separaron lentamente, como si les costara romper el vínculo físico que habían creado. Adhara estaba ligeramente sonrojada, su respiración aún era irregular. Beck pasó una mano por su cabello, tratando de recuperar la compostura, mientras Jade mantenía una sonrisa de suficiencia, aunque sus dedos temblaban imperceptiblemente.

—Eso fue... intenso —comentó Andre desde su asiento, rascándose la nuca.

—Fue arte —corrigió Jade, bajando del escenario sin apartar la vista de Adhara.

Al salir de la clase, el ambiente entre ellos no se había enfriado. Al contrario, el ejercicio de actuación había servido para validar lo que todos sentían pero nadie se atrevía a articular completamente.

—La oferta de ensayar en mi casa sigue en pie —dijo Beck mientras caminaban por el pasillo—. Aunque creo que ya tenemos la escena bastante dominada.

—Siempre se puede mejorar —replicó Adhara, recuperando su tono coqueto—. Hay matices que aún no hemos explorado.

Jade se detuvo frente a su casillero y se giró hacia ellos, apoyando una mano en la cadera.

—Matices, ¿eh? Me gusta cómo suena eso. Beck, ve a buscar el auto. Adhara y yo tenemos que pasar por la biblioteca a buscar unos guiones. Te vemos en diez minutos.

Beck asintió, dándole a Adhara una última mirada cargada de promesa antes de alejarse por el pasillo.

Cuando se quedaron solas, Jade cerró la distancia con Adhara, arrinconándola suavemente contra los casilleros metálicos. No había nadie cerca; el pasillo estaba desierto.

—Esa actuación en el escenario... —comenzó Jade, su voz era baja y peligrosa—. ¿Cuánto de eso fue real, Adhara?

Adhara no bajó la mirada. Se permitió sonreír, una sonrisa pequeña y honesta que iluminó sus ojos pardos.

—Todo, Jade. No sé mentir con el cuerpo.

Jade estiró la mano y tomó un mechón del cabello castaño de Adhara, enrollándolo en su dedo.

—Eres una pequeña molestia, ¿lo sabes? Has llegado aquí y has puesto todo patas arriba.

—A veces, las cosas necesitan estar patas arriba para verse mejor —respondió Adhara, inclinando la cabeza hacia el toque de Jade—. ¿Te molesta tanto?

Jade se acercó más, hasta que sus labios estuvieron a escasos milímetros de los de Adhara. Pudo oler la vainilla de su perfume y sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—Me molesta no tener el control total —confesó Jade—. Pero me gusta el desafío que representas. Y a Beck... a Beck le encantas. Lo veo en la forma en que te mira cuando cree que no me doy cuenta.

—Y a ti también te gusto, Jade —susurró Adhara, cerrando los ojos por un momento—. No trates de ocultarlo tras tu rudeza. Puedo sentir cómo te tiemblan las manos.

Jade soltó el mechón de cabello y retrocedió un paso, recuperando su máscara de frialdad, aunque sus ojos seguían ardiendo.

—No te acostumbres a esto, estrellita. Esto es solo el principio.

—Eso espero —dijo Adhara con una suavidad que desarmó a Jade por completo.

Caminaron juntas hacia la salida, donde el camión de Beck ya las esperaba. El trayecto hacia la casa de Beck fue silencioso, pero no era un silencio incómodo. Era la calma antes de la tormenta, el momento en que los tres sabían que estaban a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno.

Al llegar a la casa, Beck las guió hacia su remolque en el patio trasero. El espacio era acogedor, decorado con ese estilo bohemio y masculino que tanto lo representaba. Adhara entró primero, observando con curiosidad cada detalle: las fotos, los libros, la cama perfectamente tendida.

—Es muy... tú —comentó Adhara, sentándose en el borde del sofá pequeño.

Beck cerró la puerta y se apoyó contra ella, mientras Jade se sentaba al lado de Adhara, demasiado cerca para ser solo una amiga.

—Bueno —dijo Beck, rompiendo el silencio—, estamos aquí. ¿Qué matices quieres explorar primero, Adhara?

Adhara miró a Beck y luego a Jade. La timidez que la había definido al principio del día parecía haber desaparecido por completo, reemplazada por una determinación que los dejó a ambos sin aliento.

—Quiero saber —empezó Adhara, su voz firme pero aterciopelada—, qué pasa cuando la estrella deja de esconderse en la oscuridad y decide quemarse con ella.

Jade sonrió, una sonrisa que no tenía nada de sádica y mucho de expectante. Extendió la mano y tomó la de Beck, atrayéndolo hacia el sofá. El círculo se cerró de nuevo, pero esta vez no había mesas de madera ni salones de clase que los separaran. Solo estaban ellos tres, la música suave que empezaba a sonar de fondo y una tensión que finalmente, estaba a punto de resolverse.

—Entonces, Adhara —dijo Beck, inclinándose hacia ella—, prepárate para arder.