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Znin

Entre el Filo de la Daga y el Aroma del Azahar

Las visitas de Megumi al territorio de los Gojo se habían convertido en una coreografía de engaños perfectamente ejecutada. Para su clan, el joven Zenin estaba siendo "domesticado" por la persistencia de los pretendientes de la rama principal; para Megumi, cada viaje era una oportunidad de deshacerse de la piel de porcelana y sumergir las manos en la realidad.

Habían pasado tres meses desde aquel primer encuentro en el rosedal. La "amistad" entre el joven heredero y el jefe de jardineros era un secreto a voces entre los trabajadores de menor rango, quienes miraban con asombro cómo el omega más codiciado de la región se sentaba en el suelo polvoriento a compartir onigiris con Yuji Itadori.

Esa tarde, el calor del verano pesaba sobre los hombros. Megumi estaba sentado bajo la sombra de un cerezo, vistiendo un kimono de lino mucho más ligero de lo habitual, aunque seguía siendo una prenda costosa que contrastaba con la ropa de trabajo de Yuji.

—Si sigues mirándome así, voy a pensar que mi técnica con el injerto de rosas es lo más interesante que has visto en tu vida —bromeó Yuji, sin levantar la vista de la planta que manipulaba con dedos expertos.

Megumi desvió la mirada hacia un lado, sintiendo el característico calor subir por su cuello.

—Solo me aseguro de que no arruines el ejemplar. Sería una lástima que el jefe de área fuera un incompetente.

Yuji soltó una carcajada ronca, esa que siempre lograba que el estómago de Megumi diera un vuelco. Se puso de pie, estirando su espalda ancha. El sudor hacía que su yukata se pegara a sus músculos, marcando la línea de su columna y la fuerza de sus hombros. A sus veintinueve años, Yuji poseía una vitalidad que desbordaba cualquier protocolo.

—Eres un crítico muy duro, Megumi-chan. —Yuji se acercó y se dejó caer a su lado, respetando ese espacio vital que el omega siempre reclamaba, pero lo suficientemente cerca como para que sus aromas se mezclaran—. Por cierto, el joven maestro Gojo me preguntó si habías recibido su última caja de dulces. Dice que son "tan etéreos como tu presencia".

Megumi arrugó la nariz con un gesto de genuino asco.

—Saben a azúcar pura y arrepentimiento. Se los di a los perros de la entrada.

—Pobres perros —rio Yuji. Luego, su expresión se suavizó, volviéndose más observadora—. Tienes una mancha de polen en la mejilla.

Antes de que Megumi pudiera reaccionar, Yuji extendió su mano. Era una mano grande, endurecida por años de manejar herramientas y cargar sacos, pero cuando sus dedos rozaron la piel de Megumi para limpiar la mancha, lo hizo con una delicadeza que cortaba la respiración. El contraste entre la aspereza de sus callos y la suavidad del rostro del omega creó una chispa eléctrica.

Megumi se tensó, pero no se alejó. Por un momento, el tiempo pareció detenerse entre el canto de las cigarras. La mirada de Yuji, color miel y cargada de una honestidad aplastante, bajó por un segundo hacia los labios de Megumi antes de regresar a sus ojos.

—A veces —susurró Yuji—, se me olvida que se supone que eres una "flor delicada". Pero luego te veo así, bajo la luz del sol, y entiendo por qué esos alfas tontos se vuelven locos escribiendo poemas.

El corazón de Megumi martilleó contra sus costillas. Odiaba sentirse vulnerable, odiaba que su casta dictara cómo debía reaccionar, pero con Yuji era diferente. Con él, ser "delicado" no se sentía como una debilidad, sino como un regalo que él elegía compartir.

Sin embargo, el orgullo Zenin era una bestia difícil de domar.

—No te acostumbres —replicó Megumi, recuperando su máscara de frialdad—. Y no me llames así.

—¿Cómo? ¿Megumi-chan? —Yuji le guiñó un ojo, divertido por la reacción.

En un movimiento que habría dejado atónitos a sus maestros de etiqueta, Megumi deslizó su mano hacia su muslo y, en un parpadeo, el frío acero de su daga estaba presionando suavemente contra el costado del cuello de Yuji. La velocidad del movimiento fue impecable, una prueba de que las horas de práctica secreta estaban dando frutos.

—Un comentario más sobre mi "belleza" o un honorífico ridículo —amenazó Megumi, aunque sus ojos brillaban con un fuego que no era del todo ira—, y verás si soy tan frágil como dicen tus señores.

Yuji no se inmutó. Al contrario, una sonrisa ladeada y llena de adrenalina apareció en su rostro. La proximidad de la muerte o del peligro siempre parecía excitar al alfa de una manera puramente instintiva.

—Vaya... —Yuji levantó las manos en una señal de rendición fingida, pero no retrocedió ni un centímetro—. Esa mirada te queda mucho mejor que la que usas en el salón de té, Megumi. Me gusta cuando sacas las garras.

Megumi mantuvo la daga allí un segundo más de lo necesario, disfrutando de la forma en que el pulso de Yuji latía con fuerza bajo el acero. Era un baile de poder, un lenguaje que ambos entendían mejor que las palabras dulces. Finalmente, guardó el arma con un movimiento fluido.

—Eres un idiota, Itadori.

—Pero soy tu idiota favorito, ¿verdad? —Yuji se recostó sobre la hierba, entrelazando las manos detrás de su nuca—. Nadie más te dejaría amenazarlo con un cuchillo y luego te pediría que te quedaras a ver las estrellas.

Megumi suspiró, dejándose caer también, aunque manteniendo una postura más recatada.

—Mi clan cree que estoy aquí aprendiendo sobre la etiqueta de los Gojo. Si supieran que paso las tardes amenazando al jardinero y aprendiendo a derribar alfas el doble de grandes que yo...

—Bueno, técnicamente estás aprendiendo sobre la "naturaleza" —dijo Yuji con humor—. Y yo soy un excelente maestro.

El silencio que siguió fue cómodo, cargado de una tensión que ya no era de confrontación, sino de algo mucho más profundo y peligroso. Megumi observó el perfil de Yuji; el hombre representaba todo lo que su familia despreciaba: un trabajador, un huérfano, alguien sin linaje. Y, sin embargo, era el único que lo hacía sentir que no tenía que elegir entre ser un omega y ser un guerrero.

—Yuji —llamó Megumi en voz baja.

—¿Dime?

—Mañana habrá un banquete. El joven maestro Gojo planea pedir permiso a mi clan para iniciar un compromiso formal.

Yuji se quedó inmóvil. El ambiente, que antes era ligero, se volvió denso. El aroma a cítricos del alfa se volvió más amargo, más terrenal. Se incorporó lentamente, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a teñir el cielo de violeta y naranja.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó Yuji. Su voz ya no tenía rastro de broma. Era la voz del alfa que dirigía a hombres, la del hombre que sabía lo que era perderlo todo.

Megumi se abrazó las rodillas, luciendo por un momento como el adolescente que realmente era, atrapado en un mundo de adultos y tradiciones asfixiantes.

—Quiero quemar ese salón de banquetes. Quiero tomar mi espada y demostrarles que no soy un premio que se gana con rimas mediocres.

Yuji se giró hacia él. Sus manos, las que Megumi tanto admiraba, se cerraron en puños sobre sus rodillas antes de relajarse.

—Entonces hazlo —dijo Yuji con firmeza—. No dejes que te encierren en una jaula de oro, Megumi. Si ese alfa intenta ponerte una mano encima sin tu consentimiento, no me importará que sea un Gojo.

Megumi lo miró, sorprendido por la ferocidad en sus palabras.

—¿Te enfrentarías a ellos por mí? ¿Perderías tu trabajo, tu posición?

Yuji se acercó, esta vez rompiendo la barrera de la distancia. Tomó el rostro de Megumi entre sus manos, obligándolo a mirarlo. El calor de sus palmas era como un ancla para el omega.

—He trabajado la tierra toda mi vida, Megumi. Sé cuándo algo vale la pena cultivar y proteger. Tú no eres una rosa de exhibición para ellos. Eres... —Yuji buscó las palabras, luchando con su propia falta de elocuencia comparada con los poetas del clan—. Eres lo más real que he tenido en mis manos. Así que sí, me enfrentaría a todo el clan si eso significa que sigues siendo libre.

Las lágrimas pincharon los ojos de Megumi, algo que odiaba, pero que no pudo evitar. En ese momento, se permitió ser "delicado". Se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra el hombro de Yuji, aspirando el aroma a tierra, sudor y esa calidez reconfortante que solo él poseía.

Yuji lo rodeó con sus brazos, protegiéndolo del mundo exterior. No era un abrazo de un pretendiente tratando de reclamar una propiedad; era el abrazo de un compañero que ofrecía un refugio.

—Mañana —susurró Megumi contra su cuello—, iré al banquete. Pero no será para aceptar a nadie.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Yuji, acariciando suavemente el cabello oscuro del omega.

Megumi se separó un poco, y por primera vez, una sonrisa depredadora, una verdadera sonrisa Zenin, iluminó su rostro.

—Voy a pedir un duelo. Según las leyes antiguas, si un pretendiente es desafiado y pierde, debe retirar su oferta y no puede volver a insistir en un año.

Yuji parpadeó, procesando la información, y luego soltó una carcajada que espantó a los pájaros cercanos.

—¡Vas a patearle el trasero al joven maestro Gojo delante de todos los nobles! ¡Es brillante!

—Necesito que me ayudes a practicar un último movimiento —dijo Megumi, recuperando su compostura—. Ese que me enseñaste para desarmar a alguien que usa una postura de esgrima clásica.

Yuji se puso de pie de un salto, ofreciéndole la mano a Megumi para ayudarlo a levantarse.

—Será un honor, mi joven guerrero. Pero antes...

Yuji metió la mano en el bolsillo de su yukata y sacó algo pequeño. Era una flor de azahar, blanca y perfecta, pero en lugar de estar marchita, emitía una fragancia dulce y fresca.

—Sé que odias las cursilerías —dijo Yuji, rascándose la nuca con cierta timidez—, pero esta la cultivé yo especialmente. No es para tu pelo, ni para que seas "hermoso". Es para que recuerdes que, incluso en medio del banquete más aburrido, el jardín te está esperando.

Megumi tomó la flor con una reverencia casi sagrada. Por un momento, no hubo dagas, ni clanes, ni amenazas. Solo un alfa de casi treinta años y un omega adolescente que habían encontrado un lenguaje propio entre las espinas.

—Gracias, Yuji —dijo Megumi. Se puso de puntillas y, con una rapidez que dejó a Itadori mudo por primera vez, depositó un beso fugaz en la mejilla del jardinero—. Mañana, después de que gane, vendré aquí. Ten el té listo. Y nada de dulces de azúcar pura.

Yuji se quedó allí, tocándose la mejilla mientras veía a Megumi alejarse hacia el palacio con la espalda recta y la elegancia de una reina que se prepara para la guerra.

—Ese chico... —susurró Yuji para sí mismo, con una sonrisa que desbordaba orgullo y un afecto que ya no podía llamar simplemente "amistad"—. Va a poner el mundo patas arriba. Y yo estaré ahí para verlo.

Esa noche, en la soledad de su habitación, Megumi no practicó sus versos ni revisó su peinado. Se sentó en el suelo, desmontó su daga, la aceitó y la volvió a montar. La flor de azahar descansaba en un pequeño cuenco de agua junto a su cama.

Mañana, el clan Zenin y el clan Gojo verían de qué estaba hecho realmente Megumi Fushiguro. No era porcelana, ni seda, ni un pétalo de cerezo. Era acero templado en el fuego del jardín, y tenía a un alfa de manos rudas y corazón de oro que creía en él.

Con eso, Megumi sabía que no podía perder.