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El Precio de la Huida
La seguridad de la casa de seguridad de los Lestrange en el norte de Gales siempre le había parecido a Rabastan un refugio inexpugnable. Sus muros de piedra gruesa, protegidos por encantamientos de desilusión y barreras de sangre, eran el lugar donde solía esconderse del mundo cuando la presión de ser un sangre pura se volvía asfixiante. Sin embargo, mientras se acurrucaba en un rincón de la biblioteca polvorienta, con la varita todavía apretada en su mano temblorosa, se dio cuenta de que no había muros lo suficientemente altos para mantener fuera a Lord Voldemort.
El recuerdo de la mañana seguía golpeándolo con la fuerza de un *Cruciatus*. La imagen de aquel hombre, de una belleza tan perfecta que resultaba antinatural, durmiendo pacíficamente tras haberlo reclamado con una posesividad aterradora, lo perseguía. Rabastan se frotó las muñecas, donde aún persistían las marcas violáceas de los dedos del Lord. No eran solo marcas físicas; sentía que su propia magia había sido marcada, alterada por el contacto con la oscuridad pura que emanaba de su Señor.
—¿Qué he hecho? —susurró, su voz quebrándose en el silencio de la habitación—. Por Merlín, ¿qué he hecho?
Huir había sido un acto de puro instinto, una respuesta de supervivencia ante lo desconocido. Pero ahora, con la cabeza más fría aunque el corazón todavía desbocado, comprendía la magnitud de su error. Voldemort no era un hombre que aceptara el rechazo, ni siquiera el que nacía del miedo. Para el Señor Tenebroso, la huida de Rabastan no sería vista como un acto de pánico, sino como un insulto personal, un desafío a su autoridad y a su capricho.
De repente, la temperatura de la habitación descendió drásticamente. El aliento de Rabastan se convirtió en una pequeña nube blanca frente a sus ojos. Los encantamientos de protección de la casa no habían caído con un estruendo, sino que simplemente se habían... desvanecido, como si la voluntad que los mantenía hubiera decidido que ya no tenían importancia ante una fuerza superior.
Un siseo suave, casi una caricia, llenó el aire.
—Sssí... aquí essstá... el pequeño pájaro asssustado...
Rabastan se puso en pie de un salto, apuntando con su varita hacia la puerta. Nagini se deslizó por el umbral, sus escamas brillando con un matiz verdoso bajo la luz de las velas que empezaban a parpadear. La serpiente no atacó; se limitó a enroscarse cerca de la entrada, observándolo con esos ojos amarillos y calculadores que parecían burlarse de él.
—¡Vete! —gritó Rabastan, aunque sabía que era inútil.
—No creo que ella sea quien deba irse, Rabastan.
La voz llegó desde las sombras detrás de él. No era un grito, era un murmullo profundo, cargado de una elegancia letal. Rabastan se giró tan rápido que estuvo a punto de caer. Allí, sentado en el gran sillón de cuero que antes estaba vacío, se encontraba Lord Voldemort.
Ya no vestía la seda de la cama. Llevaba sus túnicas de viaje, negras como el abismo, y su rostro ya no mostraba la calma del sueño. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad depredadora, y una sonrisa mínima, casi imperceptible, curvaba sus labios aristocráticos.
—Mi... Mi Señor... —Rabastan cayó de rodillas, la varita rodando por el suelo, olvidada. El terror lo dejó sin aire.
Voldemort se levantó con una lentitud tortuosa, disfrutando de la agonía visual de su seguidor. Se acercó a él y, con un movimiento fluido, tomó a Rabastan por el mentón, obligándolo a alzar la vista. Sus dedos estaban helados, pero el contacto envió una descarga de calor abrasador a través del cuerpo del joven Lestrange, un recordatorio de la noche anterior.
—Me desperté solo, Rabastan —dijo Voldemort, su voz bajando a un tono peligrosamente dulce—. En toda mi vida, nadie ha osado dejarme atrás. Nadie ha tenido la osadía de huir de mi presencia como si fuera un acreedor vulgar o un amante despechado.
—Yo... yo no quise... estaba asustado, mi Señor... la poción... —balbuceó Rabastan, las lágrimas de pura desesperación asomando a sus ojos.
—La poción te dio el valor para venir a mí —interrumpió Voldemort, acariciando con el pulgar el labio inferior de Rabastan—. Pero fue tu propia debilidad la que te hizo correr. ¿Acaso no disfrutaste de mi hospitalidad? ¿Acaso mi toque no fue suficiente para calmar el fuego que te consumía?
Rabastan no pudo responder. El recuerdo de las manos del Lord sobre su piel, de la forma en que su voluntad había sido doblegada no por la fuerza, sino por una seducción oscura y absoluta, lo hizo estremecerse.
—Te di un honor que no mereces —continuó Voldemort, su agarre en la mandíbula de Rabastan volviéndose doloroso—. Te permití ver lo que nadie más ve. Te permití tocar lo que es sagrado. Y tú respondes con cobardía.
Voldemort soltó su rostro y comenzó a caminar alrededor de él, como un lobo rodeando a una presa herida.
—Podría matarte aquí mismo —comentó el Lord, casi como si hablara del clima—. Podría dejar que Nagini se diera un festín con tu carne y nadie preguntaría por el menor de los Lestrange. Tu hermano lloraría un poco, Bellatrix se reiría de tu debilidad... y el mundo seguiría girando.
—Por favor... —suplicó Rabastan, hundiendo la frente en el suelo frío.
—Pero —Voldemort se detuvo frente a él—, he descubierto que tienes un sabor interesante, Rabastan. Una lealtad mezclada con un miedo tan puro que resulta embriagador. Y no he terminado de explorarte.
El Lord extendió su mano pálida.
—Levántate.
Rabastan obedeció, sus piernas temblando tanto que apenas podía sostenerse. Voldemort lo estudió un momento, apreciando el desastre en el que se había convertido el joven: el cabello revuelto, la ropa arrugada y esos ojos grises llenos de una devoción aterrorizada.
—A partir de hoy, tu vida no te pertenece en ningún sentido —sentenció Voldemort—. No eres solo un Mortífago. Eres mío. Servirás en mi mesa, dormirás a mis pies si así lo deseo, y nunca, bajo ninguna circunstancia, volverás a apartar la mirada cuando yo te observe. ¿Está claro?
—Sí, mi Señor. Absolutamente claro —contestó Rabastan, sintiendo cómo una extraña mezcla de alivio y renovado terror lo invadía.
Voldemort se acercó de nuevo, esta vez invadiendo su espacio personal hasta que sus pechos casi se tocaban. Inclinó la cabeza y aspiró el aroma en el cuello de Rabastan, un gesto tan íntimo que hizo que el joven cerrara los ojos con un gemido ahogado.
—Has cometido un error, pequeño Lestrange —susurró Voldemort al oído del joven—. Y los errores en mi mundo se pagan con dolor. Pero no será hoy. Hoy volverás conmigo a la mansión. Mañana... mañana te enseñaré por qué nunca debes intentar escapar de una serpiente.
Con un movimiento brusco, Voldemort lo agarró del brazo. El dolor de la aparición fue más intenso de lo habitual, como si el propio Lord estuviera inyectando su magia en el sistema de Rabastan para recordarle quién tenía el control.
Cuando abrieron los ojos, estaban de vuelta en el gran salón de la Mansión Riddle. El lugar estaba sumido en la penumbra, iluminado solo por la chimenea que ardía con llamas verdes.
—Ve a mis aposentos —ordenó Voldemort, soltándolo—. Desnúdate y espera. Si cuando llegue has vuelto a intentar moverte un solo centímetro fuera de esa habitación, desearás que la poción de anoche te hubiera matado.
Rabastan asintió frenéticamente y subió las escaleras casi corriendo, impulsado por un miedo que ahora se mezclaba con una anticipación oscura y enferma que no quería admitir.
Voldemort se quedó solo en el salón, observando el fuego. Nagini se deslizó hasta sus pies.
—¿Lo vas sssometer, amo? —siseó la serpiente.
—Ya está sometido, Nagini —respondió Voldemort en pársel, sus ojos reflejando las llamas verdes—. Solo le estoy enseñando a disfrutar de sus cadenas. Los Lestrange siempre han sido perros fieles, pero Rabastan... él será algo más. Un recordatorio de que incluso en la oscuridad más absoluta, hay placer en la rendición total.
Voldemort se sirvió una copa de vino, pero no la bebió de inmediato. Se quedó allí, saboreando el silencio de la casa, sabiendo que arriba, en su cama, una de sus posesiones más valiosas temblaba de miedo y deseo. El juego de la caza había terminado, pero el juego del dominio apenas estaba comenzando.
Él era Lord Voldemort, el ser que había desafiado a la muerte, el mago más poderoso de los siglos. Y si había decidido que un joven Mortífago sería su juguete personal, el destino de ese hombre estaba sellado. No habría escapes, no habría secretos, y no habría piedad. Solo habría la voluntad del Señor Tenebroso, extendiéndose sobre Rabastan como un manto de seda negra, suave y asfixiante a la vez.
Finalmente, dejó la copa vacía sobre la mesa y se dirigió hacia las escaleras. Cada paso que daba resonaba en el mármol, un eco de la sentencia que estaba a punto de ejecutar. Rabastan creía que lo peor había pasado, pero Voldemort tenía una imaginación fértil cuando se trataba de reclamar lo que era suyo.
Al entrar en la habitación, encontró a Rabastan tal como lo había ordenado. El joven estaba arrodillado junto a la gran cama, con la cabeza baja, su piel pálida contrastando con las sábanas oscuras. El miedo emanaba de él en oleadas, casi tan tangible como el aroma a sándalo que llenaba el aire.
Voldemort cerró la puerta con un movimiento de varita y los cerrojos de hierro se deslizaron con un sonido metálico definitivo.
—Mírame, Rabastan —ordenó.
El joven alzó la vista. Sus ojos estaban rojos de llorar, pero había algo más en ellos: una aceptación fatalista, una entrega que hizo que la sangre de Voldemort hirviera de satisfacción.
—Buen chico —murmuró el Lord, acercándose a él—. Ahora, déjame mostrarte por qué huir fue el mayor error de tu vida. Y por qué, a partir de ahora, suplicarás por quedarte.
La noche volvió a cerrarse sobre la Mansión Riddle, ocultando tras sus muros de piedra los secretos de un amo cruel y un siervo que acababa de descubrir que no había refugio en el mundo contra el deseo de un dios oscuro. Rabastan Lestrange había huido del fuego, solo para darse cuenta de que el incendio real siempre lo estaría esperando en los ojos de Lord Voldemort. Y mientras el Lord lo reclamaba una vez más, con una ferocidad que prometía tanto dolor como éxtasis, Rabastan supo que nunca volvería a intentar escapar. Porque en el abrazo de la serpiente, el miedo se convertía en la única forma de devoción que importaba.