Y
El Pájaro en la Jaula de Oro
El silencio en la Mansión Riddle ya no era el silencio de una tumba, sino el de un museo perfectamente cuidado. Cada rincón de la propiedad había sido restaurado; los tapices descoloridos ahora lucían hilos de plata y seda, y el aire, antes cargado de moho y magia rancia, olía a sándalo y a la frescura de la lluvia. Era una paz artificial, una calma que precedía a la tormenta que Voldemort estaba desatando sobre el Ministerio de Magia, pero para Rabastan Lestrange, era simplemente una prisión de lujo.
Rabastan se encontraba sentado frente a un ventanal del segundo piso, observando los jardines que se extendían hacia el bosque. Sus manos descansaban sobre un libro de poemas que no estaba leyendo. El collar de oro sólido, aquel que Voldemort le había impuesto como marca de propiedad, pesaba sobre su garganta. No era un peso físico —la joya era ligera y estaba encantada para no incomodar—, sino el peso simbólico de saber que su voluntad ya no le pertenecía.
Escuchó el suave clic de la puerta al abrirse. No necesitó girarse para saber quién era. La presión en el ambiente, esa vibración oscura y magnética que erizaba el vello de su nuca, solo podía emanar de una persona.
—Te he buscado en la biblioteca, Rabastan —dijo una voz profunda, rica en matices que antes no existían en el siseo del monstruo—. Pero parece que prefieres la melancolía del jardín.
Voldemort se acercó con pasos lentos y seguros. Ya no vestía las túnicas negras y andrajosas de un señor de la guerra, sino un traje de corte aristocrático, impecable, que resaltaba su figura alta y poderosa. Su rostro, recuperado de las garras de la deformidad, era de una belleza que dolía mirar: anguloso, pálido y con unos ojos que, aunque mantenían ese destello carmesí, ahora poseían una inteligencia fría y calculadora que resultaba mucho más aterradora que la locura.
Rabastan bajó la mirada, fijándola en sus propios dedos.
—Solo estaba pensando, mi Señor.
Voldemort llegó a su lado y colocó una mano sobre su hombro. El contacto hizo que Rabastan se tensara imperceptiblemente, un reflejo que no podía evitar a pesar de las semanas que habían pasado. Los dedos del Señor Oscuro se deslizaron hacia arriba, acariciando la línea de su mandíbula hasta obligarlo a levantar la cabeza.
—¿Pensando en qué? —preguntó Voldemort, entornando los ojos—. ¿En tu hermano? ¿En las batallas que tus compañeros libran mientras tú descansas en la seda?
—Pienso en que no reconozco este mundo —respondió Rabastan con un hilo de voz, la valentía flaqueando bajo esa mirada azul oscura—. Ni lo reconozco a usted.
Voldemort soltó una risa suave, un sonido que habría sido encantador si no viniera del hombre más peligroso de la historia. Se sentó en el alféizar de la ventana, frente a él, invadiendo su espacio personal con una familiaridad que Rabastan todavía encontraba asfixiante.
—La locura es un instrumento útil para el caos, pero el orden requiere claridad —explicó Voldemort, tomando una de las manos de Rabastan entre las suyas. Sus dedos eran largos y elegantes, pero la fuerza que escondían era absoluta—. He recuperado mi trono, y con él, el derecho a elegir lo que me rodea. Te elegí a ti porque en tu silencio encontré algo que el resto de mis seguidores no tiene: una lealtad que no nace del fanatismo ciego, sino de la devoción pura.
—Fue una devoción a un ideal, no a... esto —susurró Rabastan, atreviéndose a retirar su mano, aunque solo logró que Voldemort la apretara con más firmeza.
—Ahora es una devoción a mí. Todo lo que eres, Rabastan, me pertenece. Tu cuerpo, tus pensamientos, incluso ese miedo que intentas ocultar tras tu máscara de indiferencia.
Voldemort se inclinó hacia adelante, rozando la nariz de Rabastan con la suya. El aroma del Señor Oscuro era embriagador, una mezcla de magia antigua y algo puramente masculino que confundía los sentidos del menor de los Lestrange.
—¿Sabes por qué no has intentado huir? —preguntó Voldemort contra sus labios.
—Porque no hay lugar en el mundo donde usted no pueda encontrarme —respondió Rabastan, sintiendo una lágrima traicionera formarse en la comisura de su ojo.
—Exacto. Pero también porque, en el fondo, sabes que este es tu lugar. A mi lado, como mi consorte, tienes más poder del que Rodolphus o Bellatrix podrían soñar jamás. Eres mi debilidad pública y mi secreto privado.
Rabastan cerró los ojos cuando Voldemort comenzó a besar su cuello, justo por encima del collar de oro. Cada caricia era una marca, cada beso una cadena invisible que se apretaba. La impotencia era un nudo en su garganta. Recordaba las noches anteriores, la forma en que Voldemort lo reclamaba en la cama con una intensidad que lo dejaba vacío, exhausto y marcado. No era solo sexo; era una invasión de su ser. Voldemort no solo quería su piel, quería su alma, quería que Rabastan se olvidara de quién era antes de que el "Monarca de Sangre" lo reclamara.
—Venga a cenar, Rabastan —ordenó Voldemort, rompiendo el contacto pero manteniendo su rostro a escasos centímetros—. He invitado a Lucius y a Narcissa. Quiero que el mundo vea lo bien que te sienta mi marca.
—¿Me va a exhibir como a un trofeo? —La amargura en la voz de Rabastan fue evidente.
Voldemort sonrió, una expresión depredadora que iluminó su rostro de manera siniestra.
—Eres mucho más que un trofeo. Eres la prueba de que puedo poseer hasta la paz misma. Ahora, ve a vestirte. He dejado algo para ti sobre la cama.
Rabastan se levantó, sintiendo que sus piernas temblaban ligeramente. Caminó hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró hacia atrás. Voldemort seguía sentado junto a la ventana, bañado por la luz del atardecer, luciendo como un dios antiguo contemplando su creación.
—¿Alguna vez me dejará ir? —preguntó Rabastan, sabiendo de antemano la respuesta.
Voldemort ni siquiera se movió. Su mirada permaneció fija en el horizonte, donde el sol se ocultaba tras las colinas.
—Solo cuando el sol deje de salir, mi pequeño cuervo. Y para entonces, ambos seremos cenizas en la eternidad.
Rabastan salió de la habitación, el sonido de sus propios pasos resonando en el pasillo como una cuenta regresiva. Al llegar a sus aposentos —que ahora compartía con el Señor Oscuro—, encontró sobre la cama una túnica de terciopelo azul noche, bordada con hilos de plata que formaban intrincados patrones de serpientes. Junto a ella, una joya para el cabello y un par de anillos con el sello de Slytherin.
Se desvistió mecánicamente, evitando mirarse en el espejo. No quería ver las marcas que los dedos de Voldemort habían dejado en su cadera, ni el brillo del oro en su cuello. Sin embargo, cuando terminó de vestirse y finalmente se enfrentó a su reflejo, no pudo evitar un escalofrío. Parecía un príncipe, un ser de luz atrapado en la oscuridad más profunda. La ropa le quedaba perfecta, como si hubiera sido creada por la misma magia que ahora lo asfixiaba.
Bajó las escaleras hacia el gran comedor. Los mortífagos de alto rango ya estaban allí. El ambiente era radicalmente distinto al de las reuniones de antaño. Ya no había gritos de odio ni risas histéricas. Había una etiqueta rígida, un respeto absoluto que bordeaba el culto religioso.
Cuando Rabastan entró, el silencio se hizo absoluto. Lucius Malfoy inclinó la cabeza con una cortesía que ocultaba un asombro mal disimulado. Narcissa, siempre impecable, le dedicó una mirada de profunda lástima que Rabastan tuvo que ignorar para no romperse allí mismo.
—Rabastan —dijo Rodolphus, acercándose a su hermano. Su rostro estaba demudado, sus ojos buscaban alguna señal de socorro, pero la presencia de Voldemort al final de la mesa, observándolos con una sonrisa gélida, le impedía decir nada más—. Te ves... bien.
—Gracias, hermano —respondió Rabastan, su voz sonando hueca.
Voldemort se levantó y caminó hacia él, rodeando su cintura con un brazo posesivo ante la vista de todos. Era una declaración de guerra hacia cualquiera que pensara que Rabastan seguía siendo un individuo.
—Siéntate a mi derecha, querido —dijo Voldemort, guiándolo hacia la cabecera de la mesa.
La cena fue un despliegue de poder intelectual. Voldemort hablaba de la reestructuración del Wizengamot, de las nuevas leyes de pureza de sangre que no buscaban el exterminio, sino la asimilación y la jerarquía. Su mente era un instrumento de precisión, y Rabastan escuchaba, aterrado, cómo los planes de su Señor se volvían cada vez más lógicos, más inevitables. Un Voldemort loco era un peligro; un Voldemort cuerdo era el fin del mundo tal como lo conocían.
Durante toda la velada, la mano de Voldemort no abandonó el muslo de Rabastan por debajo de la mesa. Era una caricia constante, un recordatorio de que, a pesar de la comida fina y la conversación erudita, Rabastan seguía siendo una propiedad que sería reclamada en cuanto los invitados se marcharan.
Cuando finalmente los Malfoy y los demás se retiraron, la mansión volvió a sumirse en su quietud artificial. Voldemort llevó a Rabastan de regreso a la habitación principal. No hubo palabras. El Señor Oscuro cerró la puerta con un movimiento de su mano y comenzó a despojar a Rabastan de la túnica que él mismo le había dado horas antes.
—Has estado perfecto esta noche —susurró Voldemort, empujándolo suavemente hacia la cama—. El miedo en los ojos de tu hermano cuando te toqué... fue exquisito.
Rabastan sintió las lágrimas comenzar a caer de nuevo.
—¿Por qué me hace esto? —preguntó, su voz quebrándose—. Podría tener a cualquiera. Podría tener el mundo entero.
Voldemort se posicionó sobre él, atrapando sus manos sobre su cabeza. Su rostro estaba a milímetros del de Rabastan, y por un momento, la máscara de perfección se agrietó para mostrar la obsesión pura que bullía debajo.
—Porque el mundo entero es fácil de conquistar, Rabastan. Pero tú... tú eres el único que todavía me mira y ve al monstruo bajo la piel de hombre. Y no descansaré hasta que me mires y solo veas a tu dueño. Hasta que tus lágrimas no sean de tristeza, sino de pura entrega.
Rabastan gimió cuando Voldemort se fundió en él, un impacto de dolor y una oleada de magia que lo dejó sin aliento. El Señor Oscuro se movía con una posesividad feroz, marcando su territorio, reclamando cada rincón del cuerpo de Rabastan como si fuera un mapa de su propio imperio.
—Mío —gruñía Voldemort contra su oído, su respiración agitada mezclándose con los sollozos de Rabastan—. Todo lo que eres es mío.
Rabastan cerró los ojos con fuerza, apretando las sábanas de seda negra. En la oscuridad de su mente, intentó buscar un recuerdo de libertad, un momento antes de esa noche en que se quedó dormido frente a la chimenea. Pero los recuerdos se desvanecían, devorados por la presencia abrumadora del hombre que lo sostenía.
La impotencia era una marea que lo ahogaba. Sabía que, al amanecer, volvería a despertar en esa jaula de oro, volvería a usar el collar y volvería a caminar un paso por detrás del monstruo más hermoso del mundo. No había escape. No había esperanza. Solo existía el peso de Voldemort sobre él y la certeza de que su alma, al igual que el mundo mágico, había caído finalmente bajo el dominio absoluto del Lord.
—Dilo —ordenó Voldemort, deteniéndose un momento para mirarlo a los ojos, su pulso latiendo con fuerza contra el de Rabastan—. Di que me perteneces.
Rabastan tragó saliva, sintiendo el frío metal del collar contra su piel. Las lágrimas nublaban su visión, pero no pudo apartar la mirada de esos orbes oscuros y magnéticos.
—Soy... suyo, mi Señor —susurró, rindiéndose finalmente al abismo.
Voldemort sonrió, una expresión de triunfo absoluto, y volvió a besarlo con una pasión que quemaba. En ese momento, en la penumbra de la Mansión Riddle, el destino de Rabastan quedó sellado. Ya no era un mago, ya no era un Lestrange. Era la joya de la corona de un rey que había recuperado su cordura solo para volverse un tirano mucho más perfecto y eterno.
Afuera, el mundo seguía temblando, sin saber que su nuevo monarca ya no buscaba sangre, sino una devoción total que comenzaba y terminaba en la habitación donde un joven mago lloraba en silencio mientras era reclamado por la oscuridad.