Volver al resumen

UwU

Ecos en la Penumbra

El reloj de pared en el pasillo marcaba las siete de la tarde, pero para Kou y Masato, el tiempo se había vuelto una masa amorfa y cálida dentro de la habitación principal. La luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, pintando rayas de color naranja y violeta sobre las sábanas revueltas y la piel sudorosa de ambos. El silencio que antes inquietaba a Kou ahora se sentía como un bálsamo, una burbuja privada donde el rol de "padres" y "profesores" se había disuelto para dejar paso a algo mucho más primario y esencial.

Kou estaba tumbado boca arriba, con un brazo bajo la cabeza y el otro rodeando los hombros de Masato. Este último tenía la mejilla apoyada en el pecho de su esposo, escuchando el latido rítmico de su corazón, que poco a poco recuperaba su cadencia habitual.

—Si los chicos nos vieran ahora mismo —susurró Masato, con la voz todavía un poco ronca por el esfuerzo y los gemidos—, pedirían el divorcio por trauma psicológico.

Kou soltó una carcajada vibrante que hizo eco en su caja torácica.

—Especialmente Kazuke. Ese niño es demasiado serio para su propio bien. Probablemente empezaría a dar una charla sobre el decoro y el respeto a los espacios comunes, aunque estemos en nuestra propia habitación.

—Se parece a ti en eso —replicó Masato, levantando la cabeza para mirar a Kou con una ceja arqueada—. Solo que él no tiene tu capacidad para romper las reglas cuando nadie mira.

Kou sonrió y le acarició el cabello oscuro, apartando unos mechones húmedos de su frente.

—Alguien tiene que mantener el equilibrio en esta familia, ¿no? Tú eres la lógica, yo soy el corazón... y hoy, el corazón decidió que la lógica necesitaba un descanso intensivo.

Masato dejó escapar un suspiro de satisfacción y se incorporó un poco, apoyándose en sus codos. A pesar de los treinta y ocho años y del cansancio acumulado de una semana agotadora en la Academia, se sentía renovado. Había algo en la entrega de Kou, en esa forma tan protectora y a la vez dominante de tomarlo, que siempre lograba vaciar su mente de análisis y estrategias.

—Lo admito —dijo Masato en voz baja—. Hacía falta. La casa se siente... diferente cuando ellos no están. Es como si las paredes pudieran respirar de nuevo.

—¿Te sientes culpable por disfrutarlo? —preguntó Kou, su tono volviéndose un poco más suave, más analítico, devolviéndole a Masato su propia medicina.

—Ni un poco. Los amo, pero a veces olvido quién soy cuando no estoy mediando en una pelea entre Natsuki e Izumi o revisando los informes de la Academia. Hoy he recordado que soy Masato. Y que Masato está perdidamente enamorado de un profesor de origami con demasiada energía.

Kou lo atrajo hacia un beso pausado, uno de esos que no buscaba encender otra llama, sino sellar una promesa. El sabor de Masato, una mezcla de sudor y ese jabón neutro que siempre usaba, era su aroma favorito en el mundo.

—Bueno, el "profesor de origami" tiene hambre —declaró Kou de repente, rompiendo el momento romántico con su habitual naturalidad—. Y sospecho que tú también. Si no comemos algo pronto, lo de "tener otro hijo" va a ser imposible porque moriremos de inanición.

Masato rodó sobre el colchón, quedando boca arriba al lado de Kou.

—Por favor, deja de mencionar lo del cuarto hijo. Izumi ya gasta suficiente en suministros de arte como para añadir pañales al presupuesto. Además, no creo que mis caderas aguanten otra ronda de "planificación familiar" esta noche.

—¡Oh! ¿El gran Masato Arahara admite la derrota física? —Kou saltó de la cama con una agilidad sorprendente, completamente desnudo y sin pizca de vergüenza. Se estiró, mostrando los músculos de su espalda y brazos, antes de buscar sus pantalones en el suelo—. Eso debería quedar registrado en los anales de la historia de la familia.

Masato se quedó un momento observándolo. Kou siempre había sido así: una fuerza de la naturaleza que se recuperaba de cualquier esfuerzo con una sonrisa. Era la estabilidad que Masato necesitaba cuando su propia mente se volvía demasiado oscura o compleja.

—Ve a la cocina —dijo Masato, cubriéndose los ojos con un brazo—. Yo me levantaré cuando mis piernas dejen de sentirse como gelatina.

—Te traeré algo de ropa —respondió Kou, rebuscando en el armario—. Aunque debo decir que mi sudadera te queda mejor a ti que a mí. Te ves... vulnerable. Me gusta.

—Cállate, Kou.

Unos quince minutos después, el aroma a ramen instantáneo y especias empezó a flotar por el pasillo. Kou no era un chef de alta cocina, pero tenía un talento especial para transformar cualquier cosa de la despensa en una comida reconfortante. Masato apareció en el umbral de la cocina, vistiendo unos pantalones de pijama y, efectivamente, la sudadera gris de Kou que le quedaba ligeramente grande en los hombros.

La escena en la cocina era el contraste perfecto a lo que había ocurrido en la habitación. Kou estaba tarareando la canción que Masato había puesto en la televisión antes, moviendo una cuchara de madera con entusiasmo.

—Hecho —anunció Kou, señalando dos cuencos humeantes sobre la encimera—. No es una cena de gala, pero servirá para recuperar electrolitos.

Se sentaron en los taburetes de la cocina, comiendo en un silencio cómodo que solo se rompía por el sonido de los palillos. De vez en cuando, sus rodillas se rozaban bajo la barra, un contacto eléctrico que recordaba lo que acababa de pasar.

—¿A qué hora vuelven mañana? —preguntó Masato tras terminar su primer bocado.

—Natsuki dijo que llegaría al mediodía. Kazuke e Izumi vienen juntos en el tren de las tres —respondió Kou, consultando mentalmente el calendario familiar que tenía grabado en la cabeza—. Tenemos toda la mañana para nosotros.

—Podríamos dormir hasta tarde —sugirió Masato—. Sin alarmas, sin gritos, sin desayunos a contrarreloj.

—Podríamos —coincidió Kou—. O podríamos ir a ese parque que te gusta, el que tiene el estanque de los patos. Hace semanas que no caminamos solo los dos.

Masato lo miró fijamente. Kou siempre estaba pensando en cómo cuidar de él, incluso cuando él mismo estaba agotado. Sabía que Kou se sentía inquieto con el silencio, que necesitaba el movimiento y la conexión para no perderse en sus propias preocupaciones.

—El parque suena bien —aceptó Masato—. Pero solo si prometes no intentar hacer origami con las servilletas del café.

—No prometo nada. Es un impulso nervioso, Masato. Además, a la gente le gusta. El otro día le hice un cisne a la camarera y nos dio un descuento en los muffins.

—Kou, eso se llama soborno mediante manualidades.

—Yo lo llamo encanto personal.

Terminaron de comer y, de mutuo acuerdo, decidieron no limpiar la cocina de inmediato. La casa seguía siendo suya, sin jueces adolescentes que criticaran el desorden. Regresaron a la sala de estar, donde la televisión seguía encendida con la pantalla de inicio de la lista de reproducción de Masato. Kou apagó la música y se sentó en el sofá, palmeando el sitio a su lado.

Masato se sentó y, casi de inmediato, Kou lo atrajo para que apoyara la espalda contra su pecho, envolviéndolo en un abrazo protector.

—¿En qué piensas? —preguntó Kou, apoyando la barbilla en el hombro de su esposo.

—En la Academia —admitió Masato con un suspiro—. En los estudiantes nuevos. Hay algunos que me preocupan. Tienen ese brillo de "inadaptados" que nosotros conocemos tan bien. Me pregunto si estamos haciendo lo suficiente para guiarlos.

Kou apretó un poco más el abrazo.

—Siempre lo hacemos. Eres el mejor observador que he conocido, Masato. Si alguien puede ver el potencial oculto bajo una capa de rebeldía, eres tú. Y yo... bueno, yo me encargo de que no se rompan en el proceso.

—Lo sé. Es solo que... a veces el mundo parece demasiado pesado para ellos.

—Por eso nos tienen a nosotros. Y por eso nosotros nos tenemos el uno al otro. Para soltar el peso de vez en cuando. Como hoy.

Masato se relajó contra él, cerrando los ojos. La calidez de Kou era como una manta pesada que calmaba su ansiedad existencial.

—Tienes razón —susurró Masato—. Gracias por... forzarme a desconectar. A veces olvido cómo hacerlo por mi cuenta.

—Para eso estoy aquí —respondió Kou con ternura—. Para recordarte que el mundo no se va a acabar si te tomas una tarde para ser simplemente mi esposo.

Se quedaron así un rato largo, viendo cómo las sombras se alargaban en el salón. El silencio ya no era incómodo para Kou; se había transformado en una paz compartida. Sin embargo, Kou no pudo evitar que su mente saltara de nuevo a su faceta de padre.

—Oye, Masato...

—Dime.

—¿Crees que Natsuki se habrá acordado de llevar el abrigo grueso? En las montañas refresca por la noche.

Masato soltó una risa seca, sin abrir los ojos.

—Kou, Natsuki tiene diecisiete años. Si tiene frío, aprenderá la lección. Deja de ser un helicóptero por cinco minutos.

—Es mi trabajo —se defendió Kou, aunque sonreía—. Y Kazuke... espero que no esté estudiando demasiado. Debería estar socializando, haciendo amigos, metiéndose en algún lío inofensivo.

—Kazuke es un Arahara. Su idea de un lío inofensivo es organizar la biblioteca de un amigo por orden alfabético y género —dijo Masato—. Déjalos ser, Kou. Están bien. Nosotros estamos bien.

Kou asintió, besando la sien de Masato.

—Sí. Estamos muy bien.

El cansancio de las dos rondas de pasión y la comida reconfortante empezó a pasar factura. Masato sentía que sus párpados pesaban una tonelada. Kou, por su parte, disfrutaba de la quietud, acariciando distraídamente el brazo de Masato por encima de la sudadera.

—Masato —susurró Kou después de un rato—. ¿Te has dormido?

—Casi —respondió el otro con voz pastosa.

—¿Quieres ir a la cama o nos quedamos aquí?

—Aquí está bien. No quiero moverme.

Kou sonrió y buscó una manta que estaba doblada en el brazo del sofá, cubriéndolos a ambos. Se acomodó mejor, asegurándose de que Masato estuviera cómodo.

—Mañana será un día largo —dijo Kou en voz baja, casi para sí mismo—. Volverán los gritos, las preguntas sobre la cena, los dramas adolescentes y los exámenes por corregir.

Masato se removió un poco, buscando una posición más cercana al calor de Kou.

—Que vengan —murmuró—. Podemos con ello. Pero por ahora... solo quédate así.

Kou cerró los ojos también, dejando que el resto del mundo desapareciera. En esa casa, que a menudo era el epicentro de un caos amoroso y vibrante, el silencio final de la noche se sintió como una victoria. Habían recuperado su espacio, su conexión y sus fuerzas.

Mañana volverían a ser los pilares de la familia Arahara, los profesores respetados de la Academia de los Inadaptados, los guías de tres hijos que estaban encontrando su propio camino. Pero esa noche, bajo la luz tenue de la sala y el peso de una manta compartida, solo eran Kou y Masato: dos hombres que, tras casi veinte años, seguían encontrando en el otro el único refugio donde el ruido del mundo finalmente se apagaba.

Kou le dio un último beso en la coronilla a su esposo antes de dejarse llevar por el sueño, con una pequeña sonrisa en los labios, pensando que, tal vez, solo tal vez, el silencio no era tan malo después de todo, siempre y cuando tuviera a Masato para compartirlo.