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Sinfonía de Piel y Salitre

—Ahora me toca a mí —susurró Sandra, con una voz que había perdido toda la compostura profesional para teñirse de un deseo oscuro y absoluto—. Te he visto moverte en esa pista de baile, Pascalle, y no tienes ni idea de las ganas que tenía de tenerte así, a mi merced.

—No hables tanto, Sandra... —jadeó Pascalle, sintiendo cómo el cuerpo de la presentadora se deslizaba sobre el suyo como una marea cálida—. Demuéstrame que esa boca sirve para algo más que para dar paso a vídeos.

Sandra soltó una risa gutural, una vibración que Pascalle sintió directamente contra su pecho. La humedad del Caribe seguía pesando en el ambiente, pero el calor que emanaba de ellas era mucho más sofocante que el clima dominicano. Sandra bajó la cabeza, capturando el pezón de Pascalle entre sus labios, succionando con una fuerza que hizo que la bailarina arqueara la espalda, enterrando los talones en el colchón.

—¡Ah! —gimió Pascalle, echando la cabeza hacia atrás, dejando que su melena se desparramara por la almohada—. Sí, justo así... muerde un poco, Sandra.

—Eres una delicia —murmuró Sandra entre beso y beso, descendiendo por el abdomen firme de la bailarina—. Cada músculo tuyo está diseñado para el placer. Me vuelves loca, ¿lo sabes?

—Lo sé —respondió Pascalle con un jadeo entrecortado—, porque tú también estás temblando. Te siento, Sandra. Siento cómo te late el corazón contra mi piel. No te detengas... baja más.

Sandra no se hizo de rogar. Sus manos, expertas y decididas, recorrieron la curva de las caderas de Pascalle, sujetándola con firmeza mientras su lengua trazaba una línea de fuego hacia su centro. El aroma de Pascalle, una mezcla de perfume caro, sudor dulce y la excitación más pura, la embriagaba. Cuando Sandra llegó a su destino, se tomó un momento para admirar la belleza de la mujer que tenía delante, expuesta y vibrante bajo la luz de la luna.

—Estás tan preparada para mí —dijo Sandra, pasando un dedo por los pliegues húmedos de Pascalle—. Mira cómo me recibes.

—¡Por favor! —suplicó Pascalle, cerrando los muslos alrededor de la cabeza de Sandra—. No me hagas esperar más. Lámeme, Sandra... quiero sentirte ahí.

Sandra hundió el rostro entre las piernas de la bailarina, usando su lengua con una determinación voraz. Comenzó con lametones largos, de abajo hacia arriba, saboreando cada gota de la esencia de Pascalle. Los gemidos de la joven empezaron a subir de tono, convirtiéndose en gritos ahogados que se perdían en la inmensidad de la villa de lujo.

—¡Oh, Dios! —exclamó Pascalle, con las manos aferradas a las sábanas—. ¡Sandra, ahí! ¡No pares, sigue justo ahí!

La lengua de Sandra se volvió más rápida, más rítmica, imitando el movimiento que Pascalle solía hacer con sus caderas en el escenario, pero esta vez el escenario era el deseo puro. Pascalle empezó a balbucear palabras en francés, una mezcla de súplicas y halagos que Sandra no necesitaba traducir para entender. El placer era un lenguaje universal.

—¿Te gusta esto, mi bailarina? —preguntó Sandra, deteniéndose apenas un segundo para recuperar el aliento, con los labios brillantes—. ¿Te gusta sentir cómo te devoro?

—Me encanta... me estás volviendo loca —respondió Pascalle, con los ojos entrecerrados y la respiración errática—. Pero quiero más. Quiero sentir algo más profundo. El juguete, Sandra... búscalo.

Sandra alargó el brazo hacia la mesita de noche, donde el dispositivo de silicona aún vibraba suavemente. Lo tomó con una sonrisa de suficiencia y lo llevó hacia la intimidad de Pascalle.

—Dime cómo lo quieres —susurró Sandra al oído de la otra mujer, mientras la punta del vibrador rozaba su clítoris—. ¿Rápido? ¿Lento? Tú mandas aquí abajo.

—Ponlo al máximo —ordenó Pascalle, con un tono de voz que era puro fuego—. Y mete tus dedos, Sandra. Quiero sentirlo todo a la vez. No me tengas piedad.

Sandra obedeció. Subió la intensidad del juguete hasta que el zumbido llenó la habitación y lo presionó con firmeza contra el punto más sensible de Pascalle. Al mismo tiempo, deslizó dos dedos en su interior, moviéndolos con una cadencia experta que buscaba el punto exacto donde la bailarina perdía la razón.

—¡Aaaah! —el grito de Pascalle fue desgarrador, una explosión de puro éxtasis—. ¡Sí! ¡Más fuerte! ¡No te detengas, Sandra! ¡Más, más!

—Mírame —dijo Sandra, con la voz cargada de autoridad—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está haciendo esto.

Pascalle obligó a sus párpados a abrirse, encontrándose con la mirada intensa y depredadora de Sandra. En ese momento, la conexión fue tan fuerte que ambas sintieron un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Sandra aumentó la velocidad de sus dedos, mientras el juguete hacía su trabajo de forma implacable.

—¡Me voy a venir! —chilló Pascalle, con el cuerpo empezando a sacudirse en espasmos violentos—. ¡Sandra, ya! ¡Ahora!

—¡Ven para mí, Pascalle! —exclamó Sandra, presionando con más fuerza—. ¡Dámelo todo!

Pascalle colapsó en un orgasmo que pareció eterno. Sus músculos se tensaron, su espalda se arqueó de forma casi imposible y sus dedos se clavaron en los antebrazos de Sandra. Fue una explosión de placer que dejó a la bailarina sin aliento, temblando de pies a cabeza mientras las últimas ondas de la vibración recorrían su cuerpo.

Sandra retiró el juguete pero mantuvo sus dedos dentro de ella unos segundos más, disfrutando de las contracciones rítmicas que envolvían su mano. Finalmente, se dejó caer al lado de Pascalle, ambas jadeando, con el sudor pegando sus cuerpos en un abrazo húmedo.

—Eso ha sido... —Pascalle no pudo terminar la frase. Se giró hacia Sandra y la besó con una pasión desesperada, una mezcla de agradecimiento y deseo inacabable.

—Ha sido solo el principio —corrigió Sandra, recuperando el aire—. Tenemos toda la noche, y esta villa es muy grande.

—¿Ah, sí? —Pascalle sonrió, recuperando un poco de su chispa juguetona—. ¿Y qué tiene en mente la señora presentadora? ¿Alguna otra "hoguera" que encender?

Sandra se incorporó sobre un codo, recorriendo con la mirada el cuerpo desnudo de Pascalle, que bajo la luz plateada parecía una estatua de mármol vivo.

—Tengo en mente que te pongas de rodillas —dijo Sandra con voz suave pero firme—. Quiero ver cómo usas esa boca para agradecérmelo. Y después... después quiero que uses ese aceite de coco que vi en el baño. Quiero que me deslices por todo el cuerpo hasta que no sepamos dónde empiezo yo y dónde terminas tú.

Pascalle se lamió los labios, sus ojos brillando con una nueva luz de desafío y entrega.

—Tus deseos son órdenes, Sandra —respondió Pascalle, deslizándose hacia el borde de la cama—. Pero prepárate, porque si crees que lo has visto todo de mí, no tienes ni idea de lo que una bailarina puede hacer con su lengua cuando tiene una motivación como tú.

Sandra se recostó contra el cabecero de la cama, cruzando los brazos tras la cabeza, disfrutando de la vista mientras Pascalle se posicionaba entre sus piernas. El sonido del mar Caribe seguía llegando desde el exterior, pero en esa habitación, el único sonido que importaba era el de la respiración agitada y el roce de la piel contra la piel.

—Hazme callar, Pascalle —susurró Sandra, cerrando los ojos—. Haz que me olvide de quién soy.

—Te haré olvidar hasta tu nombre —prometió la bailarina antes de bajar la cabeza y retomar la sinfonía de placer que prometía durar hasta que el sol dominicano asomara por el horizonte.

La noche era joven, el deseo era infinito y, en aquella villa perdida en el paraíso, Sandra Barneda y Pascalle estaban escribiendo su propio guion, uno donde no hacían falta palabras, solo el lenguaje del cuerpo y el calor de una pasión que quemaba más que cualquier hoguera.