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Susurros entre los robles

El aire de Candeleda tenía un sabor distinto al de los estudios de Madrid. Aquí, a los pies de la Sierra de Gredos, el ambiente no olía a ozono ni a maquillaje barato, sino a jara, a tierra húmeda y al aroma dulce de los cerezos que empezaban a despertar. La casa de campo de Sandra era un refugio de piedra y madera, oculto tras una vereda de robles centenarios, donde el único ruido era el murmullo lejano del río y el canto de los grillos.

Eran las dos de la mañana. La luna, una guadaña de plata colgada en el cielo negro, iluminaba el porche de madera donde las dos mujeres compartían una última copa de vino. Sandra, envuelta en una bata de seda que apenas la protegía del frescor nocturno, observaba el perfil de Pascalle. La bailarina vestía solo una camiseta de algodón de Sandra que le quedaba grande, dejando al descubierto sus piernas infinitas y bronceadas.

— Aquí el silencio es casi ensordecedor, ¿verdad? —susurró Pascalle, dejando su copa sobre la mesa de madera rústica—. Es extraño no oír el zumbido de los focos.

— Es lo que más me gusta de este lugar —respondió Sandra, acercándose a ella y rodeando su cintura con los brazos—. Aquí no soy la presentadora del telediario. Aquí no tengo que ser perfecta. Solo soy yo.

Pascalle se giró en sus brazos, con sus ojos azules brillando de forma salvaje bajo la luz lunar.

— Para mí siempre eres tú, Sandra. Pero me gusta esta versión descalza y despeinada. —Deslizó sus manos bajo la seda de la bata de la morena, acariciando la piel de su espalda—. ¿Sabes qué otra cosa me gusta de este lugar? Que no hay paredes que nos limiten.

Sandra sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.

— ¿Estás sugiriendo lo que creo? —preguntó con una sonrisa desafiante.

— Hay una manta de lana en el salón y todo un jardín que nos pertenece —respondió Pascalle con un guiño—. Nadie nos ve, Sandra. Solo los árboles.

Sin esperar respuesta, Pascalle tomó la mano de la presentadora y la guio hacia el césped, que se sentía frío y húmedo bajo sus pies descalzos. Se alejaron unos metros de la casa, hasta una zona donde la hierba era más alta y estaba protegida por la sombra de un roble imponente. Pascalle extendió la manta con la gracia de quien despliega un telón y se dejó caer sobre ella, arrastrando a Sandra consigo.

— Dios, Pascalle... hace frío —protestó Sandra entre risas, aunque sus manos ya buscaban desesperadamente el calor del cuerpo de la rubia.

— Yo te calentaré —prometió la bailarina, deshaciéndose de su camiseta en un movimiento fluido—. Mírame, Sandra. Mira cómo brilla tu piel bajo la luna. Es casi irreal.

Sandra se despojó de su bata, quedando completamente desnuda ante la mirada devoradora de Pascalle. El contraste entre su piel morena y la palidez de la bailarina era aún más evidente aquí, bajo la luz natural de los astros. Pascalle se colocó de rodillas y empujó suavemente a Sandra para que se tumbara boca arriba.

— Quiero probar algo distinto —murmuró Pascalle, su voz mezclándose con el susurro del viento entre las hojas—. Quédate así.

Pascalle se posicionó sobre ella, pero en lugar de besar sus labios, comenzó a descender. Sus labios recorrieron el cuello, los pechos y el vientre de Sandra, dejando un rastro de humedad que el aire nocturno enfriaba al instante, provocando que la morena se estremeciera violentamente.

— Oh, Pascalle... —gimió Sandra, hundiendo sus dedos en el cabello rubio de la bailarina—. El aire... se siente tan distinto en la piel.

— Es la libertad, mi vida —respondió Pascalle antes de separar las piernas de Sandra con suavidad—. Disfrútala.

Pascalle se acomodó entre sus muslos y, con una lentitud exasperante, comenzó a usar su lengua. Sandra arqueó la espalda, su cabeza golpeando la manta mientras sus ojos se perdían en la inmensidad del firmamento. El placer era más agudo, más salvaje, potenciado por la sensación de estar expuesta a la naturaleza.

— ¡Ahí! ¡Sí, por favor! —exclamó Sandra, sin preocuparse ya por el volumen de su voz. El eco de su gemido se perdió en la espesura del bosque—. No pares... Pascalle, te lo ruego...

— Eres deliciosa —murmuró la rubia entre caricias—. Sabes a noche y a deseo.

Pascalle se incorporó, pero no para detenerse. Se sentó sobre sus talones y obligó a Sandra a ponerse a cuatro patas sobre la manta. La posición era vulnerable, primitiva. La presentadora sintió la hierba rozar sus rodillas y el aire frío golpear sus nalgas, pero el calor que irradiaba Pascalle detrás de ella era suficiente para mantenerla ardiendo.

— Apóyate en tus antebrazos —instruyó Pascalle con voz firme, una voz que no admitía réplicas—. Quiero ver cómo se mueve tu espalda cuando te toque.

Sandra obedeció, sintiendo una oleada de sumisión que la excitaba más que cualquier otra cosa. Pascalle se pegó a su espalda, sus pechos presionando contra ella, y deslizó una mano hacia adelante para encontrar el centro de su placer, mientras la otra rodeaba su cuello con suavidad.

— ¿Te gusta que te vean así, Sandra? —susurró Pascalle al oído de la morena, mordisqueando el lóbulo de su oreja—. ¿La gran presentadora, entregada a mí en medio del campo?

— Me... me vuelve loca —jadeó Sandra, moviendo sus caderas hacia atrás, buscando el contacto—. Siento que el mundo entero podría estar mirando y no me importaría. Solo quiero que sigas.

Pascalle empezó a penetrarla con sus dedos, siguiendo un ritmo que imitaba el latido de un corazón acelerado. El contraste entre la firmeza de los dedos de la bailarina y la suavidad de la piel de Sandra creaba una sinfonía de sensaciones. Cada vez que Pascalle empujaba, Sandra soltaba un gruñido bajo, animal, que se transformaba en un gemido cantarín cuando la rubia encontraba el punto exacto.

— ¡Más... más profundo! —suplicó Sandra, sus manos aferrándose a los bordes de la manta, arrancando briznas de hierba en su agonía de placer.

— Estás tan empapada... —comentó Pascalle, aumentando la velocidad—. Me encanta cómo tiemblas. Eres como una cuerda de violín a punto de romperse.

Pascalle cambió de táctica. Se tumbó de espaldas y tiró de Sandra para que se sentara sobre ella, de espaldas a su rostro. Era una posición que permitía a Sandra tener el control total del ritmo, mientras Pascalle podía acariciar sus muslos y sus pechos desde atrás.

— Cabalga para mí, Sandra —ordenó Pascalle—. Hazme sentir cuánto me quieres esta noche.

Sandra se acomodó, sintiendo la fricción de sus sexos encontrándose. Empezó a moverse con una cadencia lenta, disfrutando de la sensación de poder. Miró hacia adelante, hacia la silueta de las montañas recortadas contra el cielo, y se sintió más viva que nunca. Sus gemidos ahora eran rítmicos, acompasados con sus movimientos.

— ¡Dios, Pascalle! —gritó Sandra, echando la cabeza hacia atrás hasta que su nuca descansó en el hombro de la bailarina—. Esto es... es demasiado.

— No es suficiente —replicó Pascalle, subiendo sus manos para apretar los pezones de Sandra—. Nunca es suficiente contigo.

La intensidad subió de tono. Sandra aceleró el paso, sus caderas golpeando con fuerza contra las de Pascalle. El sonido de la carne chocando, húmedo y rítmico, llenaba el pequeño claro. Pascalle la ayudaba, empujando hacia arriba, hasta que ambas estuvieron al borde del abismo.

— ¡Ahora! ¡Pascalle, ahora! —chilló Sandra, perdiendo toda compostura.

La presentadora se tensó, sus músculos se volvieron rígidos mientras el orgasmo la recorría como una descarga eléctrica desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello. Pascalle la sujetó con fuerza, compartiendo el clímax, sintiendo cómo el cuerpo de Sandra se convulsionaba sobre el suyo. Un grito largo y liberador escapó de la garganta de Sandra, rompiendo el silencio de Candeleda y perdiéndose en la noche.

Segundos después, Sandra se derrumbó sobre el pecho de Pascalle, ambas jadeando, con el sudor enfriándose rápidamente sobre su piel. El silencio regresó, pero ahora era un silencio cómplice, cargado de una paz profunda.

— Creo que hemos despertado a todos los animales de la zona —susurró Sandra con una risita débil, ocultando su rostro en el cuello de la rubia.

— Que aprendan cómo se hace —respondió Pascalle, envolviéndola con la manta de lana para protegerla del frío—. Has estado increíble, Sandra. La montaña te sienta bien.

Sandra levantó la cabeza y la miró a los ojos. El azul de Pascalle parecía reflejar todas las estrellas del cielo.

— Tú me sientas bien, Pascalle. Da igual si es en un camerino con luces de neón o bajo un roble en Gredos. Contigo, siempre siento que estoy en casa.

Pascalle la besó con una ternura que contrastaba con la ferocidad de hace unos minutos.

— Quedémonos un poco más aquí —pidió la bailarina—. Quiero ver amanecer contigo, así, sin nada que nos esconda.

Sandra asintió, acurrucándose contra ella. Mientras la luna seguía su camino y el primer atisbo de luz empezaba a teñir el horizonte de un violeta pálido, las dos mujeres permanecieron unidas, dueñas de su propio universo, donde las únicas noticias que importaban eran los latidos de sus corazones y el roce de su piel bajo el cielo infinito de Candeleda.