Y/N x Zoro Fem Reader
Sombras de Dressrosa y el Filo del Deseo
El amanecer en el Nuevo Mundo nunca era simplemente un sol saliendo por el horizonte; era una explosión de colores violentos que obligaba a los tripulantes del Thousand Sunny a recordar que cada día podía ser el último. Sin embargo, en el nido de cuervo, el tiempo parecía haberse detenido en una burbuja de calor y olor a hierro. (Nombre) abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso reconfortante del brazo de Zoro rodeando su cintura. La posesividad del peliverde no desaparecía ni siquiera en sueños; su agarre era firme, como si temiera que ella fuera a desvanecerse entre las sombras de su propio pasado.
Ella se quedó quieta un momento, observando las facciones relajadas del hombre que, apenas unas horas antes, la había reclamado con una ferocidad que todavía hacía que sus músculos vibraran. Su cuerpo, aquel que Doflamingo siempre había insistido en cubrir con sedas y proteger tras muros de piedra en Dressrosa, ahora estaba expuesto y marcado por la pasión de un pirata que no le temía a su linaje.
—Si sigues mirándome así, no vamos a bajar a desayunar —la voz de Zoro, ronca y cargada de sueño, rompió el silencio.
—Pensé que estabas dormido —respondió (Nombre) con una sonrisa juguetona, trazando con el dedo la línea de su mandíbula—. Y no me mires así, Roronoa. Dijiste que hoy no tendrías piedad en el entrenamiento.
Zoro abrió su único ojo, que brilló con una intensidad peligrosa. Con un movimiento rápido, la giró sobre las colchonetas, quedando él encima, atrapándola con su peso. Su mirada bajó por la curva de su cuello hasta la cintura marcada que tanto lo volvía loco.
—El entrenamiento puede esperar diez minutos —gruñó él, antes de sellar sus labios en un beso que sabía a posesión pura.
Cuando finalmente bajaron a la cubierta, el ambiente era el habitual caos de los Sombrero de Paja. Luffy gritaba por carne, Sanji corría de un lado a otro con platos humeantes, y Nami intentaba poner orden en el mapa de navegación. Sin embargo, el silencio cayó por un segundo cuando los vieron aparecer. (Nombre) caminaba con su elegancia habitual, pero había algo en su postura, una satisfacción radiante, que no pasó desapercibida. Zoro, por su parte, caminaba detrás de ella con una mano apoyada en la empuñadura de sus katanas, lanzando miradas de advertencia a cualquiera que se atreviera a saludar con demasiada efusividad.
—¡(Nombre)! ¡Zoro! ¡Llegan tarde al desayuno! —exclamó Luffy con la boca llena—. ¡Sanji hizo ese pescado que te gusta, hermana!
(Nombre) sonrió y se sentó a la mesa, sintiendo la mirada inquisitiva de Robin, quien siempre parecía saberlo todo sin necesidad de preguntar. Zoro se sentó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban, reclamando su espacio personal como territorio conquistado.
—Oye, marimo —intervino Sanji, dejando un plato frente a (Nombre) con una delicadeza exagerada—, quita esa cara de perro rabioso. Estás asustando a la comida de mi hermosa (Nombre)-swan.
Zoro ni siquiera se molestó en insultarlo. Simplemente rodeó los hombros de (Nombre) con su brazo y la atrajo hacia él mientras ella tomaba un sorbo de café.
—Ella no se asusta tan fácil, cocinero de cuarta —replicó Zoro con suficiencia—. Y no necesita que la cuides tú. Para eso estoy yo.
La tensión en la mesa creció. Luffy, ajeno a los matices románticos pero muy consciente de la protección, dejó de masticar.
—Zoro tiene razón —dijo Luffy de repente, con una seriedad inusual—. (Nombre) es fuerte, pero Zoro es el que siempre está vigilando. Aunque... —Luffy entrecerró los ojos hacia su espadachín—, si la haces llorar, te patearé el trasero hasta el All Blue.
(Nombre) soltó una carcajada, sintiendo un nudo de ternura en el pecho. Ser la hija de Roger y la hermana de Ace y Luffy era una carga pesada, pero estos momentos de normalidad eran lo que realmente la mantenían cuerda.
—Luffy, no te preocupes —dijo ella, apretando la mano de Zoro por debajo de la mesa—. Zoro sabe que si se pasa de la raya, tengo dos katanas que saben muy bien dónde encontrar sus puntos débiles.
El desayuno terminó y, como prometieron, se dirigieron a la zona de entrenamiento. La rivalidad entre ellos era el motor de su relación. No podían estar juntos sin desafiarse, sin medir sus fuerzas. El estilo de dos katanas de (Nombre) era fluido, casi como una danza, una técnica que había perfeccionado bajo la mirada de los oficiales de la Familia Donquixote, pero que había adquirido una fuerza bruta gracias a los consejos de Garp.
—¿Lista, princesa? —desafió Zoro, desenvainando a Shusui y Sandai Kitetsu.
—No me llames así si no quieres que te corte el flequillo —respondió ella, desenfundando sus propias hojas negras, regalos que Doflamingo le había dado cuando cumplió dieciocho años.
El choque del acero resonó en todo el barco. No era un entrenamiento suave. Sus movimientos eran rápidos, precisos. Zoro atacaba con la fuerza de un demonio, obligando a (Nombre) a usar su agilidad y su cintura tonificada para esquivar y contraatacar. En medio del combate, los ojos de Zoro se oscurecieron. Verla así, sudorosa, con la determinación de una reina pirata y la destreza de una maestra, despertaba en él una mezcla de orgullo y un deseo primitivo.
En un movimiento rápido, Zoro bloqueó sus dos espadas con las suyas y la empujó contra el mástil principal. Sus rostros quedaron a milímetros.
—Te mueves demasiado —susurró él, su respiración agitada golpeando la piel de ella—. ¿Es eso lo que te enseñó el rubio de Dressrosa? ¿A escapar?
La mención de Doflamingo siempre era un gatillo. (Nombre) frunció el ceño, y por un momento, la sombra del "Joven Maestro" pareció oscurecer su mirada.
—Él me enseñó a sobrevivir en un mundo que me odia antes de conocerme —siseó ella, empujando con fuerza para liberarse—. Me enseñó que la piedad es para los débiles. Pero Garp me enseñó que la fuerza sin honor no sirve de nada. ¡Y tú me estás enseñando a perder la paciencia!
Ella lanzó una estocada rápida que Zoro apenas pudo desviar. La pelea se volvió más personal, más intensa. Los celos de Zoro por el pasado de ella, por ese vínculo inquebrantable que aún sentía hacia el hombre que la crió, se manifestaban en cada golpe. Él quería borrar cada rastro de Dressrosa de su piel.
—¡Él te usó! —rugió Zoro, lanzando un tajo que ella bloqueó con dificultad—. ¡Te tenía en una jaula de oro mientras destruía vidas!
—¡Él era mi única familia cuando nadie más me quería! —gritó ella, sus ojos humedeciéndose por la rabia—. ¡Ace estaba lejos, Luffy estaba escondido y Garp no podía decir quién era yo! ¡Doflamingo me dio un nombre!
El silencio que siguió fue sepulcral. Los demás tripulantes, que observaban desde lejos, se quedaron quietos. Zoro bajó las espadas, viendo el dolor crudo en el rostro de (Nombre). Se dio cuenta de que no estaba celoso de un hombre, sino de la seguridad que ese hombre le había dado cuando el resto del mundo era un lugar hostil.
Zoro caminó hacia ella, ignorando que ella todavía sostenía sus katanas. La tomó por la nuca y la atrajo hacia su pecho en un abrazo protector, casi violento por la urgencia.
—Lo siento —gruñó contra su oído—. No soy bueno con las palabras, ya lo sabes. Pero me enferma pensar que él te tocó, que él te cuidó, cuando ese era mi lugar.
(Nombre) dejó caer sus espadas y se aferró a la camisa de Zoro, dejando que la tensión saliera de su cuerpo.
—Él me quería como a una hermana, Zoro. Nunca hubo nada más —confesó ella en un susurro—. Pero él era un monstruo. Lo sé. Por eso estoy aquí. Porque contigo no tengo que ser la "protegida" de nadie. Contigo soy yo misma.
Zoro la separó un poco, solo para mirarla a los ojos. Su mano bajó por su espalda, acariciando la piel tonificada y firme que tanto admiraba.
—Aquí no eres una protegida —dijo él con voz profunda—. Eres mi igual. Mi mujer. Y si algún fantasma de tu pasado intenta volver a buscarte, tendrá que pasar por encima de mis tres espadas.
La ternura del momento fue interrumpida por un grito desde el puesto de vigía.
—¡Barco a la vista! —gritó Usopp—. ¡Es... es una bandera que no reconozco, pero parece de los bajos fondos!
(Nombre) se tensó instantáneamente. Reconocería ese diseño en cualquier parte. No era la bandera de la Familia Donquixote, pero era uno de sus afiliados que aún operaba en las sombras.
—Vienen por mí —murmuró ella, sus dedos buscando instintivamente sus katanas en el suelo—. Todavía creen que soy su princesa perdida. Que tengo los secretos de Doflamingo.
Zoro se colocó frente a ella, dándole la espalda al horizonte y mirándola solo a ella. Sus ojos brillaban con esa posesividad salvaje que la volvía loca.
—Que vengan —dijo Zoro, ajustándose el pañuelo negro en la cabeza—. Les enseñaré que esta princesa ya tiene un rey, y no es un pájaro en una jaula.
(Nombre) sintió un escalofrío de placer y adrenalina. Recogió sus espadas, sintiendo el peso del sake que todavía corría por sus venas y el calor del amor de Zoro dándole una fuerza nueva.
—Zoro —lo llamó ella antes de que él avanzara hacia la borda.
—¿Qué?
—Si ganamos esto rápido... quiero que me des ese "tratamiento de princesa" que mencionaste anoche. Pero sin interrupciones.
Zoro soltó una risa ronca, una promesa silenciosa de lo que vendría después de la batalla.
—Consideralo hecho.
El barco enemigo se acercaba, pero (Nombre) ya no tenía miedo. Su pasado era oscuro, su linaje era una maldición y su vida había sido una serie de tragedias ocultas tras sonrisas de seda. Pero ahora, mientras se preparaba para luchar junto al hombre que amaba, se sentía más libre que nunca. Porque Roronoa Zoro no solo era su rival o su amante; era el ancla que la mantenía firme mientras ella desafiaba al mundo entero.
—¡Luffy! —gritó (Nombre), saltando hacia la barandilla con una agilidad sobrehumana—. ¡Ese barco es mío! ¡No dejes que Sanji se acerque a mis presas!
—¡Hecho, hermana! —rio el capitán, estirando sus brazos para columpiarse.
Zoro la siguió, saltando a su lado. En el aire, antes de caer sobre la cubierta enemiga, sus miradas se cruzaron. Había deseo, había fuego y, sobre todo, había una promesa de pertenencia que ningún pasado podría borrar. La hija de Roger y el futuro mejor espadachín del mundo estaban a punto de desatar el infierno, y nadie, ni los fantasmas de Dressrosa ni el Gobierno Mundial, podría detenerlos.
Porque cuando el acero chocaba y el sake fluía, ellos eran los únicos dueños de su destino. Y Zoro se encargaría de que (Nombre) nunca olvidara que, por encima de todo, ella era su tesoro más preciado.