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Lecciones Privadas: El Examen de la Bestia Bella

La atmósfera en la productora de Shion era distinta esa mañana. El éxito de las grabaciones anteriores había disparado las expectativas, pero para Ohma Tokita, el peso en su bolsillo derecho era lo único que ocupaba su mente. Una pequeña caja de terciopelo, un anillo que simbolizaba algo que nunca creyó sentir: el deseo de reclamar a Kiryu Setsuna no solo como un rival o un amante ocasional, sino como algo permanente. Sin embargo, Ohma no era hombre de palabras tiernas; su afecto se expresaba a través del dominio y la fuerza.

Al entrar al set, lo vio. Setsuna estaba hablando con Tomoko, la asistente de producción. Llevaba puesto un uniforme escolar japonés: una camisa blanca tan ajustada que parecía a punto de reventar. El entrenamiento de hipertrofia había llevado sus pectorales a un nivel casi irreal; la tela se tensaba sobre los grandes músculos redondeados, dejando que la silueta de sus pezones se marcara con una claridad obscena a través del tejido.

Ohma sintió una punzada de excitación inmediata. Ver a Setsuna disfrazado de estudiante, con ese cuerpo masivo y esos pechos masculinos que desafiaban la lógica, despertaba su instinto más animal.

—¡Ohma-san! —exclamó Shion, ajustándose las gafas—. Hoy grabamos la escena del profesor y el alumno rebelde. Ya sabes qué hacer. Queremos que la tensión explote.

Ohma asintió en silencio, sin apartar la vista de Setsuna. El "Bello Bestia" le dedicó una mirada cargada de sumisión y locura, mordiéndose el labio inferior mientras sus pectorales subían y bajaban rítmicamente bajo la camisa.

—¡Acción! —gritó el director.

Ohma se sentó tras el escritorio de madera, adoptando una postura rígida y autoritaria. Setsuna se acercó lentamente, jugando con el borde de su falda corta (un toque extra de la producción) y la camisa apretada.

—Setsuna —dijo Ohma con voz ronca, recorriendo con la mirada el cuerpo del otro—, tus notas son un desastre. Has estado descuidando tus estudios, aunque parece que has pasado mucho tiempo en el gimnasio. Tienes un cuerpo... demasiado desarrollado para un estudiante. Especialmente este pecho.

Setsuna bajó la mirada, fingiendo timidez, aunque sus manos temblaban de anticipación.

—Lo siento, profesor... —susurró Setsuna—. He estado... distraído. ¿Hay alguna forma de mejorar mi nota? Haría lo que fuera.

Ohma se reclinó en la silla, soltando un bufido despectivo.

—Hay una manera. Pero no sé si una ramera como tú podrá soportarlo. Desabróchate la camisa. Ahora.

Con dedos temblorosos, Setsuna desabotonó la prenda. La tela se abrió paso a paso, revelando la inmensidad de sus pectorales, blancos y firmes, con los pezones erectos apuntando directamente a Ohma. La visión era tan potente que incluso los cámaras contuvieron el aliento.

—Usa ese pecho —ordenó Ohma, bajándose la cremallera—. Mastúrbame con ellos.

Setsuna se arrodilló y presionó sus enormes pectorales contra el miembro de Ohma. La suavidad de la piel y la firmeza del músculo crearon una fricción que hizo que Ohma gruñera de placer. Poco después, Setsuna lo tomó en su boca, succionando con desesperación hasta que Ohma se corrió, dejando que parte del semen escapara por la comisura de los labios de Setsuna, manchando su barbilla y su pecho.

—Súbete a la mesa —sentenció Ohma, levantándose.

Setsuna obedeció, gateando sobre la madera. Ohma le arrancó el pantalón y la ropa interior de un tirón.

—Abre las piernas como la pequeña ramera que eres.

Setsuna vaciló un segundo, una duda fingida para el guion, y Ohma respondió con una nalgada sonora que dejó la marca de sus dedos en la piel pálida.

—¡Ah! —gritó Setsuna, abriéndose de inmediato.

Ohma entró en él de una sola estocada. Al hacerlo, notó que el interior de Setsuna estaba inusualmente húmedo, casi pegajoso, como si su cuerpo hubiera mutado para recibirlo mejor.

—Estás empapado... —gruñó Ohma en su oído—. Pareces una perra en celo, Setsuna. ¿Tanto me deseabas?

—¡Sí! ¡Ohma! ¡Más fuerte! —gemía Setsuna, golpeando su cabeza contra la mesa mientras Ohma lo embestía con una violencia que hacía vibrar los muebles del set.

—Gime para mí, ramera —le ordenó Ohma, cambiando la posición. Lo volteó para que quedara de espaldas sobre la mesa, con las piernas al aire.

Sin darle respiro, volvió a penetrarlo. La mesa crujía bajo el peso de ambos. Ohma tomó una botella de gel lubricante de la utilería y la vació sobre los colosales pechos de Setsuna. El líquido transparente brillaba sobre la carne musculosa.

—Manoséate —le ordenó Ohma mientras seguía moviéndose dentro de él—. Deja que todos vean cómo te excitan tus propios pechos.

Setsuna, con los ojos en blanco por el placer, empezó a apretar su propia carne, gimiendo descontroladamente. Ohma, incapaz de contenerse, soltó las caderas de Setsuna y agarró esos pectorales con sus manos de luchador, apretándolos con tanta fuerza que Setsuna soltó un grito que no tenía nada de actuación. Sus dedos se cerraron sobre los pezones hinchados, retorciéndolos cruelmente.

—¡Ahí! ¡Ahí, Dios mío! —gritaba Setsuna, arqueándose.

Ohma se sentó sobre la mesa, sacando su miembro por un momento, y obligó a Setsuna a sentarse sobre él. El impacto de la entrada hizo que Setsuna soltara un alarido de puro éxtasis.

—Muévete —le ordenó Ohma, sujetándolo por la cintura—. Gánate esa nota.

Setsuna subía y bajaba, sus pechos rebotando salvajemente, golpeando el torso de Ohma. El sudor y el gel hacían que sus cuerpos resbalaran uno contra otro. Finalmente, Ohma se corrió profundamente dentro de él, y Setsuna se desplomó sobre su abdomen, jadeando, con el pecho cubierto de sudor y fluido.

—Con esto... —susurró Ohma, recuperando el aliento— has mejorado tu nota.

—¡Corten! —gritó Shion, visiblemente excitada—. ¡Ha sido oro puro! ¡Vayan a limpiarse!

Setsuna se levantó con dificultad, temblando, y se dirigió a las duchas con la camisa aún desabrochada. Ohma esperó unos minutos, sintiendo que la excitación, lejos de apagarse, ardía con más fuerza. La escena no había sido suficiente. Necesitaba a Setsuna sin cámaras, sin guiones, solo la bestia y su dueño.

Caminó hacia los baños y entró sin previo aviso. Setsuna estaba frente al espejo, tratando de limpiar el gel de su pecho. Ohma se acercó por detrás y rodeó esos pectorales masivos con sus brazos, apretándolos bruscamente.

—¡Ah! ¡Ohma! —gimió Setsuna, inclinándose hacia atrás contra él.

—Sigues gimiendo como una perra en celo —le susurró Ohma al oído—. Y yo todavía no he terminado contigo.

Lo giró y lo empujó contra la pared de los lavabos. Sin preámbulos, volvió a entrar en él. Setsuna soltó un grito desgarrador que resonó por todo el pasillo del estudio. Fuera, el equipo de producción se quedó en silencio. Todos sabían lo que estaba pasando, pero nadie se atrevía a interrumpir.

—Estás tan húmedo... —decía Ohma, moviéndose con una rapidez y violencia que superaba lo visto en cámara—. Tu ano me aprieta como si fueras una ramera profesional.

—¡Soy tu ramera! ¡Solo tuya, Ohma! —gritaba Setsuna, sus uñas rayando el metal de los grifos.

Ohma no tuvo piedad. Lo cambió de posición una y otra vez, agarrándolo de los pechos, dejando marcas moradas en la carne sobredesarrollada que tanto le gustaba apretar. El sonido de los cuerpos chocando y los gemidos desesperados de Setsuna llenaban el baño. Cada vez que Ohma pellizcaba sus pezones, Setsuna perdía la noción de la realidad, entregándose por completo al dolor y al placer.

Finalmente, con un rugido, Ohma llegó al clímax por tercera vez en el día. Se retiró lentamente, dejando que el semen resbalara por las piernas temblorosas de Setsuna. El "Bello Bestia" se apoyó en el lavabo, con el cuerpo sacudido por espasmos, su pecho subiendo y bajando en una lucha por aire.

Ohma se limpió someramente y metió la mano en el bolsillo de su pantalón, que había dejado sobre el mostrador. Sacó la pequeña caja.

—Setsuna —dijo, su voz recuperando una seriedad gélida pero profunda.

Setsuna se giró, aún agitado, con el cabello pegado a la frente.

—¿Sí, mi Dios?

Ohma abrió la caja, revelando el anillo de plata.

—Tengo que decirte algo. No quiero que esto sea solo por un contrato o por una grabación estúpida.

Setsuna abrió mucho los ojos, las lágrimas empezando a brotar no por el dolor, sino por la incredulidad.

—Kiryu Setsuna... ¿quieres casarte conmigo?

El silencio en el baño fue absoluto, solo roto por el goteo de un grifo. Fuera, en el pasillo, Shion, Kaede y Tomoko escuchaban con el corazón en un puño.

—¡Sí! ¡Oh, Dios mío, sí! —sollozó Setsuna, lanzándose a los brazos de Ohma, sin importarle estar desnudo y cubierto de fluidos.

Ohma lo recibió con un beso feroz, un sello de propiedad que iba más allá de la carne. Setsuna lloraba sobre su hombro, apretando sus grandes pectorales contra el pecho de Ohma, sintiéndose finalmente completo. Fuera, se escucharon algunos aplausos tímidos y susurros emocionados. El contrato de sangre y lujuria se había convertido, contra todo pronóstico, en una promesa de eternidad.