Y
El Vientre de la Bestia y el Trono de Ceniza
El aire en Rocadragón se había vuelto denso, cargado con un olor que no era del todo azufre ni del todo incienso, sino algo más antiguo y pútrido. La bruma marina ya no se disipaba con el sol; se aferraba a las torres de obsidiana como un sudario. En el centro de esta atmósfera asfixiante, Laenor Velaryon languidecía. No era una muerte física, sino una erosión lenta de su voluntad.
Daemon no se conformaba con haberlo encadenado a la isla mediante rituales de sangre. Su ambición, ahora alimentada por los susurros de los antiguos textos que recuperaba de las profundidades de la fortaleza, exigía algo más tangible: un heredero. No uno nacido de la unión política o el deber, sino un vástago nacido de la magia y la dominación.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Laenor, su voz apenas un hilo quebrado. Estaba sentado frente a un ventanal que daba al mar, pero sus ojos no veían el horizonte, sino el reflejo de Daemon, quien permanecía en las sombras de la habitación.
Daemon se adelantó. Su presencia era como una marea fría que inundaba el espacio. Ya no vestía los colores de su casa con orgullo, sino que prefería cuero negro y pesadas túnicas oscuras que parecían absorber la luz de las antorchas.
—Busco señales en ti, mi dulce consorte —respondió Daemon, su mano enguantada descendiendo para presionar el vientre de Laenor—. Los textos de Valyria hablan de los donceles, hombres cuya sangre es tan pura que el fuego puede engendrar vida en ellos. Eres un Velaryon, la sangre de la Antigua Valyria corre por tus venas con la misma fuerza que en las mías.
Laenor se estremeció bajo el toque. Sentía un calor antinatural emanando de la palma de Daemon, un calor que parecía buscar algo dentro de él, removiendo sus entrañas.
—Soy un hombre, Daemon. Los dioses no permiten tales aberraciones —logró decir, aunque el miedo le aceleraba el pulso.
Daemon soltó una carcajada seca, un sonido carente de alegría que resonó en las paredes de piedra.
—Los Siete no tienen poder aquí. Los dioses de Poniente son ídolos de madera y piedra para consolar a los débiles. Nosotros somos la sangre del dragón. Nosotros dictamos lo que es posible.
Daemon se inclinó, obligando a Laenor a mirarlo. Los ojos del príncipe canalla ya no eran violetas; tenían un brillo ambarino, casi reptiliano, que parecía ver a través de la carne.
—He vertido mi esencia en ti noche tras noche, sellada con los cantos de los jinetes de dragones de antaño —susurró Daemon contra su oído—. Siento cómo la semilla arraiga. No será un niño común, Laenor. Será el heraldo de una nueva era. Un rey que no necesitará coronas de oro, porque su sola presencia doblegará las rodillas de los hombres.
Laenor cerró los ojos, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. Podía sentirlo. En lo profundo de su ser, algo comenzaba a palpitar, un ritmo ajeno a su propio corazón, un fuego que no quemaba pero que consumía su identidad. Estaba siendo utilizado como un recipiente, un cáliz de carne para las ambiciones oscuras de un hombre que ya no conocía límites.
Mientras tanto, en Desembarco del Rey, el ambiente era muy distinto, pero igualmente tenso. La Fortaleza Roja era un nido de susurros y paranoia. La noticia del secuestro de Laenor y la transformación de Daemon en un señor de la guerra nigromante se había extendido como una plaga.
En el Consejo Privado, el silencio era tan pesado que se podía oír el crepitar de las velas. El Rey Viserys parecía haber envejecido diez años en unas pocas lunas. Su rostro estaba pálido, y su mano temblaba mientras sostenía un informe de sus espías en Marcaderiva.
—Daemon ha perdido el juicio —murmuró Viserys, su voz llena de una tristeza profunda—. Secuestrar al heredero de Marcaderiva... proclamarlo su consorte... ¿Qué locura es esta?
—No es solo locura, Majestad —intervino Otto Hightower, con su voz gélida y calculadora—. Es una declaración de guerra. El Príncipe Daemon ha fortificado Rocadragón con defensas que nuestros maestres no pueden explicar. Los barcos que se acercan a la isla son consumidos por nieblas negras o golpeados por tormentas que surgen de la nada.
Rhaenyra, sentada a un lado, mantenía la mirada fija en la mesa. Su rostro estaba tenso, una máscara de orgullo herido y temor oculto. La traición de Daemon la había golpeado donde más le dolía: en su ego. Que él hubiera preferido a Laenor, que lo hubiera reclamado con tal ferocidad, era un insulto que no podía procesar. Y detrás de ella, Criston Cole permanecía como una estatua de acero, con la mano siempre cerca del pomo de su espada, sus ojos brillando con un odio fanático hacia el príncipe que lo había humillado sin siquiera dirigirle la palabra.
—Dicen que practica las artes oscuras —continuó Otto, observando la reacción de la princesa—. Dicen que los sirvientes de Rocadragón huyen despavoridos, hablando de sombras que caminan solas y de gritos que no parecen humanos. Y lo que es peor... hay rumores de que busca un heredero de Laenor Velaryon.
Viserys golpeó la mesa con el puño, un gesto débil pero cargado de frustración.
—¡Eso es imposible! ¡Es una blasfemia contra la naturaleza!
—Para Daemon Targaryen, la naturaleza es solo algo que debe ser domesticado —dijo Rhaenyra, hablando por primera vez. Su voz era fría, destilando un veneno que sorprendió a los presentes—. Él siempre quiso el poder absoluto. Si ha encontrado una forma de engendrar un heredero sin depender de las leyes de los hombres, no se detendrá ante nada.
—Debemos enviar a la flota —sentenció Lord Corlys Velaryon, quien había entrado en la sala con la furia de una tormenta marina—. Mi hijo está cautivo. Mi sangre está siendo profanada por ese monstruo. ¡Si el Trono de Hierro no actúa, Marcaderiva lo hará!
—Si envías tus barcos, Corlys, solo alimentarás las hogueras de Caraxes —advirtió Viserys—. Daemon no es el hombre que conocíamos. Ha cruzado un umbral del que no hay retorno.
En los pasillos de la fortaleza, el pueblo llano también hablaba. Se decía que el "Príncipe Demonio" había vendido su alma a los antiguos dioses de Valyria a cambio de un poder que haría temblar los cimientos del mundo. Las madres asustaban a sus hijos con historias de cómo Daemon vendría en la noche sobre un dragón de sombras para llevarse a los hermosos y convertirlos en sus esclavos. La belleza de Laenor, antes admirada en toda la corte, ahora se veía como una maldición, un faro que había atraído al depredador más peligroso de Poniente.
De vuelta en Rocadragón, el tiempo parecía haberse detenido. Laenor intentó una vez más escapar, no a través de los túneles esta vez, sino buscando el final en los acantilados. Si saltaba, si su cuerpo se rompía contra las rocas, el vínculo se rompería.
Caminó por el borde del precipicio, sintiendo el viento azotar su cabello plateado. El mar rugía debajo, llamándolo a casa, al reino de su padre. Pero justo cuando se preparaba para lanzarse, una sombra inmensa cubrió la luna.
Caraxes aterrizó con una pesadez que hizo vibrar el suelo. El dragón rojo emitió un silbido sordo, su cuello largo y serpentino moviéndose con una gracia aterradora. Daemon bajó de la silla de montar, pero no corrió hacia él. Se quedó allí, observándolo con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—¿Crees que la muerte es una salida, Laenor? —preguntó Daemon, caminando lentamente hacia él.
—Es mejor que ser tu juguete —espetó Laenor, con los pies al borde del abismo.
Daemon se detuvo a pocos pasos. Sus ojos brillaron en la oscuridad.
—Incluso si saltas, te traería de vuelta. He aprendido los cantos que llaman a las almas desde el otro lado del velo. Tu cuerpo sería mío de nuevo, pero esta vez, tu mente no tendría refugio. Serías una cáscara vacía, obediente a cada uno de mis deseos. ¿Es eso lo que quieres?
Laenor retrocedió, horrorizado. La idea de ser un cadáver animado por la voluntad de Daemon era un destino peor que cualquier infierno que los septones pudieran describir.
—Eres un monstruo —susurró Laenor, colapsando en el suelo, lejos del borde.
Daemon se arrodilló a su lado y lo envolvió en su capa, un gesto que debería haber sido de consuelo pero que se sentía como una red.
—Soy lo que mi linaje exige. Soy el fuego que purifica. Y tú... tú eres la tierra que recibirá mi semilla.
Daemon lo levantó en vilo. Laenor se sintió mareado, una náusea repentina y violenta le revolvió el estómago. Daemon lo notó de inmediato. Una sonrisa de triunfo absoluto iluminó el rostro del príncipe.
—Ya ha comenzado —dijo Daemon, su voz cargada de una reverencia oscura—. El sacrificio ha sido aceptado.
Llevó a Laenor de regreso a la torre, donde los rituales se intensificaron. Durante las semanas siguientes, Laenor fue alimentado con brebajes extraños que sabían a hierro y flores marchitas. Su cuerpo empezó a cambiar. Su piel se volvió más pálida, casi traslúcida, y sus venas adquirieron un tono azulado eléctrico. Pero lo más inquietante era su vientre, que comenzó a hincharse con una rapidez antinatural, como si lo que crecía dentro de él no siguiera las leyes del tiempo humano.
Daemon pasaba horas con la mano sobre el abdomen de Laenor, recitando versos en alto valyrio que hacían que las sombras de la habitación se retorcieran. A veces, Laenor sentía que "algo" se movía dentro de él, algo que no pateaba como un bebé, sino que parecía rasguñar, buscando su camino hacia la luz con una impaciencia voraz.
—Pronto, el mundo temblará —decía Daemon, sus ojos fijos en el vientre de su consorte—. Cuando este niño nazca, Rhaenyra comprenderá lo pequeño que es su pecado. Cuando este niño reclame su derecho, Criston Cole será solo una mancha de sangre en el suelo.
Laenor, atrapado en una bruma de hechizos y debilidad física, solo podía rezar a los dioses en los que ya no creía. Pero en Rocadragón, solo Daemon escuchaba, y sus respuestas siempre estaban escritas en sangre y fuego.
La noticia de la "condición" de Laenor llegó finalmente a Desembarco del Rey a través de un cuervo que no llevaba un mensaje, sino un trozo de pergamino hecho de piel humana. En él, Daemon había escrito una sola frase con una caligrafía perfecta:
"El heredero del Dragón y el Mar viene en camino. Preparad el trono, o preparad vuestras piras."
Viserys, al leerlo, se desmayó en pleno salón del trono. Rhaenyra sintió un frío glacial recorrer su columna vertebral. Sabía, con una certeza aterradora, que Daemon no estaba bromeando. El hombre que una vez la amó se había convertido en un dios de la destrucción, y el hijo que Laenor llevaba en sus entrañas no era un niño, sino una sentencia de muerte para todos ellos.
En la oscuridad de su cámara, Laenor Velaryon acarició su propio vientre, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su interior. Por un momento, su mente se despejó de la magia de Daemon y se vio a sí mismo: un prisionero, un consorte, una madre de monstruos. Y en el silencio de la noche, el niño dentro de él le susurró por primera vez, una voz que no era humana, prometiéndole que, cuando naciera, el mundo entero ardería con él.