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Tu fotografía

Pulsaciones bajo el encaje

El estudio fotográfico estaba impregnado del aroma dulzón de los lirios frescos y el vapor de las planchas industriales. Judy Hopps permanecía inmóvil sobre el pedestal circular, una visión de encaje blanco y bordados de flores silvestres que parecían cobrar vida sobre su piel. Era la pieza central de la colección de primavera de *Le Lapin*, la firma más prestigiosa de Zootopia, pero su mente no estaba en los detalles del vestido ni en las instrucciones del director artístico que gritaba entusiasmado desde el otro lado del set.

—¡Espléndido, Judy! ¡Dame más melancolía, más anhelo! —exclamaba el fotógrafo sustituto, un leopardo llamado Fabien que, aunque técnico, carecía de la chispa que ella buscaba desesperadamente en cada destello del flash.

Judy inclinó la cabeza, permitiendo que un mechón de pelo gris cayera sobre su ojo, pero en su interior, el anhelo no era una pose. Era una punzada real. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba a aquel balcón del Grand Hotel. Podía sentir la calidez del pulgar de Nick Wilde rozando su pómulo, el aroma a madera de sándalo invadiendo sus sentidos y esa tensión eléctrica que había dejado sus labios vibrando de una necesidad no satisfecha.

Nick se había ido de la ciudad apenas veinticuatro horas después de la fiesta. Un encargo de último minuto en las selvas del Distrito Forestal para un documental de naturaleza lo había alejado de ella físicamente, pero su presencia era una constante en el pecho de Judy. Se preguntaba si él también sentía ese vacío, si su cinismo profesional lo protegía de la ausencia de ella, o si, por el contrario, estaba tan obsesionado con ese "casi" como lo estaba ella.

—Terminamos por hoy, *ma chérie* —dijo Fabien, bajando su cámara—. Has estado... en otro mundo. Pero el resultado es poético.

Judy bajó del pedestal con cuidado de no pisar el delicado encaje.

—Gracias, Fabien. Solo estoy un poco cansada.

—El amor o el agotamiento, ambos se ven igual de bien a través de un lente de cincuenta milímetros —bromeó el leopardo antes de alejarse.

Judy se cambió en silencio, quitándose las capas de seda y el maquillaje pesado. Cuando finalmente salió del edificio, el aire fresco de la tarde en la Savannah Central la recibió como un bálsamo. Condujo hasta su apartamento, un ático moderno pero minimalista que a menudo le parecía demasiado grande para una sola persona.

Al abrir la puerta, se detuvo en seco.

Sobre la mesa del comedor no había los habituales ramos de rosas rojas de tallo largo enviados por pretendientes que buscaban un trofeo, ni cajas de bombones bañados en oro de empresarios aburridos. Había un arreglo floral sencillo, casi rústico: margaritas, lavanda y pequeñas flores de zanahoria, dispuestas en un jarrón de cerámica hecho a mano. Al lado, una pequeña caja de cartón de su pastelería favorita en las afueras, la que hacía los pasteles de arándanos que ella solía mencionar en sus entrevistas como su "placer culposo".

Judy se acercó lentamente, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. Tomó la pequeña tarjeta que descansaba entre las flores. La caligrafía era elegante pero con trazos firmes y algo descuidados, inconfundiblemente la de un zorro que prefería la acción a la estética.

"Para la coneja que odia las víboras y ama lo real. Me dijeron que esto es mejor que el champán del hotel. Te veo en el evento de mañana. No te acostumbres a mi lado romántico, zanahorias; es malo para mi reputación. —N."

Judy apretó la nota contra su pecho, dejando escapar un suspiro que terminó en una sonrisa radiante. El regalo era acogedor, era personal. Nick no estaba tratando de comprar su tiempo; estaba demostrando que la escuchaba. Que, en medio de todo el ruido, él realmente sabía quién era ella.

Esa noche, mientras comía el pastel de arándanos sentada en su balcón, mirando las luces de la ciudad, Judy sintió que el fuego que Nick había encendido en ella solo crecía. Sus ojos verdes parecían observarla desde las sombras de la noche, y su aura masculina, esa mezcla de seguridad cínica y ternura oculta, la hacía temblar de una manera que ninguna pasarela del mundo podría igualar.

El día siguiente llegó con una mezcla de ansiedad y euforia. El evento era una gala benéfica en el Museo de Historia Natural de Zootopia, un lugar de techos altísimos y ecos antiguos. Judy llegó vistiendo un traje de noche de color amatista que hacía juego con sus ojos, con la espalda descubierta y una caída que acentuaba cada una de sus curvas.

Nada más entrar al gran salón, lo buscó. No tuvo que esforzarse mucho. Nick Wilde estaba allí, en la plataforma de prensa, con su cámara Canon colgada al hombro con una negligencia estudiada. Cuando sus miradas se cruzaron a través de la multitud, el tiempo pareció detenerse.

Nick no sonrió de inmediato. Simplemente la miró de arriba abajo, y Judy sintió como si su mirada fuera un roce físico sobre su piel desnuda. Él bajó la cámara, ignorando por completo a la actriz de renombre que posaba frente a él, y le dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible.

La gala transcurrió como un borrón de conversaciones triviales y saludos protocolares. Judy cumplía con sus deberes, pero sus pies la llevaban inconscientemente hacia donde él estaba. Finalmente, durante un intermedio en el que la mayoría de los invitados se dirigieron al área del buffet, Judy se encontró en un pasillo lateral, rodeada de fósiles de mamuts y sombras alargadas.

—Ese color debería estar prohibido, zanahorias —dijo una voz arrastrada y profunda detrás de ella.

Judy se giró, con el corazón martilleando contra sus costillas. Nick estaba apoyado contra la vitrina de un tigre dientes de sable, con las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir. Se veía impecable, aunque su corbata estaba ligeramente aflojada.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué es eso, señor Wilde? —preguntó ella, tratando de mantener la compostura a pesar de que sentía que se derretía bajo su escrutinio.

—Porque distrae al personal —dijo Nick, dando un paso hacia ella—. He arruinado tres carretes intentando enfocar a otros sujetos mientras tú estabas en mi campo de visión. Eres un riesgo laboral.

Judy rió suavemente, acortando la distancia entre ellos.

—Gracias por las flores, Nick. Y por el pastel. Fue... lo más real que me ha pasado en semanas.

Nick se detuvo a solo unos centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era embriagador.

—Me alegra que te gustara. Las selvas son aburridas cuando no tienes a nadie a quien molestar con apodos vegetales.

Se quedaron en silencio, pero no era el silencio cómodo del estudio. Era un silencio cargado de deseo, de semanas de pensamientos acumulados y de una pasión que empezaba a quemarlos por dentro. El aire entre ellos parecía vibrar, saturado de una tensión tan espesa que Judy sentía que podía tocarla. Nick extendió una pata y, esta vez, no se detuvo en su mejilla. Sus dedos se deslizaron por la línea de su cuello, rozando la piel sensible detrás de su oreja.

Judy soltó un jadeo ahogado, cerrando los ojos. El contacto era fuego puro. Nick se inclinó, su boca a milímetros de la de ella, y por un segundo, el mundo exterior dejó de existir.

—Judy, Nick, ¡aquí están!

La voz estridente de una de las organizadoras de la gala rompió el momento como un cristal estallando. Judy se apartó de un salto, alisándose el vestido con manos temblorosas, mientras Nick recuperaba su máscara de indiferencia con una velocidad asombrosa, aunque sus ojos verdes seguían encendidos con una promesa peligrosa.

—Los buscan para la foto de grupo con los patrocinadores —dijo la hembra de leopardo, ajena a la atmósfera que acababa de interrumpir—. ¡Rápido, rápido!

Judy miró a Nick. Estaba apenada, pero también había una chispa de travesura en su mirada. No iba a permitir que el "mundo real" les robara la noche otra vez.

—Tengo que ir a esa foto —susurró ella, acercándose lo suficiente para que solo él la oyera—. Pero esta noche, cuando todo esto termine... quiero salir de aquí. Contigo. A algún lugar donde no haya cámaras ni patrocinadores.

Nick arqueó una ceja, una sonrisa de lado curvando sus labios.

—Eso suena como una aventura muy peligrosa para una modelo tan famosa, zanahorias. Podríamos terminar en los tabloides.

—Me arriesgaré —respondió ella con firmeza.

—En ese caso —dijo Nick, volviendo a colgarse la cámara—, te espero en la salida trasera en una hora. No te retrases, no soy un zorro paciente.

Judy le dedicó una mirada risueña y se alejó hacia el salón principal, sintiéndose más viva de lo que jamás se había sentido en una pasarela.

Una hora después, Judy se deslizaba por la puerta de servicio del museo, habiéndose cambiado los tacones de diseñador por unos zapatos planos que guardaba en su bolso. Nick la esperaba junto a un deportivo clásico de color cereza, apoyado contra la puerta con una expresión de absoluta suficiencia.

—Puntual. Me gusta eso de ti —dijo él, abriéndole la puerta del copiloto.

—¿A dónde vamos? —preguntó Judy mientras se subía, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

Nick rodeó el coche y se sentó al volante, encendiendo el motor con un rugido potente que resonó en el callejón vacío.

—A ninguna parte y a todas partes —respondió él, mirándola con una intensidad que le hizo comprender que la noche apenas comenzaba—. Esta noche, Judy, no hay "Musa de Zootopia" ni "Fotógrafo de las estrellas". Solo somos un zorro y una coneja que tienen mucho tiempo perdido que recuperar.

El coche salió disparado hacia las luces de neón de la ciudad. Mientras el viento agitaba el pelaje de Judy, ella supo que Nick tenía razón. Lo que estaban a punto de iniciar era una aventura exquisita, caótica y profundamente real. El mundo podía seguir tomando fotos, podía seguir admirando la fachada, pero lo que estaba ocurriendo entre ellos dos, en la intimidad de la noche, era algo que ningún flash podría capturar jamás.

Era el inicio de su propia historia, una que no necesitaba retoques ni filtros. Una historia que, por fin, se sentía como el hogar.