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Sinfonía de cristal y gemidos
El eco del orgasmo compartido aún flotaba en el aire del ático, pero el ambiente, lejos de enfriarse, se había vuelto denso y cargado de una nueva expectativa. Sandra, apoyada sobre sus codos encima del pecho de Pascalle, observaba cómo la bailarina intentaba recuperar el aliento. El cuerpo de la rubia, generalmente una máquina de precisión y control, estaba ahora laxo, vulnerable, con la piel perlada de sudor y las mejillas encendidas.
Sandra sintió una punzada de poder. Siempre era Pascalle quien llevaba la batuta, quien irrumpía en su camerino o la guiaba hacia el jardín con esa confianza arrolladora. Pero esta noche, bajo las luces ámbar de Madrid, la presentadora decidió que el guion iba a cambiar.
— Te has quedado muy silenciosa, Pascalle —susurró Sandra, trazando con su dedo índice el contorno de los labios de la rubia—. ¿Dónde está esa mujer que siempre tiene la última palabra?
Pascalle soltó una risa entrecortada, cerrando los ojos mientras disfrutaba de la caricia.
— Me has dejado... sin palabras —logró decir—. Ese juguete... tú... ha sido demasiado.
— Oh, no —Sandra se deslizó hacia abajo, su piel morena rozando la de Pascalle en un contraste que nunca dejaba de fascinarla—. Esto no ha hecho más que empezar. Llevas toda la noche dándome órdenes, decidiéndolo todo. Ahora te toca a ti ser mi espectadora.
Sandra se incorporó y, con una fuerza que sorprendió a la bailarina, la obligó a tumbarse boca arriba en el centro del sofá de cuero. Tomó las muñecas de Pascalle y las llevó por encima de su cabeza, sujetándolas con una sola mano mientras se posicionaba entre sus piernas.
— Sandra... ¿qué haces? —preguntó Pascalle, y por primera vez, su voz no era de mando, sino de una curiosidad teñida de urgencia.
— Voy a demostrarte que yo también sé cómo hacer que te olvides de tu propio nombre —respondió Sandra con una sonrisa depredadora—. Y quiero oírte. Quiero que todo el edificio sepa lo que te estoy haciendo.
Sin previo aviso, Sandra bajó la cabeza y capturó uno de los pezones de Pascalle entre sus labios. No fue una caricia suave; fue una succión firme, acompañada de un leve mordisco que hizo que la bailarina arqueara la espalda de inmediato.
— ¡Ah! —el primer gemido de Pascalle fue agudo, vibrante—. ¡Sandra, despacio!
— No me pidas despacio, Pascalle. Tú no conoces esa palabra —murmuró la presentadora contra su piel, antes de pasar al otro pecho.
Sandra usaba su lengua con una maestría que había perfeccionado en la sombra, observando cómo Pascalle se movía en el escenario. Sabía dónde estaban los puntos de tensión de un cuerpo atlético. Bajó por el abdomen de la rubia, dejando besos húmedos que contrastaban con el aire fresco del aire acondicionado, hasta llegar a la parte interna de sus muslos.
— ¡Dios mío, Sandra! —exclamó Pascalle, su voz subiendo de volumen—. ¡No... no hagas eso! ¡Ahí no!
— ¿Ahí no? —Sandra se detuvo justo antes de llegar al centro de su deseo, mirando a Pascalle con intensidad—. ¿O quieres decir "ahí sí"?
— ¡Sí! ¡Maldita sea, sí! —gritó la rubia, sus piernas temblando mientras intentaba cerrarlas sobre la cabeza de Sandra, pero la morena se lo impidió, manteniéndolas abiertas con firmeza.
Sandra finalmente se entregó a la tarea. Su lengua encontró el clítoris de Pascalle y comenzó a trabajar con una velocidad y una presión que dejaron a la bailarina sin defensas. Pascalle no era de las que se guardaban nada; era escandalosa por naturaleza, pero bajo el toque de Sandra, se convirtió en una sinfonía de gritos y súplicas.
— ¡Oh, sí! ¡Más fuerte! ¡Sandra, por favor! —el grito de Pascalle resonó contra los cristales del ventanal—. ¡No pares! ¡No te atrevas a parar!
— Eres tan ruidosa, mi vida —dijo Sandra, separándose apenas un segundo para ver el rostro desencajado de la rubia—. Me encanta cómo pierdes el control.
Sandra introdujo dos dedos profundamente en Pascalle mientras seguía usando su boca con una ferocidad renovada. La bailarina empezó a sacudirse, sus manos —ahora libres— se enterraron en el cuero del sofá, sus uñas arañando el material mientras sus caderas se elevaban en busca de más.
— ¡Voy a... voy a...! ¡Ahhhh! —Pascalle soltó un alarido largo, su cuerpo entrando en una serie de espasmos que parecían no tener fin.
Pero Sandra no se detuvo. Sabía que Pascalle era capaz de más, que su cuerpo de bailarina tenía una resistencia infinita. Continuó la estimulación, ignorando las protestas de puro placer que salían de la boca de la rubia.
— ¡Basta! ¡Sandra, es demasiado! —gemía Pascalle, aunque sus manos empujaban la cabeza de la morena hacia abajo, contradiciendo sus propias palabras—. ¡Me vas a volver loca! ¡Ah, ah, ah!
— Quiero que te vuelvas loca —respondió Sandra, su voz vibrando contra la piel íntima de Pascalle—. Quiero que mañana, cuando bailes, sientas el eco de mi boca en cada paso que des.
La presentadora cambió el ritmo, volviéndose lenta, tortuosa, lamiendo cada pliegue con una parsimonia que hacía que Pascalle sollozara de frustración y deseo.
— ¡Por favor, Sandra... no me hagas esto! —suplicó Pascalle, sus ojos azules anegados en lágrimas de éxtasis—. ¡Dame el final! ¡Necesito el final!
— Pídemelo —ordenó Sandra, deteniéndose por completo y mirando a la rubia desde abajo—. Pídeme que te haga correrte.
Pascalle la miró, con el cabello rubio pegado a la frente por el sudor, la respiración hecha un caos y el pecho subiendo y bajando con violencia.
— ¡Hazlo! —gritó Pascalle, sin importarle nada más en el mundo—. ¡Haz que me corra, Sandra! ¡Por favor!
Sandra volvió al ataque con una intensidad salvaje. Usó sus dedos para abrirla más, permitiendo que su lengua llegara a lo más profundo, mientras su pulgar presionaba el clítoris con una cadencia frenética. El efecto fue instantáneo. Pascalle se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse, su voz se quebró en un grito que llenó cada rincón del ático.
— ¡SÍIIII! ¡DIOS, SANDRA! ¡SÍ! —el cuerpo de la bailarina se sacudió en un orgasmo tan violento que sus talones golpearon el sofá repetidamente—. ¡AHHHH!
Pascalle se derrumbó, su cuerpo temblando incontroladamente mientras el clímax la recorría en oleadas. Sandra permaneció allí un momento más, saboreando el triunfo, antes de subir para recostarse al lado de una Pascalle completamente agotada.
El silencio que siguió fue casi sagrado. Pascalle tenía los ojos fijos en el techo, su pecho aún agitado, y una sonrisa de absoluta derrota y felicidad en los labios.
— Eres... eres un monstruo, Sandra —susurró Pascalle finalmente, su voz apenas un hilo ronco—. Nunca... nadie me había hecho gritar así.
— Te lo advertí —respondió Sandra, rodeándola con un brazo y besando su hombro sudado—. No soy solo una cara bonita que lee noticias.
Pascalle se giró hacia ella, sus ojos azules brillando con una mezcla de respeto y adoración.
— Mañana voy a tener agujetas hasta en el alma —rio la rubia, acurrucándose contra el pecho de la morena—. Pero ha valido la pena cada maldito gemido.
— Me gusta escucharte —admitió Sandra—. Me gusta saber que soy yo la que provoca ese ruido. En el plató siempre eres tú la que atrae las miradas, la que domina el espacio. Pero aquí, en mi casa, el escenario es mío.
Pascalle la besó, un beso que sabía a sal y a una intimidad que iba más allá de lo físico.
— Entonces, mi querida presentadora —dijo Pascalle con un hilo de voz—, espero que estés preparada para muchas más "exclusivas" como esta. Porque no pienso dejar que nadie más escuche lo que tú acabas de oír.
Sandra sonrió, cerrando los ojos mientras el resplandor de Madrid seguía bañando el salón. Sabía que, a partir de ahora, cada vez que viera a Pascalle entrar en el plató con su paso ligero y su aire de confianza, recordaría el sonido de su voz rompiéndose en la oscuridad del ático. Y esa sería su noticia favorita, la que nunca contaría frente a las cámaras.