Volver al resumen

Último Mensaje

El Último Latido del Infinito

La enfermería era un santuario de silencio y asepsia. El olor a alcohol y a sábanas limpias impregnaba el aire, un aroma que para Shoko Ieiri era sinónimo de hogar, de rutina, de un orden predecible en un mundo que se había desmoronado. Los tres estudiantes se habían marchado hacía casi una hora, dejando tras de sí un vacío cargado de una pena procesada a medias y una resolución recién nacida. Shoko los había observado irse desde la puerta, tres siluetas recortadas contra la penumbra del pasillo, más erguidas que cuando llegaron. El idiota de Satoru, incluso después de muerto, sabía exactamente qué botones pulsar.

Ahora estaba sola. El único sonido era el zumbido bajo del pequeño refrigerador donde guardaba medicinas y muestras. La luz fluorescente del techo bañaba la habitación en un resplandor blanco e impersonal, haciendo que todo pareciera más estéril, más frío. Sobre su escritorio de metal, junto a un montón de informes sin rellenar, descansaba otra caja de DVD. Idéntica a la que les había entregado a los chicos, salvo por el nombre escrito en ella con el mismo rotulador negro y la misma caligrafía caótica.

«Para la única que puede aguantarme».

Shoko la miró fijamente. Llevaba mirándola desde que los chicos se fueron. La había encontrado junto a la otra, en el mismo cajón del despacho de Gojo, con una nota separada dirigida a ella. «Dale a los chicos el suyo. Este es para ti. Míralo si te atreves, miedica». Típico de él. Un desafío, una provocación hasta el final.

Una parte de ella, la parte pragmática y cansada que había diseccionado incontables maldiciones y suturado heridas imposibles, quería tirarla a la basura. ¿Qué bien podría hacer? Él estaba muerto. Sus cenizas, o lo poco que se pudo recuperar de ellas, ya descansaban en el cementerio de la academia. Un video no era más que un eco, un fantasma digital que solo serviría para reabrir heridas que apenas comenzaban a formar una costra delgada y frágil. Había visto el dolor en los rostros de Yuji, Megumi y Nobara. Había sido necesario para ellos, una catarsis, un traspaso de antorcha. Pero ella… ella no era una estudiante que necesitara un último discurso de ánimo. Era su compañera. Su igual. La última que quedaba de su generación.

Suspiró, el sonido se perdió en la quietud de la sala. Se pasó una mano por el cabello castaño, apartándolo de su rostro. Las ojeras que se habían convertido en una parte permanente de su fisonomía parecían pesarle más esa noche. Se sentía como una hipócrita. Había empujado a esos niños a enfrentar el fantasma de su maestro, diciéndoles que se lo debían. ¿Y ella? ¿Acaso no se lo debía también? El karma, pensó con una ironía amarga, era una perra.

Con la resignación de un médico que debe tomar una medicina de sabor horrible, se levantó. En un rincón de la enfermería, sobre un carrito metálico, había un viejo combo de televisión y reproductor de DVD, el mismo que usaba a veces en las largas noches de guardia para ver películas viejas y olvidarse del mundo. Cogió la caja. El plástico se sentía frío y definitivo en su mano. Lo abrió. El disco plateado reflejó la luz blanca del techo, un círculo perfecto y vacío. Lo introdujo en la ranura.

El aparato cobró vida con un zumbido mecánico. La pantalla parpadeó. Y entonces, él apareció.

Satoru Gojo. Sentado en su despacho, igual que en el video de los chicos. Sin venda, sin gafas. Sus ojos, esos absurdos e imposibles ojos azules, fijos en la cámara. Una sonrisa torcida jugaba en sus labios.

—Vaya, vaya. Así que al final te atreviste, Shoko —su voz, tan familiar, tan insoportablemente viva, llenó la enfermería—. Tengo que admitir que no estaba seguro. Pensé que probablemente la quemarías o la usarías de posavasos. Siempre tan sentimental.

Shoko soltó un resoplido que fue mitad risa, mitad sollozo. Idiota. Incluso grabado, sabía cómo provocarla. Se apoyó en el borde de su escritorio, cruzándose de brazos, una postura defensiva contra el asalto emocional que sabía que se avecinaba.

—Supongo que si estás viendo esto, las cosas no salieron como esperaba —continuó Gojo, su sonrisa desvaneciéndose un poco, dando paso a una expresión más sombría—. Siempre hay probabilidades, ¿sabes? Un 70% de posibilidades de que pudiera contener a Sukuna en su plena forma, un 50% de que pudiera exorcizarlo sin destruir la mitad de Japón, un 30% de que saliera de una pieza… Números. Al final, todo se reduce a una tirada de dados. Y parece que esta vez saqué el número equivocado.

Hizo una pausa, y por un momento pareció que estaba mirando a través de la lente, directamente a sus ojos.

—Pero no he grabado esto para hablar de hechicería ni de mis cagadas estratégicas. Ya tendrás a los nuevos mandos provisionales dándote la lata con eso. Tampoco es para darte un discursito de ánimo como a los chicos. Tú no necesitas eso. Eres más fuerte que todos nosotros juntos.

Se reclinó en su silla, el gesto tan familiar que a Shoko le dolió físicamente.

—Quería hablar de nosotros.

La palabra flotó en el aire estéril. *Nosotros*. Una palabra que rara vez usaban. Siempre habían sido «Satoru y Shoko». Dos entidades separadas, unidas por un pasado compartido y una amistad forjada en el caos.

—¿Te acuerdas, Shoko? Éramos tres. Tú, yo y Suguru. Los tres mosqueteros del infierno. Invencibles. Luego se unió Haibara, tan lleno de luz. Y Nanami, siempre tan serio. Éramos una generación. La que iba a cambiarlo todo. Y míranos ahora. O bueno, mírame a mí… o lo que queda.

Una sombra de dolor genuino cruzó su rostro. No era el Gojo arrogante. Era el Satoru que había perdido a su mejor amigo, el que había tenido que matarlo con sus propias manos.

—Suguru se fue por su propio camino. Haibara murió. Nanami… joder, Nanami. Murió en Shibuya, solo, destrozado. Yaga-sensei, ejecutado por esos viejos fósiles. Durante mucho tiempo, después de lo de Suguru, sentí que solo quedábamos tú y yo. Los últimos dinosaurios. Los únicos que recordábamos cómo era todo antes. Los únicos que entendíamos la broma cósmica de todo este asunto.

Shoko sintió un nudo apretado en la garganta. Recordaba esa sensación. La soledad compartida. Cada funeral, cada pérdida, los había acercado más, no por elección, sino por eliminación. Eran los dos pilares que quedaban en pie de un templo en ruinas.

—Después de Shibuya… fue peor —la voz de Gojo se volvió más baja, más íntima—. Cuando me liberaron del Reino de la Prisión y me contaron lo que había pasado… lo de Nanami, las bajas, lo que te hicieron a ti, obligándote a trabajar hasta el colapso intentando salvar a gente que ya no tenía salvación… Sentí algo que no había sentido en mucho tiempo. Una rabia tan fría y pura que daba miedo. Pero debajo de eso… había otra cosa. El pensamiento de que si te hubiera pasado algo a ti también… creo que habría quemado el mundo entero. Sin dudarlo.

Shoko tragó saliva, sus ojos fijos en la pantalla. Nunca habían hablado de esto. Nunca se permitían ese nivel de vulnerabilidad. Su relación se basaba en el sarcasmo, el entendimiento tácito y las botellas de alcohol compartidas en silencio.

—Fue entonces cuando me di cuenta —dijo Gojo, inclinándose hacia adelante, sus ojos azules increíblemente serios—. Me di cuenta de que en algún momento, sin que me diera cuenta, te habías convertido en mi ancla. El mundo podía volverse loco, mis estudiantes podían estar en peligro, el destino de la humanidad podía pender de un hilo… pero mientras tú estuvieras en tu enfermería, fumando a escondidas y quejándote de mi estupidez, todo tenía una especie de centro. Una constante. Eras la única persona en el mundo que no me miraba como ‘Satoru Gojo, el Más Fuerte’. Solo me mirabas como ‘Satoru, el idiota’. Y no tienes ni idea de cuánto necesitaba eso.

Una lágrima solitaria y traicionera se deslizó por la mejilla de Shoko. La secó con un gesto rápido y furioso, como si la ofendiera.

—Y entonces… pasó esa noche —dijo él, y el aire en la enfermería pareció volverse más denso—. Un par de semanas antes de la batalla final. Cuando aparecí en tu puerta a las tres de la mañana con esa botella de whisky caro que le había ‘confiscado’ a uno de los vejestorios del clan Zenin.

Shoko cerró los ojos. Oh, recordaba esa noche. La recordaba con una claridad dolorosa y perfecta.

*Flashback.*

*Los golpes en la puerta de su apartamento dentro de la academia la habían despertado. Miró el reloj. 3:17 a.m. Solo podía ser una persona. Abrió la puerta con el ceño fruncido, lista para soltarle una reprimenda. Pero se detuvo al verlo. Satoru estaba allí, sin su venda, con el pelo ligeramente revuelto. No tenía su sonrisa habitual. En su lugar, había una extraña mezcla de agotamiento y algo más, algo que no pudo descifrar. Sostenía una botella de whisky de aspecto absurdamente caro.*

*—¿No tienes misiones que atender o adolescentes que traumatizar? —le espetó ella, aunque su tono carecía de la mordacidad habitual.*

*—Estaba pensando —dijo él, su voz más tranquila de lo normal—. Y llegué a la conclusión de que nunca te he visto realmente borracha. Y yo nunca he bebido. Me pareció un experimento científico que merecía la pena investigar.*

*Ella puso los ojos en blanco, pero se hizo a un lado para dejarlo pasar.*

*—Solo si prometes no usar tu Infinito para hacer trampas y mantenerme sobria a la fuerza.*

*Él esbozó una pequeña sonrisa. —Trato hecho.*

*Se sentaron en el suelo de su pequeño salón, con dos vasos y la botella entre ellos. Hablaron poco. No necesitaban hacerlo. Bebieron. El whisky era suave y ardiente. Shoko observó, fascinada, cómo el alcohol empezaba a hacer efecto en él por primera vez en su vida. No se volvió ruidoso ni tonto. Al contrario. Se volvió… quieto. La energía caótica que siempre lo rodeaba pareció asentarse. Sus defensas, normalmente impenetrables, se agrietaron.*

*—¿Tienes miedo? —le preguntó ella en voz baja, después del tercer vaso.*

*Él la miró, sus ojos azules bajo la luz tenue de la lámpara parecían más profundos, más oscuros. Tardó un momento en responder.*

*—No de morir —dijo finalmente—. Tengo miedo de fallar. De dejarles este desastre a los chicos. Dejarte a ti sola en medio de todo esto.*

*El corazón de Shoko dio un vuelco. Aquella era la confesión más honesta que le había oído hacer jamás.*

*—No estaré sola —mintió ella—. Tendré muchos informes que rellenar.*

*Él soltó una risa suave y triste. Dejó su vaso en el suelo y, con una lentitud que no era propia de él, extendió la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozaron su piel, y una corriente eléctrica, cálida y desconocida, recorrió el cuerpo de Shoko. El mundo pareció reducirse a ese pequeño espacio entre ellos, al olor a whisky y al azul infinito de sus ojos.*

*—Siempre has estado ahí, Shoko —susurró él—. Siempre.*

*Y entonces, se inclinó y la besó.*

*No fue un beso apasionado ni desesperado. Fue un beso lento, dubitativo, casi reverente. Sabía a whisky y a años de palabras no dichas. Shoko, por primera vez en más de una década, se permitió sentir. Respondió al beso, su mano subiendo hasta su nuca, sus dedos enredándose en su suave cabello blanco. Cuando se separaron, se quedaron mirándose, la sorpresa y una especie de reconocimiento en los ojos de ambos.*

*—Ah —dijo él, su voz apenas un murmullo—. Así que era esto.*

*Esa noche, por primera vez, no durmieron en habitaciones separadas. Esa noche, en la quietud de su pequeño apartamento, dos almas solitarias que habían sobrevivido al fin de su mundo se encontraron, entregándose en cuerpo y alma con una ternura silenciosa que desmentía años de sarcasmo y distancia. Fue un acto no de pasión, sino de pertenencia. Un último y desesperado intento de sentirse anclados antes de la tormenta final.*

*Fin del flashback.*

La voz de Gojo desde la pantalla la trajo de vuelta al presente.

—Esa noche lo entendí todo —decía, su mirada perdida en algún recuerdo fuera de cámara—. Entendí que todo este tiempo, mientras yo jugaba a ser el dios intocable, lo único que realmente quería era eso. La quietud. La normalidad. El poder sentarme en el suelo contigo y beber whisky hasta que el mundo dejara de tener sentido. Entendí que la idea de huir, de mandar todo a la mierda, de cogerte de la mano y desaparecer en algún lugar donde nadie supiera quiénes somos… no era solo una fantasía estúpida. Era lo único que mi corazón realmente deseaba.

Se frotó la cara con una mano, un gesto de puro agotamiento.

—Pero no podía. ¿Cómo podría mirar a Megumi a la cara? ¿O a Yuji? ¿O a Nobara? Les había prometido un futuro mejor. Había apostado todo a su potencial. Abandonarlos habría sido la peor de las traiciones. Así que me quedé. Elegí ser ‘Satoru Gojo, el Más Fuerte’ una última vez. Pero, joder, Shoko… cómo hubiera querido que las cosas fueran diferentes. Cómo hubiera querido tener más tiempo.

Su mirada volvió a la cámara, y esta vez, estaba llena de una vulnerabilidad tan cruda que Shoko sintió que se ahogaba.

—Te amo, Shoko.

Las palabras la golpearon con la fuerza de un ataque de energía maldita. Simples, directas, sin rastro de su arrogancia habitual.

—No como se ama a una amiga de la infancia o a una camarada. Te amo de verdad. Como un hombre ama a una mujer. Probablemente te he amado durante años, pero era demasiado idiota y arrogante para darme cuenta. O quizás tenía demasiado miedo. El hombre más fuerte del mundo, aterrado de admitir algo tan simple. Patético, ¿verdad?

Una risa rota se le escapó.

—Te amo —repitió, y esta vez su voz se quebró—. Te amo por aguantar mis estupideces. Te amo por ser la única que me llama por mi nombre sin que suene a súplica o a maldición. Te amo por esa mirada de hastío que me dedicas y que me recuerda que no soy un dios, solo un hombre. Te amo por la forma en que fumas cuando crees que nadie te ve. Te amo por la noche que me dejaste ver al Satoru que ni yo mismo conocía. Te amo.

Una y otra vez. La crueldad del destino, pensó Shoko mientras las lágrimas ahora caían libremente, sin que ella intentara detenerlas. Escuchar esas palabras ahora, dichas a una cámara vacía, era la tortura más exquisita que podía imaginar.

—Así que, si algo de mí debe ser recordado —concluyó Gojo, su voz recuperando algo de firmeza, como si estuviera llegando al final de su confesión—, quiero que tú, al menos, no me recuerdes solo como el Hechicero de Grado Especial, el portador de los Seis Ojos y el Infinito. Quiero que me recuerdes como el hombre que te amó. El hombre que, si hubiera tenido la opción, habría elegido una vida normal y aburrida contigo por encima de cualquier otra cosa. Por favor, no olvides a ese hombre.

La imagen en la pantalla se quedó fija por un segundo más. Sus ojos azules, llenos de un amor no correspondido por el tiempo, una última súplica silenciosa.

—Cuídate, Shoko.

Y la pantalla se volvió negra.

El zumbido del reproductor fue el único sonido durante un largo, largo rato. Shoko no se movió. Se quedó de pie, apoyada en su escritorio, mientras el peso de esas últimas palabras se asentaba en su alma. El silencio ya no era estéril. Estaba lleno de él. Lleno de su amor, de su arrepentimiento, de su sacrificio.

Un suspiro tembloroso escapó de sus labios. Luego otro. Las lágrimas se convirtieron en sollozos silenciosos que sacudían todo su cuerpo. Se deslizó hasta el suelo, abrazándose a sí misma, el frío del linóleo subiendo por su ropa.

¿Cómo podría olvidarlo?

¿Cómo podría olvidar al chico de pelo blanco que irrumpía en sus clases con una sonrisa que era pura dinamita? ¿Cómo olvidar al joven que vio a su mejor amigo torcerse y romperse, y tuvo que vivir con las consecuencias? ¿Cómo olvidar al hombre que, a pesar de su poder divino, se sentía terriblemente solo? ¿Al hombre que la había visto, de verdad la había visto, a través de su propia coraza de indiferencia?

¿Cómo olvidar al hombre que la hizo mujer en una noche silenciosa y desesperada, no con la arrogancia del más fuerte, sino con la ternura de alguien que por fin había encontrado su hogar?

Idiota. Idiota egoísta. Se había ido. Se había ido y le había dejado esto. Un recuerdo grabado, una confesión póstuma y un corazón hecho pedazos. Le había dejado la carga de ser la única que conocía al verdadero Satoru, al hombre detrás del mito.

Y le había dejado algo más.

Lentamente, con una mano que temblaba, Shoko la posó sobre su vientre. Plana. Todavía no había signos externos. Pero ella lo sabía. Lo había sabido desde hacía dos semanas, cuando la ausencia de su ciclo y una náusea matutina persistente la llevaron a hacerse una prueba en la soledad de su propio laboratorio. Positivo. Inequívoco.

Una consecuencia.

Una hermosa, aterradora y milagrosa consecuencia de esa noche de whisky y confesiones. Un regalo que Satoru le había hecho sin siquiera saberlo.

En el video, él había hablado de su legado. De cómo Yuji, Megumi y Nobara eran su legado. La nueva generación que construiría un mundo mejor. Y era cierto. Pero aquí, en el silencio de la enfermería, en el secreto de su propio cuerpo, Shoko albergaba otro legado. Uno mucho más íntimo. Uno que no era para el mundo de la hechicería, sino solo para ella.

Una pequeña sonrisa, la primera genuina en semanas, se abrió paso entre sus lágrimas. Era una sonrisa triste, acuosa, pero real. Miró la pantalla negra de la televisión.

—Idiota —susurró al fantasma en la habitación—. Siempre tienes que hacer las cosas a lo grande, ¿verdad? No podías simplemente irte. Tenías que dejar una herencia para más adelante.

Apretó la mano contra su vientre, un gesto protector, posesivo. Un pequeño latido, todavía demasiado débil para ser oído, pero ella podía sentirlo con cada fibra de su ser. Un eco del hombre infinito. La prueba viviente de que Satoru Gojo había sido más que poder y técnica. Había sido amor, y había sido vida.

Un hijo. O una hija. Con su cabello blanco y sus ojos azules, quizás. Una nueva vida en un mundo que él había ayudado a salvar.

El legado del Más Fuerte.

Entrar con Telegram

Confirma el acceso en el bot.