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Yo como Blanc

El Susurro de la Nieve y el Refugio del Azabache

La habitación de Marinette estaba sumida en una calma que bordeaba lo irreal. Tras la batalla contra Aislador, el silencio de la noche parisina se sentía como un bálsamo, pero para los dos ocupantes del cuarto, el aire vibraba con una frecuencia distinta. Desde que Bunnix había vinculado sus esencias, la privacidad emocional se había convertido en un concepto difuso. Marinette podía sentir, en la base de su nuca, un eco constante: la gratitud de Blanc, su cansancio físico y, sobre todo, una devoción que quemaba con la intensidad de una estrella blanca.

Blanc estaba sentado en el diván, con las piernas encogidas y la mirada fija en sus propias manos. El traje blanco, que usualmente emitía un brillo gélido, parecía más suave bajo la luz de las lámparas de noche. Sus orejas de gato se movieron ligeramente cuando Marinette se acercó a él.

— Blanc —susurró ella, sentándose a su lado—, puedo sentirlo. Estás... muy agitado. Tu corazón late tan fuerte que me marea un poco.

El chico de blanco se encogió de hombros, evitando su mirada. Sus mejillas, normalmente pálidas como el mármol, estaban encendidas.

— Lo siento, Marinette —respondió con voz quebrada—. Es el vínculo. No puedo ocultarte nada, ¿verdad? Es solo que... ver cómo me aceptaste frente a Cat Noir, cómo me defendiste... Yasel nunca pensó que alguien como tú podría mirar a un monstruo como yo y llamarlo aliado. Me hace sentir demasiado.

Marinette sintió una oleada de calor recorrer su propio pecho. No era solo su afecto por él; era la respuesta física de Blanc filtrándose a través de su conexión. Se sintió ruborizar violentamente al percibir una punzada de deseo puro y anhelo que emanaba del chico. Era una sensación cruda, despojada de malicia, pero cargada de una necesidad humana que Blanc, en su soledad infinita, había olvidado cómo manejar.

— No eres un monstruo —dijo ella, acortando la distancia—. Y no tienes que pedir perdón por sentir.

Blanc la miró entonces, sus ojos azul helado empañados por una timidez dolorosa.

— Marinette... —hizo una pausa, tragando saliva—. Sé que soy una anomalía. Sé que soy un invitado en tu vida. Pero a veces, el peso de este cuerpo y de este poder es demasiado frío. Yo... yo querría sentir tu afecto. Solo si tú quieres, solo si no te asusta. No quiero forzar este vínculo, pero me muero de ganas de saber que esto es real, que no estoy soñando en el fondo del mar otra vez.

Marinette se guio por sus instintos. No pensó en Ladybug, ni en las responsabilidades de la Guardiana, ni siquiera en el Adrien de su propia línea temporal. Pensó en el chico que tenía delante, el que poseía el alma de un fan llamado Yasel que la amaba desde antes de conocerla. Se acercó y, con una lentitud deliberada, puso sus manos sobre los hombros de Blanc.

— Quédate quieto —le pidió con dulzura.

Blanc obedeció al instante. Se quedó sentado en el borde del mueble, rígido como una estatua, mientras Marinette empezaba a explorar la piel de su cuello y su rostro. El contacto era eléctrico. La piel de Blanc era inusualmente suave, casi etérea, y Marinette se encontró deleitándose en la calidez que empezaba a brotar de él. Se inclinó y dejó un beso casto en su mejilla, luego otro en la comisura de sus labios.

El ronroneo de Blanc estalló, llenando la habitación con una vibración que Marinette sentía en sus propios huesos. Él cerró los ojos, dejando escapar un suspiro entrecortado.

— Eres tan cálida... —susurró él, dejando que su cabeza cayera hacia atrás para darle acceso a su cuello—. Marinette, por favor... no te detengas.

Ella continuó, besando la línea de su mandíbula y descendiendo hacia la base de su garganta, justo donde el cascabel tintineaba suavemente. A través del vínculo, Marinette sintió cómo la excitación de Blanc crecía, convirtiéndose en una marea que amenaba con desbordarlos a ambos. No era una oscuridad destructiva, sino una vitalidad ardiente que reclamaba su lugar en el mundo de los vivos.

Blanc abrió los ojos, que ahora brillaban con una intensidad eléctrica. Su respiración era errática y sus manos temblaban sobre sus rodillas.

— Marinette —dijo él, con una vergüenza que le hacía bajar la voz hasta casi el silencio—, estoy... estoy muy excitado. Mi cuerpo... nunca había sentido algo así. Sé que es mucho pedir, y me siento como un tonto por decírtelo, pero... ¿podrías ayudarme? ¿Podrías usar tus manos para... para hacerme sentir bien? No pido nada más, solo... quiero que seas tú quien me toque.

Marinette se detuvo un momento, procesando la petición. Podía sentir la vulnerabilidad de Blanc, su miedo a ser rechazado y, al mismo tiempo, la confianza absoluta que depositaba en ella. No había malicia en su deseo, solo una búsqueda de consuelo y placer de la mano de la única persona que le importaba.

— Está bien, Blanc —respondió ella, con una calma que la sorprendió a sí misma—. Confía en mí.

Con movimientos cuidadosos, Marinette comenzó a acariciarlo con ternura. Blanc soltó un gemido que fue mitad ronroneo y mitad súplica. El vínculo entre ellos se volvió una espiral de sensaciones compartidas: Marinette sentía el placer de Blanc como si fuera propio, y Blanc recibía el amor y la aceptación de Marinette como el aire que necesitaba para respirar.

— Oh, Marinette... —gemía él, ocultando su rostro en el hombro de la chica mientras ella lo hacía sentir amado—. Es... es demasiado. Nunca pensé que... que se pudiera sentir tanta paz en medio de esto.

Marinette no se sentía incómoda. Al contrario, sentía una profunda satisfacción al ver cómo la tensión que siempre habitaba en los hombros de Blanc se disolvía. A través de su conexión, percibía que el ruido de la destrucción infinita se apagaba, reemplazado por una armonía perfecta. Lo estaba anclando a la realidad, no con cadenas, sino con afecto.

Cuando todo terminó, Blanc se dejó caer hacia adelante, apoyando su frente contra el pecho de Marinette. Estaba exhausto, pero por primera vez desde que llegó a esa línea temporal, parecía estar completamente en paz. Sus orejas de gato estaban relajadas y su cola de cinturón descansaba lánguidamente sobre la alfombra.

— Te amo —susurró él, con una sinceridad aplastante—. Te amo tanto que duele, Marinette.

Se separó un poco, mirándola con una expresión de arrepentimiento repentino, sus mejillas todavía encendidas por el esfuerzo y la emoción.

— Lo siento —dijo, bajando la mirada—. Siento si actué de forma inapropiada. No debería haberte pedido eso. Soy un invitado en tu casa y... a veces olvido que no soy un humano normal. Yasel se siente avergonzado por dejar que mis instintos de gato y mis necesidades... bueno, ya sabes.

Marinette soltó una pequeña risa y le acarició el cabello blanco, que estaba un poco desordenado.

— Blanc, mírame —le pidió. Él levantó los ojos azul helado, llenos de duda—. No estoy molesta. Nada de lo que pasó fue grave o malo. Estamos vinculados, ¿recuerdas? Siento lo que tú sientes. Y lo que sentí fue a alguien que necesitaba amor y consuelo. No hay nada de qué avergonzarse en eso.

— ¿De verdad? —preguntó él, con la esperanza brillando de nuevo en su mirada.

— De verdad —confirmó ella—. Me hiciste sentir lo mucho que confías en mí. Y eso es lo más importante. Además, ahora te sientes mucho más estable. Tu energía ya no vibra como si fueras a estallar.

Blanc asintió, dejándose caer de nuevo en el diván y arrastrando a Marinette con él para que se sentara a su lado. Se acurrucó contra ella, buscando su calor.

— Es cierto —admitió él—. Me siento sólido. Como si finalmente hubiera dejado de ser un fantasma. Gracias, Marinette. Por todo.

— No tienes que darme las gracias —dijo ella, apoyando su cabeza sobre la de él—. Somos un equipo, ¿no? El gato blanco y la chica de la panadería.

— El gato blanco y su princesa —corrigió él con un pequeño ronroneo—. Suena como el título de una historia que me gustaría leer una y otra vez.

Pasaron un largo rato en silencio, simplemente disfrutando de la compañía del otro. Marinette podía sentir cómo el sueño empezaba a ganar la batalla contra Blanc. El chico, a pesar de su inmenso poder, seguía teniendo la necesidad de descanso de cualquier ser vivo, especialmente después de una descarga emocional tan fuerte.

— Marinette —murmuró él, ya con los ojos entrecerrados—, ¿crees que mañana podamos intentar algo nuevo?

— ¿Como qué? —preguntó ella, sonriendo.

— No lo sé... tal vez podrías enseñarme a jugar a ese videojuego que tanto te gusta. O tal vez podamos hornear algo. Quiero saber qué se siente tener harina en las manos en lugar de energía destructiva.

— Me parece una idea excelente, Blanc. Pero ahora, tienes que dormir.

— Solo si te quedas cerca —pidió él, tomando su mano y entrelanzando sus dedos con los de ella—. No quiero despertar y descubrir que el vínculo se rompió.

— No se va a romper nunca —prometió Marinette, dándole un último beso en la frente.

Blanc se acomodó en el diván, cerrando los ojos con una sonrisa de absoluta satisfacción. Marinette se quedó a su lado un rato más, observando cómo su respiración se volvía lenta y profunda. A través del vínculo, sentía una calma líquida, una serenidad que nunca antes había experimentado. Blanc ya no era una paradoja peligrosa; era un corazón que latía en sintonía con el suyo, una parte de su vida que, aunque inesperada, se sentía ahora indispensable.

A la mañana siguiente, el sol de París se filtró por la claraboya, despertando a Marinette con una calidez inusual. Blanc ya no estaba en el diván. Se encontraba de pie frente al espejo de cuerpo entero, observando su reflejo con una curiosidad casi infantil. Su traje blanco brillaba con suavidad.

— Buenos días, Blanc —dijo Marinette, estirándose.

— Buenos días —respondió él, girándose con una sonrisa radiante—. Estaba pensando... si voy a ser tu guardián, necesito aprender más sobre este mundo. Yasel tiene los recuerdos, pero yo necesito vivirlos.

— Tienes razón —asintió ella, levantándose—. Hoy es sábado, la panadería estará llena. Podrías ayudarme con algunas tareas, siempre y cuando te mantengas oculto de los clientes.

— ¡Seré el gato más discreto de la historia! —exclamó Blanc, haciendo un saludo militar con una de sus garras—. Aunque, Marinette... sobre lo de anoche...

— Ya te dije que no tienes que preocuparte, Blanc —le interrumpió ella con una sonrisa traviesa—. Pero si quieres compensarme, podrías empezar por no hacer tantos juegos de palabras de gatos frente a mis padres.

— ¡Eso es pedir un milagro! —rio él—. Pero lo intentaré. Por ti, haré el esfuerzo de ser un gato de pocas palabras.

La mañana transcurrió entre risas y pequeñas lecciones de vida cotidiana. Blanc ayudó a Marinette a organizar sus telas, usando su agilidad para alcanzar los estantes más altos. Cada vez que sus manos se rozaban, el vínculo vibraba con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, la paz se vio interrumpida por un mensaje en el teléfono de Marinette. Era Alya, preguntando si había visto las noticias sobre el extraño rayo blanco que había ayudado a Ladybug el día anterior.

— La gente está empezando a hablar, Blanc —dijo Marinette, mostrándole la pantalla—. Te llaman el Fantasma de la Nieve.

— Fantasma de la Nieve... —repitió él, saboreando las palabras—. Suena elegante. Pero prefiero que me llamen simplemente tuyo.

Marinette sintió que sus mejillas se encendían de nuevo. Blanc tenía una forma de decir las cosas que la desarmaba por completo. No era el coqueteo arrogante de Cat Noir, sino una declaración de principios sincera y profunda.

— Bueno, Fantasma de la Nieve, es hora de bajar a desayunar —dijo ella, tratando de recuperar la compostura—. Mis padres han preparado chocolate caliente.

— Chocolate caliente... —Blanc cerró los ojos, inhalando el aroma que subía por la trampilla—. Definitivamente, este mundo es mucho mejor que el vacío.

Mientras bajaban, Marinette se dio cuenta de que su vida había cambiado para siempre. Ya no era solo la chica que salvaba París; era la protectora de una paradoja, la confidente de un alma reencarnada y, sobre todo, la dueña del corazón de un gato blanco que solo buscaba un lugar donde pertenecer.

— ¿Marinette? —susurró Blanc antes de entrar en la cocina.

— ¿Sí?

— Gracias por no dejar que me perdiera en la oscuridad.

— Gracias a ti por encontrar el camino de regreso, Blanc.

Y así, en la sencillez de una mañana de sábado, el gato de la destrucción y la chica de la creación comenzaron a escribir un nuevo capítulo en sus vidas. Un capítulo donde las leyes del tiempo no importaban tanto como el calor de una mano entrelazada y la promesa de un futuro que, por fin, se sentía real.

La jornada en la panadería fue intensa. Blanc se mantuvo en las sombras del altillo, observando con fascinación cómo Tom y Sabine trabajaban. Para él, cada gesto cotidiano era una maravilla. Yasel recordaba haber visto estas escenas en la pantalla, pero vivirlas, sentir el calor de los hornos y el bullicio de la gente, era algo que le llenaba el alma de una forma que no podía explicar.

— Son tan felices —le dijo a Marinette cuando ella subió a llevarle un poco de pan recién horneado—. Tu familia es... es lo que siempre soñé tener.

— Ahora eres parte de ella, de alguna forma —respondió ella, sentándose a su lado—. Aunque sea nuestro secreto, eres parte de este hogar.

Blanc tomó un trozo de pan y lo saboreó con los ojos cerrados.

— Sabe a esperanza —comentó con una sonrisa—. Marinette, he estado pensando en lo que dijo Bunnix. Sobre que mi poder y el tuyo se equilibran. Siento que, desde que estamos vinculados, mi Megacataclismo ya no es una amenaza constante. Es como si tu creación lo mantuviera dormido, bajo control.

— Yo también lo siento —admitió ella—. Es como si estuviéramos completando un rompecabezas que el universo dejó a medias.

La tarde cayó lentamente sobre la ciudad. Blanc y Marinette se sentaron en el balcón, viendo cómo las luces de París empezaban a encenderse una a una. La Torre Eiffel brillaba en el horizonte, un faro de luz en la oscuridad.

— Es hermosa —dijo Blanc, apoyando su cabeza en el hombro de Marinette—. En mi mundo, la torre estaba caída, rota... como todo lo demás. Verla así, entera y brillante, me recuerda que siempre hay una oportunidad para reconstruir.

— Y tú eres la prueba de ello —dijo Marinette, rodeándolo con un brazo—. Has reconstruido tu propia existencia, Blanc.

Él la miró con esos ojos azul helado que ahora reflejaban las luces de la ciudad. Se acercó lentamente y, esta vez, fue él quien inició el beso. Fue un beso suave, cargado de promesas y de una paz que ninguno de los dos había creído posible.

— Te protegeré siempre, mi princesa —susurró él contra sus labios—. No dejaré que nada ni nadie rompa este equilibrio que hemos encontrado.

— Lo sé, Blanc. Lo sé.

Y mientras la noche envolvía a París en su manto de estrellas, el gato blanco y la chica del azabache se quedaron allí, en su refugio sobre la panadería, sabiendo que, pasara lo que pasara, ya no estarían solos nunca más. El fin del mundo había quedado atrás, y frente a ellos se extendía un horizonte lleno de posibilidades, donde la nieve ya no traía frío, sino la pureza de un nuevo comienzo.

— ¿Marinette? —preguntó Blanc antes de entrar para dormir.

— ¿Dime?

— Creo que me estoy acostumbrando a esto de ser un gato de casa. Pero sigo queriendo aprender a usar la máquina de coser.

Marinette rio, empujándolo suavemente hacia adentro.

— Mañana, Blanc. Mañana te enseñaré todo lo que quieras saber.

— Mañana —repitió él con satisfacción—. Me gusta cómo suena esa palabra.

Y así, con la promesa de un nuevo día, la paradoja y la heroína cerraron la puerta al pasado, dejando que el amor fuera el único guía en su camino hacia lo desconocido. El vínculo estaba sellado, no solo por la magia de Bunnix, sino por la voluntad de dos corazones que habían decidido que, en un universo lleno de caos, ellos serían el orden, la paz y el hogar del otro.