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Sombras y Canales: El Secreto de Ámsterdam

El contraste no podía ser más radical. Del calor pegajoso y la luz cegadora de la República Dominicana habían pasado al frío elegante y la atmósfera bohemia de Ámsterdam. A través de los grandes ventanales del apartamento, las luces de los canales se reflejaban en el agua oscura, creando un cuadro melancólico que quedaba fuera de la burbuja de calor que Sandra y Pascalle habían construido en el interior.

—Ámsterdam tiene algo que me pone eléctrica, Sandra —comentó Pascalle, dejando la bolsa de papel negro sobre la cama de terciopelo azul—. No es como la isla. Allí todo era instinto. Aquí parece que el pecado es más... sofisticado.

Sandra, que se estaba terminando de quitar la americana negra que le daba ese aire de seriedad profesional, miró la bolsa con una mezcla de curiosidad y un ligero nervio que no lograba disimular.

—Me has arrastrado a ese sex shop en pleno Barrio Rojo como si fueras una guía turística del vicio —dijo Sandra con una sonrisa ladeada, acercándose a ella—. "Entremos aquí", dijiste. "Tengo curiosidad", dijiste. Y ahora tenemos eso sobre la cama.

Pascalle se acercó a ella, rodeándole el cuello con los brazos. Sus dedos, fríos por el paseo exterior pero cargados de una intención ardiente, acariciaron la nuca de la presentadora.

—Nunca hemos probado uno doble, Sandra. Ni en Madrid, ni en la isla. Me apetece sentirte de una forma nueva. Me apetece que estemos conectadas por algo más que la mirada.

—¿Estás segura? —preguntó Sandra en voz baja, sintiendo cómo su pulso se aceleraba—. Sabes que no soy de las que se amilana, pero esto es... territorio desconocido.

—Por eso mismo —susurró la bailarina, besando la comisura de sus labios—. Vamos a descubrirlo juntas.

Pascalle sacó el objeto de la caja. Era una pieza de silicona médica de un color violeta oscuro, sedosa al tacto, con una curva anatómica diseñada para que ambas pudieran compartir el placer simultáneamente. La luz de las velas que habían encendido alrededor de la habitación hacía que el juguete brillara con un matiz casi prohibido.

—Es imponente —admitió Sandra, dejando que sus dedos recorrieran la superficie suave del dildo doble—. ¿Cómo quieres hacerlo?

—Sin prisas —respondió Pascalle, empezando a desabotonar la camisa de Sandra con una parsimonia desesperante—. Primero quiero que nos reconozcamos en este nuevo escenario. Ámsterdam nos sienta bien, ¿no crees?

—Me sienta bien cualquier sitio donde me mires así —confesó Sandra, dejando que la camisa cayera al suelo.

Se fundieron en un beso profundo, uno de esos que saben a reencuentro y a promesa. Pascalle guio a Sandra hacia la cama, empujándola suavemente hasta que la presentadora quedó sentada en el borde. La bailarina se arrodilló entre sus piernas, despojándola de las últimas prendas con una devoción casi religiosa.

—Estás preciosa bajo esta luz —murmuró Pascalle, pasando su lengua por la cara interna del muslo de Sandra—. Tan blanca, tan firme...

—Pascalle... el juguete —insistió Sandra con un gemido, sintiendo que la anticipación la estaba matando.

—Paciencia, mi amor. Hay que prepararse bien. No queremos que nada arruine el estreno.

Pascalle tomó un bote de lubricante con base de agua y comenzó a masajear la zona íntima de Sandra, usando sus dedos para dilatarla con una lentitud exquisita. El sonido de la humedad, el roce de la piel y los jadeos de Sandra llenaron el silencio del apartamento de techos altos. Cuando consideró que Sandra estaba lista, Pascalle hizo lo mismo consigo misma, arqueando la espalda y soltando un suspiro sonoro que hizo que Sandra se estremeciera.

—Ven aquí —ordenó Sandra, extendiendo la mano para tomar el dildo doble—. Déjame que lo intente yo primero.

Sandra se recostó en el centro de la cama y Pascalle se colocó encima de ella, a horcajadas, pero dándole la espalda al principio para facilitar la maniobra. Sandra sostuvo el juguete, lubricándolo generosamente. Con cuidado, introdujo uno de los extremos en su propio interior, soltando un jadeo profundo al sentir la plenitud inmediata.

—¡Ah! —exclamó Sandra, cerrando los ojos—. Dios, es... es muy distinto a los dedos.

—Ahora yo —dijo Pascalle con voz ronca.

Se dejó caer lentamente hacia atrás, guiando el otro extremo del juguete hacia su propia entrada. El momento en que ambas quedaron conectadas por la pieza de silicona fue como un choque eléctrico. Sus cuerpos quedaron unidos por un puente invisible pero intensamente físico.

—¡Oh, Dios mío! —gritó Pascalle, echando la cabeza hacia atrás—. Sandra... ¡te siento! Siento cómo te mueves dentro de mí a través de esto.

—Es increíble... —susurró Sandra, agarrando las caderas de Pascalle para estabilizarla—. Cada vez que yo empujo, tú recibes... y viceversa.

Empezaron a moverse con cautela, buscando el ángulo perfecto. Era una coreografía nueva, una que requería una sincronía que solo dos personas que se conocían muy bien podían alcanzar. Pascalle comenzó a balancearse, usando su fuerza de bailarina para marcar un ritmo constante.

—¡Sí, justo así! —gemía Sandra, con las manos apretando los glúteos de Pascalle—. ¡Sigue, no pares!

—¡Es demasiado intenso! —respondió Pascalle, con la respiración entrecortada—. Siento la vibración de tus propios músculos, Sandra. Es como si estuviéramos... fusionadas.

El movimiento se volvió más frenético. La cama de Ámsterdam crujía rítmicamente, un contrapunto a los sonidos húmedos y los gritos ahogados que escapaban de sus gargantas. Sandra elevó las piernas, envolviendo la cintura de Pascalle para atraerla más, para que el dildo doble llegara a lo más profundo de ambas.

—Mírame, Pascalle —pidió Sandra, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos abiertos—. Gírate un poco, quiero verte la cara.

Pascalle se giró lo justo, apoyando las manos en el pecho de Sandra, con el rostro desencajado por el placer puro. Sus ojos estaban dilatados, reflejando la luz de las velas y una pasión que parecía no tener fin.

—No sé si voy a aguantar mucho más —jadeó la bailarina—. Esto me está volviendo loca. Siento que me voy a romper.

—No te rompas —dijo Sandra, subiendo una mano para acariciar su rostro sudoroso—, solo déjate llevar. Ven conmigo.

El roce del juguete contra sus paredes internas, amplificado por el movimiento de la otra, las llevó al borde del abismo en cuestión de minutos. Sandra sentía que el centro de su cuerpo era una bola de fuego que amenazaba con consumirlo todo.

—¡Pascalle! ¡Ahora! ¡Empuja fuerte! —ordenó Sandra, arqueando la espalda hasta que solo sus hombros y talones tocaban el colchón.

Pascalle obedeció, dando un último empujón profundo, coordinado con un espasmo de Sandra. El orgasmo las golpeó simultáneamente, una explosión coordinada que las dejó sin aliento, unidas por el juguete que seguía transmitiendo los latidos de una a la otra.

—¡Aaaah! —el grito de ambas se fundió en uno solo, resonando en las paredes del apartamento.

Se quedaron así durante lo que parecieron horas, unidas por la silicona y el sudor, escuchando cómo sus corazones intentaban recuperar un ritmo normal. El frío de Ámsterdam seguía fuera, pero dentro, la temperatura era volcánica.

—Ha sido... —empezó Pascalle, dejándose caer sobre el pecho de Sandra, todavía temblando—. Ha sido la cosa más extraña y maravillosa que hemos hecho nunca.

—Definitivamente —concordó Sandra, rodeándola con sus brazos y besando su frente—. Ha valido la pena entrar en esa tienda.

—¿Te imaginas si nos viera alguien ahora? —rio Pascalle con una risa floja, todavía recuperándose—. La presentadora más seria de España, conectada a su novia por un dildo violeta en un ático holandés.

—Que miren —dijo Sandra con una seguridad renovada—. Que miren y que envidien. Porque lo que tenemos nosotros, Pascalle, no hay guion que lo soporte ni cámara que lo aguante.

Pascalle se incorporó con cuidado, retirando el juguete con un suspiro de alivio y placer residual. Lo dejó a un lado y se acurrucó contra Sandra, buscando el calor de su piel.

—¿Sabes qué es lo mejor? —preguntó la bailarina.

—¿Qué?

—Que todavía nos quedan tres días en Ámsterdam. Y he visto un arnés de cuero en el escaparate que creo que te quedaría de muerte.

Sandra soltó una carcajada sonora, una que venía desde lo más profundo de su ser.

—Eres insaciable, Pascalle. De verdad que eres insaciable.

—Es culpa tuya —respondió ella, mordiéndole suavemente el lóbulo de la oreja—. Por hacerme sentir así. Por hacerme querer probarlo todo contigo.

Sandra la abrazó con más fuerza, mirando hacia el ventanal. Las luces de Ámsterdam seguían allí, los canales seguían fluyendo, pero para ella, el mundo se reducía a esa habitación, a ese aroma a sexo y complicidad, y a la mujer que dormía en sus brazos.

—Mañana —susurró Sandra—. Mañana iremos a por ese arnés. Pero ahora, duerme.

—Solo si me prometes que esto no ha sido un sueño —murmuró Pascalle, cerrando los ojos.

—Te lo prometo —dijo Sandra, cerrando los suyos también—. Esto es más real que cualquier cosa que hayamos vivido antes.

La noche en los Países Bajos continuó su curso, envolviendo el apartamento en un silencio cómplice. El dildo doble, olvidado sobre la colcha, era el mudo testigo de que, a veces, para conectar de verdad con alguien, hay que atreverse a romper todos los moldes y explorar los rincones más oscuros y excitantes del deseo. Ámsterdam acababa de recibir su bautismo de fuego, y Sandra y Pascalle estaban más que dispuestas a seguir quemándose en él.