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Viviana Carrasco en la American School "Spencer"

El Precio de la Victoria

El dolor en el tobillo de Viviana se había intensificado durante la noche, pulsando con cada latido. La euforia de la victoria se desvaneció, reemplazada por la cruda realidad de un esguince. Cojeando, se arrastró fuera de la cama, maldiciendo en voz baja. La mañana del domingo se presentaba con una mezcla de alivio por el descanso y la preocupación por su lesión.

—¡Viviana, el desayuno está listo! —La voz de Mariela resonó desde la cocina.

Viviana bajó las escaleras con dificultad, su rostro contraído. Hernán, al verla, frunció el ceño.

—¿Qué te pasó, hija? ¿Es por la entrada de anoche?

—Sí, papá. Valeria no jugó limpio —respondió Viviana, sentándose con cuidado.

Mariela, con su habitual pragmatismo, se acercó a examinarla.

—Eso te pasa por no calentar bien. Te lo he dicho mil veces, el deporte es importante, pero la salud es primordial. Después de desayunar, iremos al médico.

Daniel, que sorbía su café con una expresión de hastío, soltó una carcajada.

—Mamá, Viviana es una guerrera. Un tobillo torcido no la detendrá. Además, ¡ganaron! Eso es lo que importa, ¿no?

Mariela le lanzó una mirada fulminante.

—Daniel, por favor. Tu hermana está lesionada. Y tú, Viviana, no te confíes. Un buen deportista sabe cuándo parar.

Sofía, sentada a su lado, la miró con preocupación.

—¿Te duele mucho, Viviana? ¿No podrás jugar más?

—Claro que sí, pequeña. Solo es un pequeño tropiezo. Estaré de vuelta en el campo antes de que te des cuenta —Viviana forzó una sonrisa, ocultando la punzada de incertidumbre que la invadía.

La visita al médico confirmó sus temores: un esguince de segundo grado. Dos semanas de reposo absoluto y fisioterapia. La noticia fue un golpe. Dos semanas sin fútbol, dos semanas sin la adrenalina del campo, dos semanas sin la liberación que el deporte le ofrecía.

—¡Dos semanas! ¡Es imposible! —exclamó Viviana, con la voz quebrada por la frustración. —Tenemos partidos importantes.

—Viviana, es por tu bien —dijo Mariela con firmeza. —No hay discusión. Tu salud es lo primero.

Hernán, aunque apenado, apoyó a su esposa.

—Tu madre tiene razón, hija. Ya habrá más partidos. Lo importante es que te recuperes bien.

La siguiente semana en la American School "Spencer" fue un tormento. Viviana, con una bota ortopédica y muletas, se sentía fuera de lugar. Los pasillos, antes un campo de juego para su carisma, ahora eran un laberinto de obstáculos.

En clase de Matemáticas, el Profesor Molina, al verla, no perdió la oportunidad de soltar una de sus pullas.

—Señorita Carrasco, me alegra ver que ni una lesión puede apartarla del sagrado conocimiento. Aunque debo admitir que su ritmo de entrada a la clase ha mejorado considerablemente.

Algunos compañeros rieron. Viviana, con el ceño fruncido, se las arregló para llegar a su asiento. Julián Méndez, su rival académico, le lanzó una mirada de falsa compasión.

—Qué lástima, Viviana. Justo cuando la temporada se pone interesante. Espero que no afecte tus calificaciones.

—No te preocupes por mis calificaciones, Julián. Preocúpate por las tuyas —replicó Viviana con un tono cortante.

En Literatura, la Profesora Clara Jiménez fue más amable.

—Viviana, ¿cómo te sientes? Espero que te recuperes pronto. Tal vez este tiempo te sirva para reflexionar y escribir. La adversidad a menudo inspira grandes obras.

Viviana asintió, agradecida por su comprensión. La idea de escribir, de canalizar su frustración en palabras, no sonaba tan mal.

Pero la clase que más esperaba era Historia. Ver a Elena, aunque fuera en el aula, era el único consuelo en su día. Elena, al verla entrar con las muletas, le lanzó una mirada de preocupación que solo Viviana pudo descifrar.

Después de clase, Elena la detuvo en el pasillo.

—Viviana, ¿qué te pasó? Me preocupaste cuando te vi cojear ayer en el partido.

—Es un esguince, Elena. Dos semanas de reposo —Viviana sintió un nudo en la garganta. —Estoy frustrada.

Elena le tocó el brazo con suavidad.

—Lo siento mucho, Viviana. Pero eres fuerte. Superarás esto. Y recuerda, no estás sola.

Esa noche, Viviana recibió un mensaje de Elena. "Si necesitas ayuda con tus apuntes o simplemente quieres hablar, no dudes en decírmelo. Puedo pasar por tu casa después de clases."

El corazón de Viviana dio un vuelco. La idea de pasar tiempo a solas con Elena, fuera de la escuela, era tentadora y peligrosa.

—¿Estás segura? No quiero causarle problemas —respondió Viviana, sintiendo la adrenalina de lo prohibido.

—Estoy segura. Nos vemos mañana —contestó Elena.

Al día siguiente, después de clases, Elena llegó a casa de Viviana. Mariela, sorprendida por la visita de una profesora, la recibió con su habitual formalidad.

—Buenas tardes, soy Elena Rivas, profesora de Historia de Viviana. Me enteré de su lesión y quise ofrecerle mi ayuda con los estudios.

Mariela, aunque un poco desconfiada, agradeció el gesto.

—Qué amable de su parte, Profesora Rivas. Viviana está en su habitación.

Viviana, sentada en su cama con el pie en alto, sintió un escalofrío al ver a Elena entrar. La profesora llevaba una falda lápiz y una blusa de seda, y su aroma a jazmín llenaba la habitación.

—Hola —dijo Viviana, su voz apenas un susurro.

Elena cerró la puerta con suavidad.

—Hola, Viviana. ¿Cómo te sientes?

—Mejor, ahora que estás aquí —Viviana le sonrió, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas.

Elena se sentó en la silla junto a la cama, sacando algunos libros.

—Bueno, vamos a repasar el Renacimiento. Pero antes, quiero asegurarme de que estás cómoda. ¿Necesitas algo?

Viviana negó con la cabeza. Mientras Elena explicaba los conceptos históricos, sus ojos se encontraban una y otra vez. Había una tensión palpable en el aire, una corriente subterránea de deseo que amenazaba con desbordarse.

De repente, Elena dejó el libro a un lado.

—Viviana, no puedo concentrarme. No contigo aquí, tan cerca.

Viviana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—Yo tampoco, Elena.

Elena se inclinó, sus labios rozando los de Viviana. Fue un beso lento, dulce, que se intensificó con cada segundo. Las manos de Viviana se enredaron en el cabello de Elena, profundizando el beso. El dolor en su tobillo se desvaneció, reemplazado por la ardiente sensación de los labios de Elena sobre los suyos.

—Esto… esto no está bien —susurró Viviana, separándose ligeramente.

—Lo sé —respondió Elena, su voz ronca. —Pero no puedo evitarlo.

Volvieron a besarse, esta vez con más urgencia, más pasión. Las manos de Elena acariciaron la espalda de Viviana, enviando escalofríos por todo su cuerpo. La habitación se llenó de suspiros y el roce de sus cuerpos.

De repente, se escuchó un golpe en la puerta.

—Viviana, ¿está todo bien? ¿Necesitas algo? —Era Mariela.

Viviana y Elena se separaron bruscamente, sus rostros sonrojados, sus cabellos desordenados. Elena rápidamente tomó el libro de historia y Viviana se acomodó en la cama.

—Sí, mamá, todo bien. Solo estamos estudiando —respondió Viviana, intentando sonar normal.

Mariela abrió la puerta.

—Ah, bien. Solo quería asegurarme. ¿Quieren algo de beber?

—No, gracias, señora Carrasco. Estamos bien —dijo Elena, su voz un poco tensa.

Mariela las miró con desconfianza, pero asintió y cerró la puerta.

Una vez solas, Viviana y Elena se miraron, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y excitación.

—Eso estuvo cerca —susurró Viviana.

Elena asintió.

—Tenemos que tener más cuidado, Viviana. Esto es peligroso.

Pero a pesar del peligro, la conexión entre ellas se fortalecía con cada encuentro secreto. Los "estudios" se convirtieron en excusas para besos robados, caricias furtivas y palabras susurradas.

Mientras tanto, en el campo de fútbol, la ausencia de Viviana se sentía. El equipo, aunque luchaba, no lograba la misma cohesión sin su capitana. Mónica Reyes, la capitana, intentaba mantener el ánimo, pero la presión era evidente.

—Carrasco, te extrañamos en el campo —dijo Camila, visitando a Viviana. —Los partidos no son lo mismo sin ti. Valeria Cruz no para de burlarse de tu lesión.

Viviana apretó los puños.

—¡Esa víbora! Ya verá cuando regrese.

Andrea Villalba, la defensora, también la visitó.

—¡Viviana, apúrate a volver! ¡Necesitamos tus pases y tus goles! Lucía está haciendo milagros en la portería, pero nos falta tu chispa.

La presión de regresar al campo era inmensa, pero Viviana sabía que debía recuperarse bien. La fisioterapia era dolorosa, pero ella se entregaba con la misma determinación que ponía en el campo.

Un día, mientras Viviana hacía sus ejercicios en el gimnasio de la escuela, se encontró con Esteban López.

—Hola, Viviana. ¿Cómo va esa recuperación? —preguntó Esteban, con una sonrisa amable.

—Lenta, pero segura —respondió Viviana, intentando disimular su cojera.

Esteban se sentó a su lado.

—Sabes, te extraño en el campo. Y en los pasillos. La escuela es más aburrida sin ti.

Viviana lo miró, sorprendida por su sinceridad.

—Gracias, Esteban.

—De verdad. Eres… diferente. Especial.

El corazón de Viviana dio un pequeño vuelco. Sabía que Esteban sentía algo por ella, pero sus sentimientos estaban en otro lugar, con Elena.

—Esteban, yo…

—No digas nada —interrumpió él, sonriendo con tristeza. —Solo quería que lo supieras.

La conversación con Esteban la dejó pensativa. La complejidad de sus sentimientos era abrumadora. El amor prohibido con Elena, la presión de su familia, la rivalidad con Valeria y ahora la confesión de Esteban. Su vida se había convertido en un delicado equilibrio.

Una tarde, mientras Viviana y Elena estaban solas en el aula de Historia, repasando "apuntes", Elena la miró con seriedad.

—Viviana, tenemos que hablar.

Viviana sintió un escalofrío.

—¿Qué pasa, Elena?

—Esto… esto no puede seguir así. El riesgo es demasiado grande. Si alguien se entera… mi carrera, tu futuro en la escuela…

Viviana sintió un pinchazo de dolor.

—Pero, Elena, yo te quiero.

—Y yo a ti, Viviana. Más de lo que imaginas. Pero tenemos que ser realistas. No podemos seguir así, a escondidas, con el miedo constante de ser descubiertas.

Las palabras de Elena cayeron como una losa sobre Viviana. La realidad de su situación era innegable. El amor prohibido venía con un precio, un precio que ambas podrían no estar dispuestas a pagar.

—¿Entonces qué? ¿Se acabó? —preguntó Viviana, sus ojos llenos de lágrimas.

Elena se acercó a ella, sus ojos también empañados.

—No lo sé, Viviana. Solo sé que no podemos seguir así. Necesitamos tiempo para pensar, para ver si hay una manera… una manera de que esto funcione. O si tenemos que dejarlo ir.

Viviana sintió cómo su mundo se venía abajo. El dolor en su tobillo era insignificante comparado con el dolor en su corazón. La victoria en el campo se sentía vacía sin Elena, sin la promesa de su amor secreto. La American School "Spencer", antes un lugar de oportunidades, ahora parecía un campo de batalla donde sus sentimientos estaban en juego. El doble juego de Viviana la estaba alcanzando, y el precio de la victoria, tanto en el campo como en el amor, podría ser más alto de lo que nunca imaginó.