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Frecuencias de Neón: El Latido de la Distancia

El silencio del ático en Madrid se sentía artificial, casi pesado. Sandra Barneda dejó caer las llaves sobre la consola de la entrada y se despojó de la americana con un gesto de agotamiento que le nacía desde los huesos. Había sido una jornada eterna en el plató: focos cegadores, tensiones impostadas frente a la cámara y ese guion que a veces sentía que le apretaba el cuello como un lazo. Pero lo que realmente le pesaba era el vacío de la casa. Desde que Pascalle había volado a Ámsterdam para un proyecto de danza contemporánea, las paredes de Madrid parecían haber perdido su color.

Se sirvió una copa de vino blanco, buscando en el frío del cristal un poco de realidad. Eran las once de la noche. En Ámsterdam, Pascalle probablemente estaría terminando sus ensayos o estirando en el suelo de algún estudio industrial. Sandra sacó su teléfono del bolsillo y, casi sin pensarlo, pulsó el icono de la videollamada.

La pantalla parpadeó durante unos segundos antes de que la imagen se estabilizara. Pascalle apareció en el encuadre, pero no estaba en un estudio. Estaba en el dormitorio del ático de Prinsengracht, iluminada solo por la luz azulada de su propia pantalla y una lámpara de sal que bañaba su piel bronceada de un tono anaranjado místico. Estaba sudada, con el cabello oscuro recogido en un moño deshecho y vistiendo solo una camiseta de tirantes blanca que dejaba poco a la imaginación.

—Te echaba de menos —dijo Pascalle sin preámbulos, con esa voz ronca que a Sandra siempre le provocaba un escalofrío en la nuca—. Estaba a punto de llamarte yo. He tenido tus manos grabadas en mi piel todo el día, Sandra.

—Yo también —admitió Sandra, dejándose caer en el sofá de terciopelo, aflojándose el primer botón de su camisa—. El plató ha sido un caos, pero solo podía pensar en el silencio de este ático y en cómo debería sonar si estuvieras aquí.

Pascalle se acercó más a la cámara, apoyando el teléfono contra las almohadas. Su mirada era intensa, depredadora a pesar de los miles de kilómetros de cable de fibra óptica que las separaban.

—¿Qué llevas puesto? —preguntó la bailarina, su voz bajando una octava.

—La ropa del trabajo. La camisa de seda, el pantalón de pinzas... —Sandra se lamió los labios, sintiendo cómo el calor empezaba a subirle por las mejillas—. Me siento demasiado vestida para hablar contigo.

—Entonces quítatela —ordenó Pascalle. No era una sugerencia; era ese mandato que Sandra tanto amaba—. Quiero verte, Sandra. Quiero ver cómo te pones cuando te digo que hoy no he podido dejar de tocarme pensando en lo que me hiciste en la piscina de Candeleda.

Sandra obedeció. Con manos que empezaban a temblar, dejó el teléfono apoyado en la mesa de centro y se levantó. Frente a la mirada fija de Pascalle a través de la lente, se desabrochó la camisa lentamente. La seda resbaló por sus hombros, revelando su lencería de encaje negro.

—Dios, estás preciosa —susurró Pascalle desde Ámsterdam. En la pantalla, Sandra pudo ver cómo la bailarina se pasaba una mano por el cuello, bajando hasta el escote de su camiseta—. Tócate, Sandra. Tócate donde yo desearía estar lamiéndote ahora mismo.

Sandra se sentó de nuevo, acercando el teléfono. Con una mano empezó a acariciar su propio cuello, bajando hacia sus pechos, mientras sus ojos permanecían clavados en la pequeña imagen de Pascalle.

—Imagino que tus labios están aquí —dijo Sandra, cerrando los ojos por un segundo mientras sus dedos rozaban el borde del encaje—. Imagino que me estás mordiendo el hombro, como haces siempre que quieres que pierda el control.

—Y lo pierdes —rio Pascalle, un sonido gutural y oscuro—. Sé exactamente cómo arqueas la espalda cuando te muerdo ahí. Sé cómo suena tu respiración cuando mis dedos empiezan a bajar.

En la pantalla, Pascalle se deshizo de su camiseta de un solo tirón. Estaba desnuda, y la luz de la lámpara de sal trazaba las líneas perfectas de sus músculos. La bailarina introdujo una mano entre sus piernas, y Sandra pudo oír el sonido húmedo del roce, amplificado por el micrófono del teléfono.

—Mira lo que me haces, Sandra —jadeó Pascalle—. Estoy empapada solo de oír tu voz. Quiero que metas un dedo dentro de ti. Ahora. Quiero oír cómo te sientes.

Sandra introdujo su mano bajo la braga de encaje. Al sentir su propia humedad, soltó un gemido que resonó en el salón vacío de Madrid.

—¡Ah! —exclamó Sandra, echando la cabeza hacia atrás—. Pascalle... está ardiendo. Desearía que fuera tu lengua. Desearía que estuvieras aquí para hacerme callar con un beso.

—No quiero que te calles —replicó Pascalle, moviendo su mano rítmicamente, con los ojos en blanco por un segundo—. Quiero que me digas qué me harías si pudieras atravesar la pantalla. Dime qué harías con esos dedos que tanto me conocen.

—Te pondría de rodillas frente a este sofá —susurró Sandra, su voz volviéndose una súplica cargada de lujuria—. Te agarraría del pelo para que no pudieras apartar la cara y te obligaría a mirarme mientras te uso hasta que no pudieras ni deletrear tu nombre. Te haría gritar tan fuerte que todo el canal Prinsengracht sabría que eres mía.

—¡Oh, sí! —gritó Pascalle, su respiración volviéndose un jadeo frenético—. ¡Hazlo! ¡Dímelo más! ¡Sandra, me estoy volviendo loca aquí sola!

Pascalle estiró el brazo y cogió un pequeño juguete vibrador de su mesilla. Lo encendió, y el zumbido sordo viajó a través de la conexión, vibrando casi en el oído de Sandra.

—Voy a usar esto —dijo Pascalle, apoyándolo contra su centro—. Pero quiero que tú hagas lo mismo. Ve a buscar el cajón de la mesilla. Sé que lo tienes ahí.

Sandra se levantó, moviéndose con una urgencia eléctrica. Volvió al sofá con el vibrador de silicona negra que Pascalle le había regalado. Se sentó de nuevo, abriendo las piernas por completo, sin importarle la exposición.

—A la de tres —dijo Pascalle, su rostro transfigurado por el deseo—. Una, dos... tres.

El contacto simultáneo fue como una descarga que unió Madrid y Ámsterdam en una sola frecuencia. Sandra soltó un alarido de placer puro, sintiendo cómo la vibración la golpeaba con una fuerza que la hacía estremecerse. En la pantalla, Pascalle se retorcía, sus caderas moviéndose con la misma gracia que mostraba en el escenario, pero con una crudeza salvaje.

—¡Sandra! ¡Siente mi ritmo! —gritaba Pascalle—. ¡Es el ritmo de nuestro deseo! ¡No hay distancia, joder! ¡Te siento dentro de mí!

—¡Pascalle! —gemía Sandra, con los ojos fijos en la imagen de la bailarina—. ¡Mírame! ¡Me voy a venir! ¡No puedo más!

—¡Hazlo conmigo! —ordenó Pascalle, aumentando la intensidad de su juguete—. ¡Vente conmigo, Sandra! ¡Ahora!

Las dos mujeres colapsaron casi al mismo tiempo. Sandra se arqueó sobre el sofá, su cuerpo sacudido por espasmos violentos, mientras un grito ronco escapaba de su garganta. En Ámsterdam, Pascalle se desplomó sobre las almohadas, con el teléfono temblando en su mano, dejando escapar un llanto de alivio y éxtasis que pareció llenar el vacío de la habitación de Sandra.

Durante largos minutos, solo se escuchó el sonido de dos respiraciones recuperándose, dos corazones que intentaban volver a su ritmo normal a cientos de kilómetros de distancia. Sandra se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y volvió a coger el teléfono, acercándoselo a la cara.

—Ha sido... —Sandra se detuvo para recuperar el aliento—, ha sido casi doloroso no poder abrazarte después de eso.

Pascalle apareció de nuevo en pantalla. Tenía los ojos empañados y una sonrisa llena de una ternura que solo reservaba para Sandra.

—Lo sé —dijo Pascalle en un susurro—. Siento el vacío en la cama ahora mismo. Pero, Sandra... aunque no pueda tocarte, he sentido cada uno de tus gemidos en mi propia piel. La tecnología es un milagro cuando se trata de nosotras.

—Mañana voy a coger el primer vuelo que pueda —declaró Sandra con una determinación que no admitía réplicas—. No me importa el rodaje, no me importan las reuniones. Necesito que esto sea real. Necesito que el sabor de tu piel sea lo primero que sienta al despertar.

—Te estaré esperando en Schiphol —prometió Pascalle—. Y te advierto que lo que acabamos de hacer por vídeo va a parecer un juego de niños comparado con lo que te tengo preparado cuando te tenga cerca.

Sandra sonrió, sintiendo que el frío del ático de Madrid finalmente se había disipado.

—¿Ah sí? ¿Y qué tienes pensado, mi bailarina insaciable?

—Digamos que la bañera de mármol de la que te hablé tiene algunas funciones que aún no hemos explorado —dijo Pascalle con una chispa peligrosa en los ojos—. Y he comprado algo en el Barrio Rojo que requiere mucha... flexibilidad.

—Me vas a matar de un infarto —rio Sandra, sintiendo que el deseo volvía a brotar bajo su piel—. Pero no se me ocurre una forma mejor de morir.

—Duerme un poco, Sandra —dijo Pascalle, lanzando un beso a la cámara—. Mañana el mundo volverá a ser nuestro. Sin pantallas de por medio.

—Buenas noches, Pascalle. Te amo.

—Te amo, mi presentadora. Hasta mañana.

La pantalla se quedó en negro. Sandra dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando el techo del salón. El silencio ya no era pesado; ahora estaba lleno de la promesa del reencuentro. Se envolvió en su bata de seda, todavía sintiendo el eco de la vibración y el calor de la voz de Pascalle en sus oídos.

Caminó hacia el dormitorio, sintiendo que sus pasos eran más ligeros. Mañana cruzaría Europa solo para recuperar ese latido compartido. Porque, aunque el sexo telefónico había sido una catarsis necesaria, nada podía sustituir la verdad de dos cuerpos quemándose juntos en la penumbra de una habitación real. Y mientras cerraba los ojos, Sandra ya podía oler el sándalo y el salitre, el perfume de una pasión que no conocía fronteras ni distancias.