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El Reclamo del Lobo y la Pira de los Traidores
El fuego de la chimenea en los aposentos de Robb era lo único que se atrevía a moverse en aquella habitación cargada de una atmósfera densa, casi eléctrica. Robb Stark permanecía de pie frente al ventanal, observando la nieve caer sobre el patio de Invernalia, hasta que el sonido de la puerta al abrirse rompió el silencio. Jaime Lannister entró, sin su armadura dorada, vistiendo solo una túnica de seda roja que parecía una herida abierta en medio de la penumbra de piedra y escarcha.
El Matarreyes no entró con su habitual paso arrogante. Había algo en la mirada de Robb, algo que Jaime había sentido durante la cena, que le había arrebatado su armadura invisible de cinismo. Robb se giró lentamente. La luz de las llamas esculpía sus facciones, dándole el aspecto de una antigua deidad de la guerra, hermosa y aterradora a partes iguales.
—Has venido —dijo Robb. No era una pregunta, sino la constatación de un hecho inevitable.
—No me dejaste muchas opciones, Stark —respondió Jaime, intentando recuperar un poco de su mordacidad, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual—. Amenazar a mi hermano es un truco bajo, incluso para un norteño.
Robb caminó hacia él con la elegancia de un depredador que ya ha acorralado a su presa. Cada paso resonaba en el suelo de piedra, y Jaime se encontró retrocediendo hasta que su espalda golpeó la madera pesada de la puerta. Robb no se detuvo hasta quedar a escasos centímetros, invadiendo el espacio personal del caballero con una autoridad asfixiante.
—No hay trucos bajos cuando se trata de asegurar lo que es mío, Jaime —susurró Robb. Extendió una mano y, con una fuerza que no admitía réplica, agarró el cuello de la túnica de Jaime, tirando de él hacia abajo—. En mi otra vida, quizás hubiera buscado tu respeto. En esta, solo busco tu rendición absoluta.
Antes de que Jaime pudiera responder, Robb lo besó. No fue un beso de amante, sino una invasión. Era frío, exigente y cargado de una posesividad oscura que hizo que Jaime jadeara. El Lannister intentó luchar por un segundo, sus manos subiendo para empujar el pecho de Robb, pero el Stark era una montaña de músculo y voluntad inquebrantable. El frío que emanaba de Robb parecía filtrarse a través de la piel de Jaime, apagando el fuego de su orgullo y reemplazándolo por una necesidad desesperada y punzante.
Robb lo arrastró hacia la cama de pieles oscuras. No hubo delicadeza en el acto de despojar a Jaime de sus ropas. Robb quería ver la piel del León, quería marcarla con el sello del Invierno. Cuando Jaime quedó desnudo ante él, la luz del fuego bailó sobre sus hombros anchos y su cabello de oro, pero bajo la mirada de Robb, Jaime se sintió despojado de todo su poder.
—Mírame —ordenó Robb, situándose sobre él. Sus manos, callosas por la espada y frías como el hielo de la Muralla, recorrieron el torso de Jaime, dejando un rastro de escalofríos a su paso—. Quiero que entiendas que a partir de este momento, ya no perteneces a Roca Casterly. No perteneces a Cersei. No perteneces a ti mismo.
—Soy un caballero de la Guardia Real... —logró articular Jaime, aunque su respiración era errática mientras los dedos de Robb se cerraban alrededor de su mandíbula.
—Eres mi consorte —sentenció Robb—. Eres el trofeo que el Norte le arrebata al Sur. Y voy a grabarlo en tu alma para que nunca lo olvides.
El encuentro fue una batalla de voluntades donde solo uno podía salir victorioso. Robb reclamó cada centímetro de Jaime con una ferocidad que rozaba la crueldad. No era solo sexo; era una ceremonia de conquista. Cada vez que Jaime intentaba tomar el control, Robb lo sometía, obligándolo a mirar sus ojos azules, esos pozos de oscuridad que prometían un destino del que no había escapatoria.
Cuando Robb finalmente se fundió en él, Jaime soltó un grito que fue ahogado por el beso del Stark. En ese momento, la conexión fue total. Jaime sintió el peso de la corona de escarcha que Robb llevaba en su espíritu, sintió el rugido de la tormenta que se avecinaba. No era solo carne contra carne; era el Invierno devorando al Verano. Jaime se arqueó bajo él, sus dedos hundiéndose en los hombros de Robb, aceptando finalmente la cadena invisible que ahora lo unía al Rey del Norte.
Horas después, cuando la luna estaba en su cenit, Robb se levantó de la cama con una energía renovada, dejando a Jaime exhausto y marcado entre las pieles. Se vistió en silencio, volviendo a ponerse sus cueros negros y su capa de lobo. Jaime lo observó desde la cama, con el cabello desordenado y los ojos nublados por una mezcla de odio, miedo y una fascinación que no podía ocultar.
—¿A dónde vas? —preguntó Jaime con voz quebrada.
Robb se ajustó el cinturón de su espada y lo miró por encima del hombro. Su rostro no mostraba ni rastro de la pasión de hace unos momentos; era de nuevo una máscara de hielo.
—Tengo asuntos que atender —respondió Robb—. El amanecer debe traer consigo la limpieza de mi casa. Quédate aquí, Jaime. Eres mío, y nadie entrará en esta habitación sin mi permiso.
Robb salió de sus aposentos y se encontró con Viento Gris esperándolo en el pasillo. El lobo huargo parecía haber crecido en la oscuridad, sus ojos rojos brillando con una inteligencia malévola. Juntos, se dirigieron hacia las mazmorras y los cuartos de los invitados.
La primera parada fue la habitación de Theon Greyjoy. Robb entró sin llamar. Theon, que estaba durmiendo tras una noche de excesos, se despertó sobresaltado al sentir el frío que inundó la estancia.
—¿Robb? ¿Qué pasa? —preguntó Theon, frotándose los ojos.
Robb no respondió con palabras. Agarró a Theon por el cabello y lo lanzó al suelo. Viento Gris gruñó, mostrando unos colmillos que parecían dagas de marfil.
—Sé lo que harías si te diera la espalda, Theon —dijo Robb, su voz baja y letal—. Sé cómo traicionarías a mis hermanos. Sé cómo quemarías mi hogar por un poco de aprobación de un padre que te desprecia.
—¿De qué hablas? ¡Soy tu amigo! —gritó Theon, el pánico empezando a apoderarse de él.
—Fuiste mi amigo —corrigió Robb—. En una vida que ya no existe. En esta, eres solo un parásito que voy a eliminar antes de que infecte mi reino.
Robb hizo una señal. Dos guardias que esperaban fuera, hombres de los Karstark que ahora miraban a Robb con una devoción fanática, entraron y arrastraron a Theon hacia el patio.
La siguiente parada fue más silenciosa. Robb se dirigió a las estancias de los Bolton. Roose Bolton ya estaba despierto, sentado a la mesa con una vela encendida, como si supiera que el juicio final estaba llegando. Al ver entrar a Robb, Roose se puso de pie lentamente.
—Mi señor —dijo Roose, su voz un susurro apagado.
—Lord Bolton —dijo Robb, caminando alrededor de él—. He decidido que no necesito un carnicero que sueña con mi piel. He decidido que prefiero el miedo de tus herederos al ver tu cabeza en una pica.
Roose intentó alcanzar una daga oculta en su manga, pero Viento Gris fue más rápido. El lobo saltó, derribando al señor de fuerte terror y hundiendo sus dientes en su hombro. Roose soltó un gemido seco, pero sus ojos pálidos permanecieron fijos en Robb.
—Tú... no eres el hijo de Ned Stark —jadeó Roose mientras la sangre empapaba su túnica.
—Soy el Rey del Invierno —respondió Robb, desenvainando su espada. El acero brilló con una luz azulada—. Y el invierno no tiene honor, Roose. Solo tiene resultados.
Con un movimiento fluido y preciso, Robb decapitó a Roose Bolton. La cabeza rodó por el suelo de piedra, y Robb ni siquiera se molestó en limpiar la sangre de su hoja.
—Llevad el cuerpo a las perreras —ordenó a sus hombres—. Y traedme a Ramsay Snow. No quiero que quede ni un solo Bolton con vida antes de que salga el sol.
El patio de Invernalia se convirtió en un escenario de justicia sumaria bajo las estrellas. Mientras la comitiva real dormía, ajena a la purga, Robb Stark dictaba sentencias. Theon Greyjoy fue ejecutado frente al Árbol Corazón, su sangre alimentando las raíces antiguas. Los espías de los Lannister que se habían infiltrado en la servidumbre fueron colgados de las murallas.
Ned Stark salió al patio, envuelto en una pesada capa, con el rostro desencajado por el horror al ver los cuerpos.
—¡Robb! ¿Qué has hecho? —gritó Ned, acercándose a su hijo—. ¡Esto es una carnicería! ¡Has matado a Lord Bolton! ¡Has matado a Theon, que era como un hermano para ti!
Robb se giró hacia su padre. Su mirada era tan gélida que Ned se detuvo en seco, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
—He salvado al Norte, padre —dijo Robb con una calma aterradora—. He eliminado a los traidores antes de que sacaran sus cuchillos. He hecho lo que tú nunca tuviste el valor de hacer porque estabas demasiado ocupado guardando tu honor.
—¡El honor es lo que nos define! —exclamó Ned, con lágrimas de frustración en los ojos.
—El honor es lo que te llevará a la tumba en Desembarco del Rey si te dejo ir —replicó Robb—. Pero no irás. Tú te quedarás aquí, como Señor de Invernalia. Pero yo soy el Rey. Y mi palabra es la ley absoluta. Si vuelves a cuestionar mis métodos frente a mis hombres, te trataré como a cualquier otro rebelde.
Ned retrocedió, tambaleándose. No podía creer que aquel hombre fuera el niño que él había criado. Robb ya no le miraba; su atención estaba puesta en la torre donde Jaime Lannister esperaba.
—Preparad los cuervos —ordenó Robb a sus maestres, que temblaban de miedo—. Enviad un mensaje a Lord Tywin Lannister. Decidle que su hijo favorito es mi consorte y que, si quiere volver a verlo, deberá arrodillarse ante el Trono de Escarcha. Decidle que el Norte ya no reconoce la corona de Robert Baratheon.
—¿Estás declarando la guerra al reino entero? —preguntó Ned en un susurro.
—No —dijo Robb, mientras el primer rayo de sol iluminaba las murallas salpicadas de sangre—. Estoy reclamando lo que el mundo me debe. Y si el mundo tiene que arder para que yo pueda reinar sobre sus cenizas, que así sea.
Robb regresó a sus aposentos. Jaime seguía allí, sentado al borde de la cama, cubierto con una piel de lobo. Al ver entrar a Robb manchado de sangre, Jaime no apartó la vista. Había algo roto en el León, pero también algo nuevo que empezaba a crecer en ese vacío: una lealtad nacida del terror y de la pasión más oscura.
Robb se acercó a él y le tomó la mano. Jaime no se resistió.
—El mundo ha cambiado esta noche, Jaime —dijo Robb, obligándolo a ponerse en pie—. Los traidores están muertos. Mi padre está sometido. Y tú... tú eres el corazón de mi nuevo imperio.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Jaime, mirando la sangre en las manos de Robb.
Robb sonrió, y por un momento, pareció que el invierno mismo sonreía a través de él.
—Voy a marchar hacia el Sur —dijo Robb—. Pero no para suplicar justicia. Voy para reclamar el Trono de Hierro, fundirlo y construir uno de hielo y huesos. Y tú, mi querido león, cabalgarás a mi lado mientras vemos cómo el mundo se arrodilla.
Jaime miró por la ventana y vio las cabezas de los Bolton y los Greyjoy en las picas. Comprendió que el joven Stark que conocía la historia ya no existía. Este era un monstruo, un rey de pesadilla que no se detendría ante nada. Y, para su propia sorpresa y horror, Jaime sintió que quería estar allí para verlo todo.
—Entonces, que así sea, mi Rey —susurró Jaime, inclinando la cabeza en una señal de sumisión que nunca le había dado a nadie.
Robb lo tomó por la nuca y lo atrajo hacia sí, sellando su pacto de sangre y sombras. El reinado del Lobo de Hielo había comenzado, y la tierra pronto aprendería que no había fuego capaz de detener el avance del invierno eterno. Nadie estaba preparado para lo que venía, pero Robb Stark ya lo había visto todo, y esta vez, él sería el último en reír.