Tu caballero
El Filo de la Esperanza
El galope de su yegua, una veloz alazana llamada Veloz, rítmico y frenético, competía con el estruendo de los truenos que sacudían el cielo sobre las Praderas. La lluvia golpeaba el rostro de Judy como agujas de cristal, pero ella no parpadeaba. El peso de la espada contra su muslo era un recordatorio constante de que ya no era la pieza de ajedrez de su padre. En la oscuridad de la noche, el bosque de los Tréboles parecía un laberinto de garras negras, pero Judy conocía el camino hacia el Paso del Colmillo. Lo había estudiado en los mapas de la biblioteca real mientras soñaba con aventuras que Nick, en sus tardes de entrenamiento, juraba que algún día vivirían juntos.
—Resiste, Nick —susurró entre dientes, apretando las riendas—. No te atrevas a romper tu promesa ahora.
A medida que ascendía hacia las tierras altas, el terreno se volvía traicionero. El barro amenazaba con engullir las patas de su montura y el viento aullaba entre los desfiladeros como un espíritu enfurecido. Judy sabía que estaba siendo perseguida; su padre no dejaría que la heredera al trono desapareciera en la tormenta sin enviar a sus mejores rastreadores tras ella. Pero ella tenía una ventaja: la desesperación. Y una coneja desesperada, como Nick solía decirle con una sonrisa de medio lado, era más peligrosa que un lobo hambriento.
Tras horas de cabalgata agotadora, el terreno se niveló en una cornisa estrecha que conducía al Paso del Colmillo. Allí, el desastre era evidente. Grandes rocas bloqueaban el sendero principal, producto de un derrumbe reciente. El aire olía a ozono, tierra mojada y algo que hizo que a Judy se le helara la sangre: el acre aroma del humo y el acero quemado.
Desmontó con agilidad y se acercó a los restos de una hoguera improvisada, ahora extinguida por la lluvia. Había huellas de lucha por todas partes. Escudos con el emblema de las Praderas yacían partidos por la mitad, y la nieve sucia de las cumbres estaba manchada de un rojo oscuro que la lluvia no lograba lavar del todo.
—¡Nick! —gritó con todas sus fuerzas, pero su voz fue devorada por el viento.
Se adentró en una pequeña grieta entre las rocas, un sendero secundario que los mercenarios habrían usado para la emboscada. Su entrenamiento, aquel que Nick le había impartido entre risas y correcciones severas, tomó el mando. Se agachó, observando la disposición de los cuerpos de dos mercenarios —lobos de aspecto rudo vestidos con cueros negros—. Ambos habían caído por estocadas precisas en los puntos débiles de sus armaduras.
—Ese es mi zorro —murmuró, sintiendo una chispa de esperanza. Nick seguía vivo cuando esto ocurrió.
Siguió el rastro de sangre y ramas rotas hasta una cueva oculta tras una cortina de agua helada. Al entrar, el silencio fue absoluto, roto solo por el goteo constante del techo de piedra. Judy desenvainó su espada. El metal vibró levemente en su mano.
—¿Quién anda ahí? —Una voz débil, cargada de dolor pero aún impregnada de ese sarcasmo defensivo tan característico, emergió de las sombras del fondo.
—¿Sir Wilde? —Judy se adelantó, dejando caer su capa empapada—. Si vas a intentar apuñalarme, espero que sea con un cumplido primero.
Una figura se removió en la oscuridad. Nick estaba sentado contra la pared de la cueva, su armadura de caballero real estaba abollada y sucia, y su pelaje rojizo, normalmente impecable, estaba pegajoso por la sangre que manaba de una herida en su costado. A pesar de todo, cuando la luz de la luna filtrada iluminó el rostro de Judy, los ojos verdes del zorro brillaron con una mezcla de alivio y puro horror.
—Zanahorias... —Nick tosió, llevándose una mano a la herida—. Dime que eres una alucinación producto de la pérdida de sangre. Por favor, dime que no eres tan tonta como para haber venido aquí sola.
—Soy exactamente así de tonta —respondió Judy, arrodillándose a su lado y rompiendo un trozo de su túnica interior para improvisar un vendaje—. Y tú eres un mentiroso. Dijiste que volverías antes de que Gedeón llegara.
—Me entretuve con unos amigos que no aceptaban un "no" por respuesta —Nick soltó un quejido cuando Judy presionó la herida—. Cuidado, princesa. Ese es el material con el que se ganan las guerras, no me lo saques todo de golpe.
—Cállate, Nick —ordenó ella, aunque sus manos temblaban—. Tenemos que salir de aquí. Los mercenarios podrían volver, y mi padre ha enviado guardias tras de mí.
—No pueden volver —dijo Nick, cerrando los ojos por un momento—. Los que no están muertos están huyendo hacia el norte. Pero el paso está cerrado, Judy. Estamos atrapados entre la montaña y el ejército de tu padre.
—Entonces buscaremos otra salida —sentenció ella, ayudándolo a ponerse de pie. Nick era mucho más pesado de lo que parecía, especialmente con la armadura, pero Judy se mantuvo firme, dejando que él se apoyara en su hombro—. No voy a dejar que te pudras en esta cueva mientras Gedeón se prueba mi corona.
—Gedeón... —Nick escupió el nombre con desprecio—. ¿Cómo es? ¿Tan insufrible como imaginábamos?
—Peor —respondió Judy mientras lo guiaba hacia la salida—. Habla de minas de hierro y de "modernizar" el reino como si estuviéramos en venta. Y mi padre le sonríe como si fuera el salvador de las Praderas.
Caminaron con dificultad bajo la lluvia menguante. La tormenta estaba pasando, dejando tras de sí un cielo gris plomizo. Nick se detenía cada pocos pasos, respirando con dificultad.
—Judy, escucha —dijo él, deteniéndose junto a un gran saliente de roca que dominaba el valle—. No vas a poder llevarme de vuelta al castillo sin que nos vean. Si los guardias de tu padre me encuentran contigo en este estado... dirán que te secuestré. Dirán que soy un traidor que te llevó a la fuerza para evitar tu boda.
—No me importa lo que digan —replicó ella con firmeza.
—A mí sí —insistió Nick, tomándola por el mentón con su mano libre, obligándola a mirarlo—. No dejaré que arruines tu vida por un caballero que solo sabe meterse en líos. Vuelve al castillo. Di que me encontraste muerto. Di que fuiste una heroína que escapó de los mercenarios.
—¿Y dejar que te ejecuten si te encuentran? ¿O que mueras aquí de frío? —Judy sintió que las lágrimas se mezclaban con el agua de lluvia—. No, Nick. No voy a jugar más a la princesa perfecta. Si el precio de estar contigo es renunciar a ese trono de mármol frío, lo pagaré con gusto.
Nick guardó silencio, conmovido por la ferocidad en los ojos violetas de la coneja. Antes de que pudiera responder, el sonido de cuernos de caza resonó en el valle inferior. Luces de antorchas comenzaron a serpentear por el camino bloqueado.
—Son ellos —susurró Nick—. Y no vienen solos.
A través de la bruma, Judy distinguió no solo el estandarte de los Hopps, sino también el blasón de las Tierras Altas: un zorro rampante sobre un campo de gules. Gedeón se había unido a la búsqueda.
—Ese tipo no pierde el tiempo —gruñó Nick, desenvainando su espada con esfuerzo—. Quiere quedar como el rescatador de la princesa. Qué cliché tan espantoso.
—No si yo llego primero —dijo Judy.
En lugar de esconderse, Judy ayudó a Nick a sentarse sobre una roca prominente, a la vista del sendero. Se colocó frente a él, con su espada desenvainada y la capa ondeando al viento. Cuando la vanguardia de los caballeros, liderada por el Rey Stu y el Príncipe Gedeón, alcanzó la cornisa, se toparon con una visión que los dejó helados.
La princesa del reino, cubierta de barro y sangre, protegía a un caballero herido, desafiando a todo un ejército con la mirada.
—¡Judy! —gritó el Rey Stu, desmontando a toda prisa—. ¡Hija, gracias al cielo! ¡Aparta de ese zorro, los guardias dicen que él te incitó a huir!
—¡Mienten! —La voz de Judy sonó como un latigazo—. Sir Wilde se quedó atrás para salvar a sus hombres de una emboscada que, curiosamente, ocurrió en una ruta que solo tú y tu consejo conocían, Padre.
El Rey Stu se detuvo en seco, su rostro palideciendo. A su lado, Gedeón estrechó los ojos, su sonrisa de suficiencia desapareciendo por completo.
—Princesa, estáis confundida por el trauma —intervino Gedeón, dando un paso adelante con su caballo—. Ese caballero ha fallado en su deber. Dejad que mis hombres se encarguen de él y volvamos a la calidez del hogar.
—Si un solo hombre de tu guardia se acerca a Sir Wilde —dijo Judy, levantando su espada hacia el cuello del caballo de Gedeón—, descubrirás que las clases de esgrima de las Praderas son mucho más efectivas que las de las Tierras Altas.
—¡Judy, basta! —exclamó Bonnie, que acababa de llegar a la escena—. Estás cometiendo una locura.
—No, Madre. Por primera vez en mi vida, estoy siendo cuerda —respondió Judy, sin bajar el arma—. He visto cómo este "noble" príncipe miraba nuestras tierras como si fueran un botín de guerra. He visto cómo mi padre enviaba a su mejor hombre a una muerte segura solo para despejar el camino de un contrato matrimonial.
—Eso es una acusación muy grave, hija —dijo Stu con voz temblorosa.
—La verdad suele serlo —intervino Nick, logrando ponerse de pie con una dignidad asombrosa a pesar de sus heridas—. Majestad, los mercenarios que nos atacaron no eran lobos solitarios. Llevaban monedas de las Tierras Altas en sus bolsas. Parece que vuestro nuevo aliado quería asegurarse de que no hubiera voces disidentes en vuestro consejo.
Un murmullo de asombro recorrió a los soldados de las Praderas. Los caballeros que habían servido bajo el mando de Nick comenzaron a mirarse entre sí, sus manos bajando de las empuñaduras de sus armas.
Gedeón soltó una carcajada nerviosa.
—¿Vais a creer las palabras de un zorro moribundo y una coneja histérica? Rey Stu, terminemos con esto.
—¡Silencio! —rugió Stu. El rey miró a su hija, luego a Nick, y finalmente a Gedeón. El peso de sus decisiones parecía haber envejecido su rostro diez años en un segundo—. Gedeón, si lo que Sir Wilde dice es cierto...
—¿Dudáis de mi palabra? —Gedeón se puso tenso—. Mi ejército está a las puertas de vuestro reino.
—Entonces es una invasión, no una alianza —concluyó Judy—. Padre, elige. ¿Quieres un reino bajo el yugo de un traidor, o quieres a tu hija?
El silencio que siguió fue solo roto por el viento. Stu Hopps miró a su esposa, quien asintió con lágrimas en los ojos. El rey desenvainó su propia espada, pero no apuntó a Nick. La dirigió hacia el Príncipe Gedeón.
—Príncipe de las Tierras Altas —declaró Stu con voz firme—, vuestra presencia ya no es requerida en mis dominios. Retiraos con vuestros hombres antes de que decida que la hospitalidad ha terminado.
Gedeón apretó los dientes, su rostro transformándose en una máscara de odio puro.
—Esto no acabará así. Las Praderas se arrepentirán de este insulto.
—Que así sea —respondió Judy—. Pero hoy no.
Con un gesto de desprecio, Gedeón hizo girar a su caballo y ordenó la retirada. Sus hombres, viendo que la ventaja numérica y política se había esfumado, lo siguieron rápidamente hacia la oscuridad del norte.
Cuando el último de los jinetes de las Tierras Altas desapareció, Judy dejó caer su espada. El sonido del metal contra la piedra marcó el fin de su vida como una princesa obediente. Se giró hacia Nick, quien apenas lograba mantenerse consciente.
—Lo logramos, Zanahorias —susurró él, antes de que sus piernas finalmente cedieran.
Judy lo atrapó antes de que golpeara el suelo. El Rey Stu se acercó lentamente, seguido por los médicos de la corte.
—Hija... yo... —empezó el rey, pero Judy lo interrumpió con una mirada fría.
—Ahora no, Padre. Ayúdame a salvarlo. Luego hablaremos de lo que significa ser un soberano justo.
El regreso al castillo fue muy diferente a la partida. Nick fue llevado en una litera, escoltado por los caballeros que ahora lo miraban con un respeto renovado, no solo como su líder, sino como el hombre que la princesa había elegido proteger por encima de su propia corona.
Semanas después, el sol volvía a brillar sobre los jardines del palacio. Nick estaba sentado en un banco de piedra, con una venda todavía bajo su túnica pero con el color regresando a sus mejillas. Judy estaba sentada a su lado, con los pies colgando y una manzana en la mano.
—Así que... —dijo Nick, dándole un mordisco a la fruta que ella le ofreció—. Ahora que no hay príncipes a la vista y tu padre me pide consejo sobre la defensa de la frontera, ¿qué sigue para nosotros?
—Bueno —Judy se apoyó en su hombro, mirando hacia el horizonte donde las Praderas se encontraban con el cielo—. He oído que hay problemas en las ciudades del sur. Bandidos, injusticias... cosas que una princesa y su caballero real podrían solucionar si decidieran tomarse unas "vacaciones" prolongadas.
Nick sonrió, esa sonrisa astuta y genuina que solo ella conocía.
—¿Una princesa guerrera y un caballero renegado recorriendo el mundo? —Nick la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia sí—. Suena como una historia muy mal escrita, Zanahorias.
—Es nuestra historia, Nick —respondió ella, besándolo suavemente—. Y apenas está empezando.
En el balcón del palacio, el Rey Stu y la Reina Bonnie observaban a la pareja. Ya no hablaban de alianzas ni de rutas comerciales. Por primera vez en mucho tiempo, el reino de las Praderas no se sentía como una fortaleza que proteger, sino como un hogar que finalmente, gracias a la terquedad de una coneja y la valentía de un zorro, conocía el verdadero significado de la lealtad.