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La Jaula de Terciopelo y Hierro
El sonido de la lluvia contra los cristales era lo único que rompía el silencio sepulcral del apartamento. Dentro, el aire estaba cargado de una tensión eléctrica, una mezcla de incienso caro y el olor metálico de los antisépticos. Urushibara Ryo permanecía de pie ante el ventanal, observando el reflejo de la ciudad en el vidrio. Sin embargo, su atención no estaba en las luces de neón de Tokio, sino en la figura que se agitaba débilmente en la cama a sus espaldas.
Izaki Shun no era un hombre fácil de quebrar. Incluso herido, incluso con las costillas gritando de dolor ante cada movimiento, sus ojos rubios seguían buscando una salida, una debilidad en el muro de porcelana que era Ryo. Pero Ryo no tenía grietas.
—Es inútil que sigas probando la cerradura de la puerta con la mirada —dijo Ryo sin volverse, su voz suave como la seda pero fría como el mármol—. He reforzado este lugar pensando específicamente en personas como tú. Gente que no sabe cuándo ha perdido.
Izaki soltó un bufido que terminó en una mueca de agonía. Se sentó en el borde de la cama, sujetándose el costado. Su camisa de Suzuran, aquel símbolo de orgullo que Ryo se había negado a devolverle, había sido reemplazada por una prenda de seda negra que pertenecía al dueño de la casa. El contraste del tejido oscuro contra la piel pálida y magullada de Izaki era algo que Ryo encontraba estéticamente perfecto.
—No puedes mantenerme aquí para siempre, Urushibara —gruñó Izaki, su voz recuperando poco a poco su fuerza—. Alguien se dará cuenta. Serizawa no es tan idiota como crees, y Genji... Genji es un animal. Olerá el rastro de Housen tarde o temprano.
Ryo se giró lentamente. Sus movimientos tenían la elegancia depredadora de un gato que sabe que el ratón no tiene a dónde ir. Caminó hacia la cama y se detuvo a pocos centímetros de Izaki, obligando al rubio a mirar hacia arriba.
—¿Suzuran? —Ryo soltó una risita seca, casi inaudible—. En este momento, Suzuran es un nido de cuervos arrancándose las plumas entre sí. Creen que te has ido, Shun. Creen que fuiste emboscado por una patrulla de Housen y que tu cuerpo está en algún canal. Ya han hecho su duelo. Eres un fantasma para ellos.
—Mientes —escupió Izaki, aunque una sombra de duda cruzó sus ojos.
—¿Miento? —Ryo se inclinó, apoyando una mano en el colchón, justo al lado del muslo de Izaki—. He estado enviando informes falsos a través de mis propios canales. Para Housen, estás desaparecido. Para Suzuran, estás muerto. Estás en el único lugar del mundo donde nadie te buscaría: conmigo.
Ryo extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, pasó las yemas de sus dedos por el cuello de Izaki, siguiendo la línea de una de las cicatrices que el rubio se había ganado en peleas anteriores. Izaki se tensó, un escalofrío recorriendo su columna, pero no se apartó. No era solo el dolor lo que lo inmovilizaba; era la intensidad de la mirada de Ryo, una mezcla de obsesión y una posesividad oscura que nunca había visto en nadie.
—¿Por qué? —preguntó Izaki en un susurro—. Si querías ganar la guerra, podrías haberme entregado a Narumi. Sería un trofeo de guerra perfecto.
—Narumi no entendería el valor de lo que tengo aquí —respondió Ryo, su pulgar ahora acariciando el labio inferior de Izaki—. Para él, eres una pieza en un tablero. Para mí... eres una obra de arte que solo yo puedo apreciar. Siempre me pregunté cómo se vería ese fuego que tienes en los ojos si estuviera rodeado de sombras.
Ryo se acercó más, invadiendo el espacio vital de Izaki hasta que sus respiraciones se mezclaron. El deseo que Ryo había estado reprimiendo desde que encontró a Izaki bajo la lluvia comenzó a burbujear en su interior. No era un deseo convencional; era una necesidad de dominio absoluto, de ver al indomable líder de Suzuran rendirse no ante la fuerza bruta, sino ante la voluntad de Ryo.
—Déjame ir —pidió Izaki, aunque su voz carecía de la convicción habitual. La debilidad física y el aislamiento estaban empezando a pasarle factura.
—No —susurró Ryo contra sus labios—. Aún no has aprendido la lección más importante. No eres un cuervo, Shun. Eres solo un hombre. Y este hombre me pertenece.
Sin previo aviso, Ryo acortó la distancia y lo besó. Fue un beso agresivo, una invasión que buscaba reclamar territorio. Izaki intentó resistirse al principio, sus manos subiendo para empujar los hombros de Ryo, pero el dolor en sus costillas y la forma en que Ryo mordía su labio inferior lo dejaron sin aliento. El sabor de la sangre y el deseo se mezclaron en sus bocas.
Ryo lo empujó suavemente hacia atrás, obligándolo a recostarse sobre las sábanas de satén. El contraste entre la rudeza de la pelea callejera y la delicadeza del entorno era embriagador. Ryo se posicionó sobre él, atrapando las muñecas de Izaki por encima de su cabeza con una sola mano. La fuerza de Ryo era engañosa; bajo esa apariencia delgada se escondía una potencia física cultivada en los gimnasios de Housen y en las calles más peligrosas.
—Mírame —ordenó Ryo, su voz ahora cargada de una autoridad incuestionable.
Izaki abrió los ojos, jadeando. Sus pupilas estaban dilatadas, reflejando el rostro sereno y casi angelical de su captor.
—Te odio —dijo Izaki, aunque sus pulmones ardían por la falta de aire.
—Lo sé —sonrió Ryo, y por primera vez, la sonrisa llegó a sus ojos, aunque seguía siendo una expresión gélida—. El odio es una emoción mucho más pura que la lealtad. El odio te mantendrá enfocado en mí. Quiero que cada vez que cierres los ojos, veas mi cara. Quiero que cuando sientas dolor, sea porque yo lo permito. Y cuando sientas placer... será porque yo te lo doy.
Ryo bajó la cabeza, enterrando su rostro en el cuello de Izaki, inhalando el aroma a jabón y a hombre que emanaba de su piel. Empezó a dejar marcas, pequeños recordatorios de su propiedad, mientras su mano libre bajaba por el torso de Izaki, deteniéndose justo donde empezaban las vendas que cubrían sus heridas.
—¿Te duele aquí? —preguntó Ryo, presionando ligeramente una de las costillas fisuradas.
Izaki soltó un quejido ahogado, arqueando la espalda.
—¿O prefieres que me enfoque en esto? —Ryo movió su mano más abajo, acariciando la piel sobre el elástico de la ropa interior de Izaki.
El rubio cerró los ojos, apretando los dientes. La situación era humillante, aterradora y, para su horror interno, extrañamente estimulante. Había algo en la entrega total, en el hecho de estar a merced de alguien tan inteligente y despiadado como Urushibara Ryo, que hacía que su adrenalina se disparara de una forma que ninguna pelea con Serizawa o Genji había logrado jamás.
—Eres un monstruo —logró decir Izaki.
—Soy tu monstruo —corrigió Ryo, volviendo a besarlo, esta vez con una ternura que era casi más aterradora que la violencia—. Y voy a cuidarte tan bien, Shun, que cuando las puertas de este apartamento finalmente se abran, no querrás salir. El mundo exterior es sucio, ruidoso y caótico. Aquí, todo es ordenado. Aquí, eres el centro de mi universo.
Ryo se deshizo de su propia camisa, revelando un cuerpo tonificado y marcado por los años de entrenamiento en Housen. Se fundió contra Izaki, buscando el calor de su cuerpo, sintiendo los latidos acelerados del corazón del otro contra su propio pecho. La euforia que sentía Ryo era casi insoportable; tener al gran Izaki Shun retorciéndose bajo él, vulnerable y cautivo, era el triunfo definitivo. No necesitaba la cabeza de Serizawa en una bandeja; tenía algo mucho mejor. Tenía el alma de su mano derecha.
—No te voy a romper todavía —susurró Ryo al oído del rubio, mientras sus manos exploraban cada rincón del cuerpo de Izaki—. Primero, voy a deshacerte. Voy a borrar cada rastro de Suzuran de tu piel hasta que solo quede lo que yo he puesto allí.
Izaki sintió que el mundo se desvanecía, que las paredes del apartamento se estrechaban hasta que solo existían él y Ryo. La lluvia seguía cayendo afuera, una guerra seguía librándose en las calles, pero en esa habitación, el tiempo se había detenido.
—Ryo... —el nombre escapó de los labios de Izaki como un suspiro, casi una rendición.
Ryo se detuvo un momento, saboreando el sonido de su nombre en la voz de Izaki. Una chispa de triunfo brilló en sus ojos.
—Dilo otra vez —pidió Ryo, sus manos volviéndose más audaces, más exigentes.
Pero Izaki no respondió con palabras. En un último acto de rebeldía que era más una invitación que una protesta, rodeó el cuello de Ryo con sus brazos, atrayéndolo hacia abajo. Si iba a estar atrapado en el infierno, se aseguraría de quemar al demonio junto con él.
Ryo aceptó el desafío con gusto. Se hundió en el calor de Izaki, reclamando su cuerpo con una intensidad que amenazaba con consumirlos a ambos. Cada beso, cada caricia, cada gemido ahogado era un clavo más en el ataúd de la antigua vida de Izaki.
Horas más tarde, cuando la luz grisácea del amanecer empezó a filtrarse por las persianas, Ryo permanecía despierto, observando a Izaki dormir. El rubio estaba exhausto, su rostro finalmente en paz, aunque sus muñecas mostraban leves marcas rojas. Ryo acarició el cabello rubio de su prisionero, sintiendo una satisfacción profunda y oscura.
Suzuran podía tener sus edificios y sus leyendas. Housen podía tener su ejército de cabezas rapadas. Pero Urushibara Ryo tenía lo único que realmente importaba: el control total sobre el hombre que una vez fue el pilar de sus enemigos.
—Buenos días, Shun —susurró Ryo, inclinándose para darle un beso casto en la frente—. Hoy será un día largo. Tenemos mucho tiempo para seguir conociéndonos.
Se levantó con cuidado de no despertarlo y se dirigió a la cocina para preparar algo de comer. Mientras el café se filtraba, Ryo encendió la televisión en silencio. Las noticias hablaban de disturbios cerca del instituto Suzuran, de jóvenes hospitalizados y de una tensión que amenazaba con estallar en una batalla campal.
Ryo apagó la pantalla con un clic seco. Nada de eso le importaba ya. Su guerra personal ya estaba ganada. Había coleccionado la sombra más brillante de Suzuran y la había encerrado en su propia oscuridad. Y no tenía la menor intención de dejar que la luz volviera a tocarla.
Izaki Shun se despertó poco después, sintiendo el peso de la realidad cayendo sobre él. Miró a su alrededor, esperando que todo hubiera sido un sueño febril, pero el olor de Ryo en las sábanas y el dolor sordo en su cuerpo le recordaron dónde estaba. Intentó levantarse, pero la debilidad lo venció.
—¿Ya estás despierto? —La voz de Ryo llegó desde la puerta. Estaba allí, impecable, con una bandeja en las manos—. He preparado el desayuno. Necesitas recuperar fuerzas.
—¿Para qué? —preguntó Izaki, su voz apagada—. ¿Para que puedas volver a usarme como un juguete?
Ryo dejó la bandeja en la mesilla de noche y se sentó a su lado. Tomó un trozo de fruta y se lo acercó a los labios a Izaki.
—No eres un juguete, Shun. Eres un invitado de honor. Y te quedarás aquí hasta que entiendas que no hay ningún otro lugar al que pertenezcas.
Izaki miró la fruta y luego a Ryo. Vio la determinación en esos ojos pálidos y comprendió que la cerradura de la puerta era solo el principio. La verdadera prisión era la mente de Ryo, y él ya estaba atrapado en lo más profundo de ella.
Aceptó la comida, sabiendo que cada gesto de cuidado de Ryo era una cadena más. Pero por ahora, mientras sus heridas sanaban y el mundo exterior se olvidaba de él, Izaki Shun se permitió cerrar los ojos y dejarse llevar por la extraña y peligrosa calma del Coleccionista de Sombras. La guerra de Suzuran estaba lejos; su verdadera batalla acababa de empezar, y era una que no podía ganar con los puños.